Capítulo 1

Cuando cumplimos tres años de casados, recibí una invitación para la boda de mi esposo; la novia era mi prima, Lina.

Seguí la dirección que venía en la invitación y volé a Estados Unidos. Sin embargo, en cuanto llegué, vi a mi marido, Marco, el Don más joven de Italia, abrazando a Lina por la cintura mientras brindaban juntos.

Varios fuegos artificiales estallaron en el cielo formando los nombres de los dos. Dentro de la capilla, sus hombres se reían y bromeaban.

—En Italia se casó con Aurora y en Estados Unidos se va a casar con Lina. ¡El Don sí que sabe cómo quedarse con lo mejor de los dos mundos!

—¿No que no sentía nada por Lina?

La voz de Marco se escuchó por encima del ruido:

—Al principio, en serio que no sentía nada por ella. Para mí era solo una niña, pero me buscó durante años. Nunca le importó que la ignorara, e incluso se quedó a mi lado los dos años que estuve paralítico, cuidándome. Aunque nunca la dejé entrar a mi corazón, no podía ignorarla para siempre.

Los dos años que estuvo paralítico...

Así que durante ese tiempo, mientras yo estaba en el desierto, comiendo tierra y durmiendo a la intemperie, luchando contra el cansancio solo para conseguir esos extractos medicinales raros para curar su columna herida, mi esposo había empezado un romance con mi prima.

Me limpié las lágrimas, saqué los papeles del divorcio que Marco había firmado cuando recién se lastimó y puse mi firma. Si mi dedicación no vale nada comparada con que alguien esté ahí a su lado, no necesito a un hombre que puede traicionarme tan fácil.

Después de firmar los papeles del divorcio, marqué el número de mi mentora.

—Por favor, anóteme de nuevo en el equipo del proyecto de investigación en el Ártico para desarrollar el nuevo medicamento.

La voz emocionada de Mary se escuchó por el altavoz.

—¿Cambiaste de opinión? ¡Qué maravilla! El ejército enviará a alguien por ti en diez días. Pero, Aurora, tengo que recordártelo una vez más. En cuanto te unas a esta misión, borrarán todos tus datos personales. Tu esposo es algo controlador... ¿estará de acuerdo?

Al escuchar su preocupación, me quedé paralizada un momento. Marco sí que sentía una posesividad abrumadora por mí.

Crecimos juntos. La familia Vitale siempre estaba ocupada con los asuntos de la mafia y el Don anterior crio a Marco a su lado. Sin embargo, por muy caóticas que se pusieran las cosas, Marco siempre se hacía tiempo para verme.

Como tengo el sueño ligero, buscó por todo el mundo ropa de cama y la probó, solo para encontrar la que me ayudara a dormir más rápido.

Cuando se enteró de que mi estómago era sensible, entrenó con el chef de la familia por dos meses y se despertaba dos horas antes cada día para prepararme una comida especial que no me cayera mal. Cuando cumplí veintidós años, iluminó el cielo con fuegos artificiales y drones que formaban su declaración de amor.

Como era de esperarse, me enamoré perdidamente de ese hombre que era tan poderoso como tierno. Creí que mi cuento de hadas se había vuelto realidad. Sin embargo, poco después de la boda, Marco se lesionó la columna en una guerra de territorios y los doctores dijeron que pasaría el resto de su vida en cama.

Él no pudo aceptar esa pérdida de poder. Se volvió irritable y volátil, hundiéndose en impulsos autodestructivos y pensamientos suicidas. En menos de tres meses, se atormentó tanto que solo quedó una sombra de lo que solía ser.

—Un hombre paralítico como yo no te merece, pero tampoco soporto la idea de imaginarte en los brazos de alguien más. Ya firmé los papeles del divorcio. Solo déjame.

Para obligarme a irme, incluso sacó una pistola y se la quiso poner en la sien. Me puse frente al cañón.

Como investigadora médica, hice hasta lo imposible por conseguir un lugar en un proyecto y luego partí hacia el desierto para conseguir un extracto medicinal raro que pudiera reparar los nervios de la columna. Antes de irme, él mandó a hacer un collar con una microcámara oculta para mí.

Me dio un beso fuerte y, con un tono paranoico, dijo:

—Eres mi todo. No puedo dejar que te me pierdas de vista. Si no sé dónde estás, me voy a volver loco.

Yo sabía lo retorcida que era su necesidad de control, pero para que estuviera tranquilo, acepté ponerme el collar y me fui al desierto.

Cada maldito día que estuve allá, él me vigiló a través de esa cámara. Sin embargo, ¿quién iba a decir que un hombre que me amaba con toda el alma empezaría una familia en secreto con otra mujer?

Con una sonrisa, le resté importancia a las preocupaciones de mi mentora y le confirmé que me iría con el ejército en diez días.

Al volver a casa, empecé a empacar. Fue entonces cuando Marco regresó. Se quedó mirando la maleta que tenía en la mano y arrugó la frente.

—¿A dónde vas? ¿Por qué no me dijiste nada? Estuve fuera una semana en un viaje de negocios y, ¿ahora resulta que te quieres ir a escondidas?

Al escuchar su tono de siempre, solté una risa amarga.

—¿Qué, ya no tengo permiso ni de salir de la casa?

—No quise decir eso —respondió Marco suavizando la voz—. Solo me preocupa tu seguridad. Me he ganado muchos enemigos en estos dos años. Si necesitas salir, es más seguro que yo te acompañe. Además... eres mi todo. No soporto estar lejos de ti ni un minuto.

Marco se acercó, me quitó la maleta de las manos y se inclinó para darme un beso.

—Cariño, acabo de llegar. Ahorita no vas a ir a ningún lado. Te preparé una sorpresa, ¿no quieres ver qué es?

Marco siempre me traía regalos cuando volvía de un viaje. Los escondía en mi invernadero favorito y luego me acompañaba con una sonrisa cariñosa mientras jugábamos a encontrarlos. Pero esta vez, cuando me llevó al invernadero, ya había alguien ahí.

Lina se acercó corriendo y me agarró del brazo muy emocionada.

—¡Esta vez a mí también me trajeron regalos! Ándale, Aurora, vamos a ver quién encuentra el suyo primero.

Su voz era alegre, pero me estaba provocando con la mirada.

Al verme molesta, Marco dijo en voz baja:

—No seas infantil. Ayer fue el cumpleaños dieciocho de Lina. No pude estar con ella, así que hoy quería compensarla. No te vas a enojar por eso, ¿verdad?

Al pensar en la boda de ayer, sentí un vacío. Así que, en cuanto Lina cumplió los dieciocho, Marco corrió a casarse con ella.

Capítulo 2

Al terminar la noche, Lina ya había juntado una pequeña montaña de regalos que ella misma eligió con cuidado. Yo solo me molesté en escoger un objeto al azar para terminar con aquello de una vez.

Marco me observó emocionado mientras yo lo abría. Adentro había un collar de rubíes.

Él chifló.

—Nunca me fallas. De todos los regalos, elegiste el más caro a la primera.

El gesto de superioridad de Lina desapareció y sus ojos comenzaron a mostrar celos.

Hizo un puchero y se colgó del brazo de Marco.

—Yo también quiero ese collar. ¿Puedo cambiar todos mis regalos por el que eligió Aurora?

No dije nada. Solo lo miré en silencio. Después de tres años de matrimonio, quise saber si yo significaba más para él que Lina.

Marco vaciló unos segundos. Luego, estiró la mano y me quitó el collar.

—Lina cumple dieciocho años y es una fecha importante. Dáselo por esta vez, ¿sí? Si en serio te gusta el collar de rubíes, te compro uno más grande después.

Fue la primera vez que Marco prefirió a otra mujer antes que a mí al tener que elegir.

—Está bien. —Me solté de sus brazos y mi voz sonó indiferente—. Solo me interesan las cosas que son únicas. Si ya se lo diste a alguien más, ya no lo quiero.

Me alejé bajo su mirada de asombro.

Esa noche, Marco me envió un collar de rubíes todavía más grande. Me pareció tan irónico que me di la vuelta y lo aventé a la alberca.

Lina, por el contrario, saltó al agua. Chapoteó como si estuviera buscando desesperadamente, aunque el agua de la alberca estaba cristalina y el rubí se veía a simple vista. Fingió no verlo y estuvo tanteando el fondo de forma exagerada. Solo cuando Marco llegó corriendo, ella por fin agarró el collar y salió, escurriendo agua.

Temblaba como si se estuviera muriendo de frío y me extendió el collar con las manos temblorosas.

—¿Estás enojada conmigo, Aurora? Ya no quiero el collar. Quédate con los dos. Por favor, no te enojes con Marco.

Su vestido blanco estaba empapado y una ligera mancha roja comenzó a transparentarse en la tela. La expresión de Marco se volvió aterradora. Su mirada perdió el brillo mientras se quitaba el saco para cubrirla.

—¿Estás loca? ¡Cómo se te ocurre meterte al agua así si estás en tus días! —la regañó con la voz molesta—. ¡El agua está helada y tú tienes cólicos horribles desde que eras adolescente!

Lina estaba pálida y se desplomó débilmente en sus brazos, soportando el llanto.

—No te enojes conmigo. Solo no quería que tú y Aurora pelearan. Me duele verte molesto.

La mirada de Marco se suavizó enseguida, llena de angustia. Sus ojos se posaron en mí con reproche.

—Lina todavía es una niña. ¿Por qué te tomas las cosas tan a pecho?

Sin decir más, la cargó en brazos y se la llevó al hospital.

Me quedé ahí parada mientras un dolor agudo comenzaba a extenderse por mi vientre. Lina será mi prima, pero Marco se sabía de memoria su ciclo y que sufría de cólicos fuertes. Mientras tanto, se le olvidó que yo también estaba en mis días y que mis dolores eran mucho peores.

Más tarde esa noche, Lina publicó en sus redes sociales.

“Se siente tan bien que te amen. Por un simple cólico, rentó todo el hospital para mí y me cuidó toda la noche”.

Había una foto: un par de manos grandes sosteniendo las suyas con ternura, en un gesto experto y familiar. Sentí una presión. Él solía hacer lo mismo por mí cuando me sentía mal, pero ahora esa persona era Lina.

El vientre me dolió con más fuerza y el sudor me recorría la espalda mientras me hacía bolita bajo las cobijas. Por fin me quedé dormida muy entrada la noche, solo para despertarme por los gritos que venían de afuera.

—¡Fuego! ¡Se está quemando el invernadero! ¡Rápido!

En el invernadero había miles de plantas exóticas de todo el mundo; plantas que Marco fue juntando para mí, una por una. Había pasado años cuidándolas.

Sentí que el corazón se me detenía. Me puse un abrigo y salí corriendo. Sin embargo, en cuanto crucé la puerta, un bulto blanco chocó contra mí y me hizo rodar por las escaleras.

Cuando desperté, estaba en la cama de un hospital. Marco estaba sentado a mi lado, con los ojos rojos por la angustia.

En cuanto abrí los ojos, me tomó la mano.

—El doctor dijo que tienes una pequeña fractura en el pie. ¿Te duele? No podrás pararte de la cama por un tiempo.

—El invernadero... —Intenté incorporarme, pero el dolor me obligó a recostarme de nuevo. Lo miré fijamente, esperando un milagro.

Marco vaciló y evitó mirarme.

—Ya no existe. Se quemó todo. Si te gusta mucho, te construyo otro.

Antes de que pudiera responder, una enfermera entró apurada a la habitación.

—Don Vitale, la señorita Lina se queja de un dolor en el estómago, pero no deja que la revisemos. ¿Podría venir a verla?

Marco se quedó paralizado un momento antes de soltarme la mano y ponerse de pie.

—Lina siempre ha sido muy consentida. Mejor voy a verla antes de que les dé problemas a las enfermeras. Descansa, regreso pronto.

Luego, salió apurado por la puerta sin volver la cara.

Mientras sentía amargura, mi celular vibró. Era un video de Lina.

En el video, aparecía acurrucada en los brazos de Marco, llorando bajito.

—Todo es mi culpa. Qué tonta soy, me corté la mano con una hoja mientras escogía un regalo. Si no me hubiera lastimado, no habrías quemado el invernadero por mí y Aurora no se habría hecho daño.

Marco le acariciaba la cabeza con cariño y su voz sonaba tranquila.

—Es solo un invernadero. Tú eres mi mujer. No voy a dejar que nada te haga daño, ni siquiera una planta.

Ahí terminó el video.

Una risa amarga escapó de mis labios. Alguna vez me dijo que si tanto me gustaba estudiar las plantas, me traería las más raras de todo el mundo. Ahora, por un rasguño insignificante en la mano de Lina, le prendió fuego a lo que yo más amaba.

Sentí un vacío.

Capítulo 3

Durante los siguientes días, Marco iba y venía entre las dos habitaciones del hospital, sin descuidar a ninguna de las dos.

Poco antes de que me dieran de alta, Lina fue a verme. Su habitual expresión dulce e inocente había desaparecido; en su lugar, su sonrisa era maliciosa.

—En serio que aguantas mucho. Te quedaste tan tranquila incluso después de ver mi boda con Marco. Él ya no te quiere. ¿En serio crees que puedes seguir aferrada a ese lugar? Como te niegas a aceptar la realidad, te voy a dar una ayudadita.

Después de decir eso, Lina sacó un bloque de explosivos C4 y lo puso en la esquina del cuarto. Me quedé mirándola, impactada, pero ella solo me dedicó una sonrisita burlona.

—Tranquila, no te va a matar. Solo quiero que veas a quién decide salvar Marco cuando las dos estemos en peligro.

Una explosión ensordecedora sacudió todo el piso. Tanto Lina como yo quedamos aplastadas bajo los escombros. Una varilla de acero me atravesó el hombro y la sangre brotó. Mi vista empezó a nublarse.

Antes de perder el conocimiento, vi a Marco entrar desesperado. Saqué fuerzas de donde pude y lo llamé.

—Aquí estoy...

Sin embargo, Marco pasó de largo. Se fue con Lina, levantó la enorme placa de concreto que la cubría y la tomó en sus brazos con las manos temblorosas.

—No tengas miedo. Aquí estoy.

Luego se la llevó cargando sin siquiera voltear a verme. Ni siquiera les dio órdenes a sus hombres para que me buscaran.

Me quedé ahí tirada entre los escombros mientras las lágrimas rodaban sin control por mi cara. Esta era mi habitación de hospital.

“¿No escuchó que yo estaba ahí?”

Cuando volví a despertar, ya estaba de regreso en la casa.

Marco me tomó la mano y le temblaba la voz.

—Por fin despertaste. Si te hubiera pasado algo, habría derrumbado el hospital entero.

No le respondí. En cambio, quité mi mano de la suya en silencio.

—Estás enojada porque salvé a Lina primero, ¿no? —Marco vaciló—. Te juro que no sabía que estabas en el cuarto. Además, ella es joven; como hombre, era mi responsabilidad salvarla. Pero Aurora, si algo llegara a pasarte, yo me moriría contigo.

Me volvió a agarrar la mano, dispuesto a seguir con su confesión, cuando un vaso de vidrio se estrelló en la entrada. Lina estaba ahí parada con una actitud de inocencia herida y los pedazos rotos a sus pies.

A Marco se le fue el color de la cara. Antes de que pudiera explicar nada, Lina se tapó la cara y salió corriendo entre lágrimas.

Bajo mi mirada, vi cómo él se esforzaba por no ir tras ella.

—Solo se está portando como una niña. No le hagas caso. Tú eres lo más importante.

Los días siguientes, Marco casi no se separó de mi lado y se encargó de todo personalmente. Sin embargo, una semana después, surgió la noticia de que Lina había desaparecido.

La fachada de hombre tierno que mantuvo durante una semana se derrumbó en un instante. Convocó a toda la familia, activó cada contacto que tenía e inició una búsqueda masiva para encontrarla.

En menos de un día la encontraron. Lina se lanzó a los brazos de Marco en cuanto la rescataron y, al verme, su cara se deformó por el miedo.

—¡Perdón! De ahora en adelante me mantendré lejos de tu esposo. ¡Por favor, no me vuelvas a encerrar en la sala de tortura!

Era la primera vez que llamaba a Marco “mi esposo”.

La presencia de Marco se volvió aterradora. Me lanzó una mirada que se sintió como un cuchillo.

—¡Los celos tienen un límite! ¡Lina es solo una niña! ¡La sala de tortura es para traidores y enemigos! Le dieron toques y la azotaron ahí dentro... ¿Tienes idea de que por poco se muere?

Ni siquiera me preguntó qué había pasado; decidió que yo era la culpable. Si esto hubiera sido antes, me habría quebrado y le habría suplicado que confiara en mí. Ahora, mi voz sonaba tranquila.

—Yo no fui. Piensa lo que quieras. Estoy cansada y necesito descansar.

Me acosté de nuevo y le di la espalda.

Al ver mi reacción, Marco se dio cuenta de que me había acusado injustamente. Sin embargo, antes de que pudiera hablar, Lina lo agarró y empezó a sollozar desconsoladamente.

—¡No te vayas! Tengo mucho miedo. Me dijeron que era una cualquiera. Dijeron que me iban a desollar para que nunca volviera a seducir a otro hombre.

Marco la consoló, con su angustia reflejada.

—No tengas miedo. Aquí estoy. No dejaré que nadie te haga daño.

Cerré los ojos. No quería ver, ni escuchar, ni pensar. Ya no importaba, porque mañana yo ya no estaría aquí.

Con Marco ya no quedaba nada que decir, más que adiós.

El Disparo Que Me Devolvió La Vida

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