Capítulo 3
ASTRA
No respondí.
Nolan exhaló con fuerza y su tono se suavizó.
—Si esto es por lo de Anna y la emboscada, lo entiendo. Riven y yo nos equivocamos. Debimos haber estado ahí para ti. Pero, Astra... piénsalo. Tú tenías a tus padres, ¿no? También nos tenías a nosotros. Anna no tenía a nadie. Teníamos que protegerla.
Dio un paso hacia mí.
—Y sobre lo de su cumpleaños... piensa en cuánta gente estaba mirando. Si no hubiera insistido en que te disculparas, ¿qué habrían pensado? Sabes lo mucho que importa la reputación en nuestro mundo.
Seguí sin decir nada.
—Vamos, Astra. Eres a quien amo. Eres con quien quiero casarme —dijo Nolan, bajando de nuevo la voz, casi con tono persuasivo—. Anna siempre será una extraña. Vamos a ser una familia.
Hubo una pausa.
—¿Qué te parece esto? Ven conmigo a la fiesta de mi madre mañana por la noche. Tengo una sorpresa para ti.
Dudé. Era cierto, la madre de Nolan siempre había sido amable conmigo; me trataba como a una hija incluso antes de que lo nuestro fuera oficial. Y ahora que me iba de la ciudad para siempre... lo menos que podía hacer era despedirme de ella como corresponde y darle una explicación.
—Está bien —dije en voz baja.
La cara de Nolan se iluminó. Probablemente tomó mi respuesta como un perdón. Ya ni siquiera parecía estar enojado por las fotos arruinadas en la basura.
—Yo mismo vendré a buscarte —dijo con una sonrisa. Se inclinó e intentó besarme como si nada hubiera cambiado.
Giré la cabeza a tiempo y sus labios solo rozaron el aire.
***
No tenía planeado impresionar a nadie esa noche, así que me puse un vestido plateado sencillo y me maquillé apenas un poco.
Nolan envió un mensaje:
“Ya llegué. Sal cuando estés lista”.
Salí y me dirigí hacia el primer auto, pero él me detuvo con una actitud rígida, algo incómoda.
Fruncí el ceño.
—¡Astra! —Se escuchó la voz de Anna desde el interior del vehículo.
Me quedé helada.
Anna ya estaba sentada en el primer auto.
Me volví hacia Nolan, con la voz atrapada entre la incredulidad y el cansancio.
—¿Qué está pasando?
Si Anna ya estaba con él, ¿para qué se molestó en pasar por mí? ¿Se suponía que debía hacer el papel de tonta otra vez?
—Sabías que Anna se ha estado quedando en mi mansión últimamente —susurró Nolan, acercándose—. No planeaba traerla esta noche, pero me vio arreglándome y...
Por supuesto, el buen corazón de Nolan no podía decirle que no a la pobre e indefensa Anna. Y ahora ella iba en el primer auto, como si fuera la invitada que él mismo había elegido para la fiesta.
Riven asomó la cabeza por la ventana.
—No voy a sentarme con la reina malvada. Ponla en el segundo auto, Nolan.
Nolan vaciló un segundo y luego señaló el auto que estaba detrás del primero.
—Solo son veinte minutos de camino. Nada saldrá mal —me miró—. ¿Por favor?
El segundo auto era más viejo y estaba algo descuidado.
Pero no lo dudé. Caminé hacia él y me subí.
Ya era demasiado tarde para llamar a mi propio chofer y Nolan tenía razón: solo eran veinte minutos.
¿Qué podría salir mal?
***
Me di cuenta de lo equivocada que estaba apenas diez minutos después.
Un auto negro nos había estado siguiendo desde hacía un rato. Al principio pensé que me lo estaba imaginando, pero en cada semáforo, en cada giro, se mantenía pegado al segundo auto como una sombra.
El chofer estaba a punto de cruzar la intersección cuando el semáforo se puso en rojo, así que se detuvo.
El auto de Nolan ya había pasado el cruce peatonal. Busqué mi celular con la intención de decirle que esperara, solo para que se quedara cerca por si acaso.
Pero Nolan no contestó.
Fue entonces cuando el auto negro se detuvo a nuestro lado. Un hombre bajó la ventanilla trasera.
Vi una máscara y luego el destello de un arma. Antes de que pudiera moverme, resonó el disparo. Mi chofer se desplomó hacia adelante mientras la sangre se extendía por su camisa.
Y el auto de Nolan siguió avanzando. Sin frenar. Sin mirar atrás. Ni siquiera se detuvo un segundo. Se fue.
Busqué mi celular desesperadamente con las manos temblorosas y el aliento atrapado en la garganta. Ni siquiera logré marcar antes de que otro disparo rasgara el aire.
Me agaché por instinto, pero aun así la bala me atravesó el hombro, abriéndose paso justo debajo de la clavícula. El dolor fue instantáneo y cegador; un ardor incandescente que me robó el aire de los pulmones.
Cuando pensé que podría ser el final, lo escuché: gritos, puñetazos, el sonido de un forcejeo.
Luego... silencio.
Un segundo después, abrieron de un tirón la manija de mi puerta. La luz se filtró por la rendija.
—¡Por favor, no me lastime!
—Ya estás a salvo —dijo un hombre que estaba allí, recortado contra el resplandor de las luces de la calle. Me tendió una mano—. ¿Estás herida? Ya nos encargamos del atacante. Estás segura.
Vacilé, todavía encogida debajo del asiento. Pero cuando estiré el brazo, su mano se sentía cálida y firme.
Me sacó de allí con delicadeza.
Parpadeé ante la luz y fue entonces cuando lo vi con claridad: mandíbula marcada, cabello peinado hacia atrás y un traje negro entallado. Y esos ojos azules, impactantes, pero extrañamente familiares.
—Gracias... —murmuré, mirando de reojo el cuerpo sin vida en el suelo. El arma seguía sujeta en la mano inerte del hombre.
Si este hombre no hubiera aparecido, habría muerto en ese auto.
—¿Nos conocemos? —pregunté con cautela.
Había algo en él, algo familiar que no lograba identificar. Lo había visto antes, estaba segura.
Pero cada vez que intentaba recordar, un dolor punzante y cegador me atravesaba el cráneo.
—Gracias por salvarme. Soy Astra Quinn. ¿Cómo se llama usted? —volví a preguntar, esta vez con más firmeza.
Él sonrió y sacudió la cabeza.
—Eso no es importante ahora. Vamos a llevarte a un hospital.
Mencionarlo hizo que todo volviera.
La adrenalina abandonó mi cuerpo y el dolor regresó, intenso y crudo, brotando de mi hombro como una llamarada.
Me tambaleé un poco.
Él me sostuvo.
—Te tengo —dijo con suavidad.
Capítulo 4
ASTRA
Había estado en el hospital durante dos días.
Por suerte, la bala no había tocado ningún órgano vital. Tampoco entró profundamente. Unos cuantos puntos, algunos analgésicos y me enviaron a casa a descansar.
Pospuse a la empresa de mudanzas y decidí quedarme unos días más.
Esta mañana estaba acurrucada en el sofá, leyendo en la sala, cuando un golpe resonó en la puerta principal.
Abrí la puerta y allí estaban Nolan y Riven en el porche.
—Astra —dijo Nolan—, ¿tienes idea de lo humillado que me sentí en la fiesta de mi madre? Les dije a todos, especialmente a ella, que vendrías, y tú... desapareciste. ¿Fue tu forma de castigarme por dejar que Anna viniera conmigo?
Riven intervino con voz despreciativa.
—La clásica Astra. Nuestra princesa Quinn. Tan absorta en sí misma que la mata ver que alguien más reciba atención. Te tengo noticias: a mí tampoco me gusta la gente egoísta.
Ninguno de los dos parecía haber notado el vendaje en mi hombro.
Pero ya me había cansado de quedarme callada.
—Me dispararon, Nolan —dije con voz plana—. Si te importara un bledo, quizá habrías notado que seguían al segundo auto. Y Riven, tu comentario ya me aburre. Ser ciego y arrogante no es mejor que ser egoísta.
Ambos se quedaron paralizados.
La cara de Nolan palideció.
—¿Qué? ¿Te... te dispararon? ¿Por qué no me llamaste? —Se acercó a mí, intentando tocar el vendaje como si todavía tuviera el derecho de hacerlo.
Riven se puso rojo como un tomate.
—Mierda, lo siento. No lo sabía... Debiste decirnos. En serio que no lo sabía...
Me di la vuelta y regresé al sofá sin decir una palabra más.
***
No se fueron.
Durante el resto del día, Nolan y Riven me rondaron como sombras. Nolan no dejaba de traerme agua y fruta, preguntándome si tenía mucho frío, mucho calor o si sentía dolor. Riven caminaba de un lado a otro en la cocina, llamando a chefs y organizando la cena.
—Astra, ¿el agua está muy fría? Puedo calentarla —dijo Nolan.
—Astra, el chef está en camino. Puede preparar comida francesa o japonesa. ¿Qué prefieres? —añadió Riven.
No les respondí a ninguno de los dos. Porque la verdad era que ni siquiera habían notado que estuve fuera dos días enteros. Y ahora estaban aquí, proyectando culpa, ofreciendo comida, actuando como si nada hubiera pasado.
Pero algo sí pasó: casi me matan dos veces. Y ahora, nada de lo que digan o hagan me hará volver a verlos de la misma manera.
Si soy sincera, todo lo que hacían ahora me parecía ruido; un peso abrumador y desagradable que ya no me interesaba cargar.
—Ya pueden irse —dije con calma—. No soy Anna; no necesito a dos hombres rondando como si fuera a desmoronarme sin ustedes.
—Astra, no te pongas así... —Nolan cayó de rodillas. Ni siquiera lo miré.
Riven intervino, frunciendo el ceño.
—Sé que no he sido el mejor amigo últimamente. Pero hasta tú tienes que admitirlo: has sido un poco dura con Anna. Solo la estaba defendiendo.
Me reí.
—¿Dura con ella? ¿Con cuál de tus dos ojos me viste ponerle una mano encima, Riven? Cada cosa que “sabes” salió de la boca de alguien más. Si vamos a hablar de abuso... ¿dejar que me llevara la banda rival de mi familia y quedarse mirando en silencio? Eso es abuso.
El lugar quedó en silencio.
Nolan desvió la mirada. La mandíbula de Riven se tensó, pero no respondió ni una palabra más.
Aun así, no se fueron.
Se quedaron allí como fantasmas; sirviendo té en la mesa, acomodando almohadas, siguiéndome con la mirada cada vez que apenas me levantaba del sofá.
***
Después de todo, Riven había traído a un chef de una cocina con estrellas Michelin. La comida estaba deliciosa. Y yo no iba a castigarme saltándome la cena, así que me permití disfrutarla.
Apenas terminaba el postre cuando el timbre volvió a sonar.
No necesité adivinar. Solo había una posibilidad.
—Hola, Astra —entonó la voz de Anna cuando la puerta se abrió, demasiado dulce, demasiado oportuna—. Espero no interrumpir nada. Nolan me envió un mensaje... dijo que estabas herida. Así que pensé en pasar a ver cómo estabas.
—Astra —dijo ella, deslizándose en un asiento—, ¿cómo te sientes?
—Bien, hasta que te vi.
Soltó una risita breve e incómoda.
—No iba a venir. Sé que probablemente no quieras verme...
—No digas esas cosas —intervino Nolan con suavidad, colocándose ya a su lado—. Ninguno de nosotros te rechazaría jamás. Astra solo bromeaba.
—Así es —añadió Riven—. No seas tonta.
No dije una palabra más, solo miré a Anna.
Me devolvió la mirada.
Levanté una ceja. Anna no se inmutó. Probablemente sabía que ya la había descubierto: cada lágrima de cocodrilo, cada actuación de inocencia sin aliento.
Y aun así, parpadeó con esos ojos grandes de muñeca y dijo en voz baja:
—Supongo que me sentía un poco sensible. Mañana es el aniversario luctuoso de mis padres. No quería estar sola.
Riven fue el primero en reaccionar, dándole palmaditas en la espalda como si fuera de cristal.
Nolan se levantó y se puso a su lado.
—No estás sola, Anna —dijo en voz baja—. Quédate aquí esta noche, para que podamos estar los cuatro juntos.
Anna se volvió hacia él.
—¿Puedo?
Nolan sonrió.
—Por supuesto.
Luego Nolan me miró, con las cejas fruncidas; una señal silenciosa para que yo aceptara.
Me quedé callada, ignorándolo.
La tensión aumentó. Y antes de que estallara, el timbre volvió a sonar.
Esto era inusual. Normalmente no recibía tantos invitados en una semana, mucho menos en una sola noche.
Riven fue a abrir. Un momento después regresó cargando una caja grande y elegante.
—Acaban de entregar esto —dijo—. Es para ti, Astra.
La puso sobre la mesa.
La abrí sin pensar.
Dentro había un vestido de novia de encaje plateado. Delicado. Exquisito. Debajo de él, un collar de diamantes resplandeciente. Encima de todo, una tarjeta pequeña, escrita a mano con una letra masculina y pulcra:
“Te ves bien de plateado. —Silas Monroe”
Se me cortó la respiración.
Plateado. El vestido que llevaba la noche que me salvaron. Ese hombre... el que me sacó de los escombros, el que dijo que ahora estaba a salvo.
¿Podría ser? ¿Podría ser él el prometido que nunca conocí?
¿Qué probabilidades había?
Nolan se inclinó, con voz recelosa.
—¿Esto es... un vestido de novia?
Riven se acercó.
—¿Por qué alguien te enviaría un vestido de novia?
Levanté el vestido y lo sostuve frente a mí, con una sonrisa.
—Para una boda, por supuesto.
Ambos se quedaron mirando.
—¿Una boda? —repitieron.
Nolan perdió la compostura por primera vez en toda la noche. Me tomó de la muñeca, obligándome a mirarlo.
—¿Qué boda? —exigió—. ¿De qué estás hablando, Astra?