Capítulo 2

Tras colgar, Natalia se secó con rapidez las lágrimas y tomó sus documentos, lista para salir.

Pero justo al abrir la puerta, se topó de frente con el hombre que estaba parado justo ahí.

El cuello de Ricardo estaba cubierto de marcas de besos recientes, una imagen que asaltó la mirada de Natalia sin previo aviso.

Aunque ya se había hecho a la idea de que Ricardo e Isabela hubieran pasado la noche juntos, aun así, tuvo que apartar la mirada.

Su gesto sutil no pasó desapercibido para Ricardo. Al notar también sus ojos enrojecidos, él ató cabos al instante.

Con frialdad, añadió una nota de advertencia a su tono:

—Natalia, te guste o no, Isabela y yo estamos juntos.

—Me voy a casar con ella. Y ya que vives aquí, más te vale respetarla. No quiero volver a oír las babosadas que decías antes.

Natalia bajó la mirada y respondió con calma aparente:

—Entendido, señor Ricardo.

Al oír cómo lo llamó, Ricardo sintió una extrañeza particular.

Bajó la cabeza y la observó con detenimiento.

No recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que ella le había hablado así.

Antes, cuando Natalia recién llegó a vivir con los Montenegro, ella siempre se dirigía a él como "señor", de una manera educada pero distante.

Pero después, cuando sus sentimientos cambiaron, empezó a llamarlo por su nombre, a secas, negándose a usar aquel trato anterior.

Arrugó la frente, y justo cuando iba a decir algo, una voz femenina sonó de pronto a sus espaldas, rompiendo la extraña quietud que se había formado.

—Ricardo, ya traje mis maletas. ¿En qué cuarto me quedo?

Ricardo reaccionó de inmediato y rodeó con el brazo a Isabela, que se acercaba. Le dijo con ternura:

—Te encanta el sol, ¿verdad? La habitación de Natalia da al jardín, es la que tiene mejor luz. Le pediré que se mude al cuarto de huéspedes. Tú te quedarás aquí.

Una sonrisa de suficiencia brilló en los ojos de Isabela, aunque fingió apuro al decir:

—Ay, pero ¿cómo crees? Me da pena.

—Ella llegó primero... A fin de cuentas, yo soy la recién llegada. ¿Por qué mejor no me quedo yo en el de huéspedes?

Dicho esto, Isabela hizo ademán de bajar las escaleras, pero al instante soltó una exclamación.

Ricardo la detuvo, estrechándola de nuevo.

—Tú vas a ser mi esposa, la dueña de esta casa. ¿Cómo vas a quedarte en el cuarto de huéspedes?

—Pero Natalia lleva tanto tiempo viviendo ahí... si de repente le pedimos que se cambie, ¿no le costará trabajo acostumbrarse?

Al oír eso, él le dirigió una mirada a la joven junto a la puerta.

—¿Y qué si le cuesta? Tendrá que acostumbrarse. Tiene que hacerse a la idea de que me voy a casar, de que esta casa tendrá una dueña... y de que ella aquí es solo una extraña.

Las pestañas de Natalia temblaron apenas. Esbozó una sonrisa amarga, cargada de ironía.

«¿Una extraña...?»

«Tiene razón. No se equivoca. Eso soy, una simple extraña.»

Apretó los labios.

—Ahora mismo empaco mis cosas y me mudo al cuarto de huéspedes.

«Total, ya falta poco para irme. Volveré con mi padre. No regresaré nunca. Jamás volveré a poner un pie en este lugar.»

«Esta ya no es mi casa. Es el hogar de ellos.»

...

Los días siguientes, Natalia estuvo ocupada con los trámites en la embajada. Salía temprano y regresaba tarde, haciendo lo posible por no cruzarse con Ricardo.

Pero por más que intentaba evitarlo, terminó siendo testigo de las muestras de afecto y devoción de Ricardo hacia Isabela.

Si Isabela no tenía apetito, él no escatimaba en gastos para traer a los mejores chefs a casa solo para que le prepararan algo.

Si ella se sentía mal, él cancelaba contratos de decenas de millones de dólares y se quedaba a cuidarla, dedicado por completo.

Si Isabela mencionaba que había visto alguna joya que le gustó, no pasaban ni diez minutos antes de que él mismo se la entregara en sus manos.

Natalia observaba todo en silencio, sin decir nada, sin causar problemas.

Mientras esperaba la aprobación de sus papeles de inmigración, Natalia empezó a empacar sus pertenencias.

Organizó primero su equipaje. Luego, reunió las cartas de amor que le había escrito a Ricardo y los retratos que le había hecho, metió todo en una caja y la cargó hacia afuera con la intención de desecharla.

Justo al llegar a la puerta, se encontró de nuevo con Ricardo, que volvía de comprarle un postre a Isabela.

Natalia actuó como si no lo hubiera visto y siguió su camino sin mirarlo, dispuesta a salir.

Al instante, sintió un dolor agudo en la muñeca. Ricardo la había sujetado.

—Me has estado evitando en estos días, ¿no es así?

Capítulo 3

Natalia no pudo ocultar su incomodidad.

—No, claro que no.

Ricardo Montenegro se acercó unos pasos, estudiando con atención la manera en que ella evitaba su mirada.

—Ah, ¿no? Sales tempranísimo y regresas tarde, me ves y ni siquiera saludas antes de volverte a ir. Claro que me estás evitando.

—¿Por qué? ¿Solo porque Isabela y yo estamos juntos?

Natalia negó rápidamente.

—¡No es eso! Ricardo, de verdad me da gusto que estés con la persona que amas. Les deseo lo mejor, en serio. Y no te preocupes, ya entendí que tú nunca te vas a fijar en mí, así que ya no voy a insistir. Ya no me gustas.

Expuso los hechos con una calma inesperada, pero la expresión de Ricardo se endureció; esas palabras le resultaron extrañamente molestas.

«Que ya no le gusto a Natalia… es lo más ridículo que he oído.»

—Te me declaraste, te rechacé. Me buscabas todo el tiempo, te rechacé. ¿Y ahora cambias de estrategia para llamar mi atención?

Ricardo no le quitaba los ojos de encima mientras hablaba. Al notar la fugaz sorpresa en la cara de la joven, creyó confirmar sus sospechas.

Se le acercó, invadiendo su espacio personal. Su mirada se detuvo en la caja que Natalia sostenía, y su voz se volvió más dura.

—¿Ya no me quieres? ¿Y todas esas cartas que me escribiste? ¿Y todos los dibujos que me hiciste a escondidas? Después de tantos años de insistir, ¿así nada más dices que se acabó?

—Natalia, ¿no te parece ridículo lo que estás diciendo?

Ella lo miró en silencio.

«Claro que sé que suena ridículo... Es como el cuento de Pedro y el lobo, ¿quién va a creerme ahora? Pero, por más increíble que parezca, es la verdad.»

—Ricardo, sí, me gustaste por mucho tiempo. Pero tú nunca me vas a corresponder, así que ya me rendí.

Dicho esto, Natalia vació el contenido de la caja en el suelo frente a Ricardo.

Luego, tomó las cartas y los bocetos, y uno por uno, los hizo pedazos.

Entre los fragmentos de papel que flotaban alrededor, vio que la expresión de Ricardo, lejos de mostrar alivio, se endurecía todavía más.

Justo cuando Natalia empezaba a dudar si había interpretado bien su gesto, la voz de Ricardo resonó cerca de ella.

—Sigue con tus cuentos, Natalia. Sigue. Pero que te quede claro: hagas lo que hagas, la única persona que me importa es Isabela.

Después de ese día, Natalia y Ricardo no volvieron a dirigirse la palabra.

Ella sentía que no había nada más que decir; él estaba convencido de que era una treta más de ella para manipularlo y decidió ignorarla.

Esa tensión silenciosa se mantuvo hasta la cena familiar en casa de los Montenegro.

Antes, en esas reuniones, Natalia, que era la consentida de los señores Montenegro, siempre había sido el centro de atención.

Todos los Montenegro la rodeaban, preguntándole cómo estaba, llenándola de atenciones, y usualmente era Ricardo quien intervenía para «rescatarla».

Ahora, en cambio, toda la atención de la familia Montenegro estaba puesta en Isabela.

Al fin y al cabo, ella era la futura señora Montenegro, mientras que Natalia no era más que alguien de fuera.

Sabían perfectamente a quién debían darle prioridad.

En el transcurso de esa mañana, Natalia fue testigo del trato preferencial que la familia Montenegro le daba a Isabela.

Apenas Isabela cruzó el umbral, Elena Montenegro le colocó en la muñeca una pulsera de gemas preciosas, una reliquia familiar de los Montenegro.

«Esa pulsera… yo ni siquiera llegué a verla en mi vida pasada.»

Durante la comida, la conversación de los Montenegro giró abiertamente en torno a la fecha de la boda de Ricardo e Isabela.

La reunión familiar concluyó con la decisión final sobre el día del enlace.

Justo cuando Natalia se disponía a irse con Ricardo, Elena Montenegro la detuvo; le dijo que necesitaba hablar con ella en privado.

Apenas entraron al estudio, Elena fue directo al grano.

—Natalia, aléjate de Ricardo.

—Sabes bien que Ricardo e Isabela están juntos. Quedarte aquí solo te sirve para estorbarle y para quedar en ridículo tú misma. ¿O qué más pretendes?

Elena no hizo el menor esfuerzo por ocultar su animadversión hacia Natalia. La joven sintió una punzada de amargura.

Antes, Elena la había querido mucho. Pero ese cariño se evaporó el día que le confesó a Ricardo lo que sentía.

«Todos dijeron que era una locura, me tacharon de descarada…»

Natalia se clavó las uñas en las palmas.

—No se preocupe, señora. Me iré.

Sacó unos documentos de su bolso y se los entregó a Elena Montenegro.

—Hace unos días hablé con mi papá. Le dije que me iré a vivir con él al extranjero. Ya me encontró un prometido. Me voy a mantener muy lejos de Ricardo, ya no volveré a molestarlo, puede estar segura de eso.

Elena revisó los papeles de migración con detenimiento, una y otra vez, antes de que su expresión se relajara visiblemente.

—¡Más te vale!

Solo cuando Elena se fue, Natalia sintió que podía sacar la tensión acumulada. Guardó los documentos en su bolso y se dispuso a salir.

Pero al levantarse, se encontró de frente con Ricardo, que estaba parado en el umbral. Sus miradas se cruzaron.

—¿De quién te vas a alejar?

La mente de Natalia se quedó en blanco por un instante. No sabía cuánto había escuchado Ricardo, pero instintivamente no quería que supiera que planeaba irse del país.

Sacudió la cabeza.

—De nadie. Oíste mal.

Desvió la mirada y se hizo a un lado para pasar, pero la voz de Ricardo la detuvo de nuevo.

—Sé que no quieres irte al extranjero. Cuando Isabela y yo nos casemos, no tienes por qué mudarte. Tu papá y yo somos amigos, yo me puedo hacer cargo de ti siempre.

Ante tales palabras, Natalia abrió los ojos como platos. Incluso Isabela, que justo salía a buscar a Ricardo, se quedó paralizada en su sitio.

Fue la mirada cargada de rencor que Isabela le dirigió lo que sacó a Natalia de su estupor. Sin pensarlo dos veces, se dio la vuelta y huyó de ahí.

Capítulo 4

Natalia ignoró por completo las palabras que Ricardo le había dicho aquel día.

Se limitaba a esperar en silencio que sus trámites se resolvieran cuanto antes para poder marcharse.

Pero Isabela no parecía dispuesta a dejarla en paz. Ese día, con bastante insistencia, la convenció para ir de compras, pero apenas subieron al carro, Natalia perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí, se encontró atada al borde de un acantilado frente al mar. A poca distancia, Isabela estaba inmovilizada de la misma forma.

Se retorcía, intentando preguntarle a Isabela por qué había hecho eso, pero la cinta adhesiva que le cubría la boca ahogaba sus palabras, convirtiéndolas en gemidos ininteligibles.

Isabela pareció adivinar su pregunta y esbozó una sonrisa despectiva.

—Natalia, créeme que yo tampoco quería secuestrarte.

—Pero lo que dijo Ricardo el otro día me dejó intranquila. Solo quería… comprobar quién le importa más a él.

Una oleada de desolación invadió a Natalia al escucharla. «¿Probar? ¿Acaso hacía falta? La respuesta siempre ha sido evidente».

Poco después, alertado por los secuestradores, Ricardo llegó a toda prisa, cargando dos pesados maletines.

Arrojó los maletines al suelo frente a ellos y exigió:

—¡Aquí está el dinero! ¡Suéltenlas ya!

Pero los secuestradores, siguiendo las instrucciones previas de Isabela, ni se inmutaron. Uno de ellos dijo con mal humor:

—Señor Montenegro, no crea que hicimos esto por dinero.

La expresión de Ricardo cambió; su tono se tornó cortante.

—¿Qué quieres decir con eso?

El secuestrador posó una mano sobre el hombro de Natalia y otra sobre el de Isabela, mostrando una mueca siniestra.

—Me han dicho que una es la hija de un viejo amigo de su familia y la otra su prometida. Tiene que elegir a quién salvamos. A la otra… bueno, digamos que los tiburones tendrán cena esta noche. ¡Decida!

Dicho esto, el individuo aflojó un poco las cuerdas, haciendo que ambas mujeres se tambalearan peligrosamente al borde del precipicio, a punto de caer al vacío.

Isabela palideció de golpe, su voz temblaba sin control.

—¡Ricardo, ayúdame! ¡No quiero morir, por favor!

La angustia se apoderó de Ricardo.

—¡Isabela, no te muevas!

La elección estaba hecha.

El secuestrador sonrió con satisfacción. Incluso Isabela, que mantenía su estudiada expresión de pánico, respiró aliviada por dentro.

Isabela fingió una mirada de profunda gratitud hacia Ricardo, pero la atención de él se desvió instintivamente hacia Natalia.

Esperaba verla rota, desesperada, pero el rostro de Natalia solo reflejaba una calma desconcertante.

No entendía por qué, pero verla tan serena le provocó un desasosiego inexplicable.

Antes de que pudiera decir algo, sintió un peso sobre él: Isabela, ya liberada, se había lanzado a sus brazos, fingiendo emoción.

Instintivamente, la abrazó con fuerza.

—Isabela…

Pero al instante siguiente, los ojos de Ricardo se abrieron con horror al ver cómo cortaban también la cuerda de Natalia, quien se precipitó directamente hacia el mar.

—¡Splash!—

El agua helada la envolvió por completo. Corrientes invisibles tiraban de Natalia sin descanso, arrastrándola hacia las profundidades.

Natalia intentó nadar hacia la superficie con todas sus fuerzas, pero un agotamiento abrumador comenzó a invadirla.

Sus párpados pesaban cada vez más, hasta que perdió el conocimiento.

...

Cuando Natalia despertó de nuevo, se encontraba en una habitación de hospital. Ricardo estaba sentado junto a su cama.

Sus ojos enrojecidos y la descuidada sombra de barba en su mentón delataban que llevaba varios días allí, velándola.

Pero ella ya no necesitaba su protección.

Se miraron en silencio durante un largo rato.

Finalmente, Natalia rompió el silencio.

—Ricardo, no tienes por qué quedarte aquí. Ve a ver a Isabela, seguro te necesita más que yo.

Quizás sintiendo que había sonado demasiado brusca, añadió:

—Yo puedo cuidarme sola, de verdad.

Ricardo pareció desconcertado. Observó a la joven en la cama con una expresión indescifrable durante unos instantes antes de levantarse y marcharse.

...

El día que Natalia salió del hospital coincidió con el cumpleaños de Isabela.

Era el primer cumpleaños que pasaban juntos como pareja oficial, así que Ricardo no escatimó en gastos para celebrarlo.

Cien mil rosas, traídas expresamente de Francia, adornaban cada rincón del salón, y montañas de regalos costosos se acumulaban sin orden aparente en las esquinas.

Fotografías de la feliz pareja se exhibían por todas partes, desde la entrada hasta el corazón de la fiesta.

Fuegos artificiales iluminaron el cielo, marcando el clímax de la velada. Ricardo, rodeando con firmeza la cintura de Isabela, la guiaba con elegancia por la pista de baile al compás de una melodía suave.

Mientras tanto, en la gran pantalla a sus espaldas, se proyectaba un video con momentos románticos de Ricardo e Isabela.

Justo cuando los invitados suspiraban, conmovidos por las imágenes de la pareja, la pantalla se quedó en negro de golpe.

Segundos después, una sucesión de ingenuas cartas de amor y torpes retratos aparecieron en la pantalla.

El profundo y antiguo amor de Natalia por Ricardo quedaba expuesto sin pudor ante todos los presentes.

Un murmullo de sorpresa y escándalo recorrió el salón.

Natalia miraba la pantalla, con la cara descompuesta por el horror.

«¡Pero si yo misma rompí todo eso! ¿Cómo...? ¿Cómo es posible que estén aquí?».

Quiso correr, apagar la pantalla, detener aquello, pero sus pies parecían soldados al suelo, incapaz de moverse mientras los murmullos acusadores la envolvían, hundiéndola en la humillación.

—Pero bueno, Ricardo está por casarse y esta niña sigue insistiendo… ¡Qué poca dignidad!

—Y justo en el cumpleaños de Isabela. Es una grosería, ¿no crees?

—Pobre Isabela… Ni casándose va a estar tranquila con alguien así detrás de su marido…

Los murmullos finalmente llegaron hasta la pareja en la pista de baile, que se detuvo al volverse hacia la pantalla y ver lo que sucedía.

Isabela se puso pálida. Temblando, clavó la mirada en Natalia.

Con lágrimas en los ojos, se levantó el vestido y salió corriendo del salón.

—¡Isabela!

Ricardo sintió una punzada de preocupación e hizo ademán de seguirla, pero al ver a Natalia, aún inmóvil en su sitio, se detuvo en seco. Su mano se alzó y cruzó la cara de la joven con una cachetada resonante.

—¡Zas!—

Un silencio sepulcral cayó sobre el salón.

—Natalia… Con razón estabas tan calladita últimamente. ¡Así que esto era lo que estabas planeando!

Condenado a verla feliz

Capítulo 2
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