Capítulo 7

En la pantalla del video, Pedro vestía ropa holgada y cómoda, típica de quien estaba en casa, y mantenía la cabeza baja, totalmente concentrado en la preparación de una sopa. La cámara tembló levemente antes de captar la voz dulce y caprichosa de Renata al fondo:

—Pedro, ¿no dijiste que ibas a acompañar a Liliana hoy? Si viniste para acá, ¿cómo va a quedarse ella sola? —preguntó ella.

Sin siquiera levantar la mirada de la olla, Pedro respondió con indiferencia:

—Si se cansa de esperar, volverá a casa sola, no te preocupes.

Después de una breve pausa, completó, justificando su ausencia con un tono desdeñoso:

—Liliana tiene una personalidad muy fuerte, nadie logra intimidarla, así que mi presencia allá no hace ninguna diferencia. En cambio tú, que tienes la salud frágil, vives corriendo por ahí sin cuidado y me necesitas.

La grabación se interrumpió abruptamente en aquel punto, pero las manos de Liliana, que sostenían el celular, continuaban temblando de forma incontrolable. Había aguardado desde la claridad del día hasta la oscuridad de la noche, permaneciendo de pie y solitaria en la entrada del cementerio por horas enteras, solo para descubrir que, en la visión de él, todo su sufrimiento y espera se resumían en una frase fría sobre "volver a casa si se cansa de esperar".

En aquel instante, Liliana se sintió una completa tonta por todavía nutrir cualquier esperanza con relación a él. Bastó que Pedro dijera "espera" para que obedeciera sin cuestionar por tanto tiempo, pero él no solo faltó al compromiso, sino que ni siquiera se molestó en enviar un mensaje avisando que no vendría. A pesar del dolor agudo que sentía en los talones por el esfuerzo de estar tanto tiempo de pie, no se detuvo y caminó con pasos firmes hasta la tumba de su madre.

Al encarar la sonrisa gentil de su madre eternizada en la foto de la lápida, Liliana perdió las fuerzas y se desplomó sentada en el suelo, dejando que las lágrimas escurrieran libres por su rostro, como un collar de perlas que se rompe. El pasado con Pedro pasó ante sus ojos como una película antigua, desde el encanto inicial y la dependencia emocional que desarrolló, hasta congelarse en el recuerdo de aquella mirada gélida que él le lanzó antes de su muerte en la vida pasada.

Con la voz entrecortada por el llanto, levantó la mano y acarició la piedra fría de la lápida.

—Mamá, me voy —susurró Liliana, en un desahogo doloroso—. Voy a un lugar muy, muy lejos y nunca más volveré. ¿Se va a enojar conmigo por alejarme?

Una brisa suave sopló en aquel momento, agitando los mechones de cabello en su frente como si fuera la mano cariñosa de su madre consolándola. Liliana respiró hondo, intentando contener el llanto, pues sintió en el corazón que aquel gesto del viento era la respuesta de su madre diciendo que todo estaba bien.

Permaneció ahí sentada por largo tiempo, inmersa en su despedida silenciosa, y solo cuando el horizonte comenzó a aclarar con los primeros rayos de la mañana fue que arrastró su cuerpo rígido montaña abajo. Sin embargo, apenas había llegado a la entrada del cementerio cuando algunos hombres de apariencia mal intencionada bloquearon su camino. Liliana frunció el ceño e intentó esquivarlos, pero ellos se movieron deliberadamente para impedirle pasar.

—Eh, guapa, ¿a dónde vas en un lugar desierto como este? ¿Por qué no te quedas a jugar con nosotros un rato? —provocó el líder del grupo con una sonrisa burlona, recorriendo el cuerpo de ella con una mirada asquerosa que le causó escalofríos.

La respiración de Liliana falló por un segundo y sus hermosos ojos se llenaron de rabia.

—¡Quítense de mi camino! —ordenó ella.

El grupo no solo ignoró la orden, sino que avanzó un paso en su dirección, rodeándola. El líder extendió la mano para agarrar el brazo de ella y dijo, en un tono de falsa gentileza:

—No necesitas ser tan brava, sabemos cuidarte bien.

Liliana se esquivó bruscamente, con el rostro pálido de miedo, dándose cuenta de que, en desventaja numérica, un enfrentamiento directo sería inútil y peligroso. Apretando los dientes, aprovechó un momento de distracción de ellos, se volteó súbitamente y comenzó a correr lo más rápido que podía.

El sonido de sus pasos apresurados se mezclaba con su respiración jadeante, y su corazón latía con tanta violencia que parecía a punto de explotar en el pecho. Escuchando la persecución acercarse cada vez más, Liliana tomó el celular con las manos temblorosas y, después de varios intentos fallidos debido al nerviosismo, logró marcar su contacto de emergencia, que todavía era el número de Pedro.

El teléfono sonó dos veces antes de que la llamada fuera atendida.

—Pedro, ¡ayúdame! ¡Hay unos delincuentes persiguiéndome! —gritó ella en desesperación, sin siquiera esperar que alguien dijera "hola".

Tan pronto las palabras salieron de su boca, su pie se enganchó en una piedra saliente y Liliana fue arrojada con violencia contra el suelo. La caída le raspó los codos y las palmas de las manos, causando un ardor inmediato, pero fue el dolor agudo en el tobillo torcido lo que la hizo aspirar aire con fuerza entre los dientes.

El silencio permaneció del otro lado de la línea, lo que aumentó la angustia de Liliana al nivel máximo.

—Pedro, ¿me estás escuchando? —insistió ella, a gritos.

Hubo un ruido amortiguado en el receptor y, algunos segundos después, una voz femenina y suave respondió:

—¿Liliana?

Era Renata.

—Adivina qué... ¿crees que Pedro va a salir de aquí para salvarte? —preguntó Renata con un tono provocativo y cruel.

El rostro de Liliana perdió todo el color en un instante y su sangre pareció congelarse en las venas. Levantó la cabeza sobresaltada y vio que los hombres ya estaban frente a ella. El líder estiraba los brazos, lanzándose sobre ella como un depredador captura a su presa...

Capítulo 8

Liliana permanecía sentada en la banca fría de la comisaría, el cuerpo todavía temblando de forma incontrolable bajo la tela pesada de la chaqueta que una policía le había ofrecido. A pocos metros de ahí, los delincuentes que la atacaron estaban agachados en una esquina, escuchando las reprimendas severas de los oficiales.

Cuando Pedro llegó, apresurado, se encontró inmediatamente con el estado deplorable de la novia, la sangre todavía manaba de las heridas abiertas en sus manos, el tobillo derecho exhibía una hinchazón alarmante y el borde del vestido estaba inmundo, manchado de tierra y restos de pasto. Frunció el ceño, disgustado, y se agachó rápidamente frente a ella.

—Liliana, ¿qué pasó esta vez? —preguntó Pedro, con un tono de impaciencia en la voz—. ¿Otra vez armaste problema?

Al recibir la llamada de la comisaría, ni siquiera esperó por los detalles. La irritación por tener su rutina interrumpida habló más alto mientras conducía hasta allá.

Liliana levantó el rostro, revelando ojos que parecían dos pozos vacíos, desprovistos de cualquier brillo. Si no hubiera resistido desesperadamente hasta lograr tantear el celular caído en el suelo, y si una patrulla no estuviera pasando en aquel exacto momento, el desenlace de aquella noche habría sido trágico. Sin embargo, la primera reacción de Pedro fue presumir que la culpa era de ella.

Forzó una sonrisa, pero las lágrimas traicionaron su esfuerzo, escurriendo sin parar por sus mejillas pálidas. Aquella expresión de dolor silencioso provocó un apretón extraño e inexplicable en el pecho de Pedro. Abrió la boca para decir algo, tal vez para suavizar el tono, pero fue interrumpido por un policía que se acercó, indicando que ya podían irse.

Sin dudar ni un segundo, Liliana se levantó y caminó hacia la salida, cojeando levemente. Pedro agradeció al oficial con un gesto breve y apresuró el paso para alcanzarla. Extendió la mano para sostener la muñeca de ella, con la intención de apoyarla, pero retrocedió instantáneamente al notar la piel raspada y la sangre seca que contrastaba de manera chocante con la tez pálida.

Sus pestañas temblaron, delatando un breve momento de incomodidad.

—¿Cómo lograste lastimarte así? —indagó él.

Liliana no respondió. Solo continuó caminando en silencio, mirando fijamente el horizonte nocturno.

La falta de respuesta hizo brotar una irritación creciente en Pedro. No podía descifrar aquel comportamiento; no sabía qué tipo de berrinche estaba haciendo, pero aquella frialdad, aquella barrera invisible que había levantado, lo dejaba profundamente incómodo.

—Olvídalo. Te llevo a casa —bufó él, resignado, guiándola hasta el auto.

Durante todo el trayecto de vuelta, Liliana se mantuvo muda. Para Pedro, aquella quietud era excesiva y perturbadora. Antiguamente, siempre que se metía en problemas, hacía un escándalo, lloraba alto y exigía que él resolviera todo. Hoy, sin embargo, parecía que el alma de ella había sido drenada del cuerpo.

El clima dentro del vehículo se volvió sofocante, pesado como plomo, y ni una sola palabra fue intercambiada hasta estacionarse frente al edificio de ella.

—Liliana —llamó Pedro cuando ella abrió la puerta del auto.

Ella miró hacia atrás por un instante, sin expresión, y siguió hacia dentro del edificio. Pedro la siguió. Pocos minutos después, para sorpresa de él, Liliana regresó a la sala trayendo una pila de objetos en los brazos. Eran todos los regalos que él le había dado a lo largo de los años.

Ante la mirada atónita del novio, arrojó todo dentro de un basurero de metal decorativo y, con un movimiento decidido, encendió el encendedor.

Las llamas lamieron el papel de regalo, chasqueando y consumiendo las cajas con voracidad. Pedro quedó paralizado por un momento, hasta que la indignación lo hizo reaccionar. Dio un paso adelante.

—¿Qué estás haciendo? ¿Te volviste loca?

—Ayer, cuando no apareciste en el cementerio... ¿dónde estabas? —preguntó Liliana, fijando los ojos en él, determinada a capturar cualquier microexpresión en su rostro.

La mirada de Pedro vaciló. Suspiró, desviando el foco hacia la fogata improvisada.

—Tuve una emergencia en la empresa y terminé atrapado allá —mintió él—. ¿Es por eso que estás actuando así?

El rostro de Liliana, ya pálido, perdió el resto del color. La última chispa de esperanza que todavía residía en el fondo de su alma se apagó definitivamente. No lo cuestionó más. Solo desvió la mirada y observó el fuego devorar aquello que, un día, trató como sus tesoros más preciosos, hasta que todo se transformó en una montaña de cenizas grises.

—¿Ya descargaste la rabia? —preguntó Pedro, en un tono de quien prueba el terreno.

Antes de que ella pudiera responder, el celular de él sonó. Atendió, intercambió algunas frases cortas y su expresión cambió, volviéndose ansiosa. Colgó rápidamente y se volvió hacia Liliana.

—Mira, todo eso que quemaste... voy a pedirle a mi asistente que compre todo de nuevo y lo mande entregar aquí.

—No hace falta —respondió Liliana, con la voz ronca y desgastada—. Ya no necesito nada de eso.

El corazón de Pedro falló un latido, una sensación mala que prefirió ignorar, atribuyendo todo al drama habitual de ella. Se masajeó las sienes, cansado.

—Está bien. Cuando te mudes a mi casa después de la boda, compro lo que quieras —Revisó los mensajes en el celular una vez más, y sus pies ya se movían involuntariamente hacia la puerta—. Tengo un compromiso urgente ahora. Y como faltan tres días para la ceremonia, no es bueno que los novios se vean. Así que no voy a visitarte en estos días.

Ya en el umbral de la puerta, se detuvo y miró hacia atrás, la impaciencia desbordando en la voz:

—Liliana, madura de una vez. No puedo estar limpiando tu desorden para siempre.

Dicho eso, giró sobre los talones y salió en pasos largos, sin mirar atrás.

Liliana permaneció inmóvil, observando la espalda de él desaparecer en el pasillo. Una sonrisa amarga, cargada de dolor y liberación, curvó sus labios.

—Adiós, Pedro.

Su voz salió ligera como un suspiro, disipándose en el aire tan pronto fue pronunciada. Pedro, que ya estaba cerca del elevador, pareció vacilar por una fracción de segundo, como si hubiera escuchado algo, pero pronto retomó la caminata, convencido de que fue solo su imaginación.

Sola, Liliana sacó el celular. El mensaje de Joaquim brillaba en la pantalla: [Mil millones ya fueron transferidos. Sal del país antes de la boda.]

Con una calma metódica, terminó de empacar sus pocas pertenencias esenciales. Dejó las llaves y el poder del departamento para que Susana los resolviera y se dirigió directo al aeropuerto. Ya no había nada que la atara ahí.

En la terminal de embarque, se detuvo frente a un basurero. Retiró el chip del celular, lo partió a la mitad con fuerza y arrojó los pedazos, caminando enseguida hacia la puerta de embarque sin mirar atrás ni una sola vez.

Cuando el avión rodó, ganó velocidad y finalmente rasgó las nubes, la ciudad allá abajo se fue reduciendo a un puntito insignificante hasta desaparecer por completo.

A partir de aquel momento, montañas y océanos la separarían de aquella vida. Ya no había vuelta atrás, ni lazos, ni deudas.

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De Novia a Extraña, La Suerte que Gana

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