Capítulo 3

Miré la complejidad en sus ojos y supe que él también había renacido.

Pero aún insistía en que yo lo había drogado.

Respiré hondo, conteniendo las emociones que hervían dentro de mí:

—No fui yo. Puedes investigarlo.

Él me lanzó una mirada de disgusto:

—¿Es necesario?

Sus palabras, tan ligeras, me atravesaron. Fue el golpe final que quebró mis nervios, ya tirantes como cuerdas.

—¿Por qué no sería necesario?

Ya no pude controlar mis emociones, las lágrimas brotaron de mis ojos.

—¿Acaso merezco ser calumniada? ¿Por qué, después de decírtelo tantas veces, nunca estás dispuesto a creerme ni una sola vez?

Me abalancé hacia él, agarrando su cuello de la camisa con fuerza:

—Lucas, ¿por qué no puedes creerme una sola vez?

Lo miré fijamente, a este hombre como hermano mayor que me protegió desde pequeño y juró cuidarme toda la vida.

¿En qué momento empezó a entregar toda su confianza y predilección a otra persona?

Mis lágrimas cayeron sobre el dorso de su mano, ardientes.

Su mirada pareció suavizarse por un instante.

De repente, la puerta se abrió de golpe y Claudia entró corriendo, alarmada.

—¡Elisa! ¿Qué estás haciendo?

Se abalanzó para ponerse delante de Lucas, protegiéndolo.

—¡Si estás molesta conmigo, desquítate conmigo! ¡No lastimes a Lucas!

Lucas la protegió inmediatamente entre sus brazos, y la compasión momentánea en sus ojos fue reemplazada al instante por ternura hacia Claudia:

—Claudia, estoy bien, no te preocupes.

Volvió su mirada hacia mí, fría:

—Elisa, no me importa cuál sea la verdad, ni me interesa averiguarlo. Pero no me casaré contigo. A partir de hoy, será mejor que te comportes.

Al escuchar la palabra "verdad", un destello de pánico cruzó los ojos de Claudia por un instante.

Pero al oír que Lucas no se casaría conmigo, no pudo disimular una expresión de alegría furtiva en su rostro.

Yo, sin embargo, lo miré llena de decepción.

Al final, él había cambiado. La única aferrada al pasado era yo.

Di un paso atrás, con una voz llena de determinación:

—No te preocupes. Antes me casaría con un cura que contigo.

Desde ese día, evité cualquier ruta que se cruzara con la de Lucas y me sumergí en los preparativos para mi viaje al extranjero.

Aun así, las sirvientas me contaban cosas sobre ellos.

Por ejemplo, que Lucas, desafiando su frágil salud, se arrodilló para suplicar a su madre que aceptara su matrimonio con Claudia, incluso amenazando con cortar lazos familiares.

La doña Elena, tan enfadada, terminó en el hospital.

O que Claudia también se mudó a la casa. Se les veía siempre juntos, entrando y saliendo.

Tanto exhibían su amor en público, que mi mejor amiga me llamó para preguntar si Claudia acabaría siendo mi cuñada.

Asentí sin más:

—Sí, así es.

Parecía que, desde aquella conversación, mi amor por él se había desvanecido. Ahora, mencionarlo solo causaba un dolor punzante.

Mi amiga, indignada, dijo:

—Lucas está realmente ciego. Con esa trepadora hipócrita, se ha enamorado perdidamente.

Acariciando mi boleto de avión, con solo tres días restantes, sonreí levemente y dije:

—Que hagan lo que quieran, ya no tiene que ver conmigo.

Al fin y al cabo, en mi vida anterior, Lucas nunca la olvidó, ni siquiera en la muerte. Ahora, al menos, está logrando su deseo.

No quería buscarle tres pies al gato, pero Claudia vino a ponérselos ella sola.

Temprano en la mañana, me esperó a la entrada de mi habitación, invitándome a acompañarla a probarse el vestido de novia.

—Elisa, ¿podrías acompañarme a probarme el vestido de novia? Al fin y al cabo, eres como una hermana menor de Lucas. Quería que me des tu opinión.

Dejé el libro a un lado y, al levantar la vista, le eché un vistazo de reojo.

—No me interesa.

La sonrisa en su rostro se congeló por un instante, y sus ojos se enrojecieron rápidamente.

—Elisa, ¿es que me desprecias…?

Estaba harta de seguirle el juego. Justo cuando iba a pedirle que se fuera, la puerta se abrió de golpe.

Lucas estaba en la entrada, con el rostro sombrío y una mirada de advertencia.

—Elisa, ¿por qué le haces eso a Claudia? Te invitó de buena fe. Es solo mirar, ¿qué te cuesta? ¡No hace falta que te las des de importante!

Otra vez. La misma historia.

Conque por negarme a acompañarla… ¿Eso ya cuenta como atacarla?

Capítulo 4

Esbocé una fría sonrisa. Mi mirada pasó por encima de Lucas y se posó en Claudia, quien seguía fingiendo inocencia.

Sus ojos estaban enrojecidos, las manos retorcidas, adoptando la apariencia de quien ha sufrido una gran injusticia.

—Todo es culpa mía, no debería haber molestado a Elisa. Yo…

Al ver la determinación de Claudia, que no cejaría hasta lograr su objetivo, acepté.

No quería ningún contratiempo justo antes de mi partida. Más vale evitar problemas que buscarlos.

Ante mi aceptación, una sonrisa iluminó al instante el rostro de Claudia. Con voz dulcemente fingida, se dirigió a Lucas:

—Siempre dices que Elisa tiene mal carácter, pero ahora veo que no es así.

Lucas me miró con cierta culpabilidad. Solo alcanzó a ver mis labios apretados en silencio, mi expresión tan indiferente que le provocó cierta inquietud.

Yo, sin embargo, apremié:

—Vamos, ¿no tenías prisa por probarte el vestido?

Si ya ni siquiera quería a Lucas, mucho menos me importaba su opinión.

Durante todo el trayecto, Claudia no paraba de planear con Lucas los detalles de su futuro hogar. El ambiente dentro del auto se volvía más empalagoso con cada palabra.

Yo permanecí en silencio, mirando a través de la ventanilla el paisaje que fugazmente pasaba.

Cuando el coche se acercaba a la zona urbana, Claudia dijo de repente:

—Lucas, mis padres y mis parientes han llegado. Tengo que ir a recogerlos ahora mismo.

Lucas, solícito, respondió:

—Está bien, vamos directamente al aeropuerto.

Pero Claudia mordió su labio, haciendo un gesto de duda fingida.

—Pero ahora no hay suficiente espacio.

Su mirada se deslizó hacia mí, imperceptiblemente, con una chispa de triunfo.

Lucas se volvió hacia mí y dijo con frialdad:

—Elisa, baja del coche. Volveremos a recogerte luego.

Fruncí el ceño:

—Aquí no hemos llegado aún a la ciudad. ¿No podrías dejarme allí, al menos? Aquí no hay nadie.

Estábamos en el campo abierto, sin ninguna protección.

Lucas, impaciente, ordenó:

—Baja. Vamos a tomar la autopista directamente.

Al ver que me negaba, Lucas bajó del coche y comenzó a tirar de mí.

Sus movimientos eran tan brutales como si tratara con un desconocido.

Claudia, en el momento justo, dijo:

—Lucas, no hace falta ser así. Podría pedir a mis padres que tomen un taxi.

La aparente consideración de Claudia no fue, para Lucas, más que la prueba de mi capricho, que la obligaba a ella a ceder.

Apretó más fuerte mi brazo y me sacó del coche a rastras, sin miramientos.

Caí torpemente al suelo, y mis rodillas se rasparon contra el áspero asfalto. Un fuego abrasador me recorrió las piernas al contacto.

Al instante, gotas de sangre mancharon de rojo mi vestido blanco.

Lucas ni siquiera miró. Cerró la puerta del coche con rudeza.

—Espéranos aquí, volveré pronto.

El motor rugió al alejarse, levantando una nube de polvo que me cubrió el rostro.

Me apoyé en el suelo y me levanté lentamente, viendo cómo el Bentley negro desaparecía al final del camino.

Una premonición siniestra e inesperada me invadió.

Saqué mi teléfono y llamé al chófer de la familia, pero me enteré de que el coche estaba en mantenimiento y tardaría una o dos horas en poder recogerme.

Colgué. Al instante, comenzaron a caer gotas gordas y aisladas, seguidas de un diluvio que me caló hasta los huesos en segundos. Hecha una sopa, me lancé a la cuneta intentando parar algún coche.

En ese momento, un coche que iba a gran velocidad patinó violentamente sobre el pavimento mojado.

La parte delantera del vehículo giró fuera de control, acompañada del chirrido de los neumáticos, y se dirigió directamente hacia mí.

Mis pupilas se contrajeron bruscamente.

Por otro lado, dentro del coche, el corazón de Lucas dio un vuelco inexplicable. Una fuerte inquietud lo invadió.

Miró el cielo con relámpago. La imagen de aquella a quien había abandonado en la carretera cruzó su mente.

Irritado, sacó su teléfono e instintivamente quiso marcar mi número.

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Cuando el amor se pone el Sol

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