Capítulo 5
Aun después de casarse con su madre, su padre siguió enredado con otras mujeres; incluso quería tener más hijos. La vida de su madre fue miserable. Discutía a diario con él, cayó en una depresión severa y finalmente se suicidó saltando desde un edificio.
Después de eso, su padre pareció sentar cabeza: no volvió a buscarse amantes.
Pero la grieta entre padre e hijo ya no tenía arreglo. Desde entonces, Antonio nunca volvió a casa. Empezó a beber, a meterse en carreras clandestinas, a fumar sin control.
Se volvió como tantos hijos de ricos: noches interminables, fiestas sin fin. Antes no mostraba interés por ninguna chica; ahora se movía entre mujeres con la destreza de alguien experimentado.
Ese Antonio limpio y luminoso parecía haberse desvanecido.
Solo quedaba un sueño, una fantasía guardada en mi memoria.
***
Esa noche, en la reunión con nuestros amigos, vi por primera vez a la nueva novia de Antonio.
Una chica de piel clara, de rasgos finos. Llevaba un abrigo color camel; el cabello castaño, largo y ondulado, se le perdía bajo una bufanda de cachemira. Al sonreír, se le arqueaban los ojos con dulzura. Se veía tranquila, serena. No deslumbraba, pero sí tenía algo muy puro.
Antonio tenía razón: no se parecía en nada a las otras novias que había tenido.
—¿Eres Celina, verdad? —se me acercó de repente, me tomó la mano y sonrió—. Antonio habla muchísimo de ti. ¡Qué mentiroso! Hasta decía que no eras guapa, y mira nada más, ¡si estás guapísima!
Entre mujeres, una aprende a leer miradas. En sus ojos había una advertencia sutil, escondida detrás de esa sonrisa. Como si ya sospechara que lo mío con Antonio no era "normal".
Yo apenas iba a responder cuando Antonio me interrumpió.
Tomó a la chica de la mano.
—Les presento a Marcela Soto.
Los demás empezaron a armar alboroto de inmediato.
—¡Es la primera novia que trae en serio, eh! Entonces ahora sí es amor de verdad.
—De verdad que eres tremenda. En todos estos años han sido un montón las que se mueren por Antonio, y jamás nadie lo había amarrado.
—¿Y la boda pa’ cuándo? ¡Yo sí les doy un regalo enorme!
Marcela se pegó a su lado, con las mejillas rosadas, sonriendo sin decir nada.
Antonio se puso un poco delante de ella, cubriéndola.
—Ya, ya. Marcela se asusta con nada, no la vayan a espantar.
Los amigos se rieron.
—¿Ya la estás protegiendo? Ustedes dos sí que están bien melosos.
Buscamos dónde sentarnos. Antes, en este tipo de reuniones, Antonio se sentaba a mi lado. Esta vez, por costumbre, se dejó caer a mi izquierda.
Yo estaba por avisarle cuando Marcela se paró frente a mí. Se mordió el labio, como armándose de valor.
—Celina, ¿te importaría cambiarte de lugar? Es que… como tú sigues soltera y Antonio ya tiene novia, mejor mantener distancia para que no haya malentendidos, ¿no?
Fruncí el ceño. Yo me había sentado primero, ¿y ahora tenía que moverme? ¿Con qué derecho?
Pero Antonio me apartó con la mano, sin mirarme siquiera.
—No hagas enojar a Marcela. Cámbiate de lugar.
Lo miré un segundo y me levanté. Me fui a sentar frente a ellos.
***
La noche estuvo llena de ruido, de risas, de botellas que ya ni sé cuántas destaparon.
A la hora de cenar, Marcela le dio un golpecito a Antonio.
—Antonio, se me antoja pescado.
Él respondió por inercia, sin pensarlo.
—¿Pero tú no eres alérgica al pescado?
Marcela se quedó en silencio. Yo también me quedé helada, a medio movimiento. Pasó un rato. Al final, Marcela habló con el rostro tenso.
—Yo no soy alérgica al pescado.
A Antonio se le quedó la mano en el aire apenas un instante.
—¿Ah, sí? Entonces me habré confundido.
Marcela lo miró fijo.
—¿Quién es alérgica al pescado?
Antonio, como si nada:
—No sé, ya se me olvidó. Ya estoy borracho.
Marcela me lanzó una mirada negra. Luego, con esos ojos grandes clavados en mí, dijo:
—Celina, te voy a pedir una porción de pescado frito, ¿te parece?
Capítulo 6
Un amigo de al lado no notó lo que acababa de pasar y, ya medio tomado, soltó:
—¿No sabías? Celina no puede comer pescado. Le da alergia.
Marcela respondió, sin emoción:
—Ah, ¿sí?
***
Con varias rondas de cerveza encima, todos estaban ya medio mareados.
Uno de los amigos, con la cara roja, levantó la voz:
—Antonio, ¿te acuerdas que apostamos a que antes de los treinta ibas a sentar cabeza? Y mírate: ya encontraste al amor de tu vida.
Otro, ya bien pasado, entrecerró los ojos y se rió como tonto.
—Sí, y nosotros de verdad pensábamos que tú y Celina, con lo bien que se llevaban, iban a terminar juntos.
A Marcela se le borró la sonrisa; se le aguaron los ojos.
Antonio esbozó una sonrisa.
—¿Ah, sí? ¿Cómo íbamos a estar juntos? Somos mejores amigos. Qué chiste.
Se rió de verdad, como si fuera el chiste más absurdo del mundo.
Los demás se carcajearon también.
—¡Exacto! Ahora ya entendemos: ustedes dos son pura amistad, jajajaja…
Yo también me reí.
—Claro. ¿Cómo voy a estar con Antonio? Qué ridículo.
Antonio se acercó y me echó un brazo por encima del hombro. Seguro ya estaba borracho. Tenía las mejillas encendidas, los ojos húmedos, brillantes. Se inclinó hacia mí y ladeó la cabeza.
—Celina, no me digas que te gusto.
En ese instante, quise ver algo en sus ojos, cualquier cosa.
Pero no había nada.
Me miraba de frente, como si entre nosotros de verdad solo existiera eso que él decía: amistad.
Apenas esbocé una sonrisa.
—¿Cómo crees?
—Qué bueno —asintió, y me dio un apretón en el hombro con esa confianza que dolía—. Tú y yo somos los mejores amigos.
Habíamos tomado tanto y, aun así, nunca me había sentido tan despierta.
Repetí, despacio:
—Sí. Somos mejores amigos.
***A la mañana siguiente compré un pasaje directo para volver a casa. Antes de abordar, revisé el celular por última vez.
Antonio había subido una publicación nueva: una foto con Marcela. Sin texto: solo dos manos entrelazadas, con los dedos intercalados.
Lo habían hecho oficial. En los comentarios, todos sus amigos los felicitaban.
Me quedé mirando un rato; luego saqué la tarjeta SIM del celular y la tiré a la basura.
***
Volver a casa resultó más fácil de lo que imaginaba.
Mis papás pasaron por mí en el auto. Ya era casi Año Nuevo y por todas partes había luces de colores: en las calles, en las esquinas y en las fachadas.
Aquí no era tan moderno como Solan. Pero ese olor de mi tierra me dio una calma que no esperaba.
Mi mamá estaba feliz. Hacía tres años que yo no volvía a pasar Año Nuevo en casa, porque me quedaba con Antonio en esas fechas.
Pero, después de alegrarse un rato, no pudo evitar salir con lo de siempre:
—Ya casi cumples treinta, ¿y todavía no tienes novio? La nieta de los vecinos de al lado ya hasta camina; es una ternurita. Mis compañeras más jóvenes ya andan saliendo con alguien. Ah, por cierto, a la casa de al lado se mudó un muchacho nuevo, bien guapo. Luego te lo presento, ¿sí?
Hablaba y me miraba de reojo, pendiente de mi expresión.
Antes, yo odiaba que me presentaran a otros hombres. Durante esos años en los que me gustaba Antonio, mi mundo giraba alrededor de él.
Y después de aquella noche —ese "accidente" de borrachera que nos dejó en una situación rarísima—, yo creí que por fin tenía una oportunidad. En ese entonces, para mí solo existía él.
Por eso, cada vez que mi mamá mencionaba citas o matrimonio, yo me fastidiaba hasta el alma y no quería escuchar ni una palabra.
Pero esta vez, mirando por la ventana las lucecitas que parpadeaban, sentí una fatiga profunda.
Estaba cansada. Y pensé que quizá sentar cabeza tampoco era tan mala idea.
Le dije:
—Está bien, mamá.
Capítulo 7
—No seas tan terca. Yo sé que te gusta Antonio, pero…
Mi mamá se quedó callada de golpe.
—¿Qué dijiste?
Bajé la mirada. Dije:
—De acuerdo. Preséntamelo.
***
Después de cenar, agarré el celular por costumbre y me llegó una llamada de WhatsApp de Antonio.
Ya había cambiado de número, pero muchos amigos seguían escribiéndome al WhatsApp del número viejo, así que estos días todavía lo abría de vez en cuando.
Él parecía haber olvidado por completo todo lo ocurrido en los últimos días. Habló como si nada:
—¿Por qué no me entran tus llamadas?
No alcancé a responder cuando continuó:
—Olvídalo. Ya tengo todo listo para Año Nuevo. ¿Quieres que compre algo más? Le digo a mi asistente que lo consiga.
De pronto recordé el año en que murió la madre de Antonio.
Ese Año Nuevo yo había vuelto a casa. La noche de fin de año le hice una videollamada para desearle Feliz Año Nuevo. Tardó mucho en contestar. La pantalla estaba completamente negra; solo se veía un puntito naranja que poco a poco se apagaba.
La voz de Antonio sonó ronca:
—¿Qué quieres?
Pasó un momento antes de que entendiera lo que veía. Estaba solo, sentado en el balcón. A su alrededor había botellas vacías y colillas de cigarro por todas partes.
Afuera, miles de luces iluminaban la ciudad. Pero esa celebración no parecía tener nada que ver con él. Se limitaba a mirar, en silencio, la felicidad de otros, fumando a solas en la noche.
En ese instante, se me apretó el corazón por él. Me ardieron los ojos. Forcé una sonrisa y dije:
—Te llamo para desearte feliz año por adelantado. ¿No hay regalo para mí?
Soltó una risita, apenas. Luego me llegó la notificación de una transferencia. Me había enviado diez mil dólares.
Me quedé inmóvil. Un largo rato después, Antonio habló en voz baja:
—Celina, vuelve pronto. Y…
El viento se llevó el final de la frase. No supe si iba a decir "estoy solo" o "te extraño".
No lo pensé dos veces. Le dije a mis padres a toda prisa que en la empresa había una urgencia, compré el primer boleto disponible y regresé a Solan.
A las tres de la madrugada, Solan seguía despierta. Luces, neón, autos sin descanso.
Pero en casa de Antonio, todo estaba a oscuras.
Subí corriendo, sin aliento, y golpeé la puerta con fuerza.
—¡Antonio, abre!
Pensé que ya estaría dormido, no imaginé que abriría tan rápido. Me miró fijo, como si se hubiera quedado en blanco.
—Tú…
Se quedó allí, inmóvil.
—¿Por qué volviste?
Sonreí, con los ojos curvados de alegría.
—Vine a pasar el Año Nuevo contigo.
No dijo nada, solo me miró.
Cuando ya empezaba a sentirme incómoda bajo su mirada, de pronto me abrazó con fuerza. Tan fuerte, como si quisiera apretarme contra su pecho y no soltarme.
Desde entonces, cada año me quedaba a pasar el Año Nuevo con él antes de volver a casa, y se convirtió en una costumbre silenciosa entre los dos.
Solo que nunca imaginé que este año, con Marcela ya a su lado, aún me llamaría para pasar el Año Nuevo juntos.
Miré hacia la ventana y hablé en voz baja:
—Volví a Puerto Brisamar.
Antonio se quedó quieto. No se lo esperaba. Después de un momento, soltó un "ah" y fingió naturalidad.
—Tiene sentido. Llevabas muchos años sin volver para Año Nuevo. Está bien que regreses.
—Sí —dije, apretando el celular.
El silencio se alargó entre los dos. Entonces escuché vagamente, de fondo, la voz de Marcela:
—Antonio, ven rápido. ¿Cómo le subo la temperatura al agua?
—Ya voy —respondió él.
—Entonces, ya te dejo —murmuré, apretando los labios.
—Ajá.
No había emoción en su voz.