Capítulo 1
Lucas Solís y yo éramos conocidos en la capital como la pareja más conflictiva.
Él me despreciaba por considerarme una mujer sin escrúpulos que lo había obligado a casarse conmigo a toda costa.
Yo lo odiaba porque cada noche le guardaba fidelidad a Claudia, mientras que a mí me trataba con una frialdad glacial.
Durante ocho años de matrimonio, lo que más me decía fue que me fuera.
Cuando llegó la inundación, Lucas, que siempre me había dirigido palabras crueles, me cedió el último lugar en el bote salvavidas.
Me gritó:
—¡No mires atrás, vete rápido! Elisa, ya no te debo nada. En la próxima vida, solo quiero estar con Claudia.
Intenté salvarlo, pero me sujetaron con fuerza. Finalmente, solo pude ver cómo las aguas se lo tragaban.
El equipo de rescate llegó tarde. Su cuerpo, ya hinchado y descompuesto por el agua, aún apretaba con fuerza el amuleto de Claudia, imposible de soltar.
Más tarde, vendí todas mis propiedades para donarlas a la zona afectada y salté al vacío para seguirlo a la tumba.
Al abrir los ojos, me encontré de vuelta en la noche en que drogaron a Lucas.
Al ver el cuerpo descompuesto de Lucas, me invadieron la rabia y el dolor, y juré perseguirlo hasta el infierno para enfrentarlo.
Quería preguntarle por qué había tomado esa decisión sin mi consentimiento.
Así que, al ver a Lucas de nuevo, reaccioné sin pensar y le abofeteé.
La bofetada parecía haberle devuelto algo de lucidez a Lucas. Su mirada pasó de estar nublada a mostrar cierta claridad.
—¡Elisa, estás loca!
—¡Tú sí que estás loco, Lucas! ¡Cómo te odio!
Lo miré fijamente, los ojos llenos de lágrimas.
Intentó reprenderme de nuevo, pero al encontrarse con mis ojos enrojecidos y llenos de dolor, por una vez se quedó sin palabras.
Su mirada estaba plagada de confusión.
Sin embargo, dominado por las oleadas de la droga, sus brazos se extendieron hacia mí, buscando abrazarme.
Pero yo, como si hubiera despertado de pronto, lo empujé con fuerza.
No. No podía permitir que la tragedia de mi vida pasada se repitiera.
En esa vida anterior, durante el banquete de cumpleaños de la doña Elena, madre de Lucas, Lucas había sido drogado con una sustancia afrodisíaca.
Yo, al no encontrarlo por ningún lado, entré en su habitación y, sin saber cómo, terminé acostándome con él.
Los invitados que llegaron después nos encontraron en esa situación, y me convertí a sus ojos en una mujer sin vergüenza.
Desde entonces, Lucas me despreció, convencido de que yo lo había drogado.
Cada vez que intentaba explicarme, él pensaba que mentía.
Y ahora, al enfrentarme a él en este estado, no dudé en escapar tambaleándome hacia la puerta.
En esta vida, no estaba dispuesta a que me malentendiera otra vez, ni a que acabáramos como una pareja que solo se odia.
Al llegar al pasillo, me encontré con Claudia, que caminaba en esa dirección.
—¡Qué casualidad! Lucas te está buscando.
Ella me miró con recelo:
—¿Qué estás tramando?
Me esforcé por aparentar preocupación y hablé rápidamente:
—Realmente no está bien. Parece sentirse muy mal, entra a verlo.
Dicho esto, escapé como si me persiguieran.
Detrás de mí, oí los pasos apresurados de Claudia y el sonido de la puerta al abrirse.
Me apoyé contra la pared y sentí una punzada de dolor que me atravesó el corazón.
Habiendo renacido, creí que podría enfrentar todo esto con serenidad.
Pero aún me sentía profundamente triste.
Al bajar las escaleras, aturdida, me encontré con doña Elena. Me preguntó con preocupación qué me pasaba, que me veía muy pálida, y si aún no había encontrado a Lucas.
Sonreí levemente:
—No es nada. Seguramente solo estoy un poco cansada.
—Puedes retirarte a descansar en un momento. No importa que Lucas no esté. Más tarde anunciaré su compromiso. Nuestra Elisa ya es una mujer. No vamos a dejar que cualquiera se te lleve.
Su expresión era dulce, pero yo recordé la escena de mi vida anterior, en el velatorio de Lucas, cuando me golpeó y me insultó.
Con un rostro desgarrado por el dolor, gritó:
—¡Me arrepiento! ¡Arrepentida estoy de haber permitido que mi hijo se casara contigo, una maldición! ¿Acaso mi familia no te dio todo? ¿Cómo pudiste abandonarlo así?
Pensé que, en esta vida, esa escena no se repetiría.
Bajé la cabeza y dije:
—Doña Elena, no quiero casarme con Lucas. Para mí, solo es un hermano mayor.
Su expresión se llenó de asombro:
—¿Cómo es posible? Elisa, ¿acaso Lucas te ha hecho enojar?
Capítulo 2
Durante todos estos años viviendo con la familia Solís, todo el mundo había visto cómo mi amor por Lucas ardía cada vez con más intensidad.
Negué con la cabeza:
—Doña Elena, realmente no quiero casarme con Lucas. Planeo ir a estudiar al extranjero el próximo mes.
Doña Elena suspiró, como dándose cuenta de mi determinación.
Me dio unas palmaditas en la mano y dijo:
—Aunque no llegues a ser mi nuera, siempre serás la hija menor de esta familia. No puedes distanciarte de mí, ¿entendido?
No pude contener las lágrimas y la abracé.
Cuando tenía ocho años, mi familia sufrió un accidente. Los Solís viajaron desde muy lejos para adoptarme y ofrecerme un hogar a una niña vulnerable y desamparada.
—Doña Elena, gracias por todo el cariño que me han brindado durante estos años. Pero Lucas y yo realmente no somos compatibles. Solo terminaríamos lastimándonos el uno al otro.
Acarició mi espalda con suavidad, su voz era dulce:
—Tonta, si crecieron juntos desde chiquitos, se conocen como la palma de la mano. ¿O fue que Lucas te dijo alguna barbaridad?
Recordé la mirada de desprecio de Lucas en mi vida pasada.
—Doña Elena, algunas personas están destinadas a encontrarse, pero no a permanecer unidas.
Me separé de su abrazo y la miré con seriedad.
—No quiero que un matrimonio forzado termine por arrebatarme incluso este hogar.
Decía la verdad.
En mi vida anterior, después del matrimonio, Lucas casi nunca volvía a casa. Sus padres, cuando querían ver a su hijo, tenían que ir a buscarlo a la oficina.
Los ojos de doña Elena se humedecieron, y finalmente cedió:
—Está bien, Elisa. Respetaré tu decisión. Si quieres ir al extranjero, ve. Aquí siempre será tu hogar.
Agradecida, asentí.
Escapar de Lucas era mi primer objetivo tras renacer.
En esta vida, solo quiero ser para él una desconocida familiar.
El banquete continuó sin más incidentes. Detuve a quienes fueron a buscar a Lucas.
Justo cuando pensé que la noche terminaría en calma, un grito agudo y repentino resonó desde el piso de arriba.
—¡Ay! ¡Lucas! ¿Qué te pasa, Lucas? ¡Socorro! ¡Un médico!
Era la voz de Claudia.
Doña Elena, que estaba despidiendo a los últimos invitados, al oír el alboroto corrió escaleras arriba. Yo la seguí en silencio.
La puerta de la habitación de Lucas estaba abierta de par en par.
Claudia estaba sentada en el suelo a la entrada, su vestido de gala blanco estaba desordenado y desgarrado, dejando al descubierto gran parte de su hombro y cuello pálidos.
Al ver a doña Elena, como si hubiera visto un salvavidas, se arrastró hacia ella:
—Doña Elena, no sé qué pasó, Lucas de repente…
Sus palabras eran incoherentes, pero su mirada, casi imperceptiblemente, se deslizó hacia mí, cargada de un destello de provocación y regodeo secreto.
Doña Elena ya no podía prestarle atención y se apresuró a entrar en la habitación.
Desde el baño se escuchaba el sonido del agua corriendo. Lucas estaba sumergido en la bañera llena de agua fría, aún con su traje puesto.
Sus mejillas estaban sonrojadas de un modo poco natural, sus ojos cerrados, ya inconsciente.
Me quedé quieta en el sitio y sentí un escalofrío recorrer mis dedos.
En mi vida anterior, yo fui la que quedó inmovilizada bajo él, con el vestido desgarrado, expuesta y condenada a la vergüenza eterna bajo el peso de todas aquellas miradas llenas de desdén.
Y en esta vida, él prefería torturarse hasta perder el conciencia sumergido en agua helada, antes que tocar a Claudia.
De repente, lo entendí.
Por supuesto. Claudia era un sueño para él: inalcanzable, y la guardaba como un tesoro en la palma de su mano.
¿Cómo se atrevería a mancharla con un método tan sórdido?
A mí podía destruirme sin dudarlo, pero a ella debía proteger su pureza incluso a costa de su propia vida.
Una amargura punzante brotó de lo más hondo de mi pecho, me subió por la garganta y me hizo arder los ojos.
Menos mal que ya lo había entendido.
Doña Elena llamó apresuradamente al médico de la familia. Después de una noche de revuelo, Lucas finalmente recuperó el conocimiento.
Lo primero que hizo al despertar fue pedir hablar conmigo.
—Sé que tú también has vuelto.
Por dentro, un terremoto. Por fuera, mantuve la fachada de calma:
—¿De qué me hablas?
—No finjas, Elisa. Eres más malvada que en tu vida anterior. No solo me drogaste, sino que también intentaste arruinar a Claudia.
Capítulo 3
Miré la complejidad en sus ojos y supe que él también había renacido.
Pero aún insistía en que yo lo había drogado.
Respiré hondo, conteniendo las emociones que hervían dentro de mí:
—No fui yo. Puedes investigarlo.
Él me lanzó una mirada de disgusto:
—¿Es necesario?
Sus palabras, tan ligeras, me atravesaron. Fue el golpe final que quebró mis nervios, ya tirantes como cuerdas.
—¿Por qué no sería necesario?
Ya no pude controlar mis emociones, las lágrimas brotaron de mis ojos.
—¿Acaso merezco ser calumniada? ¿Por qué, después de decírtelo tantas veces, nunca estás dispuesto a creerme ni una sola vez?
Me abalancé hacia él, agarrando su cuello de la camisa con fuerza:
—Lucas, ¿por qué no puedes creerme una sola vez?
Lo miré fijamente, a este hombre como hermano mayor que me protegió desde pequeño y juró cuidarme toda la vida.
¿En qué momento empezó a entregar toda su confianza y predilección a otra persona?
Mis lágrimas cayeron sobre el dorso de su mano, ardientes.
Su mirada pareció suavizarse por un instante.
De repente, la puerta se abrió de golpe y Claudia entró corriendo, alarmada.
—¡Elisa! ¿Qué estás haciendo?
Se abalanzó para ponerse delante de Lucas, protegiéndolo.
—¡Si estás molesta conmigo, desquítate conmigo! ¡No lastimes a Lucas!
Lucas la protegió inmediatamente entre sus brazos, y la compasión momentánea en sus ojos fue reemplazada al instante por ternura hacia Claudia:
—Claudia, estoy bien, no te preocupes.
Volvió su mirada hacia mí, fría:
—Elisa, no me importa cuál sea la verdad, ni me interesa averiguarlo. Pero no me casaré contigo. A partir de hoy, será mejor que te comportes.
Al escuchar la palabra "verdad", un destello de pánico cruzó los ojos de Claudia por un instante.
Pero al oír que Lucas no se casaría conmigo, no pudo disimular una expresión de alegría furtiva en su rostro.
Yo, sin embargo, lo miré llena de decepción.
Al final, él había cambiado. La única aferrada al pasado era yo.
Di un paso atrás, con una voz llena de determinación:
—No te preocupes. Antes me casaría con un cura que contigo.
Desde ese día, evité cualquier ruta que se cruzara con la de Lucas y me sumergí en los preparativos para mi viaje al extranjero.
Aun así, las sirvientas me contaban cosas sobre ellos.
Por ejemplo, que Lucas, desafiando su frágil salud, se arrodilló para suplicar a su madre que aceptara su matrimonio con Claudia, incluso amenazando con cortar lazos familiares.
La doña Elena, tan enfadada, terminó en el hospital.
O que Claudia también se mudó a la casa. Se les veía siempre juntos, entrando y saliendo.
Tanto exhibían su amor en público, que mi mejor amiga me llamó para preguntar si Claudia acabaría siendo mi cuñada.
Asentí sin más:
—Sí, así es.
Parecía que, desde aquella conversación, mi amor por él se había desvanecido. Ahora, mencionarlo solo causaba un dolor punzante.
Mi amiga, indignada, dijo:
—Lucas está realmente ciego. Con esa trepadora hipócrita, se ha enamorado perdidamente.
Acariciando mi boleto de avión, con solo tres días restantes, sonreí levemente y dije:
—Que hagan lo que quieran, ya no tiene que ver conmigo.
Al fin y al cabo, en mi vida anterior, Lucas nunca la olvidó, ni siquiera en la muerte. Ahora, al menos, está logrando su deseo.
No quería buscarle tres pies al gato, pero Claudia vino a ponérselos ella sola.
Temprano en la mañana, me esperó a la entrada de mi habitación, invitándome a acompañarla a probarse el vestido de novia.
—Elisa, ¿podrías acompañarme a probarme el vestido de novia? Al fin y al cabo, eres como una hermana menor de Lucas. Quería que me des tu opinión.
Dejé el libro a un lado y, al levantar la vista, le eché un vistazo de reojo.
—No me interesa.
La sonrisa en su rostro se congeló por un instante, y sus ojos se enrojecieron rápidamente.
—Elisa, ¿es que me desprecias…?
Estaba harta de seguirle el juego. Justo cuando iba a pedirle que se fuera, la puerta se abrió de golpe.
Lucas estaba en la entrada, con el rostro sombrío y una mirada de advertencia.
—Elisa, ¿por qué le haces eso a Claudia? Te invitó de buena fe. Es solo mirar, ¿qué te cuesta? ¡No hace falta que te las des de importante!
Otra vez. La misma historia.
Conque por negarme a acompañarla… ¿Eso ya cuenta como atacarla?