Capítulo 1
Natalia se enamoró del mejor amigo de su padre: Ricardo Montenegro, un hombre doce años mayor que ella.
La primera vez que lo vio, él llevaba un traje impecable. Hombros anchos, cintura marcada… una presencia imponente que se robaba todas las miradas.
Ricardo le sonrió, le revolvió el cabello con cariño y le regaló un precioso vestido de princesa.
Cuando Natalia cumplió veinte, Ricardo asistió a una recepción y alguien lo drogó. Y ella, envuelta en aquel vestido de princesa, le entregó la pureza de su juventud para salvarlo… convirtiéndose en su único remedio.
Al día siguiente, Isabela Gómez, la amiga de la infancia de Ricardo, los encontró semidesnudos. Devastada y con los ojos enrojecidos, Isabela salió corriendo, pero tuvo la desgracia de ser arrollada por un camión fuera de control. Murió en el acto.
Desde ese momento, Natalia sintió que Ricardo Montenegro se había convertido en otra persona.
Con una frialdad pasmosa, él se encargó del funeral de Isabela, se casó con Natalia, compartió su cama cada noche y, con la misma impasibilidad, le dijo que no quería hijos todavía, obligándola a abortar una y otra vez.
Tras el decimoctavo aborto, Natalia sufrió una hemorragia severa. Agonizando en la mesa de operaciones, oyó al médico llamarlo por teléfono.
Y él, imperturbable, respondió: "¿Ya se murió? Avísenme cuando esté muerta."
En ese instante, Natalia finalmente comprendió: él la odiaba.
Odiaba que ella se hubiera ofrecido a él aquella noche, odiaba que, por un giro del destino, ella hubiera sido la causa indirecta de la muerte de Isabela.
Mientras agonizaba en la mesa de operaciones, el arrepentimiento la consumió por completo.
Al abrir los ojos de nuevo, descubrió que había vuelto a nacer, reviviendo justo el día en que Ricardo había sido drogado…
Observó al hombre que usualmente era distante, elegante e intocable. Ahora yacía en la cama con varios botones de la camisa desabrochados y los ojos enrojecidos, como una flor altiva arrancada de su pedestal. Natalia sintió un torbellino de emociones.
En su vida pasada, fue precisamente esta imagen vulnerable de Ricardo la que la había cautivado, la que despertó su deseo y la hizo ignorar que era amigo de su padre, que le llevaba doce años, que debía ignorar todo y entregarse a él.
Pero después supo la verdad: Ricardo e Isabela llevaban mucho tiempo enamorados, solo que ella intervino antes de que pudieran confesarse sus sentimientos.
Quizás el destino se compadeció de ella, ¡permitiéndole regresar a este día crucial que había sellado su destino!
En esta nueva vida, Natalia solo tenía un propósito: ayudar a Ricardo y a Isabela a estar juntos.
Sin dudarlo un instante, sacó con rapidez el celular de su bolso y marcó el número de Isabela Gómez.
Diez minutos después, Isabela llegó apresuradamente.
Natalia le tomó la mano con urgencia.
—Isabela, sé que te gusta Ricardo, y tú le gustas a él. Nunca encontraron el momento para decirlo, ¿cierto? Pero ahora te necesita. Lo drogaron. Esta es la mejor oportunidad para que ambos digan lo que sienten en verdad.
Isabela ya estaba escéptica desde que recibió la llamada, y al escuchar las palabras de Natalia, su expresión se tornó aún más compleja, temiendo que fuera una trampa.
—Natalia, ¿qué te traes entre manos? ¿No se supone que te mueres por Ricardo? Y ahora que está así, vulnerable, ¿me llamas a mí en lugar de aprovecharte? ¿Y encima dices que quieres «ayudarnos»?
Al oír esto, Natalia esbozó una sonrisa amarga.
Era cierto que, en ese momento, su enamoramiento por Ricardo era un secreto a voces en toda Guadalajara.
Antes, creía que con esfuerzo podría superar las barreras de estatus y edad. Ahora comprendía que, si él no la amaba, por mucho que ella se entregara, solo le esperaba sufrimiento.
Se había equivocado terriblemente en su vida anterior.
Pero Natalia lo negó.
—No… ya no me gusta. Se acabó.
Apenas terminó de hablar, oyó un gemido ahogado proveniente de la habitación.
—Ya no puede resistirse. Si no entras ahora, será demasiado tarde.
Isabela siguió la mirada de Natalia hacia la habitación; un atisbo de indecisión cruzó sus ojos.
Finalmente, Isabela apretó los dientes, como si se hubiera convencido.
—Y tú, ¿por qué te quedas aquí parada? ¿Quieres escuchar todo?
Natalia se tensó un instante, pero enseguida se hizo a un lado para dejarla pasar.
En el preciso momento en que la mano de Isabela rozó la cara de Ricardo, Natalia cerró la puerta con firmeza, sin dudar.
Al instante, los gemidos del hombre y los suspiros ahogados de la mujer atravesaron la gruesa puerta y llegaron hasta los oídos de Natalia.
Aquellos sonidos de intimidad, uno tras otro, le arrancaban partes del corazón, como si lo golpearan hasta dejarlo hecho pedazos.
Como si hubiera perdido toda su fuerza, se dejó caer al suelo.
Las lágrimas brotaron sin control, pero, extrañamente, sintió una inesperada liberación recorrer su cuerpo.
Por fin podía escapar del destino de su vida anterior.
Natalia se secó las lágrimas torpemente y, tambaleándose, corrió hacia su cuarto.
Esa noche, la pareja en la habitación contigua dio rienda suelta a su pasión.
Mientras tanto, Natalia no durmió.
Al amanecer, recibió una llamada de su padre, Arturo Fuentes.
—Nat, ¿no te gustaría venirte a vivir conmigo?
Hacía unos años, Corporativo Orión había decidido expandirse al mercado internacional. Arturo se había ido solo al Reino Unido y, temiendo no poder cuidar bien de su hija, la había confiado a su buen amigo, Ricardo, a pesar de la diferencia de edad.
Y así pasaron varios años.
Después, Natalia se enamoró de él. Por eso, aunque los negocios de Corporativo Orión en el extranjero ya se habían estabilizado, ella había rechazado una y otra vez las innumerables propuestas de su padre para que fuera a vivir con él.
Pero ahora, Ricardo e Isabela por fin estaban juntos. Era hora de que ella se marchara y empezara su propia vida.
Pensando en esto, Natalia respiró hondo.
—Papá, sí quiero. Me voy contigo.
Parecía que su padre no esperaba que aceptara tan de pronto; al otro lado de la línea, su voz denotaba una gran alegría.
—¡Hija! ¡Por fin entraste en razón! Ya te había dicho que Ricardo no era para ti, mi niña. Estabas muy aferrada, y eso no iba a terminar bien. Querer enamorarte está perfecto, pero hay que buscar a la persona correcta. De hecho, tengo a alguien en mente para presentarte, alguien de tu edad. Cuando vengas, lo conoces, sales con él, y si no funciona, pruebas con otras personas. Nunca está de más, ¿verdad?
Las palabras de su padre hicieron que los ojos de Natalia, ya hinchados de llorar, volvieran a llenarse de lágrimas.
«Papá ya me lo había dicho en mi otra vida… pero fui tan terca. Desperdicié todo por no escucharlo».
Se pellizcó la palma de la mano y se forzó a sonreír.
—Papá, haré lo que tú digas. En un momento voy a empezar a ver lo de los papeles para irme.
Capítulo 2
Tras colgar, Natalia se secó con rapidez las lágrimas y tomó sus documentos, lista para salir.
Pero justo al abrir la puerta, se topó de frente con el hombre que estaba parado justo ahí.
El cuello de Ricardo estaba cubierto de marcas de besos recientes, una imagen que asaltó la mirada de Natalia sin previo aviso.
Aunque ya se había hecho a la idea de que Ricardo e Isabela hubieran pasado la noche juntos, aun así, tuvo que apartar la mirada.
Su gesto sutil no pasó desapercibido para Ricardo. Al notar también sus ojos enrojecidos, él ató cabos al instante.
Con frialdad, añadió una nota de advertencia a su tono:
—Natalia, te guste o no, Isabela y yo estamos juntos.
—Me voy a casar con ella. Y ya que vives aquí, más te vale respetarla. No quiero volver a oír las babosadas que decías antes.
Natalia bajó la mirada y respondió con calma aparente:
—Entendido, señor Ricardo.
Al oír cómo lo llamó, Ricardo sintió una extrañeza particular.
Bajó la cabeza y la observó con detenimiento.
No recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que ella le había hablado así.
Antes, cuando Natalia recién llegó a vivir con los Montenegro, ella siempre se dirigía a él como "señor", de una manera educada pero distante.
Pero después, cuando sus sentimientos cambiaron, empezó a llamarlo por su nombre, a secas, negándose a usar aquel trato anterior.
Arrugó la frente, y justo cuando iba a decir algo, una voz femenina sonó de pronto a sus espaldas, rompiendo la extraña quietud que se había formado.
—Ricardo, ya traje mis maletas. ¿En qué cuarto me quedo?
Ricardo reaccionó de inmediato y rodeó con el brazo a Isabela, que se acercaba. Le dijo con ternura:
—Te encanta el sol, ¿verdad? La habitación de Natalia da al jardín, es la que tiene mejor luz. Le pediré que se mude al cuarto de huéspedes. Tú te quedarás aquí.
Una sonrisa de suficiencia brilló en los ojos de Isabela, aunque fingió apuro al decir:
—Ay, pero ¿cómo crees? Me da pena.
—Ella llegó primero... A fin de cuentas, yo soy la recién llegada. ¿Por qué mejor no me quedo yo en el de huéspedes?
Dicho esto, Isabela hizo ademán de bajar las escaleras, pero al instante soltó una exclamación.
Ricardo la detuvo, estrechándola de nuevo.
—Tú vas a ser mi esposa, la dueña de esta casa. ¿Cómo vas a quedarte en el cuarto de huéspedes?
—Pero Natalia lleva tanto tiempo viviendo ahí... si de repente le pedimos que se cambie, ¿no le costará trabajo acostumbrarse?
Al oír eso, él le dirigió una mirada a la joven junto a la puerta.
—¿Y qué si le cuesta? Tendrá que acostumbrarse. Tiene que hacerse a la idea de que me voy a casar, de que esta casa tendrá una dueña... y de que ella aquí es solo una extraña.
Las pestañas de Natalia temblaron apenas. Esbozó una sonrisa amarga, cargada de ironía.
«¿Una extraña...?»
«Tiene razón. No se equivoca. Eso soy, una simple extraña.»
Apretó los labios.
—Ahora mismo empaco mis cosas y me mudo al cuarto de huéspedes.
«Total, ya falta poco para irme. Volveré con mi padre. No regresaré nunca. Jamás volveré a poner un pie en este lugar.»
«Esta ya no es mi casa. Es el hogar de ellos.»
...
Los días siguientes, Natalia estuvo ocupada con los trámites en la embajada. Salía temprano y regresaba tarde, haciendo lo posible por no cruzarse con Ricardo.
Pero por más que intentaba evitarlo, terminó siendo testigo de las muestras de afecto y devoción de Ricardo hacia Isabela.
Si Isabela no tenía apetito, él no escatimaba en gastos para traer a los mejores chefs a casa solo para que le prepararan algo.
Si ella se sentía mal, él cancelaba contratos de decenas de millones de dólares y se quedaba a cuidarla, dedicado por completo.
Si Isabela mencionaba que había visto alguna joya que le gustó, no pasaban ni diez minutos antes de que él mismo se la entregara en sus manos.
Natalia observaba todo en silencio, sin decir nada, sin causar problemas.
Mientras esperaba la aprobación de sus papeles de inmigración, Natalia empezó a empacar sus pertenencias.
Organizó primero su equipaje. Luego, reunió las cartas de amor que le había escrito a Ricardo y los retratos que le había hecho, metió todo en una caja y la cargó hacia afuera con la intención de desecharla.
Justo al llegar a la puerta, se encontró de nuevo con Ricardo, que volvía de comprarle un postre a Isabela.
Natalia actuó como si no lo hubiera visto y siguió su camino sin mirarlo, dispuesta a salir.
Al instante, sintió un dolor agudo en la muñeca. Ricardo la había sujetado.
—Me has estado evitando en estos días, ¿no es así?
Capítulo 3
Natalia no pudo ocultar su incomodidad.
—No, claro que no.
Ricardo Montenegro se acercó unos pasos, estudiando con atención la manera en que ella evitaba su mirada.
—Ah, ¿no? Sales tempranísimo y regresas tarde, me ves y ni siquiera saludas antes de volverte a ir. Claro que me estás evitando.
—¿Por qué? ¿Solo porque Isabela y yo estamos juntos?
Natalia negó rápidamente.
—¡No es eso! Ricardo, de verdad me da gusto que estés con la persona que amas. Les deseo lo mejor, en serio. Y no te preocupes, ya entendí que tú nunca te vas a fijar en mí, así que ya no voy a insistir. Ya no me gustas.
Expuso los hechos con una calma inesperada, pero la expresión de Ricardo se endureció; esas palabras le resultaron extrañamente molestas.
«Que ya no le gusto a Natalia… es lo más ridículo que he oído.»
—Te me declaraste, te rechacé. Me buscabas todo el tiempo, te rechacé. ¿Y ahora cambias de estrategia para llamar mi atención?
Ricardo no le quitaba los ojos de encima mientras hablaba. Al notar la fugaz sorpresa en la cara de la joven, creyó confirmar sus sospechas.
Se le acercó, invadiendo su espacio personal. Su mirada se detuvo en la caja que Natalia sostenía, y su voz se volvió más dura.
—¿Ya no me quieres? ¿Y todas esas cartas que me escribiste? ¿Y todos los dibujos que me hiciste a escondidas? Después de tantos años de insistir, ¿así nada más dices que se acabó?
—Natalia, ¿no te parece ridículo lo que estás diciendo?
Ella lo miró en silencio.
«Claro que sé que suena ridículo... Es como el cuento de Pedro y el lobo, ¿quién va a creerme ahora? Pero, por más increíble que parezca, es la verdad.»
—Ricardo, sí, me gustaste por mucho tiempo. Pero tú nunca me vas a corresponder, así que ya me rendí.
Dicho esto, Natalia vació el contenido de la caja en el suelo frente a Ricardo.
Luego, tomó las cartas y los bocetos, y uno por uno, los hizo pedazos.
Entre los fragmentos de papel que flotaban alrededor, vio que la expresión de Ricardo, lejos de mostrar alivio, se endurecía todavía más.
Justo cuando Natalia empezaba a dudar si había interpretado bien su gesto, la voz de Ricardo resonó cerca de ella.
—Sigue con tus cuentos, Natalia. Sigue. Pero que te quede claro: hagas lo que hagas, la única persona que me importa es Isabela.
Después de ese día, Natalia y Ricardo no volvieron a dirigirse la palabra.
Ella sentía que no había nada más que decir; él estaba convencido de que era una treta más de ella para manipularlo y decidió ignorarla.
Esa tensión silenciosa se mantuvo hasta la cena familiar en casa de los Montenegro.
Antes, en esas reuniones, Natalia, que era la consentida de los señores Montenegro, siempre había sido el centro de atención.
Todos los Montenegro la rodeaban, preguntándole cómo estaba, llenándola de atenciones, y usualmente era Ricardo quien intervenía para «rescatarla».
Ahora, en cambio, toda la atención de la familia Montenegro estaba puesta en Isabela.
Al fin y al cabo, ella era la futura señora Montenegro, mientras que Natalia no era más que alguien de fuera.
Sabían perfectamente a quién debían darle prioridad.
En el transcurso de esa mañana, Natalia fue testigo del trato preferencial que la familia Montenegro le daba a Isabela.
Apenas Isabela cruzó el umbral, Elena Montenegro le colocó en la muñeca una pulsera de gemas preciosas, una reliquia familiar de los Montenegro.
«Esa pulsera… yo ni siquiera llegué a verla en mi vida pasada.»
Durante la comida, la conversación de los Montenegro giró abiertamente en torno a la fecha de la boda de Ricardo e Isabela.
La reunión familiar concluyó con la decisión final sobre el día del enlace.
Justo cuando Natalia se disponía a irse con Ricardo, Elena Montenegro la detuvo; le dijo que necesitaba hablar con ella en privado.
Apenas entraron al estudio, Elena fue directo al grano.
—Natalia, aléjate de Ricardo.
—Sabes bien que Ricardo e Isabela están juntos. Quedarte aquí solo te sirve para estorbarle y para quedar en ridículo tú misma. ¿O qué más pretendes?
Elena no hizo el menor esfuerzo por ocultar su animadversión hacia Natalia. La joven sintió una punzada de amargura.
Antes, Elena la había querido mucho. Pero ese cariño se evaporó el día que le confesó a Ricardo lo que sentía.
«Todos dijeron que era una locura, me tacharon de descarada…»
Natalia se clavó las uñas en las palmas.
—No se preocupe, señora. Me iré.
Sacó unos documentos de su bolso y se los entregó a Elena Montenegro.
—Hace unos días hablé con mi papá. Le dije que me iré a vivir con él al extranjero. Ya me encontró un prometido. Me voy a mantener muy lejos de Ricardo, ya no volveré a molestarlo, puede estar segura de eso.
Elena revisó los papeles de migración con detenimiento, una y otra vez, antes de que su expresión se relajara visiblemente.
—¡Más te vale!
Solo cuando Elena se fue, Natalia sintió que podía sacar la tensión acumulada. Guardó los documentos en su bolso y se dispuso a salir.
Pero al levantarse, se encontró de frente con Ricardo, que estaba parado en el umbral. Sus miradas se cruzaron.
—¿De quién te vas a alejar?
La mente de Natalia se quedó en blanco por un instante. No sabía cuánto había escuchado Ricardo, pero instintivamente no quería que supiera que planeaba irse del país.
Sacudió la cabeza.
—De nadie. Oíste mal.
Desvió la mirada y se hizo a un lado para pasar, pero la voz de Ricardo la detuvo de nuevo.
—Sé que no quieres irte al extranjero. Cuando Isabela y yo nos casemos, no tienes por qué mudarte. Tu papá y yo somos amigos, yo me puedo hacer cargo de ti siempre.
Ante tales palabras, Natalia abrió los ojos como platos. Incluso Isabela, que justo salía a buscar a Ricardo, se quedó paralizada en su sitio.
Fue la mirada cargada de rencor que Isabela le dirigió lo que sacó a Natalia de su estupor. Sin pensarlo dos veces, se dio la vuelta y huyó de ahí.