Capítulo 1
Me quedé mirando el contrato matrimonial de los Vercetti que mi padre empujó sobre la mesa. Sin pensarlo dos veces, escribí el nombre de mi media hermana, Demi, y se lo devolví deslizándolo.
Mi padre se quedó de piedra, antes de que entonces sus ojos se encendieron con una emoción tan absurda que parecía que acababa de ganarse la lotería.
—¿Cómo puedes darle a tu hermana una oportunidad tan perfecta?
En mi vida pasada, mi matrimonio había sido el chiste de todos.
Yo era la pelirroja indomable, la brujita salvaje que se atrevió a meterse en la órbita de Cassian Vercetti, heredero y líder de la familia criminal Vercetti, de sangre vieja.
Nunca fui perfecta ni obediente.
Mientras a él le encantaban los vestidos de diosa, yo usaba minifaldas y bailaba arriba de las mesas.
Él exigía una intimidad misionera: tradicional, ordenada, correcta. Yo quería subirme encima, montarlo, perderme por completo.
En una gala, las esposas de la alta sociedad se reían de mi cabello, de mi vestido, de mi «“salvajismo».
Pensé que, al menos, él fingiría defenderme; pero no lo hizo.
—Perdónenla. Ella no está… debidamente entrenada.
«¿Entrenada? Como un perro.»
Me había pasado toda mi vida pasada asfixiándome bajo sus reglas, doblándome hasta sangrar para encajar en la forma que él quería… hasta la noche en que nuestra casa se incendió.
Tras lo cual, cuando volví a abrir los ojos, me di cuenta de que había regresado al instante exacto en que me enteré del matrimonio arreglado.
Miré el contrato frente a mí.
«¿Otra vez? Creo que a mí me quedan mejor los chicos de la discoteca».
Pero en el momento en que Cassian se dio cuenta de que la novia no era yo, rompió cada regla por la que había vivido.
Mi padre me observó mientras escribía el nombre de Demi Vale en el contrato matrimonial.
Se quedó helado por medio segundo, antes de arrebatarme los papeles, los cuales dobló con cuidado, como si le diera terror que yo me arrepintiera.
—Desde que era niña hasta hoy, te gastaste cinco millones en la hija de esa amante —solté, plana, sin emoción—. Y en mí no llegaste ni a cincuenta dólares. Supongo que por fin te salió rentable la inversión.
Él se rio… demasiado contento.
—Ay, no lo digas así, Aria. Demi es una dama de sociedad, como debe ser. Ella y Cassian son la pareja perfecta. —Su rostro se endureció—. Y deja de llamarla «la hija de la amante». Es tu hermana.
—No lo es —repuse levantando la mirada, fría, firme—. Es un año menor que yo. Estuviste casado con mi madre diez años… pero la engañaste durante nueve.
Se atragantó con su propia respiración y, de golpe, cambió el tema.
—Bien. Si insistes en renunciar al puesto de la alianza, iré ahora mismo a la propiedad Vercetti y renegociaré.
—Espera —lo detuvo.
Se giró de inmediato, nervioso como si lo estuvieran persiguiendo.
—¿Te estás arrepintiendo? —me preguntó.
—Yo nunca dije que lo iba a regalar.
Claro que entendió. Primero: hombre de negocios. Padre… jamás.
—Cincuenta millones. Te los transfiero ahora.
No discutí.
En cuanto interpretó mi silencio como un «sí», salió disparado con el contrato, como un hombre escapando de un edificio en llamas.
Lo vi irse, sin sentir nada más que ironía.
Me di la vuelta y subí las escaleras.
Al pasar junto a la puerta de vidrio, vi mi reflejo: rizos rojos, ojos azules. Mi corazón golpeándome fuerte en el pecho, vivo, brutal.
Y de pronto se me llenaron los ojos de lágrimas. Pero no de pena, sino de alivio.
«Esta vez… me toca ser yo», pensé. «Ya no amo a Cassian. Soy joven y rica».
¿Por qué demonios renunciaría a mi libertad y jugar a ser la esposa perfecta para un hombre que nunca me había amado?
Pensando esto, me cambié de ropa, colocándome una minifalda diminuta; tras lo cual salí de casa, saqué una visa exprés y me fui directo al antro más candente del centro.
El bajo hacía temblar las paredes y las luces cortaban la oscuridad en tajos, mientras los cuerpos se movían sin pudor, y de pronto sentí cómo la libertad me envolvía como una segunda piel.
Levanté la mano y lancé un fajo de billetes al aire, mientras ordenaba:
—Tráeme a tus modelos más calientes. A todos.
El dueño del club casi se desmaya.
—¡No, no, señorita, por favor, no! ¡Toda la ciudad sabe que usted se va a casar con los Vercetti! Cassian es… es frío, estricto, a la antigua. ¡Tiene reglas para sus reglas! Si se entera de que usted vino aquí… si se entera de que pidió hombres… ¡mi pequeño club se va a la ruina!
Me bebí el trago de un sorbo. El ardor me hizo lagrimear, pero, aun así, la libertad me arrancó una sonrisa.
—Relájate. Ya le pasé el compromiso a otra persona. Desde hoy solo estoy aquí como clienta… y pago bien.
—¿Tú… lo cediste? —balbuceó, antes de soltar una carcajada incrédula, creyendo que estaba de broma.
—¡Pero si todo el mundo sabe que estás obsesionada con Cassian! Un montón de herederos te buscaron y tú los rechazaste a todos. ¡Hasta aquella gala! Lo viste una sola vez y dijiste que solo un hombre como él te merecía.
Me reí con él, aunque me congelé por dentro.
—Que te guste alguien y que seas la persona correcta para esa persona no es lo mismo —murmuré—. ¿Él y yo? Nunca más. —Entrecerré los ojos—. Eres el dueño de un club, no mi sacerdote. Agarra el dinero y tráeme otro trago.
Entonces lo vi: un modelo tímido parado a un lado. Sin pensarlo dos veces, le coloqué un dedo bajo la barbilla, y, con voz lenta y peligrosa, le dije:
—Estos más jovencitos… sí que están lindos.
Pero entonces… una voz fría y letal cortó la música detrás de mí, como una cuchilla afilada.
—¿A cuál acabas de llamar «lindo»?
Todo mi cuerpo se puso rígido, y, un segundo después, con una lentitud pasmosa, me di la vuelta.
Capítulo 2
Cassian apareció frente a nosotros con toda una fila de guardaespaldas detrás y el rostro tan helado… que parecía la muerte hecha carne.
Maldita sea. Incluso así, seguía siendo ridículamente hermoso. Justo mi tipo: alto, aristocrático, de esos hombres que apagan todo a su alrededor con solo respirar.
Su mirada se clavó primero en la mía.
Antes de que yo pudiera fingir que no estaba incómoda, sus ojos bajaron… directo a donde mi mano seguía apoyada en el pecho desnudo, abierto, del modelo.
Un latido después, escuché el clic inconfundible de un gatillo. Uno de sus hombres tenía un arma pegada a la sien del chico.
Yo retiré la mano en silencio.
La mirada de Cassian congeló el aire. Ni siquiera me regaló una palabra; solo escupió una orden al pobre modelo:
—Vete.
Al «niño bonito» se le fue el color de la cara, antes de salir corriendo hacia la salida junto con los demás modelos.
Yo también me giré, intentando escabullirme sin hacer ruido.
Pero antes de dar un paso, un brazo fuerte me rodeó la cintura y me jaló contra él, pegándome como si yo le perteneciera.
—¿Quién te dio permiso de venir a un lugar como este?
—Voy a donde se me da la gana —respondí, levantando el mentón, desafiante—. ¿Y eso qué tiene que ver contigo?
Los ojos de Cassian se oscurecieron. Por un segundo, de verdad pensé que iba a ordenar que me volaran la cabeza.
Pero un segundo después, sin aviso, me colocó sobre su hombro como si yo fuera un maldito saco de arroz.
—¡Cassian! ¿Estás loco? ¡Bájame! ¡Maldito!
Le pegué en la espalda, pateé, me retorcí… pero él me ignoró por completo y continuó caminando como si nada pasara.
Una vez fuera del club y me metió obligó, a empujones, a montarme en un Rolls-Royce negro que ya estaba esperando.
—Conduce —ordenó.
—Sí, Don.
El coche arrancó con un tirón, y yo me aparté de él al instante, tomando la manija de la puerta para intentar abrirla.
Sin embargo, contra todo pronóstico, Cassian ni se molestó en detenerme, sino que se limitó a darle un sorbo lento a su café, servido en una taza de porcelana fina, como si el hecho de secuestrar mujeres fuera un trámite más en su vida.
—No desperdicies energía —dijo, con tono suave—. Es un coche blindado. ¿En serio crees que puedes abrirlo?
Mi mano se quedó inmóvil, mientras yo lo fulminaba con la mirada.
Él mantuvo sus ojos clavados en los míos, igual de frío, mientras decía:
—¿No leíste el contrato matrimonial? Está más que claro.
Obvio que no lo había leído.
Cassian se inclinó entonces, demasiado cerca, dejando su rostro a centímetros del mío, tanto que nuestras narices casi se rozaban.
Si me besaba en ese momento… no estaba segura de tener fuerzas para apartarlo.
—El contrato dice —su voz me rozó los labios— que, como mi esposa, tienes estrictamente prohibido entrar a bares, discos o cualquier lugar similar. ¿Acaso no lo leíste?
Dicho esto, me soltó de golpe. No me besó.
Mientras seguía sermoneándome, yo rodé los ojos mentalmente.
—De ahora en adelante, estás vetada de estos lugares. Y, por lo de hoy, irás a la iglesia a confesarte con el pastor.
¿Iglesia? ¿Confesarme?
Mi pecho subía y bajaba con fuerza mientras me tragaba una carcajada.
«Cassian, ¿de verdad crees que sigo siendo la chica de mi vida pasada? ¿Tu muñequita obediente?»
En mi nueva vida prefería morirme antes que repetir ese error.
—¿Confesarme? —dije, casi gritando—. Ay, por favor. Sigue soñando, Don. ¿Y qué tiene que ver conmigo tu contrato? ¡Yo no me voy a casar contigo!
El silencio cayó como una bomba y Cassian giró de golpe la cabeza hacia mí, con los ojos oscuros, ilegibles.
Me sostuvo la mirada un largo instante… peligroso… antes de escupir cuatro palabras tensas:
—¿Qué… acabas… de… decir?
Se me aclaró la mente al instante. Si se enteraba de que la novia había cambiado, de que lo había «plantado»… no llegaría viva a tomar mi vuelo.
—Nada. Estaba enojada. No lo dije en serio.
Soltó el aire con fuerza.
—¿Cuándo vas a aprender a obedecer?
—Nunca. Nací así —respondí, sosteniéndole la mirada—. No me gusta que me controlen.
Mientras discutíamos, el Rolls Royce se detuvo frente a la villa de mi familia, de donde salió Demi con un vestido suave y una sonrisa dulce. La imagen perfecta de obediencia angelical.
Yo me reí por dentro, mientras pensaba:
«Cassian, ahí está. Ahí tienes a tu muñeca perfecta».
—Acabo de regresar de la iglesia —dijo Demi con voz melosa—. Me confesé en nombre de mi hermana, pidiéndole al Señor que perdone su temperamento orgulloso.
La mirada de Cassian volvió hacia mí, y el mensaje fue clarísimo:
«Mírala a ella y mírate a ti. Son dos mundos diferentes».
Capítulo 3
—Dos hijas de la familia Vale… —dijo Cassian con los ojos llenos de decepción—, ¿y, aun así, no puedes aprender la disciplina y los modales que tiene tu hermana? —Soltó un suspiro lento, cansado—. Olvídalo. No te cobraré lo de hoy. Ve a cambiarte. Esta noche iremos a una gala de negocios.
—No iré —respondí al instante—. Llévate a Demi. Ella encaja en tu lista de requisitos mucho mejor que yo.
—Aria, ten un poco de responsabilidad —dijo Cassian, con el ceño fruncido—. Tú eres la prometida que yo elegí.
Esa frase me atravesó como una aguja: filosa, repentina, humillante.
Claro. Él no se casaba conmigo porque me quisiera, sino porque el contrato así lo estipulaba, porque los Vercetti jamás rompían un acuerdo. El amor no tenía espacio en todo esto. Yo sabía bien que, si hubiera podido elegir de verdad, él hubiese escogido a Demi desde hacía tiempo.
Perfecto. En mi nueva vida… le daría exactamente lo que él quería.
Demi intervino con esa suavidad perfecta.
—Tal vez mi hermana no está muy acostumbrada a eventos tan formales… —intervino Demi con su perfecta suavidad—. Puedo acompañarla. Si no entiende la etiqueta, puedo recordársela.
Se me iluminaron los ojos.
—Perfecto. Ven. Te ayudo a escoger un vestido.
En cuanto entramos a mi habitación, Demi dejó caer la actuación y me sacudió la mano.
—¿Por qué me diste al Don?
Sonreí apenas.
—Porque ustedes dos aman ir a la iglesia a arrepentirse.
Su expresión se congeló… y, cuando volvió a hablar, su voz sonó como un témpano de hielo:
—No te pases de lista. Cuando el Don sepa que la novia soy yo, va a sentir alivio. Va a estar feliz. Extasiado, de hecho. Tú, con tus cero modales, no lo mereces.
—Entonces ¿por qué no se lo dijiste ahora? —pregunté, tranquila—. ¿No estás segura? ¿Te da miedo que te rechace cuando se entere?
—¡Cállate! —saltó, como un gato asustado—. ¡Él va a estar agradecido! Solo quiero sorprenderlo el día de la boda. Así que no abras la boca.
—Relájate. Los jueguitos románticos que se traigan ustedes… no me interesan.
En esta vida, lo único que me importaba era ser yo.
En la gala…
Luces, elegancia, champán.
Cuando empezó el baile de apertura, Cassian caminó hacia nosotras. Una vez enfrente, sus ojos recorrieron mi vestido negro, escandaloso, abierto en la espalda… y se le apretó la expresión en un ceño.
Un segundo después, extendió la mano. Pero no hacia mí, sino hacia Demi, quien lucía radiante e inocente con su elegante y vaporoso vestido blanco.
Los susurros no tardaron en esparcirse por el salón.
—¿No se supone que Aria es la prometida? ¿Por qué el Don está invitando a la hermana?
—¿No es obvio? Prefiere a la segunda hija.
—Pues claro. La menor es fina y educada, mientras que la mayor… hermosa, sí, pero salvaje. No sirve para esposa de un Don.
Cassian no reaccionó a nada.
—De todos modos, no sabes bailar valses formales —me dijo, con voz plana, casi aburrida—. Esta vez puedes aprender de Demi.
Dicho esto, tomó la mano de ella y la llevó al centro del salón.
La música clásica subió, y juntos comenzaron a moverse: elegantes, perfectos, en armonía… Eran una pareja digna de una postal, como si hubieran salido de una vieja pintura europea.
Aguanté un minuto antes de que se me nublara la vista. Parecían dos maniquíes de palacio, atrapados en un vals centenario.
«¿Ni siquiera saben que existen FB, IG, TikTok?», me pregunté, mientras me escabullía hacia la terraza.
La nieve caía espesa y silenciosa frente a mí, mientras comenzaba a moverme, siguiendo un bajo invisible que solo yo podía escuchar… bailando salvaje, ardiente, viva.
Ese ritmo… esa libertad… no le pertenecían a nadie más que a mí y a la vida que estaba a punto de recuperar.
Pero el momento no duró. Pronto, una sombra se acercó a mi por la espalda.