Capítulo 2

Al terminar la noche, Lina ya había juntado una pequeña montaña de regalos que ella misma eligió con cuidado. Yo solo me molesté en escoger un objeto al azar para terminar con aquello de una vez.

Marco me observó emocionado mientras yo lo abría. Adentro había un collar de rubíes.

Él chifló.

—Nunca me fallas. De todos los regalos, elegiste el más caro a la primera.

El gesto de superioridad de Lina desapareció y sus ojos comenzaron a mostrar celos.

Hizo un puchero y se colgó del brazo de Marco.

—Yo también quiero ese collar. ¿Puedo cambiar todos mis regalos por el que eligió Aurora?

No dije nada. Solo lo miré en silencio. Después de tres años de matrimonio, quise saber si yo significaba más para él que Lina.

Marco vaciló unos segundos. Luego, estiró la mano y me quitó el collar.

—Lina cumple dieciocho años y es una fecha importante. Dáselo por esta vez, ¿sí? Si en serio te gusta el collar de rubíes, te compro uno más grande después.

Fue la primera vez que Marco prefirió a otra mujer antes que a mí al tener que elegir.

—Está bien. —Me solté de sus brazos y mi voz sonó indiferente—. Solo me interesan las cosas que son únicas. Si ya se lo diste a alguien más, ya no lo quiero.

Me alejé bajo su mirada de asombro.

Esa noche, Marco me envió un collar de rubíes todavía más grande. Me pareció tan irónico que me di la vuelta y lo aventé a la alberca.

Lina, por el contrario, saltó al agua. Chapoteó como si estuviera buscando desesperadamente, aunque el agua de la alberca estaba cristalina y el rubí se veía a simple vista. Fingió no verlo y estuvo tanteando el fondo de forma exagerada. Solo cuando Marco llegó corriendo, ella por fin agarró el collar y salió, escurriendo agua.

Temblaba como si se estuviera muriendo de frío y me extendió el collar con las manos temblorosas.

—¿Estás enojada conmigo, Aurora? Ya no quiero el collar. Quédate con los dos. Por favor, no te enojes con Marco.

Su vestido blanco estaba empapado y una ligera mancha roja comenzó a transparentarse en la tela. La expresión de Marco se volvió aterradora. Su mirada perdió el brillo mientras se quitaba el saco para cubrirla.

—¿Estás loca? ¡Cómo se te ocurre meterte al agua así si estás en tus días! —la regañó con la voz molesta—. ¡El agua está helada y tú tienes cólicos horribles desde que eras adolescente!

Lina estaba pálida y se desplomó débilmente en sus brazos, soportando el llanto.

—No te enojes conmigo. Solo no quería que tú y Aurora pelearan. Me duele verte molesto.

La mirada de Marco se suavizó enseguida, llena de angustia. Sus ojos se posaron en mí con reproche.

—Lina todavía es una niña. ¿Por qué te tomas las cosas tan a pecho?

Sin decir más, la cargó en brazos y se la llevó al hospital.

Me quedé ahí parada mientras un dolor agudo comenzaba a extenderse por mi vientre. Lina será mi prima, pero Marco se sabía de memoria su ciclo y que sufría de cólicos fuertes. Mientras tanto, se le olvidó que yo también estaba en mis días y que mis dolores eran mucho peores.

Más tarde esa noche, Lina publicó en sus redes sociales.

“Se siente tan bien que te amen. Por un simple cólico, rentó todo el hospital para mí y me cuidó toda la noche”.

Había una foto: un par de manos grandes sosteniendo las suyas con ternura, en un gesto experto y familiar. Sentí una presión. Él solía hacer lo mismo por mí cuando me sentía mal, pero ahora esa persona era Lina.

El vientre me dolió con más fuerza y el sudor me recorría la espalda mientras me hacía bolita bajo las cobijas. Por fin me quedé dormida muy entrada la noche, solo para despertarme por los gritos que venían de afuera.

—¡Fuego! ¡Se está quemando el invernadero! ¡Rápido!

En el invernadero había miles de plantas exóticas de todo el mundo; plantas que Marco fue juntando para mí, una por una. Había pasado años cuidándolas.

Sentí que el corazón se me detenía. Me puse un abrigo y salí corriendo. Sin embargo, en cuanto crucé la puerta, un bulto blanco chocó contra mí y me hizo rodar por las escaleras.

Cuando desperté, estaba en la cama de un hospital. Marco estaba sentado a mi lado, con los ojos rojos por la angustia.

En cuanto abrí los ojos, me tomó la mano.

—El doctor dijo que tienes una pequeña fractura en el pie. ¿Te duele? No podrás pararte de la cama por un tiempo.

—El invernadero... —Intenté incorporarme, pero el dolor me obligó a recostarme de nuevo. Lo miré fijamente, esperando un milagro.

Marco vaciló y evitó mirarme.

—Ya no existe. Se quemó todo. Si te gusta mucho, te construyo otro.

Antes de que pudiera responder, una enfermera entró apurada a la habitación.

—Don Vitale, la señorita Lina se queja de un dolor en el estómago, pero no deja que la revisemos. ¿Podría venir a verla?

Marco se quedó paralizado un momento antes de soltarme la mano y ponerse de pie.

—Lina siempre ha sido muy consentida. Mejor voy a verla antes de que les dé problemas a las enfermeras. Descansa, regreso pronto.

Luego, salió apurado por la puerta sin volver la cara.

Mientras sentía amargura, mi celular vibró. Era un video de Lina.

En el video, aparecía acurrucada en los brazos de Marco, llorando bajito.

—Todo es mi culpa. Qué tonta soy, me corté la mano con una hoja mientras escogía un regalo. Si no me hubiera lastimado, no habrías quemado el invernadero por mí y Aurora no se habría hecho daño.

Marco le acariciaba la cabeza con cariño y su voz sonaba tranquila.

—Es solo un invernadero. Tú eres mi mujer. No voy a dejar que nada te haga daño, ni siquiera una planta.

Ahí terminó el video.

Una risa amarga escapó de mis labios. Alguna vez me dijo que si tanto me gustaba estudiar las plantas, me traería las más raras de todo el mundo. Ahora, por un rasguño insignificante en la mano de Lina, le prendió fuego a lo que yo más amaba.

Sentí un vacío.

Capítulo 3

Durante los siguientes días, Marco iba y venía entre las dos habitaciones del hospital, sin descuidar a ninguna de las dos.

Poco antes de que me dieran de alta, Lina fue a verme. Su habitual expresión dulce e inocente había desaparecido; en su lugar, su sonrisa era maliciosa.

—En serio que aguantas mucho. Te quedaste tan tranquila incluso después de ver mi boda con Marco. Él ya no te quiere. ¿En serio crees que puedes seguir aferrada a ese lugar? Como te niegas a aceptar la realidad, te voy a dar una ayudadita.

Después de decir eso, Lina sacó un bloque de explosivos C4 y lo puso en la esquina del cuarto. Me quedé mirándola, impactada, pero ella solo me dedicó una sonrisita burlona.

—Tranquila, no te va a matar. Solo quiero que veas a quién decide salvar Marco cuando las dos estemos en peligro.

Una explosión ensordecedora sacudió todo el piso. Tanto Lina como yo quedamos aplastadas bajo los escombros. Una varilla de acero me atravesó el hombro y la sangre brotó. Mi vista empezó a nublarse.

Antes de perder el conocimiento, vi a Marco entrar desesperado. Saqué fuerzas de donde pude y lo llamé.

—Aquí estoy...

Sin embargo, Marco pasó de largo. Se fue con Lina, levantó la enorme placa de concreto que la cubría y la tomó en sus brazos con las manos temblorosas.

—No tengas miedo. Aquí estoy.

Luego se la llevó cargando sin siquiera voltear a verme. Ni siquiera les dio órdenes a sus hombres para que me buscaran.

Me quedé ahí tirada entre los escombros mientras las lágrimas rodaban sin control por mi cara. Esta era mi habitación de hospital.

“¿No escuchó que yo estaba ahí?”

Cuando volví a despertar, ya estaba de regreso en la casa.

Marco me tomó la mano y le temblaba la voz.

—Por fin despertaste. Si te hubiera pasado algo, habría derrumbado el hospital entero.

No le respondí. En cambio, quité mi mano de la suya en silencio.

—Estás enojada porque salvé a Lina primero, ¿no? —Marco vaciló—. Te juro que no sabía que estabas en el cuarto. Además, ella es joven; como hombre, era mi responsabilidad salvarla. Pero Aurora, si algo llegara a pasarte, yo me moriría contigo.

Me volvió a agarrar la mano, dispuesto a seguir con su confesión, cuando un vaso de vidrio se estrelló en la entrada. Lina estaba ahí parada con una actitud de inocencia herida y los pedazos rotos a sus pies.

A Marco se le fue el color de la cara. Antes de que pudiera explicar nada, Lina se tapó la cara y salió corriendo entre lágrimas.

Bajo mi mirada, vi cómo él se esforzaba por no ir tras ella.

—Solo se está portando como una niña. No le hagas caso. Tú eres lo más importante.

Los días siguientes, Marco casi no se separó de mi lado y se encargó de todo personalmente. Sin embargo, una semana después, surgió la noticia de que Lina había desaparecido.

La fachada de hombre tierno que mantuvo durante una semana se derrumbó en un instante. Convocó a toda la familia, activó cada contacto que tenía e inició una búsqueda masiva para encontrarla.

En menos de un día la encontraron. Lina se lanzó a los brazos de Marco en cuanto la rescataron y, al verme, su cara se deformó por el miedo.

—¡Perdón! De ahora en adelante me mantendré lejos de tu esposo. ¡Por favor, no me vuelvas a encerrar en la sala de tortura!

Era la primera vez que llamaba a Marco “mi esposo”.

La presencia de Marco se volvió aterradora. Me lanzó una mirada que se sintió como un cuchillo.

—¡Los celos tienen un límite! ¡Lina es solo una niña! ¡La sala de tortura es para traidores y enemigos! Le dieron toques y la azotaron ahí dentro... ¿Tienes idea de que por poco se muere?

Ni siquiera me preguntó qué había pasado; decidió que yo era la culpable. Si esto hubiera sido antes, me habría quebrado y le habría suplicado que confiara en mí. Ahora, mi voz sonaba tranquila.

—Yo no fui. Piensa lo que quieras. Estoy cansada y necesito descansar.

Me acosté de nuevo y le di la espalda.

Al ver mi reacción, Marco se dio cuenta de que me había acusado injustamente. Sin embargo, antes de que pudiera hablar, Lina lo agarró y empezó a sollozar desconsoladamente.

—¡No te vayas! Tengo mucho miedo. Me dijeron que era una cualquiera. Dijeron que me iban a desollar para que nunca volviera a seducir a otro hombre.

Marco la consoló, con su angustia reflejada.

—No tengas miedo. Aquí estoy. No dejaré que nadie te haga daño.

Cerré los ojos. No quería ver, ni escuchar, ni pensar. Ya no importaba, porque mañana yo ya no estaría aquí.

Con Marco ya no quedaba nada que decir, más que adiós.

Capítulo 4

Esa noche percibí un aroma extraño y, de pronto, perdí el conocimiento. Al despertar, me di cuenta de que me habían amarrado a una silla eléctrica. Tenía la cabeza cubierta con una capucha negra y la cinta en la boca me impedía gritar.

La voz dura de Marco llegó desde algún lugar a mi lado.

—¿Esta fue la que te puso la mano encima en la sala de tortura? Quítale la capucha. Quiero ver quién se atrevió a tocar lo que es mío.

En cuanto lo dijo, Lina gritó aterrada.

—¡No! ¡No se la quites! Estoy traumada. Cada vez que le veo la cara, me muero de miedo.

—Está bien, no se la quitaremos —la tranquilizó Marco con suavidad—. Ya, no llores. Yo me encargaré de que pague por lo que te hizo.

Al escuchar su conversación, todo cobró sentido. No existía ninguna sala de tortura familiar; todo era una trampa de Lina. Me puso la capucha y me tapó la boca solo para que Marco me torturara personalmente.

Un sudor repentino me recorrió la espalda. Marco siempre era implacable con sus enemigos. Caer en sus manos significaba que la muerte era, por lo general, el resultado más piadoso.

—¡Mmmm! ¡Mmmm!

Luché con desesperación, intentando emitir algún sonido para que Marco se diera cuenta de quién era yo. Por desgracia, la cinta estaba demasiado apretada y no pude decir ni una sola palabra.

Marco se acercó, con el tono de un hombre acostumbrado a mandar.

—Mmm. Resultó ser mujer. Tienes suerte; yo nunca le pongo la mano encima a una mujer.

Sacó una jeringa.

—Esto es lo que usa el FBI para interrogar sospechosos. Intensifica los sentidos cien veces y, por más que duela, te mantiene consciente.

Después de que habló, sentí un pinchazo en el cuello. Un líquido helado inundó mis venas. En un instante, cada sensación en mi cuerpo estalló, magnificada a un nivel insoportable.

Marco rio con crueldad.

—¿Así que le dijiste “prostituta” a mi niña? ¿Que le ibas a arrancar la piel? Si es así, dale la bienvenida que se merece. Devuélvele cada gramo de dolor que sufrió Lina multiplicado por cien.

Tras decir eso, rodeó a Lina con el brazo y salió de la habitación con ella.

En cuanto se activó la silla eléctrica, una corriente me atravesó, haciendo que fuera difícil incluso respirar. Entonces, un latigazo golpeó mi piel. Grité, pero no salió ningún sonido. El dolor era tan fuerte que sentía que el cráneo se me iba a partir.

No tengo idea de cuánto tiempo pasó. Al final, mis fuerzas se agotaron hasta que no pude ni moverme. Aun así, el dolor intensificado cien veces permanecía insoportablemente claro, negándose a desaparecer.

Entre la bruma, escuché de nuevo la voz de Lina.

—No te desmayes todavía. Marco ya se durmió, así que vine a hacerte compañía.

Rio entre dientes de forma maliciosa mientras me agarraba la mano derecha y continuó:

—Supe que la cura de Marco salió de esta manita tuya, ¿verdad? Qué fastidio...

Dicho esto, estrelló mi mano contra el suelo y la aplastó con el tacón. Escuché el crujir de mis huesos y solo entonces el dolor me hundió por fin en la inconsciencia.

A la mañana siguiente, me tiraron como basura a la entrada de una fábrica abandonada. Me habían desatado las manos, así que, con la izquierda, luché por quitarme la capucha. Luego, agarré mi celular y llamé a mi mentora.

Mi visión se volvió borrosa y, antes de perder el sentido, una voz fuerte y firme llegó a mis oídos.

—¿Qué le pasó? ¿Quién le hizo esto?

Sacudí la cabeza con debilidad y alcancé a decir:

—Solo sáqueme de aquí. En cuanto me vaya, borre todos mis registros. No quiero volver a poner un pie en este lugar nunca más...

La puerta del auto se cerró y las lágrimas rodaron en silencio por mis mejillas. Sabía que esta vez desaparecería del mundo de Marco.

En cuanto subí al auto, me llegó un mensaje de texto de su parte.

“¿Sigues enojada conmigo? Si todavía tienes dudas sobre Lina y yo, mañana mismo la mando al extranjero y no le vuelvo a hablar. Quiero que sepas que eres la persona más importante en mi mundo. Te amo más que a mi propia vida”.

Todo mi cuerpo tembló y sentí náuseas.

Tiempo atrás, cuando me fui al desierto a buscar la cura para su columna, acepté ponerme el collar que él me dio, eligiendo estar atada a él. Ahora, me quité ese collar, lo metí en una caja y le pedí al personal militar que conducía el auto que se lo entregara a Marco.

En el momento en que me lo quité, sentí mi cuerpo ligero. Mientras una brisa suave se colaba por la ventana del auto, cerré los ojos.

“Marco, mi amor por ti era la cadena que me tenía prisionera. Ahora que ya no te amo, no volverás a encontrarme jamás.”

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El Disparo Que Me Devolvió La Vida

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