Capítulo 3

Era tan atractivo que parecía venir de otro mundo. Esa misma tarde, casi todas las chicas del salón se pegaron a las ventanas solo para mirarlo.

Pocos días después, incluso la más guapa del salón fue a entregarle una carta de amor. Pero él no le hacía caso a nadie. Siempre se la pasaba dormido, recostado en el último pupitre del salón.

Parecía no interesarse en nada. No llevaba libros a clase, no escuchaba a los maestros, y aun así nadie lo reprendía. Solo de vez en cuando, en época de exámenes, me daba golpecitos en la espalda con el lápiz.

—Oye, pásame tus respuestas.

Parecía estar seguro de que no lo rechazaría. Y, en efecto, no lo hice.

Tal vez por eso, muchos chicos lo detestaban. Decían que era un presumido, y cada tres o cuatro días aparecían unos tipos a buscarle pleito. Durante una temporada, casi todos los días lo veía peleando en el callejón de atrás de la escuela.

Aquel día pasé por ahí y lo vi solo, recargado contra la pared, fumando; tenía la cara llena de heridas. Dudé un momento, me bajé de la bicicleta y saqué un parche adhesivo del bolsillo para ofrecérselo.

—Te está sangrando la cara.

Levantó la vista y me miró con frialdad.

—Lárgate.

En ese momento pensé que era realmente insoportable. ¿Qué se creía? Además, ni siquiera me gustaba. Desde entonces, por más que me tocara para copiar mis respuestas, lo ignoré por completo.

Un mes después, las chicas que iban a verlo ya eran muchas menos, pero los rumores en el salón aumentaron.

Decían que esa chaqueta que solo había usado una vez era de una marca desconocida para nosotros y que costaba más de tres mil dólares. Otros decían que Antonio era un hijo fuera de matrimonio, que su madre había sido la amante de un hombre casado.

Que la esposa legítima los había descubierto, que su padre los había abandonado, y que su madre, incapaz de seguir viviendo en Solan, lo había traído de vuelta a Puerto Brisamar. Las miradas hacia Antonio—de admiración, desprecio o simple morbo—empezaron a adquirir un matiz extraño.

Esa noche, al salir de la escuela y pasar por el callejón, lo vi tirado en el suelo. Parecía haber tenido una pelea brutal. Los nudillos estaban cubiertos de sangre, su rostro hermoso lleno de golpes, y un hilo de sangre le bajaba por la frente.

No quería meterme, pero al verlo tendido en la nieve, con los ojos cerrados… La nieve seguía cayendo; casi lo había cubierto por completo, y ya no tenía color en la cara. Temí que de verdad estuviera muerto. Me acerqué con cuidado y lo toqué.

—Antonio, ¿estás bien?

No respondió. Me entró el pánico y saqué el celular.

—Entonces voy a llamar a una ambulancia.

Fue entonces cuando abrió los ojos con dificultad y frunció el ceño.

—¿Por qué siempre apareces tú?

Me molesté un poco, pero no era momento para discutir.

—Estás muy herido. Déjame llevarte al hospital.

—Qué metiche —se burló, y volvió a cerrar los ojos.

No le hice caso y llamé a emergencias.

Llevaba muy poca ropa, solo una sudadera negra con capucha. Dudé un instante y me quité mi chaqueta roja para cubrirlo.

Antonio se quedó inmóvil, sorprendido. Cuando estaba por irme, me llamó.

Me giré. Mi chaqueta era vieja, de hacía años, y se veía algo ridícula sobre él.

Tenía la mirada sombría.

—¿No sabes que mi mamá fue la amante?

Me subí a la bicicleta.

—Sí, ya lo escuché. ¿Y qué?

—¿Entonces por qué me ayudas?

—Tu mamá es tu mamá y tú eres tú —me quedé pensando—. Además, ser la amante está mal, pero tampoco es un pecado como para que alguien merezca morirse, ¿no?

No dijo nada, la nieve caía sobre sus pestañas temblorosas mientras me miraba fijamente.

El sonido de la ambulancia se escuchó a lo lejos. Le hice un gesto con la mano.

—No olvides devolverme la chaqueta.

***

Después de eso, Antonio faltó a la escuela durante una semana.

Los chicos que se peleaban con él tampoco salieron bien librados. Su madre fue a la escuela hecha una furia, y poco después, todos ellos fueron expulsados.

Capítulo 4

Una semana más tarde, Antonio regresó. Me entregó una chaqueta azul y, desviando la mirada, dijo:

—La tuya se echó a perder. Te compré una nueva.

No sentí nada extraño; la acepté sin más.

Mucho tiempo después supe el precio de esa chaqueta. Con ese dinero podría haber comprado toda la ropa que había tenido en mi vida.

***

Lo que vino después fue casi inevitable.

La actitud de Antonio hacia mí fue suavizándose, y me convertí en su única amiga en esa pequeña ciudad.

Antes del examen de ingreso a la universidad, me preguntó de repente:

—Celina, ¿te gustaría ir al extranjero?

Me quedé en blanco. Él bajó la cabeza, las orejas enrojecidas.

—Mi mamá planea que vaya a Estados Unidos después del examen… ¿te vienes conmigo?

Sonreí con amargura.

—¿De dónde va a sacar mi familia el dinero para mandarme al extranjero?

—Entonces, ¿a dónde quieres ir?

Lo pensé un momento.

—A Quintao. El clima del sur no me sienta bien, y Quintao está más cerca de casa. Si quiero volver, me bastan unas horas de tren.

Antonio estiró la mano y me bajó el gorro de lana hasta cubrirme los ojos. No dijo nada más.

Después, cuando el maestro nos pidió que escribiéramos la universidad de nuestros sueños, pensé que él pondría alguna universidad de Estados Unidos. Pero escribió la misma universidad de Quintao que yo.

Me sorprendí.

—Antonio, ¿no ibas a ir a Estados Unidos?

Apoyado sobre el pupitre, respondió con indiferencia:

—De repente siento que Estados Unidos no es para tanto. Quintao tampoco está mal.

***

Pero tres días antes del examen, rompió la hoja. Le pregunté por qué, y guardó silencio.

Esa noche supe la verdad. La esposa legítima de su padre y el hijo de ambos murieron en el mismo accidente automovilístico.

Su padre hizo que su madre regresara con él. Después de perder a un hijo, finalmente empezó a preocuparse por el único que le quedaba. Dijo que, si se quedaba en Solan, le daría su lugar a su madre y lo haría heredero del negocio familiar.

Él dijo que no quería el dinero de su padre; su madre, llorando, le soltó una bofetada.

—¿Crees que todos estos años de sufrimiento fueron por nada? ¿Por quién crees que fue todo esto? Mientras tu padre me acepte como esposa, yo dejaré de ser una amante. Y nadie volverá a decir que tú eres el hijo de una amante.

El canto de las cigarras hacía vibrar el aire del verano. Bajo la sombra de los álamos, Antonio bajó la cabeza, sin mirarme.

—Lo siento, Celina, no puedo acompañarte a Quintao.

Tenía la voz aún ronca de tanto llorar y los ojos enrojecidos.

Lo pensé un segundo y me puse de puntillas para darle un golpecito en la cabeza.

—No pasa nada. Entonces me voy contigo a Solan.

***

Cuando desperté, ya era de mañana. Tal vez por haberme empapado con la nieve el día anterior, me dolía un poco la cabeza.

Pero esa noche era el cumpleaños de un amigo. El regalo ya estaba comprado; tenía que ir.

Tomé el celular. El mensaje de Antonio estaba arriba del todo. Había enviado una foto: un pijama de Snoopy.

"Olvidaste tu pijama. Pasa esta noche por él."

Era un pijama a juego que había comprado en secreto: uno para él, uno para mí. Cuando me lo ponía, yo sentía una felicidad prestada, como si por un segundo él realmente me perteneciera.

Ahora que lo pensaba, era patético. Respondí solo unas palabras:

"Tíralo. Ya no lo quiero."

No volvió a contestar.

Me di la vuelta y me cubrí los ojos con el brazo.

Después de llegar a Solan, muchas cosas cambiaron en Antonio. Entonces supe que su madre nunca había sido amante. En realidad, ella había estado primero con su padre. Lo tuvo por amor.

Más tarde, su padre eligió un matrimonio por conveniencia con una mujer de buena familia y los abandonó.

Capítulo 5

Aun después de casarse con su madre, su padre siguió enredado con otras mujeres; incluso quería tener más hijos. La vida de su madre fue miserable. Discutía a diario con él, cayó en una depresión severa y finalmente se suicidó saltando desde un edificio.

Después de eso, su padre pareció sentar cabeza: no volvió a buscarse amantes.

Pero la grieta entre padre e hijo ya no tenía arreglo. Desde entonces, Antonio nunca volvió a casa. Empezó a beber, a meterse en carreras clandestinas, a fumar sin control.

Se volvió como tantos hijos de ricos: noches interminables, fiestas sin fin. Antes no mostraba interés por ninguna chica; ahora se movía entre mujeres con la destreza de alguien experimentado.

Ese Antonio limpio y luminoso parecía haberse desvanecido.

Solo quedaba un sueño, una fantasía guardada en mi memoria.

***

Esa noche, en la reunión con nuestros amigos, vi por primera vez a la nueva novia de Antonio.

Una chica de piel clara, de rasgos finos. Llevaba un abrigo color camel; el cabello castaño, largo y ondulado, se le perdía bajo una bufanda de cachemira. Al sonreír, se le arqueaban los ojos con dulzura. Se veía tranquila, serena. No deslumbraba, pero sí tenía algo muy puro.

Antonio tenía razón: no se parecía en nada a las otras novias que había tenido.

—¿Eres Celina, verdad? —se me acercó de repente, me tomó la mano y sonrió—. Antonio habla muchísimo de ti. ¡Qué mentiroso! Hasta decía que no eras guapa, y mira nada más, ¡si estás guapísima!

Entre mujeres, una aprende a leer miradas. En sus ojos había una advertencia sutil, escondida detrás de esa sonrisa. Como si ya sospechara que lo mío con Antonio no era "normal".

Yo apenas iba a responder cuando Antonio me interrumpió.

Tomó a la chica de la mano.

—Les presento a Marcela Soto.

Los demás empezaron a armar alboroto de inmediato.

—¡Es la primera novia que trae en serio, eh! Entonces ahora sí es amor de verdad.

—De verdad que eres tremenda. En todos estos años han sido un montón las que se mueren por Antonio, y jamás nadie lo había amarrado.

—¿Y la boda pa’ cuándo? ¡Yo sí les doy un regalo enorme!

Marcela se pegó a su lado, con las mejillas rosadas, sonriendo sin decir nada.

Antonio se puso un poco delante de ella, cubriéndola.

—Ya, ya. Marcela se asusta con nada, no la vayan a espantar.

Los amigos se rieron.

—¿Ya la estás protegiendo? Ustedes dos sí que están bien melosos.

Buscamos dónde sentarnos. Antes, en este tipo de reuniones, Antonio se sentaba a mi lado. Esta vez, por costumbre, se dejó caer a mi izquierda.

Yo estaba por avisarle cuando Marcela se paró frente a mí. Se mordió el labio, como armándose de valor.

—Celina, ¿te importaría cambiarte de lugar? Es que… como tú sigues soltera y Antonio ya tiene novia, mejor mantener distancia para que no haya malentendidos, ¿no?

Fruncí el ceño. Yo me había sentado primero, ¿y ahora tenía que moverme? ¿Con qué derecho?

Pero Antonio me apartó con la mano, sin mirarme siquiera.

—No hagas enojar a Marcela. Cámbiate de lugar.

Lo miré un segundo y me levanté. Me fui a sentar frente a ellos.

***

La noche estuvo llena de ruido, de risas, de botellas que ya ni sé cuántas destaparon.

A la hora de cenar, Marcela le dio un golpecito a Antonio.

—Antonio, se me antoja pescado.

Él respondió por inercia, sin pensarlo.

—¿Pero tú no eres alérgica al pescado?

Marcela se quedó en silencio. Yo también me quedé helada, a medio movimiento. Pasó un rato. Al final, Marcela habló con el rostro tenso.

—Yo no soy alérgica al pescado.

A Antonio se le quedó la mano en el aire apenas un instante.

—¿Ah, sí? Entonces me habré confundido.

Marcela lo miró fijo.

—¿Quién es alérgica al pescado?

Antonio, como si nada:

—No sé, ya se me olvidó. Ya estoy borracho.

Marcela me lanzó una mirada negra. Luego, con esos ojos grandes clavados en mí, dijo:

—Celina, te voy a pedir una porción de pescado frito, ¿te parece?

Cuando Dejé de Esperarte

Capítulo 3
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