Capítulo 2
Al ver que estaba a punto de colgar, el policía tomó el teléfono:
—Hola, soy el agente Lorenzo Gutiérrez de la Comisaría del Distrito Oeste. Su esposa no miente, la situación aquí es crítica. Llamé a su equipo de rescate y dijeron que todos los demás grupos están en misión y que todo su equipo está ausente. Le ruego que regrese con su gente de inmediato. ¡Hay treinta y cuatro vidas en este autobús que dependen de ustedes!
Para mi sorpresa, del otro lado de la línea surgieron más voces de reproche. Los compañeros de Sergio salieron en su defensa:
—¡Clara! ¿Quién es este tipo? Yo tengo contactos en la Comisaría del Distrito Oeste y nunca he oído ese nombre.
—El capitán Sergio ya soporta suficiente control en casa, ¿no podrías darle un poco de libertad? Además, si vas a mentir, ¿por qué llamaste a nuestra base? ¡Nos vas a meter en un buen lío!
Hasta Lorenzo se puso rojo de ira al oír esas palabras.
Rápidamente le susurré:
—Llame a otros equipos de rescate. Ese autobús no aguantará mucho.
En mi vida anterior, Sergio y su equipo tampoco me creyeron. La escuela quedaba muy cerca, y como mi amigo Leo trabajaba por la zona, le llamé desesperada pidiendo ayuda.
Al escucharme, Leo corrió directamente a buscar al director del colegio, y así logró obligar a Sergio y a todo su equipo a regresar para el rescate.
Pero al final, los dos acabamos despeñados por un precipicio, hechos pedazos.
Esta vez, no involucraría a nadie más en mi fatalidad.
Sin embargo, Sergio, que había oído mis palabras al otro lado del teléfono, dijo con rencor:
—¡Clara, ya basta! ¿A cuánta gente más piensas involucrar? Para que lo sepas, conozco a todo el mundo en la estación de bomberos y los otros equipos de rescate de la zona. Si te atreves a llamarlos para molestarlos, te haré pagar por mentir!
Después de colgar, Lorenzo, aún furioso, exclamó:
—¡No puedo creer que un simple capitán de rescate se crea dueño del lugar!
Dicho esto, empezó a hacer llamadas con su propio celular.
Suspiré. Sergio sí tenía esa capacidad.
Porque había trabajado en todos los cuerpos de bomberos de la zona, pero tras años sin ningún ascenso, el equipo de rescate le ofreció el puesto de capitán con la condición de que se uniera a ellos. Fue así como finalmente renunció.
—Será mejor que llame a un equipo de rescate más lejano —sugerí—, o de verdad la ayuda no llegará a tiempo.
Sabía que ese autobús, contando el tiempo de rescate, solo había aguantado colgado del árbol cuarenta minutos antes de caer.
Aunque la llegada de Sergio y su equipo fue relativamente rápida en aquella vida, la mitad de las personas aún se precipitaron al abismo con el vehículo.
En realidad, ellos tenían plena capacidad de salvar a todos.
Solo que, como Carmen y Nacho estaban sentados atrás, Sergio se lanzó a rescatarlos a ellos dos sin importarle nada, lo que hizo que el autobús se inclinara de lado, rompiera una rama y acelerara la caída.
Ahora, incluso si nadie lo perturba, el autobús no resistiría más de una hora.
Un equipo de rescate más lejano tardaría unos cuarenta minutos en llegar. Aunque iría muy justo, al menos se salvarían algunas vidas.
Efectivamente, al instante sonó mi celular.
Era Miguel Soto del cuerpo de bomberos cercano, compañero de clase de Sergio, que antes solía venir a cenar a casa.
—Clara, me estás complicando la vida. Las peleas de pareja no tienen por qué llegar a este punto. El centro de mando nos acaba de asignar una tarea y el capitán Sergio ya me llamó. Esto es un desperdicio de recursos públicos. Las denuncias falsas conllevan responsabilidades legales.
Capítulo 3
Enfadado, Lorenzo tomó el teléfono:
—Fui yo quien llamó al centro de mando. Soy de la Comisaría del Distrito Oeste...
No le dejó terminar:
—Ya, basta. Sergio me dijo que no existe nadie con ese nombre en esa Comisaría. Dile a Clara que deje la farsa. Esto también es por su bien. Ya está, voy a cancelar el reporte de la emergencia por ella.
En ese momento, Carmen me llamó de nuevo. De fondo se escuchaban gritos de desesperación.
—¡Socorro! ¿Llamaste a Sergio?
—Lo hice. No quiere venir.
Al instante, una avalancha de insultos cayó sobre mí por la línea.
—¡Inútil! Nunca debí permitir que Sergio se casara contigo. ¡Ni siquiera puedes resolver esto!
Luego se oyó la voz de Nacho:
—¡Mamá! ¿Por qué eres tan inútil? ¡Si Camila fuera mi mamá, seguro que ya habría hecho que papá viniera a rescatarnos!
Los ojos se me llenaron de lágrimas de inmediato, que comenzaron a descender por mis mejillas sin control.
Esta era la familia que había mantenido con todo mi corazón: un esposo que solo vivía para su primer amor, una suegra que despreciaba todo lo que yo hacía, y un hijo desagradecido que veía a otra como a su madre.
Carmen siempre había preferido a mujeres del estilo de Camila: dóciles y dedicadas al hogar.
Yo, en cambio, era ejecutiva en una empresa de medios, tenía mi propia carrera y necesitaba salir a visitar a clientes a diario. No podía estar todo el día en casa orbitando alrededor de Sergio como hacía Camila.
Pero durante todos esos años, fui la única que pagó la casa, los autos y todos los gastos. Les proveía de lo mejor, y aun así no recibí ni una pizca de gratitud.
Yo solo quería una vida tranquila, mantener la familia unida.
Por eso, cuando Carmen estuvo postrada en el hospital, pedí una larga licencia para cuidarla en todo.
Justo cuando su actitud empezaba a mejorar, Camila apareció de la nada con un hijo.
Carmen no solo les alquiló un apartamento cerca, sino que les permitió venir a comer y pasar el día en nuestra casa todos los días.
Camila había ganado el cariño de mi hijo a base de comida chatarra, hasta el punto de que me veía como una enemiga. Hubo una época, larga, en la que solo a ella le decía “mamá”, y a mí me llamaba por mi nombre.
Sergio, por su parte, tomó todos los ahorros de la familia para comprar una casa grande a Camila y a su hijo.
—Clara, no malinterpretes. Esto es lo que le debo a Camila. Como mi esposa, es tu deber ayudarme a asumir esta responsabilidad.
Aunque estaba enojada, por el amor que aun ridículamente guardaba y por los recuerdos felices de los primeros tres años de mi hijo, lo toleré.
Solo que nunca imaginé que tolerarlo hasta el final me costaría la vida.
De repente, una piedra me golpeó en la frente. Al instante, sentí la sangre caliente correr desde mi cabeza.
Varios familiares de las víctimas habían llegado apresurados y me arrojaban cualquier cosa que tenían a la mano.
—¡Mi madre me llamó desde el autobús diciendo que tu esposo es el capitán de rescate! ¿Por qué no viene?
—¿Cómo se atreve a abandonar su deber? ¡Esto es un asesinato! Si mi madre muere, ¡les haré a toda tu familia pagarlo caro!
Me metí en el auto, tapándome la frente sangrante, y llamé a Sergio por videollamada.
Pero la rechazó de inmediato, enviándome un mensaje:
—¡Basta de juegos! ¿Te estás buscando un divorcio?
Luego me bloqueó.
Intenté contactar a sus compañeros y a Camila, pero todos me habían bloqueado.
Cuando llamé a Carmen, su celular ya estaba apagado, sin batería.
Parece que Dios también quiere cobrarse sus vidas. Yo hice todo lo que pude.
Capítulo 4
El caos exterior no había cesado cuando alguien gritó aterrado:
—¡La situación empeora! ¡Se está deslizando! ¡El autobús se va a caer!
Salí corriendo del auto y miré hacia abajo. Por mucho odio que albergara, no podía quedarme impasible viendo desaparecer a esas vidas inocentes.
Al final, llamé a Leo.
Para mi sorpresa, antes de que yo pudiera hablar, él tomó la palabra, apresurado:
—¡Ya casi llego con el helicóptero! ¡Aguanta un poco más!
Ante sus palabras, me quedé atónita. Y colgó. No hubo tiempo para preguntas.
Pronto vi un helicóptero acercarse a lo lejos, que voló directamente sobre el autobús.
Él fue el primero en descender por la cuerda y comenzar el rescate.
Se notaba que su equipo no era profesional; desde el helicóptero alguien le hacía señas para dirigir la operación.
Pero, sin duda, aquello trajo esperanza a todos.
Oí a Carmen, al fondo del autobús, asomarse por la ventana y gritar sin parar:
—¡Sálvame a mí primero! ¿Estás sordo? ¡Soy una anciana, a mí primero!
Pero también oí a la persona que dirigía del helicóptero gritarle a Leo:
—¡Haz exactamente lo que te digo! ¡Si no, todos caerán!
Aunque era lento, Leo, sereno, fue rescatando a las personas una a una.
Todos los que estábamos en la carretera conteníamos el aliento, pendientes de sus movimientos.
Veinte minutos después, el rumor de varios helicópteros más llenó el cielo; eran equipos profesionales de rescate que llegaban.
No pude contener las lágrimas, y los familiares a mi lado también se abrazaron llorando.
—¡Van a salvarse! ¡Se van a salvar!
Abrí mi celular para ver la hora y un escalofrío me recorrió: solo quedaban veinte minutos para que el autobús cayera.
En mi vida anterior solo vinieron dos helicópteros y, sumado a que Sergio había violado los protocolos, muchos no se salvaron.
Pero esta vez, con tantos helicópteros, confiaba en que esos veinte minutos serían suficientes.
Observaba la pantalla de mi celular con tensión, mientras el tiempo pasaba minuto a minuto.
Cuando solo quedaban cinco minutos, todos los pasajeros habían sido rescatados, excepto Carmen y Nacho, que estaban al final.
Un rescatista le pasó el arnés a Carmen para que se lo pusiera ella y a Nacho.
Pero Carmen, en ese momento, montó en cólera:
—¡Qué servicio más malo! ¿Por qué tenemos que ponérnoslo nosotros? ¡Deja de hablar y baja a hacérnoslo! ¿Qué pasa si no lo ajustamos bien y nos caemos? ¡Tendrás que pagar con tu vida!
Sin embargo, con la inclinación actual del vehículo, el peso de una persona más sería insostenible y lo haría caer de inmediato.
El rescatista le suplicaba con toda paciencia, pero ella seguía discutiendo sin ceder.
Mientras seguían enfrascados en la discusión, la cuenta regresiva de mi celular se agotó.
Un grito colectivo de horror se alzó cuando el autobús entero se despeñó por el precipicio, arrastrando consigo a Carmen y a Nacho.
Leo ya estaba a mi lado. Como seguía a Sergio en Instagram, abrió su perfil y me mostró una publicación de hace un minuto.
En el video, aparecían él, Camila y Benjamín con una medalla de primer puesto, sonriendo radiantemente.
La leyenda decía: “¡Qué hijo más brillante!”
En ese momento, llegó el policía Lorenzo, con el que había hablado antes.
—Que venga tu esposo a identificar los cuerpos.
Le mostré, resignada, que todos mis mensajes a Sergio aparecían con un solo tick gris y nunca se entregaban.
Él también perdió los estribos:
—Está bien. Me voy en patrulla a traerlo.