Capítulo 2

Después de esa noche, apenas pude dormir.

La humillación se me quedó grabada bajo la piel durante días. Los evitaba a los dos siempre que podía.

Cuando mi mejor amiga se enteró de lo que había pasado, se puso furiosa.

Me senté frente a ella, retorcí la manga del cárdigan entre los dedos y dije en voz baja:

—Se acabó. Ya lo decidí. De ahora en adelante voy a mantener mi distancia. Si no me acerco demasiado, no tendrá otra oportunidad de apartarme de un empujón.

El peor escenario posible era bastante sencillo.

Seguíamos siendo civilizados. Seguíamos siendo útiles unos para otros.

Mi compatibilidad con ellos era tan alta como para ser la única capaz de calmarlos de manera efectiva durante el celo. Por su parte, la vida que ellos habían construido me daba una estabilidad que yo jamás habría alcanzado por mi cuenta: su estatus, su dinero y los círculos exclusivos en los que se movían.

Tal vez todo se reducía a eso.

Un intercambio.

Mi amiga se quedó callada un momento antes de preguntar:

—¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir haciéndoles café a los dos cada mañana?

Lo pensé.

—Probablemente —dije.

Mantener una relación cordial todavía me importaba.

Ella titubeó y luego dijo:

—Si les sigues dando a los dos exactamente lo mismo, ¿en serio eso es justo?

¿Justo?

Como Adrian y Kieran eran gemelos, y como mi compatibilidad con ambos era inusualmente alta, los asesores del Consejo me habían dicho lo mismo desde el principio.

El equilibrio importaba.

En un emparejamiento como el nuestro, la justicia lo era todo.

No favorezcas a un compañero por encima del otro. No generes inestabilidad en el hogar. No hagas que uno se sienta relegado, o todo el vínculo podría arruinarse.

Me lo tomé en serio.

Por eso, todo venía en pares.

Dos tazas cada mañana. Dos regalos en las fiestas. Cuando les preparaba la comida, lo repartía todo en partes iguales, hasta el último detalle.

Hice todo eso.

¿Cómo no iba a ser justo?

Al ver la confusión en mi cara, mi amiga se inclinó hacia adelante.

—Esa noche —dijo con cuidado—, Kieran fue quien te trató mal, ¿cierto? Adrian no.

Asentí.

No solo se había quedado callado. Había golpeado a Kieran por eso.

Y después…

Bajé la mirada hacia la marca rojiza, ya casi desvanecida, en mi pantorrilla.

Adrian se había arrodillado frente a mí con el botiquín de primeros auxilios y había tratado la quemadura como si realmente le importara. Antes de irse, me puso en la mano una trufa de chocolate amargo envuelta que sacó del bolsillo de su abrigo. Me secó las lágrimas, me dijo que durmiera un poco, y más tarde se disculpó por el comportamiento de su hermano.

Y nada de eso había sido siquiera culpa suya.

Kieran fue el que me lastimó.

Mi amiga observó mi reacción y dijo:

—Exacto. Actúan de forma totalmente distinta, pero aun así reciben la misma recompensa. El mismo cuidado. Los mismos regalos. Si Adrian es el que se porta bien contigo, ¿entonces tratarlos igual no es injusto con él?

Abrí la boca para replicar.

No salió nada.

Esa noche tampoco pude dormir.

No paraba de pensar en algo que ocurrió hace años, cuando todavía estaba en el orfanato.

Un invierno, nuestra maestra se quedó después de clases para ordenar el salón antes de las vacaciones. Mientras los otros niños hacían estupideces en el pasillo, yo me quedé a ayudar a apilar libros, limpiar estanterías y cargar cajas al cuarto de suministros hasta que me dolieron los brazos.

Más tarde, todos en clase recibieron la misma recompensa: bolsitas de papel llenas de dulces y pequeños adornos navideños.

La mía era exactamente igual que la de los demás. Hasta el niño que había pasado casi toda la tarde perdiendo el tiempo en vez de ayudar recibió una.

Cuando me disponía a salir, mi maestra me detuvo.

Entonces me sonrió, deslizó una pequeña tarjeta de regalo para una librería en mi mano y dijo:

—Las bolsitas eran para todos. Esto es solo para ti.

Recuerdo que me quedé contemplando la tarjeta sobre la palma de mi mano.

Volvió a sonreír y añadió:

—Los niños que ayudan se merecen un poquito más. Eso es lo que es la justicia de verdad.

Ese recuerdo se quedó conmigo mucho tiempo después de que ella se fuera.

El Consejo me había dicho que la justicia era mantener todo igual, pero la maestra me había enseñado algo muy distinto.

Tal vez la justicia no era darle a todos lo mismo. Tal vez consistía en darle más a quien te trataba mejor.

Al amanecer, ya sabía cuál versión tenía más sentido para mí.

El café fue solo el principio.

En la noche, cuando nos sentábamos juntos en la sala, dejé de ocupar el lugar del medio en el sillón. Me sentaba más cerca de Adrian, dejando un buen espacio entre Kieran y yo.

En las mañanas, dejé de prepararle el café a Kieran por completo. Si Adrian entraba a la cocina, le deslizaba su taza y le sonreía solo a él.

Si tenía una pregunta, se la hacía a Adrian. Si íbamos juntos a algún sitio, me quedaba al lado de Adrian.

En la cena, si quedaba una porción, como la última rebanada de pan de ajo, el mejor corte de filete o la última cucharada de puré de papas, se la daba a Adrian.

Al principio, esto me hacía sentir incómoda.

Durante tanto tiempo me había esforzado por mantener todo en equilibrio que dejar eso se sentía peligroso, como caminar en la cornisa de un edificio muy alto.

Pero muy pronto me di cuenta de que las consecuencias no eran tan malas como había temido.

Adrian podía ser reservado, pero nunca me humillaba. Si le dejaba el café a su lado en la mañana, me lo agradecía enseguida y me preguntaba cómo había dormido. Si íbamos juntos a algún lugar, aminoraba el paso para adaptarlo al mío y me preguntaba si necesitaba algo. Cuando cocinaba, probaba todo y lo elogiaba con una sincera timidez.

Y una vez que dejé de insistir con Kieran, también dejaron de dolerme muchas cosas.

Se acabó eso de quedarme parada junto a la estación de café esperando alguna señal de que él notara siquiera lo que le había preparado.

Se acabaron las caminatas a su lado en público, en las que él apresuraba el paso para dejarme atrás porque odiaba que lo vieran conmigo.

Se acabó pasar horas haciendo la cena solo para escucharlo quejarse de que estaba demasiado condimentada y apenas se podía comer.

Por primera vez en mucho tiempo, la vida dentro de ese departamento se volvió más llevadera.

Casi me escondía detrás de Adrian, como alguien asustado que busca refugio en algo cálido.

Y por un tiempo, me permití disfrutarlo.

Sin embargo, el ambiente en el departamento empezó a cambiar. Algo se volvió tenso y extraño.

Más de una vez sentí su mirada clavándose en mi espalda, pero cada vez que me daba la vuelta, Kieran solo estaba ahí sentado, con el rostro inexpresivo, viendo la tele.

La última vez que ocurrió, me atrapó mirándolo y se giró hacia mí con una mueca burlona.

—¿Qué? —dijo—. ¿Sigues mirando para acá porque quieres volver a ver el partido conmigo?

Antes lo habría tomado como una invitación. Antes habría cruzado la sala en cuanto él palmeara el cojín a su lado.

Ahora solo negué.

No iba a humillarme otra vez.

Entonces, Adrian bajó las escaleras con una raqueta de tenis colgada al hombro. Tomé la mía y lo seguí hacia la puerta.

Era una nueva costumbre nuestra. Durante las últimas semanas, había empezado a llevarme a un club privado fuera de la ciudad, y nos quedábamos en la cancha durante horas.

Apenas habíamos llegado al pasillo cuando algo se estrelló detrás de nosotros.

Me di la vuelta enseguida.

En la sala, Kieran había azotado el control remoto contra el piso de madera. El control se partió y los pedazos se deslizaron por el suelo.

Su mirada era sombría y estaba fija en la mano de Adrian, que sujetaba mi muñeca.

Entonces sonrió. No fue una sonrisa amable.

—Vamos, hermano —dijo en voz baja—. Esto ya da pena.

Sus ojos pasaron de mí a Adrian.

—¿En serio vas a seguir haciéndote el héroe? —preguntó—. Te comportas como si en serio te gustara esa tontita patética.

Capítulo 3

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que lo había escuchado llamarme así?

Al principio, cuando nos acababan de emparejar, Kieran nunca se molestó en disimular lo mucho que me detestaba. Incluso discutió con el equipo del Consejo en el salón de emparejamiento, tan fuerte que atrajo a una multitud.

Tontita patética.

Perra callejera patética.

Esos eran algunos de los insultos que más le gustaba usar conmigo en ese entonces.

Creo que eso cambió después de la primera vez que los ayudé a pasar el celo.

La mayor parte del tiempo, Adrian y Kieran eran hombres imposibles: fríos, arrogantes y controladores. Pero el celo los despojaba de todo eso.

Era el único momento en que cualquiera de los dos me dejaba tocar su forma de lobo.

Los mismos hombres que se pasaban casi todo el mes comportándose como si fueran intocables se volvían inquietos y necesitados durante el celo, apretujándose junto a mí en cuanto me sentaba. En forma de lobo, se pegaban contra mí, me hundían el hocico en el cuello y se restregaban hasta que yo terminaba sonrojada y sin aliento. Si intentaba apartarme, gemían y me seguían. Se enroscaban alrededor de mis piernas, se trepaban a medias a mi regazo, y empezaban a pelearse en cuanto uno creía que el otro estaba recibiendo más atención.

Me llamaban su compañera con voces tan roncas y desesperadas que apenas sonaban humanas.

Yo me sonrojaba siempre.

Incluso Kieran se ablandaba en esos momentos.

Después, una vez que el celo pasaba, él siempre lucía medio humillado, como si quisiera negar cada segundo de aquello. Pero tras ese primer ciclo, dejó de lanzarme tantas pullas.

Durante un tiempo, me convencí de que eso significaba algo.

Una amiga me dijo una vez que, cuando una bestia se aferraba a ti de esa manera, cuando se permitía necesitarte, hasta el más frío empezaba a ablandarse.

Eran algunos de los recuerdos más dulces que tenía de ellos.

Y la verdad era que yo no resultaba tan ridícula como Kieran me hacía parecer.

Quizás me veía pequeña al lado de los gemelos Blackwood, pero no era ningún chiste.

Así que me dije que Kieran no lo decía en serio. Me dije que él simplemente era así: consentido, hiriente y demasiado acostumbrado a salirse con la suya cuando era cruel.

Lo había rechazado cuando me preguntó si quería ver el partido con él; herí su orgullo, y él reaccionó atacándome.

Eso era lo que yo me decía.

Aun así, no me sirvió para poder dormir.

Cerca de la medianoche, por fin me levanté de la cama y bajé por un vaso de agua.

Una franja delgada de luz se colaba por el pasillo desde las puertas del balcón.

Adrian y Kieran estaban afuera.

Uno estaba de pie junto a la baranda. El otro se apoyaba contra la pared de ladrillos, con un cigarrillo ardiendo entre los dedos.

Me detuve justo antes del umbral y me quedé escondida en la oscuridad.

—Es la segunda vez que me golpeas por ella —dijo Kieran.

Expulsó el humo hacia la noche. Tenía un lado de la boca amoratado, pero sonreía de todos modos.

No era una sonrisa real.

—¿Todo porque la llamé tontita patética?

Adrian estaba parado frente a él con las dos manos en los bolsillos, con el rostro indescifrable.

Últimamente había sido tan amable conmigo que casi había olvidado lo que era en el fondo.

Las bestias lobo no eran pacíficas por naturaleza. Ninguno de los hermanos Blackwood lo había sido jamás.

—Si no la quieres —dijo Adrian con calma—, mantente lejos de ella.

Sacudió la ceniza por sobre la baranda.

—Y si vuelvo a ver que la tratas así, te daré otro golpe.

Kieran rio.

—¿Me estás tomando el pelo? Estabas ahí conmigo cuando presentamos la apelación. Odiabas este emparejamiento tanto como yo. ¿Y ahora te haces el héroe?

Negó con la cabeza, sin dejar de reír.

Entonces dijo:

—Bueno. Ya entiendo. El año de prueba está por terminar, así que ahora la tratas bien. Quieres que coopere cuando llegue el momento de acabar con esto. Si no hubiéramos acordado ya que ese era el plan, hasta te habría creído.

El año de prueba.

El corazón me dio un vuelco.

Las cosas habían estado tan tranquilas últimamente que casi lo había olvidado.

El sistema de emparejamiento no era del todo despiadado. Incluso con una alta compatibilidad, no todos los vínculos funcionaban. Por eso, después de la asignación, había un año de prueba. Si funcionaba, el vínculo se volvía permanente. Si no, ambas partes podían retirarse.

Apreté los dedos contra el borde de la pared.

Así que era eso.

Adrian había sido amable conmigo porque quería que me fuera sin causar problemas.

No era diferente de Kieran después de todo. Solo era mejor para ocultarlo.

Me dolía tanto el pecho que apenas podía respirar.

Y entonces Adrian dijo:

—No.

Kieran se enderezó.

—¿Qué?

—No —repitió Adrian—. No es eso lo que estoy haciendo.

Kieran lo miró fijo.

—¿En serio?

—Sí.

—¿De verdad quieres seguir con el emparejamiento? —La voz de Kieran se volvió más aguda—. Ese no fue el trato. Dijimos que si el año de prueba no funcionaba, lo terminábamos y nos volvíamos a postular.

Dejó escapar una risa áspera.

—Por Dios, Adrian. Ella es torpe, es un desastre, y estar atados a ella nos pone en ridículo. Seremos el hazmerreír de todos.

—Nosotros no —dijo Adrian—. Tú.

Kieran tensó la cara.

—Nunca dije que quisiera a nadie más —continuó Adrian.

Entonces, por primera vez, algo en su expresión se suavizó.

—Lil es buena —dijo en voz baja—. Es inteligente. Es dulce. Yo estaba demasiado cegado por mi propio prejuicio para verlo.

Lil.

Nadie me había acortado nunca el nombre así.

Jamás imaginé que Adrian pensara en mí de ese modo. Nunca imaginé que, en su mente, yo fuera algo más que una obligación que poco a poco aprendía a tolerar.

Entonces volvió a mirar a Kieran y dijo:

—Así que mantente lejos de mi compañera.

Kieran retrocedió.

—¿De qué demonios estás hablando? No hemos terminado el emparejamiento. ¿Cómo que es tu compañera?

—Tú eras el que estaba desesperado por irse —dijo Adrian—. Si ya te decidiste, deja de rondar a la compañera de otro.

—¿Quién carajos está rondándola? —reprochó Kieran—. El que la trata como si fuera algún tipo de premio eres tú.

Se pasó una mano por el cabello, inquieto.

—Y lo del celo no cuenta —murmuró—. Eso fue puro instinto. No estaba pensando con claridad.

Adrian le lanzó una mirada fría.

—Idiota.

Kieran lo ignoró. Le dio otra calada al cigarrillo y luego, con más aspereza, dijo:

—Como sea. Si tú no vas a terminar con esto, yo tampoco. Que una bestia abandone a una humana se ve mal, y no voy a cargar con eso.

Hizo una pausa.

—Y además… Lila siempre me mira como si yo fuera lo más maravilloso del mundo. Como si no pudiera contenerse cuando está cerca de mí. Es pegajosa como pocas, pero yo no soy tan cruel.

Cada palabra se sentía como un golpe más.

Él siguió.

—Podemos hacer que funcione. Uno se acostumbra a la gente con el tiempo. —Se encogió de hombros—. Que sea inútil, da igual. Tampoco es que yo necesite algo de ella. Pero si soy yo el que se va, yo quedo como el desgraciado. Y esa mancha no se quita.

Dejó caer el cigarrillo y lo aplastó con el talón.

—Así que bien. Ella se queda. Puedo vivir con eso.

Luego añadió, con una desagradable firmeza:

—Pero yo no voy a ser el que ponga fin a esto.

Capítulo 4

Volví a mi habitación sin hacer ruido y me quedé mirando el techo.

Así que Kieran lo había planeado desde el principio.

No le caía bien. Ni mi personalidad, ni mi lugar en su vida, ni la idea de estar atado a mí por el resto de sus días. A los hombres como él les importaba demasiado el orgullo, el estatus y salir siempre victoriosos. Estar emparejado conmigo era lo único en su vida que no podía transformar en una victoria.

Pero si él era quien lo terminaba primero, la gente hablaría. Que una bestia abandonara a una humana nunca se veía bien. Sería a él a quien culparían por haberme apartado.

Por eso no iba a ser el primero en decirlo.

Al principio, el plan debió de ser simple: dejar que Adrian me mantuviera tranquila y esperar a que yo me fuera por mi cuenta cuando terminara el año de prueba.

Solo que Adrian cambió de opinión.

Quería quedarse conmigo.

Así que ahora Kieran estaba atrapado a mi lado, contra su voluntad.

Podía vivir con eso, había dicho. Podía acostumbrarse a mí. Podía conformarse.

Pero yo no quería ser algo con lo que un hombre apenas se conformaba.

Cuando era pequeña, la ropa que me daban en el orfanato siempre tenía algún defecto: demasiado grande, demasiado chica, en colores feos que nadie elegiría. Los adultos nos decían que nos la pusiéramos de todos modos.

La comida era igual: guisos tibios, vegetales enlatados, macarrones con queso de caja ya fríos. Aun así, nos decían que comiéramos y diéramos las gracias.

Y eso hice.

Me conformé durante años.

Pero ya no era una niña.

No quería que me toleraran, por el resto de mi vida.

Si Kieran deseaba tanto librarse de esto, entonces yo sería la que le pondría fin.

A la mañana siguiente, me senté a la mesa del desayuno, distraída, haciendo girar la taza de café en círculos lentos.

Todavía no sabía cómo decirlo. ¿Se lo digo ahora, o espero a que el año de prueba esté por terminar?

Entonces se escuchó una carcajada en la sala.

Levanté la mirada cuando Adrian bajaba las escaleras.

Incluso medio dormido, se veía imponente y formal, con hombros anchos y facciones marcadas. Kieran señalaba la taza que él tenía en la mano, riéndose tan fuerte que tuvo que inclinarse hacia atrás en su silla.

—Por Dios, Adrian —dijo—. ¿Qué diablos es eso? ¿Lo sacaste de una feria de arte escolar?

Seguí su mirada.

Era una taza de cerámica color crema, de forma ligeramente irregular, con el esmalte más grueso de un lado que del otro. Cerca del asa había una pequeña luna creciente pintada con dos estrellitas al lado.

Al menos, eso se suponía.

De lejos parecía más bien un borrón amarillo torcido.

El calor me subió a la cara.

Me levanté rápido y me acerqué deprisa.

—Se me corrió un poco el esmalte —murmuré, estirando la mano para quitársela.

Adrian se detuvo a mi lado sin protestar y dejó que yo girara la taza en su mano para que el lado feo quedara hacia adentro.

Detrás de nosotros, Kieran seguía riéndose.

Entonces Adrian lo miró y dijo con calma:

—Lil la hizo para mí. Regalo de Navidad. ¿A ti también te dio una?

Silencio.

La sonrisa de Kieran desapareció por completo.

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Dejé de Ser Justa Ante Mis Lobos Gemelos

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