Capítulo 1
Al despertar de una pesadilla fatal, Liliana se da cuenta de que la vida le ha dado una segunda oportunidad. Ha regresado exactamente al mes anterior a su boda, en el momento en que su padre, Joaquim, la presionaba para cederle su prometido, Pedro, a Renata. En la vida pasada, sufrió en silencio. En esta vida, despertó a la verdad. Ante la hipocresía de su padre, Liliana no derramó una sola lágrima.
En cambio, una sonrisa gélida curvó sus labios y propuso un acuerdo impactante.
—Acepto —declaró Liliana, con la voz ronca y fría, cortando su discurso de raíz—. Quiero mil millones. Además, quiero la ruptura oficial y definitiva de nuestra relación de padre e hija.
Si el afecto familiar es una mercancía barata, ella prefiere cambiarlo por oro. Vendiendo un matrimonio arreglado y renegando de una familia tóxica, Liliana inicia su jornada de venganza y libertad, ya no como la hija obediente, sino como una reina multimillonaria e indomable.
—Liliana, no te estoy pidiendo que le cedas el noviazgo a Renata gratis, la compensación será generosa...
La voz familiar serpenteaba en sus oídos, sacando a Liliana Souza de un abismo de dolor desgarrador. Al abrir los ojos con dificultad, todavía aturdida, la realidad la golpeó como un impacto, porque había renacido. Estaba de vuelta en el pasado, exactamente un mes antes de su boda con Pedro Costa.
Al bajar la mirada, se encontró con el ceño fruncido de su padre, Joaquim Souza. La expresión de falsa preocupación y el tono paternalista eran idénticos a aquellos de sus recuerdos, de cuando él la había coaccionado para que renunciara a su noviazgo en nombre de su media hermana.
—Acepto —interrumpió Liliana, con la voz ronca y fría, cortando su discurso de raíz.
El cuerpo de Joaquim se paralizó. Al levantar la cabeza y encararla, sus ojos brillaban con un alivio incontenible y una alegría que apenas podía disimular.
—¡Liliana, finalmente recuperaste el juicio! Qué bueno que entendiste la situación.
Un brillo gélido y calculador cruzó la mirada de Liliana. Sus labios rojos se curvaron lentamente, dibujando una sonrisa cargada de sarcasmo.
—Quiero mil millones.
—¿Mil millones? ¡¿Te volviste loca?! —Antes de que ella pudiera terminar la frase, el rostro de Joaquim se enrojeció violentamente, adquiriendo un tono morado mientras las venas pulsaban en sus sienes.
Con una calma perturbadora, Liliana acomodó un mechón de cabello suelto detrás de la oreja y completó, arrastrando las palabras con deliberada lentitud:
—Además, quiero la ruptura oficial y definitiva de nuestra relación de padre e hija.
El color desapareció del rostro de Joaquim, transformando la rabia en incredulidad. Apuntó un dedo tembloroso hacia su nariz, la voz fallándole de indignación:
—¡Desagradecida! ¿Tienes idea del absurdo que estás diciendo?
—Tengo plena conciencia —replicó ella, levantando los ojos donde ahora hervía un odio cortante—. Desde el día en que traicionaste a mi madre mientras estaba embarazada, causando su muerte y la del bebé, dejaste de ser mi padre. En el fondo, solo consideras a Renata como hija, llegando al punto de obligarme a cederle el noviazgo con Pedro para ella. Siendo así, ¿qué diferencia hace mantener esta farsa de parentesco?
Se inclinó levemente hacia adelante, la postura exudando impaciencia.
—Son dos condiciones innegociables. No renuncio a ninguna. ¿Aceptas o no?
El pecho de Joaquim subía y bajaba descompasado, el rostro lívido de furia contenida. Después de un largo momento de tensión sofocante, apretó los dientes y siseó:
—¡Que así sea! Corta las relaciones si quieres, pero no te arrepientas después. Necesito tiempo para reunir mil millones, pero también tengo una exigencia. Pedro está muy apegado a ti. Para garantizar que Renata se case sin problemas, ¡debes salir del país dentro de un mes y nunca más volver!
Al escuchar aquello, el corazón de Liliana falló un latido. No sabía si dolía más la crueldad de Joaquim al defender los intereses de Renata a cualquier costo o la ironía amarga de la frase "Pedro está muy apegado a ti".
Torció la comisura de los labios en una sonrisa triste y susurró, casi inaudible:
—A él no le importo.
—¿Qué dijiste? —cuestionó Joaquim, frunciendo el ceño, sin haber escuchado bien.
Liliana parpadeó, ocultando la frialdad que volvía a apoderarse de su mirada, y adoptó un tono monocorde:
—Nada. Solo deposita el dinero en mi cuenta dentro del plazo. Voy a encargarme del papeleo y desaparecer de su vista para siempre.
Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y caminó hacia la salida. Apenas había cruzado el umbral de la puerta cuando divisó a Pedro y Renata viniendo en su dirección, hombro con hombro, riendo con una intimidad que hería los ojos.
El recuerdo de cuando Pedro había conocido a Renata vino a la superficie instantáneamente. En aquella época, aquellos mismos ojos oscuros destilaban repulsión por la chica. Liliana recordaba vívidamente cuando Renata intentó acercarse y él la agarró por el cuello, casi asfixiándola, advirtiendo con voz gélida que mantuviera distancia. Sin embargo, ahora, la mirada que él dirigía a su media hermana rebosaba una ternura desconcertante.
Por lo visto, el corazón de él ya se inclinaba hacia Renata mucho antes de lo que ella imaginaba.
La constatación fue como si manos invisibles desgarraran su pecho, dejando sus miembros entumecidos. Los recuerdos de la vida pasada invadieron su mente como una marea violenta.
En aquella época, después de la muerte trágica de su madre, su padre trajo a la amante y a la hija ilegítima a la casa, y Liliana pasó a vivir acorralada como un animal indeseado en la mansión de la familia Souza. Fue Pedro, con el peso de su noviazgo, quien invadió la casa solo y la rescató del cuarto oscuro donde la habían encerrado, herida y hambrienta. Desde aquel día, él y la poderosa familia Costa se convirtieron en su única tabla de salvación en medio del naufragio de su vida.
Él la protegió bajo sus alas con tal ferocidad que, aunque los Souza temían a los Costa, la codicia hablaba más alto. Intentaron innumerables veces poner a Renata en su lugar, pero Liliana resistió todas las presiones, pues aquel matrimonio era el último deseo de su madre y fruto de la amistad con la madre de Pedro.
Renata llegó a humillarse, invadiendo el cuarto de Pedro desnuda, solo para ser expulsada sin piedad. El día de la boda, Renata amenazó con suicidarse y saltó al mar, desapareciendo en las aguas.
Liliana creyó que, sin Renata, tendría paz. Vivieron tres años de aparente felicidad conyugal, hasta el fatídico día en que sorprendió a Pedro y Renata abrazados en la calle, acompañados de una niña de dos años. Renata no había muerto. Él la había escondido, la había protegido y la había amado en secreto.
Antes de que Liliana pudiera confrontarlos, un camión descontrolado la atropelló. Mientras su cuerpo era aplastado en el asfalto, lo último que vio fue la mirada indiferente de Pedro.
En el instante final de su conciencia, un único pensamiento la consumía. Si hubiera una próxima vida, realizaría el deseo de los "enamorados". No quería más aquel amor falsificado.
—¡Liliana!
La voz de Pedro la arrancó de aquel torbellino de recuerdos sofocantes. Al verla, el rostro de él se iluminó instantáneamente con una sonrisa radiante, los ojos brillando como si ella fuera el centro de su universo. Aquella misma mirada que un día la había hecho creer en el amor eterno, pero que después vio ser dirigida a Renata con igual intensidad.
Pedro extendió la mano hacia ella, un gesto habitual y cariñoso.
—¡Falta apenas un mes para nuestra boda. Vine a buscarte para probar el vestido!
Liliana encaró la mano extendida, pero la imagen sobrepuesta de aquellas mismas manos acariciando los hombros de Renata hizo que su estómago se revolviera. Con el corazón en un espasmo doloroso, se esquivó sutilmente del toque y respondió con frialdad:
—Está bien.
Y siguió adelante, ignorándolo.
Pedro se detuvo por un instante, mirando su propia mano vacía, confundido por el rechazo inesperado. Sin embargo, sin querer crear problema, atribuyó la actitud al estrés pre-boda y corrió para alcanzarla.
Al pasar junto a Renata, la chica extendió los dedos finos y sostuvo levemente la manga de la camisa de Liliana, preguntando con una voz tímida y temblorosa, cargada de una inocencia fabricada:
—Liliana, ¿podría... ir con ustedes a ver el vestido?
Liliana observó el fingimiento patético en los ojos de su media hermana y, sorprendiendo a todos, sonrió.
—Claro.
—¡No!
Dos voces sonaron al mismo tiempo, cortando el aire.
Pedro miró a Liliana, atónito, con la confusión estampada en el rostro.
—Liliana, ¿no detestas... su presencia? ¿Por qué aceptaste?
Liliana mantuvo la sonrisa en el rostro, pero por dentro, soltó una risa fría y cortante.
"¿Por qué?", pensó ella. "Porque dentro de un mes, quien va a estar vistiendo aquel vestido de novia a tu lado va a ser ella, no yo".
Capítulo 2
El auto de lujo rasgaba la carretera a alta velocidad. Pedro lanzó una mirada rápida a Renata, sentada en el asiento del copiloto, y luego se inclinó en dirección a Liliana, creando una burbuja de intimidad al susurrarle al oído:
—Liliana, ¿por qué decidiste traerla de repente?
Liliana observó el ceño fruncido de él y la expresión de impaciencia habitual que surgía siempre que mencionaba a Renata, como si la simple presencia de la chica fuera una carga insoportable. Actuaba demasiado bien. Tan bien que, en la vida pasada, ella fue engañada por tres años enteros. Solo cuando se topó con aquella niña de dos años en la calle fue que se dio cuenta de que la relación de ellos ya estaba podrida hasta la raíz.
Ocultando el sarcasmo en la mirada, Liliana bajó los párpados y respondió con voz indiferente:
—¿No vives quejándote de que ella es pegajosa? Deja que vea con sus propios ojos que te vas a casar conmigo. Tal vez así se dé por vencida de una vez.
Un malestar fugaz atravesó el rostro de Pedro. Sus labios se movieron como si quisiera protestar, pero solo tragó las palabras en seco, con la nuez de Adán oscilando en la garganta, y aceptó aquella explicación en silencio.
Al llegar al destino, Pedro condujo a Liliana al interior de la tienda de novias, con Renata siguiéndolos de cerca, paso a paso, como una sombra. El vestido hecho a la medida ya había sido elegido hacía tiempo. Era una pieza deslumbrante de encaje marfil, tachonada de pequeños cristales que centelleaban bajo la iluminación, confiriéndole un aura casi onírica.
La empleada apenas había traído el vestido cuando Renata se adelantó, incluso antes de que Liliana pudiera levantar la mano. La chica deslizó los dedos por el encaje delicado, con los ojos rebosando una envidia mal disimulada, y solo después de un largo momento se volteó hacia Liliana.
—Liliana, ¿puedo probarlo? —preguntó ella, moldeando el rostro en una expresión de inocencia forzada.
Liliana observó aquella actuación de pureza y soltó una risa fría en su interior. El noviazgo podría hasta cederlo, ¿pero por qué debería entregar en bandeja de plata lo que era suyo por derecho? Sus labios rojos se abrieron para disparar un sarcasmo despiadado:
—¿Tu madre no se cansó de ser amante? ¿Qué pasó, quieres seguir la misma carrera?
El rostro de Renata perdió el color instantáneamente, volviéndose pálido como la cera. Miró a Pedro con una expresión aterrada, los ojos llorosos pidiendo auxilio mudo. La expresión de Pedro se oscureció inmediatamente. Se colocó entre las dos, bloqueando el ataque, y empujó levemente el brazo de Liliana.
—Liliana, no hagas escenas delante de otros. —la reprendió, intentando suavizar el tono, pero con firmeza—. Ve de una vez a probarte el vestido para ver si te queda.
Aquel gesto parecía conciliador, pero, en la práctica, él estaba protegiendo a Renata con su propio cuerpo. Liliana notó la tensión en los músculos de él y, con una sonrisa de sarcasmo curvando los labios, tomó el vestido y entró al probador sin decir nada más.
Ya vestida, permaneció frente al espejo, tomada por un momento de trance. El reflejo mostraba una mujer de belleza marcada, donde el marfil de la falda realzaba la blancura de su piel. En la vida anterior, en aquel mismo instante, su corazón rebosaba de sueños para el futuro, pero ahora, al encarar sus propios ojos, solo encontraba un vacío desolador.
—¡Ay!
Un grito caprichoso vino del exterior. Liliana apartó la cortina apenas lo suficiente para espiar y vio la escena patética. Renata tropezaba con sus propios pies, cayendo directamente en los brazos de Pedro.
Él no solo no se esquivó, sino que la sostuvo firme por la cintura, con la palma de la mano acariciando su espalda. El gesto era de una ternura irritante, como quien calma a un animalito asustado. Aun sabiendo que el corazón de él ya no le pertenecía, presenciar aquello fue como tener agujas perforando sus ojos. Recordaba bien cuando Renata tocó apenas el borde de la ropa de Pedro en el pasado; él había arrojado la prenda al fuego delante de todos, escupiendo la palabra "sucia" con asco.
¿Y ahora? Consolaba a la chica en sus brazos con dulzura. Los dos, pegados uno al otro, parecían mucho más una pareja que ella, la novia oficial escondida en el probador.
La mano de Liliana apretó la tela de la cortina con fuerza, y un dolor agudo comprimió su pecho, como si una garra estrujara su corazón. Respiró hondo, lista para abrir el probador y acabar con aquella farsa, cuando el suelo bajo sus pies se sacudió violentamente. El mundo giró.
Terremoto.
El pensamiento apenas cruzaba su mente cuando el instinto de supervivencia gritó. Intentó correr, levantando la falda voluminosa, pero la tela pesada y excesiva se enredó en sus pies. Liliana perdió el equilibrio y se desplomó en el suelo con un golpe sordo.
La caída le raspó el brazo, que comenzó a sangrar, y objetos cayeron del techo sobre ella, arrancándole el color del rostro por el dolor. Sin embargo, Pedro, a pocos pasos de ahí, actuó como si ella fuera invisible. Se agachó en un movimiento rápido, levantó a Renata en brazos y corrió hacia la salida.
Mientras pasaban junto a ella, el diálogo de ellos flotó hasta sus oídos, cada vez más distante.
—Pedro, ¡déjame! Liliana todavía está allá adentro... —lloriqueó Renata, fingiendo preocupación.
—Ella puede salir sola. ¡Te lastimaste la pierna, necesito sacarte de aquí ahora! —replicó él, sin mirar atrás.
Aquellas palabras perforaron el corazón de Liliana como una cuchilla, sofocándola. No se sabe cuánto tiempo pasó hasta que el temblor finalmente cesó.
La tienda estaba en ruinas, un reflejo exacto de lo que quedaba dentro de ella. Liliana se quitó el vestido de novia, agarró unas tijeras caídas cerca y, con golpes fríos y precisos, desgarró la tela hasta que solo quedaron trapos.
Antes de salir, lanzó una orden a la empleada, que temblaba de shock en un rincón:
—No le digas nada a Pedro.
Si Renata quería casarse, que se casara. Pero Liliana jamás permitiría que usaran lo que era de ella. Prefería destruir todo antes que entregarle algo a aquella pareja inmunda.
Al salir de la tienda, Liliana se dirigió directamente al Departamento de Migración. Entregó la documentación y solicitó el procesamiento de urgencia. El empleado notó la sangre en su brazo, pero solo asintió profesionalmente:
—En treinta días, todo estará listo.
Liliana se detuvo en la puerta y llenó los pulmones de aire, contemplando el cielo gris y pesado. Un mes más. Solo un mes más y dejaría aquella ciudad para siempre, rumbo a una vida que finalmente sería suya.
Capítulo 3
Liliana no regresó a la mansión de la familia Souza. En cambio, se dirigió directamente al pequeño departamento que había comprado con sus propios ahorros, su único refugio particular.
Cuando finalmente se dejó caer contra el colchón suave, el agotamiento físico y emocional cobró su precio, y la noche ya iba avanzada del otro lado de la ventana. Desde la tarde fatídica hasta aquel momento, el silencio de Pedro era absoluto. No hubo una sola palabra de preocupación, media frase de explicación, o siquiera una pregunta protocolaria sobre su bienestar.
Liliana encaró la pantalla iluminada del celular por largo tiempo, esperando una notificación que nunca llegaba, hasta sentir los ojos arder. En un gesto brusco de frustración, arrojó el aparato a un lado y cerró los ojos, sumergiéndose en un sueño pesado y sin sueños.
A la mañana siguiente, antes incluso de que pudiera despertar completamente, fue arrancada del sueño por un ruido de movimiento. Al salir del cuarto, todavía aturdida, para verificar el origen del alboroto, se encontró con una escena inesperada. Pedro estaba en la sala, coordinando un equipo que transportaba diversas cajas y paquetes hacia adentro. Tan pronto la divisó, caminó apresuradamente en su dirección y sostuvo sus manos, con el rostro moldeado en una expresión de profundo arrepentimiento.
—Liliana, perdóname, por favor. —comenzó él, la voz cargada de una solicitud ensayada—. Ayer surgió una emergencia ineludible en la empresa y necesité salir a las carreras, sin tiempo de avisar. Solo supe del terremoto mucho después. No te lastimaste, ¿verdad?
Liliana observó al hombre delante de ella, mintiendo sin siquiera pestañear, y sintió el corazón ser perforado por miles de agujas invisibles, un dolor agudo y continuo. Él sabía perfectamente que le debía una explicación seria por el día anterior, pero había elegido encubrir el hecho de haberla abandonado en el lugar del desastre con aquella excusa destartalada. No podía comprender. Si ya amaba a otra mujer, ¿por qué insistir en el matrimonio? ¿Sería por considerarla demasiado ingenua, fácil de manipular, o simplemente sentía un placer perverso al mantener una vida doble, disfrutando de la seguridad del hogar mientras se aventuraba fuera de él?
Ante el silencio frío y la mirada inquisidora de Liliana, Pedro suspiró. Levantó la mano para acariciar su cabello con un gesto que pretendía ser cariñoso y suavizó el tono de voz, intentando persuadirla:
—Sé cuánto te gustan estas cosas, así que compré varias joyas y accesorios para ti. Considéralo un pedido de disculpas y una compensación por el susto. No te enojes conmigo, ¿está bien?
Liliana apretó los labios, sintiendo un sabor amargo en la boca. Las palabras "está bien" murieron en su garganta antes incluso de ser pronunciadas, interrumpidas por el toque estridente y urgente del celular de Pedro. Él atendió de inmediato y, escuchando lo que fuera que se dijera del otro lado, su expresión cambió sutilmente, ganando aires de preocupación. Miró a la novia con un aire de incomodidad teatral y dijo:
—Liliana, surgió otro problema urgente en la empresa. ¡No podré quedarme contigo ahora, necesito ir a resolver esto!
Sin siquiera esperar una respuesta o darle un beso de despedida, giró sobre sus talones y salió apresurado. El ambiente se sumergió en un silencio repentino, roto apenas por los ruidos de los repartidores terminando de dejar los paquetes lujosos en la sala.
No se sabe cuánto tiempo pasó hasta que el celular de Liliana emitió un sonido de notificación. Al desbloquear la pantalla con dedos temblorosos, vio una nueva publicación de Renata en las redes sociales. La foto exhibía una pila de joyas lujosas, pero el detalle crucial y devastador estaba en la esquina de la imagen. Era una mano masculina de dedos largos y bien delineados, cuyo dedo medio ostentaba un anillo que Liliana conocía íntimamente. Las joyas eran idénticas a las que Pedro acababa de traerle como "pedido de disculpas"; el anillo hacía juego con el que ella usaba en aquel exacto momento. Era, sin lugar a dudas, la mano de Pedro.
Una quemazón se apoderó de los ojos de Liliana, y su pecho se apretó como si una mano gigante estrujara su corazón, volviendo cada respiración un esfuerzo doloroso. La realidad cayó sobre ella con un peso insoportable, el amor de aquel hombre podía ser rebanado y distribuido. El afecto de Pedro nunca fue exclusivo de ella y vivía una ilusión.
—Señorita Liliana, dejamos todas las joyas aquí. Por favor, verifique si está todo correcto. —La voz de uno de los empleados la trajo de vuelta a la realidad, interrumpiendo su trance doloroso.
Liliana miró fijamente las cajas de terciopelo sobre la mesa con una mirada casi maníaca. De repente, una sonrisa amarga y quebrada curvó sus labios y ordenó al repartidor, con una firmeza que la sorprendió a sí misma:
—Vende todo. No quiero que quede nada aquí.
Si no eran regalos escogidos exclusivamente para ella, no tenían valor alguno. No aceptaría sobras disimuladas como regalos.
Tan pronto las joyas fueron llevadas, el teléfono de Liliana sonó nuevamente. Era Pedro. Rechazó la llamada sin dudar. Él insistió, llamando repetidas veces hasta finalmente desistir y enviar un mensaje de texto: [Si no te gustaron esas, ¡te llevo a elegir personalmente otro día!]
Liliana leyó el mensaje con desprecio y lo ignoró. En vez de responder, buscó en la lista de contactos el nombre de Susana Neves, su amiga de larga data, y acordó un encuentro. Ya que su partida era inminente y la decisión estaba tomada, era justo despedirse adecuadamente de quien realmente importaba y siempre estuvo a su lado.
Al caer la tarde, Liliana se cambió de ropa y se dirigió al bar acordado. Susana ya la esperaba y, al escuchar la noticia abrupta sobre el viaje al extranjero, abrió los ojos de par en par en shock, preguntando inmediatamente sobre la situación con el novio.
Después de algunas copas de vino, Liliana bajó la mirada hacia el líquido oscuro en su copa y declaró con una calma desconcertante:
—Renuncié al noviazgo. Lo dejé ir.
—¡¿Te volviste loca?! —exclamó Susana, enderezándose bruscamente en la silla y elevando el tono de voz, atrayendo algunas miradas—. ¡Estamos hablando de Pedro! Él siempre fue tan...
—Cómo me trata ya no importa. —interrumpió Liliana, sacudiendo la cabeza despacio, con la voz ronca, pero decidida—. No estoy loca, Susana.
La imagen de Pedro sosteniendo a una niña, con Renata acurrucada a su lado como una familia perfecta, destelló en su memoria una vez más. Era como una espina clavada profundo en su carne, apretando su pecho y sofocando cualquier duda que aún pudiera quedar. Un hombre infiel no tenía lugar en su vida. No se rebajaría a aceptar migajas de afecto.
Susana abrió la boca para intentar disuadirla nuevamente, pero Liliana se levantó antes de que la amiga pudiera argumentar.
—Voy al baño, ya vuelvo. —dijo ella, necesitando un momento para recomponer la postura.
Al pasar por el pasillo donde estaban los reservados privados, una voz masculina familiar flotó desde una de las salas, congelando su sangre. Liliana detuvo sus pasos. A través de la rendija de la puerta entreabierta, espió el interior. Allí estaba Pedro, sentado en la cabecera de la mesa, con el rostro parcialmente oculto por la iluminación difusa del ambiente. Y justo ahí, pegada a su lado, sonriendo como si fuera la dueña del lugar, estaba Renata, vistiendo un vestido blanco impecable.