Capítulo 3
—Dos hijas de la familia Vale… —dijo Cassian con los ojos llenos de decepción—, ¿y, aun así, no puedes aprender la disciplina y los modales que tiene tu hermana? —Soltó un suspiro lento, cansado—. Olvídalo. No te cobraré lo de hoy. Ve a cambiarte. Esta noche iremos a una gala de negocios.
—No iré —respondí al instante—. Llévate a Demi. Ella encaja en tu lista de requisitos mucho mejor que yo.
—Aria, ten un poco de responsabilidad —dijo Cassian, con el ceño fruncido—. Tú eres la prometida que yo elegí.
Esa frase me atravesó como una aguja: filosa, repentina, humillante.
Claro. Él no se casaba conmigo porque me quisiera, sino porque el contrato así lo estipulaba, porque los Vercetti jamás rompían un acuerdo. El amor no tenía espacio en todo esto. Yo sabía bien que, si hubiera podido elegir de verdad, él hubiese escogido a Demi desde hacía tiempo.
Perfecto. En mi nueva vida… le daría exactamente lo que él quería.
Demi intervino con esa suavidad perfecta.
—Tal vez mi hermana no está muy acostumbrada a eventos tan formales… —intervino Demi con su perfecta suavidad—. Puedo acompañarla. Si no entiende la etiqueta, puedo recordársela.
Se me iluminaron los ojos.
—Perfecto. Ven. Te ayudo a escoger un vestido.
En cuanto entramos a mi habitación, Demi dejó caer la actuación y me sacudió la mano.
—¿Por qué me diste al Don?
Sonreí apenas.
—Porque ustedes dos aman ir a la iglesia a arrepentirse.
Su expresión se congeló… y, cuando volvió a hablar, su voz sonó como un témpano de hielo:
—No te pases de lista. Cuando el Don sepa que la novia soy yo, va a sentir alivio. Va a estar feliz. Extasiado, de hecho. Tú, con tus cero modales, no lo mereces.
—Entonces ¿por qué no se lo dijiste ahora? —pregunté, tranquila—. ¿No estás segura? ¿Te da miedo que te rechace cuando se entere?
—¡Cállate! —saltó, como un gato asustado—. ¡Él va a estar agradecido! Solo quiero sorprenderlo el día de la boda. Así que no abras la boca.
—Relájate. Los jueguitos románticos que se traigan ustedes… no me interesan.
En esta vida, lo único que me importaba era ser yo.
En la gala…
Luces, elegancia, champán.
Cuando empezó el baile de apertura, Cassian caminó hacia nosotras. Una vez enfrente, sus ojos recorrieron mi vestido negro, escandaloso, abierto en la espalda… y se le apretó la expresión en un ceño.
Un segundo después, extendió la mano. Pero no hacia mí, sino hacia Demi, quien lucía radiante e inocente con su elegante y vaporoso vestido blanco.
Los susurros no tardaron en esparcirse por el salón.
—¿No se supone que Aria es la prometida? ¿Por qué el Don está invitando a la hermana?
—¿No es obvio? Prefiere a la segunda hija.
—Pues claro. La menor es fina y educada, mientras que la mayor… hermosa, sí, pero salvaje. No sirve para esposa de un Don.
Cassian no reaccionó a nada.
—De todos modos, no sabes bailar valses formales —me dijo, con voz plana, casi aburrida—. Esta vez puedes aprender de Demi.
Dicho esto, tomó la mano de ella y la llevó al centro del salón.
La música clásica subió, y juntos comenzaron a moverse: elegantes, perfectos, en armonía… Eran una pareja digna de una postal, como si hubieran salido de una vieja pintura europea.
Aguanté un minuto antes de que se me nublara la vista. Parecían dos maniquíes de palacio, atrapados en un vals centenario.
«¿Ni siquiera saben que existen FB, IG, TikTok?», me pregunté, mientras me escabullía hacia la terraza.
La nieve caía espesa y silenciosa frente a mí, mientras comenzaba a moverme, siguiendo un bajo invisible que solo yo podía escuchar… bailando salvaje, ardiente, viva.
Ese ritmo… esa libertad… no le pertenecían a nadie más que a mí y a la vida que estaba a punto de recuperar.
Pero el momento no duró. Pronto, una sombra se acercó a mi por la espalda.
Capítulo 4
Era Demi, quien todavía tenía las mejillas encendidas por el baile, sin embargo, sus ojos… brillaban con esa satisfacción arrogante de quien se cree ganadora.
—Ay, hermana, te estás escondiendo aquí porque te dolió, ¿verdad? —repuso, sin siquiera intentar disimular el tono burlón—. Seamos honestas: cualquier hombre, si tiene que elegir entre tú y yo, escogerá a la que sea más finas y tenga mejores modales. Es decir… a mí. —Acto seguido, bajó la voz, y cada palabra que dijo a continuación estuvo cargada de veneno—. Pero en el fondo… sí me das pena. En su momento, tu madre no pudo ganarle a la mía, y ahora… tú tampoco puedes ganarme a mí. Supongo que el fracaso… está en el ADN.
Apreté el puño tan fuerte que se me marcaron las venas de la muñeca.
«Demi Vale… ¿te atreves a insultar a mi madre?», pensé.
Pero antes de que pudiera responder, pasó algo inesperado. Demi, repentinamente, se tambaleó hacia atrás, soltando un grito agudo y aterrorizado, al perder por completo el equilibrio y caer de espaldas por las escaleras.
Abajo estalló el caos: gritos, jadeos, el golpe de pánico subiendo como una ola.
Cassian salió disparado de entre la gente y, rápidamente, tompoel cuerpo desplomado de Demi entre sus brazos.
Alzó la vista hacia mí, que me encontraba parada en el descanso de las escaleras, y en sus ojos pude ver cómo rabia le ardía como una llama viva.
—¿La empujaste? Discúlpate —ordenó. Su voz parecía tallada en hielo.
«Cassian, ¿tú vives en otro siglo?», pensé. «¿No eres capaz de revisar cámaras? ¿Ni preguntar qué pasó? ¿Solo eres capaz de acusarme por instinto?»
—No fui yo —dije, con voz plana—. Y no me voy a disculpar.
—Eres un caso perdido —soltó, antes de girarse hacia sus guardaespaldas, para ordenarles, sin dudar—: Denle una lección. Tírenla a la fuente ornamental del jardín y no la dejen salir hasta que acabe la gala y yo lo ordene.
—¡Soy tu prometida! —grité—. ¿O acaso es Demi Vale?
Cassian me agarró la muñeca con tanta fuerza que se me aguaron los ojos del dolor. No había ni el más mínimo rastro de compasión en él, tan solo autoridad fría, exacta, quirúrgica.
—Precisamente, porque mi prometida eres tú —dijo, marcando cada palabra—, voy a poner a los demás por encima de ti.
En ese instante lo entendí, más claro que nunca: lo que había decidido en esta vida era lo correcto.
Caras bonitas, cuerpos perfectos… nada de eso importa cuando, por dentro, los corazones son incompatibles.
Los guardaespaldas avanzaron y me sujetaron antes de que pudiera reaccionar. Forcejeé, pataleé, pero ninguno de mis intentos de zafarme valieron la pena.
Por lo que, antes de que pudiera reaccionar, sentí un chapuzón brutal, antes de sumergirme por completo en el agua helada, y el frío se me clavó en los huesos como agujas.
Un segundo después, emergí nuevamente tosiendo y buscando el borde, desesperada. Sin embargo, antes de que pudiera asirme de este un guardia me empujó de nuevo hacia abajo.
No importaba cuantas veces emergiera, siempre, todas y cada una de las veces, me volvían a hundir.
—¡Cassian! ¡Maldito! ¡Déjame salir!
Con cada sacudida, la fuerza me abandonaba un poco más. El frío me adormecía los músculos, los dedos, el aliento…
Mi voz se quebró… hasta apagarse.
Los labios se me pusieron azules, mientras los mechones mojados de mi pelo rojo se me pegaban a la cara, endureciéndose como hielo.
Uno de los hombres dudó y sacó el celular.
Entre el agua golpeándome los oídos, escuché la voz de Cassian, dura como acero recién forjado:
—Continúa. Si no, nunca aprenderá.
«¿Aprender?»
Claro. Él nunca me había querido. Quería que su prometida lo obedeciera, que se callara, que se hiciera pequeña… que jamás cruzara la línea.
Una desesperación más filosa que el frío me cerró el pecho y me arrastró más hondo que el agua, cuando mis extremidades, por fin, cedieron y la oscuridad me golpeó. Tras lo cual me hundí, perdiendo por completo el conocimiento.
Capítulo 5
Cuando recuperé levemente la consciencia, sentí que alguien me levantaba… y, un par de segundos más tarde, me encontré en los brazos de Cassian.
—Suéltame —mi voz salió débil, pero firme.
—No te pongas difícil —repuso Cassian con un tono que no admitía discusión.
No me dio ni oportunidad de resistirme, ya que, en un simple parpadeo, me metió al auto.
El aire caliente del calefactor me golpeó de lleno y, poco a poco, le fue arrancando la frialdad a mi cuerpo.
Cassian tomó una toalla seca y me frotó el cabello y la ropa empapada con movimientos rápidos, casi bruscos, antes de arrancar.
Cuando volvimos a bajar, me di cuenta de que me había llevado a un departamento en el centro. Y, dado que ya no me quedaban fuerzas para pelear, lo dejé que me cambiara, me limpiara las heridas y me pusiera pomada, antes de cubrirlas.
Nunca imaginé que en esta vida Cassian y yo compartiríamos, aunque fuera, una sola hora de paz.
Mientras yo estaba aturdida, apenas despierta, él me miró… y me cubrió la mano con la suya, con una suavidad que no le conocía. Sin embargo, este gesto duró una milésima de segundo, ya que, justo en ese instante, sonó el timbre.
Rápidamente, Cassian se levantó y fue a abrir.
Afuera estaba Demi, pálida, envuelta en capas de gasa.
—Don… —dijo en cuanto lo vio, con los ojos anegados en lágrimas; la voz le tembló justo como debía—. Mi hermana sufrió tanto… estaba muy preocupada. Aunque me empujó por las escaleras, al final seguimos siendo hermanas… No pude descansar hasta venir casa buscarla para llevarla a casa.
Me apoyé en la pared y caminé hacia la puerta, paso a paso, desde donde la miré como hielo puro.
—Demi, si vuelves a hacer este show asqueroso enfrente de mí, te juro que vuelvo a tomar el compromiso yo misma.
Demi se quedó callada al instante, y el miedo surcó su rostro como una estrella fugaz.
El rostro de Cassian se oscureció; y la ira brotó de él: filosa, sin freno.
—¿Por qué eres tan venenosa? Demi es generosa, no te culpa, incluso vino a llevarte a casa. ¿Así tratas a tu hermana?
Demi se acercó, tirando suavemente de la manga a Cassian, con una actitud frágil y dulce.
—No pasa nada… con tal de que ella quiera volver conmigo.
Cassian asintió.
—Vete con ella. La boda es mañana. Yo iré por ti.
—No —la palabra me salió arrancada, instintiva—. Ella me va a matar.
Cassian me miró como si no pudiera creerlo, como si no entendiera por qué yo podía pensar tan mal de mi propia familia, y, acto seguido, extendió la mano hacia mi muñeca.
Yo me eché para atrás por reflejo—
Cassian se tambaleó, perdió el equilibrio y chocó contra el mueble de la entrada, haciendo que el termo de arriba se volcara y se estrellara contra el piso con un crujido, mientras ¡el agua hirviendo salpicaba hacia todos lados!
En ese segundo, Cassian reaccionó por puro instinto y, rápidamente, se lanzó hacia Demi, cubriéndola con su cuerpo y recibiendo la mayor parte del agua ardiente en su espalda.
Un segundo más tarde, un guardaespaldas se abalanzó sobre mí y me pateó con fuerza, lanzándome contra la esquina. La vista se me nubló, y, con un pitido agudo en mis oídos
—¡Aria Vale! —gritó, rompiendo en sollozos y chillidos, completamente histérica—. ¡Eres malvada, siempre lo has sido! ¡Una bruja pelirroja! ¡Un demonio! ¡Mira lo que le hiciste a Cassian!
—¡Que alguien le dispare de una vez!
—¡Basta! Déjenla —jadeó Cassian, aguantando el dolor—. La boda de mañana… sigue según lo planeado.
Me tambaleé hacia la puerta, y Demi no tardó en ir tras de mí.
¡SMACK!
Una bofetada brutal me cruzó la cara.
—¡Aléjate de Cassian! ¡Para siempre! ¡Si vuelves a aparecer, te voy a quitar la vida en nombre del futuro de la familia Vercetti y su futura señora! De ahora en adelante, yo me encargaré de él. Desaparece… ¡ya!
Salí a la nieve. Y, al alzar la vista, vi a Cassian y a Demi recortados en la ventana del departamento.
Ese fue el momento más claro de mi vida: desesperación … y libertad absoluta.
Al amanecer, mi celular se iluminó, cuando por fin apareció el mensaje que había estado esperando: mi visa había sido aprobada y los cincuenta millones ya habían llegado.
Sin pensarlo ni un segundo más, tomé la maleta que había preparado desde hacía tiempo, me puse una gorra, me bajé la visera… y, acto seguido, me coloqué la mascarilla.
Cuando abrí la puerta, toda la familia estaba ocupada despidiendo a Demi, por lo que nadie se fijó en mí.
Arrastré la maleta por las escaleras, crucé el patio y, sin que nadie me detuviera, salí por el portón.
Una vez en la calle, paré un taxi, al que me monté rápidamente. Sin embargo, justo cuando el motor arrancó, el Rolls-Royce de Cassian dobló la esquina y se detuvo con lentitud frente a la casa.
Un segundo después, él bajó con un ramo de rosas rojas. Alto, elegante… y sumamente guapo en una forma fría…
Antes, esa sola imagen me había mantenido enamorada de él durante años. En cambio, ahora, me limité a observar la escena con el corazón tan calmo como el agua de un estanque.
Capas de velo cubrían por completo el rostro de Demi.
Cassian se acercó, tomó la mano de la novia… y en sus pude ver ternura, calma, devoción.
«Cassian. Cassian…Un heredero disciplinado como tú siempre estuvo destinado a una dama suave, obediente, bien criada… Si hoy levantaras el velo y descubrieras que cambiaron a la novia…probablemente estarás todavía más feliz.
—Señorita, ¿a dónde vamos? —preguntó el taxista en ese momento, sacándome de mis pensamientos.
Yo sonreí, al ver como Cassian caminaba hacia el honor de su familia, mientras yo me dirigía rumbo a mi ciudad de libertad.
«Al final, cada quien toma su camino.»