Capítulo 3

La verdad, no quería seguir molestando a Rubén, así que le pedí que me dejara en un hotel para pasar la noche.

No sé hasta qué hora de la madrugada seguí despierto. Al final, terminé quedándome dormido entre la confusión y el cansancio.

Al mediodía siguiente, una serie de golpes insistentes en la puerta me despertó sobresaltado.

Apenas abrí, un grupo de personas irrumpió en la habitación.

—Señor Herrera, ¿por qué le pidió el divorcio a su esposa justo después de que dio a luz?

—Hay rumores de que usted no supo ser fiel dentro del matrimonio y buscó a otra mujer. ¿Es cierto?

—La señora López acaba de darle un hijo, y aun así usted actuó con tanta crueldad. ¿No siente que le debe una explicación?

Los flashes explotaban frente a mis ojos, uno tras otro, y las grabadoras y los micrófonos casi me golpeaban la cara.

Todos levantaban sus celulares hacia mí, transmitían en vivo, grababan videos y hablaban con una indignación feroz, como si me odiaran hasta los huesos.

El escándalo no tardó en atraer a más curiosos.

Cuando los presentes se enteraron de lo que había pasado, también comenzaron a mirarme con un desprecio absoluto.

Una reportera logró abrirse paso hasta el frente y me cuestionó con dureza:

—Según fuentes cercanas, su esposa ya dormía separada de usted durante el embarazo. ¿Eso significa que su matrimonio estaba roto desde hace tiempo? ¿Pedirle el divorcio el mismo día del parto fue algo que usted ya tenía planeado?

Otro reportero no tardó en seguirla:

—Una enfermera reveló que, en el área de maternidad, usted no solo se negó a cargar al bebé, sino que además obligó a su esposa, recién salida de la sala de partos, a firmar un acuerdo de divorcio frente a los padres de ambos. ¿Qué tiene que decir al respecto?

Al escucharlos, por fin entendí. Todo lo que hice ayer había sido grabado por una enfermera y subido a internet.

En cuestión de horas, eso desató una oleada de ataques en mi contra. En una sola noche, me convertí en el hombre más odiado de internet.

Miré las incontables cámaras frente a mí y hablé con calma:

—No tengo nada que explicar.

Mi respuesta encendió aún más la furia de todos.

—Si no lo estuviera viendo con mis propios ojos, jamás creería que existe un hombre capaz de pedirle el divorcio a su esposa el mismo día que dio a luz.

—No hay mucho que adivinar. Seguro tiene a otra mujer por ahí. Él y su amante deberían pudrirse juntos.

—¡Divorcio! Pobre mujer. Si su hijo algún día se entera de que tiene un padre así, seguro se va a avergonzar de él.

Justo cuando los insultos casi me ahogaban, mis padres llegaron con Margarita, acompañándola mientras ella apenas podía mantenerse en pie.

Las secuelas del parto aún se le notaban. En ese momento, su rostro estaba tan pálido que parecía a punto de desmayarse.

Mis padres la llevaron hasta mí, y ella enseguida me miró con preocupación.

—Amor, ¿estás bien?

Parecía que ni siquiera tenía fuerzas para hablar. Su voz era muy débil.

Pero aun así, no se olvidó de preocuparse por mí.

Al ver esos ojos que parecían llenos de amor, negué con la cabeza y no dije nada.

Mi padre, al ver mi reacción, me habló con seriedad:

—Emiliano, tu mamá y yo pensamos en esto toda la noche, y no logramos entender por qué de pronto tratas así a Margarita. Eres nuestro hijo. No puedo creer que seas una persona así. Por eso pensamos que tal vez habías malinterpretado algo de Margarita. Anoche solicitamos una prueba rápida de ADN. Este es el resultado preliminar: el bebé sí es hijo tuyo. ¿Cómo puedes ser tan cruel como para pedirle el divorcio?

Dicho eso, mi padre arrojó el informe de la prueba frente a mí. Lo recogí del suelo.

Mi madre continuó tratando de convencerme:

—Margarita vio en internet que te estaban entrevistando y atacando en vivo. Le dio miedo que te pasara algo, así que vino de inmediato, sin importarle su propia salud. Sus padres no pudieron detenerla. Ella piensa en ti todo el tiempo. No puedes lastimarla así. Haznos caso. Discúlpate con ella como es debido y admite tu error.

Pero frente a las palabras suplicantes de mis padres, no me conmoví en lo más mínimo.

Delante de todos, rompí el informe de paternidad en pedazos.

Capítulo 4

Al ver eso, mi padre empezó a temblar de rabia.

Me dio una bofetada brutal en la cara.

—¿Hasta cuándo vas a seguir con esta terquedad? ¿No ves todo lo que Margarita ha sufrido por ti? ¿Estás ciego y sin corazón? La prueba de paternidad está frente a tus ojos, ¿y aun así quieres destruir esta familia?

El sonido de la bofetada resonó secamente en la habitación. Había usado toda su fuerza.

Muy pronto, la mejilla se me puso roja y morada.

Los murmullos a mi alrededor explotaron de inmediato.

Algunos me señalaban y me llamaban desalmado.

Otros hablaban hacia la cámara del celular, lamentándose de lo crueles que podían llegar a ser algunos hombres hoy en día.

Los ojos de Margarita, que ya estaban enrojecidos, terminaron de llenarse de lágrimas. En su mirada, el último rastro de esperanza se iba apagando poco a poco.

—Nos vemos en el tribunal.

Me cubrí la mejilla ardiente. Mi voz no fue alta, pero sonó extrañamente clara.

Los hombros de Margarita se estremecieron de golpe.

Las lágrimas le cayeron de inmediato, y preguntó con voz ronca:

—Emiliano, ¿de verdad… no vas a darme ni una oportunidad?

No la miré. Solo me dirigí con frialdad a la multitud que se acercaba cada vez más:

—Háganse a un lado.

Mis padres intentaron sujetarme de nuevo, pero me solté de ellos.

Señalé la puerta.

—Salgan todos. Aquí no son bienvenidos.

Durante los siguientes cinco días, apagué el celular y me quedé solo en el hotel.

El día de la audiencia, entré al tribunal justo a tiempo.

Margarita estaba sentada en la mesa de la parte contraria. Su rostro seguía pálido, y Pablo, que no se separaba de su lado, me miró con evidente hostilidad.

Los padres de ambas partes estaban sentados en la zona reservada para los familiares. Mis padres no dejaban de suspirar, mientras que los padres de Margarita me miraban con furia.

Apenas me senté, mi madre se acercó y bajó la voz:

—Pídele perdón a Margarita ahora mismo. Ruégale que te perdone. Tu papá ya preguntó por ahí. Con lo que hiciste, lo más seguro es que te quedes en la calle.

Pablo se levantó de pronto, me señaló y gritó:

—¡Emiliano, deja de aferrarte a tu error! Margarita ya dijo que, si te disculpas, puede hacer como si nada hubiera pasado. ¿De verdad quieres que tu propia familia te dé la espalda?

José golpeó la mesa.

—¡Maldito ingrato! Todavía estás a tiempo de suplicar. Si no, voy a asegurarme de que ni siquiera tengas dónde vivir.

Yo permanecí tranquilo, apoyado en el respaldo de la silla. Tamborileé los dedos sobre la mesa. No dije una sola palabra en todo el proceso.

El juez llamó al orden y me miró con expresión seria.

—Señor Herrera, la señora López lo acusa de haber solicitado el divorcio de mala fe después del parto y de haber ejercido violencia emocional dentro del matrimonio. Según las pruebas presentadas hasta ahora, usted incurrió en una falta grave dentro de la relación conyugal. De acuerdo con la ley aplicable, si no presenta nuevas pruebas, este tribunal podría ordenar que usted pague una compensación económica importante a favor de ella.

Todos los presentes sabían lo que yo había hecho. Al escuchar ese posible fallo, se exaltaron, como si cualquier castigo les pareciera poco.

El juez me observó con el ceño ligeramente fruncido. Era evidente que mi silencio le desagradaba.

Justo cuando parecía a punto de cerrar la audiencia y dejar el caso prácticamente decidido, Rubén se levantó de pronto.

—Su Señoría, la parte del señor Herrera tiene nuevas pruebas que presentar.

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El Amante Oculto en el Sofá

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