Capítulo 2
Cassian apareció frente a nosotros con toda una fila de guardaespaldas detrás y el rostro tan helado… que parecía la muerte hecha carne.
Maldita sea. Incluso así, seguía siendo ridículamente hermoso. Justo mi tipo: alto, aristocrático, de esos hombres que apagan todo a su alrededor con solo respirar.
Su mirada se clavó primero en la mía.
Antes de que yo pudiera fingir que no estaba incómoda, sus ojos bajaron… directo a donde mi mano seguía apoyada en el pecho desnudo, abierto, del modelo.
Un latido después, escuché el clic inconfundible de un gatillo. Uno de sus hombres tenía un arma pegada a la sien del chico.
Yo retiré la mano en silencio.
La mirada de Cassian congeló el aire. Ni siquiera me regaló una palabra; solo escupió una orden al pobre modelo:
—Vete.
Al «niño bonito» se le fue el color de la cara, antes de salir corriendo hacia la salida junto con los demás modelos.
Yo también me giré, intentando escabullirme sin hacer ruido.
Pero antes de dar un paso, un brazo fuerte me rodeó la cintura y me jaló contra él, pegándome como si yo le perteneciera.
—¿Quién te dio permiso de venir a un lugar como este?
—Voy a donde se me da la gana —respondí, levantando el mentón, desafiante—. ¿Y eso qué tiene que ver contigo?
Los ojos de Cassian se oscurecieron. Por un segundo, de verdad pensé que iba a ordenar que me volaran la cabeza.
Pero un segundo después, sin aviso, me colocó sobre su hombro como si yo fuera un maldito saco de arroz.
—¡Cassian! ¿Estás loco? ¡Bájame! ¡Maldito!
Le pegué en la espalda, pateé, me retorcí… pero él me ignoró por completo y continuó caminando como si nada pasara.
Una vez fuera del club y me metió obligó, a empujones, a montarme en un Rolls-Royce negro que ya estaba esperando.
—Conduce —ordenó.
—Sí, Don.
El coche arrancó con un tirón, y yo me aparté de él al instante, tomando la manija de la puerta para intentar abrirla.
Sin embargo, contra todo pronóstico, Cassian ni se molestó en detenerme, sino que se limitó a darle un sorbo lento a su café, servido en una taza de porcelana fina, como si el hecho de secuestrar mujeres fuera un trámite más en su vida.
—No desperdicies energía —dijo, con tono suave—. Es un coche blindado. ¿En serio crees que puedes abrirlo?
Mi mano se quedó inmóvil, mientras yo lo fulminaba con la mirada.
Él mantuvo sus ojos clavados en los míos, igual de frío, mientras decía:
—¿No leíste el contrato matrimonial? Está más que claro.
Obvio que no lo había leído.
Cassian se inclinó entonces, demasiado cerca, dejando su rostro a centímetros del mío, tanto que nuestras narices casi se rozaban.
Si me besaba en ese momento… no estaba segura de tener fuerzas para apartarlo.
—El contrato dice —su voz me rozó los labios— que, como mi esposa, tienes estrictamente prohibido entrar a bares, discos o cualquier lugar similar. ¿Acaso no lo leíste?
Dicho esto, me soltó de golpe. No me besó.
Mientras seguía sermoneándome, yo rodé los ojos mentalmente.
—De ahora en adelante, estás vetada de estos lugares. Y, por lo de hoy, irás a la iglesia a confesarte con el pastor.
¿Iglesia? ¿Confesarme?
Mi pecho subía y bajaba con fuerza mientras me tragaba una carcajada.
«Cassian, ¿de verdad crees que sigo siendo la chica de mi vida pasada? ¿Tu muñequita obediente?»
En mi nueva vida prefería morirme antes que repetir ese error.
—¿Confesarme? —dije, casi gritando—. Ay, por favor. Sigue soñando, Don. ¿Y qué tiene que ver conmigo tu contrato? ¡Yo no me voy a casar contigo!
El silencio cayó como una bomba y Cassian giró de golpe la cabeza hacia mí, con los ojos oscuros, ilegibles.
Me sostuvo la mirada un largo instante… peligroso… antes de escupir cuatro palabras tensas:
—¿Qué… acabas… de… decir?
Se me aclaró la mente al instante. Si se enteraba de que la novia había cambiado, de que lo había «plantado»… no llegaría viva a tomar mi vuelo.
—Nada. Estaba enojada. No lo dije en serio.
Soltó el aire con fuerza.
—¿Cuándo vas a aprender a obedecer?
—Nunca. Nací así —respondí, sosteniéndole la mirada—. No me gusta que me controlen.
Mientras discutíamos, el Rolls Royce se detuvo frente a la villa de mi familia, de donde salió Demi con un vestido suave y una sonrisa dulce. La imagen perfecta de obediencia angelical.
Yo me reí por dentro, mientras pensaba:
«Cassian, ahí está. Ahí tienes a tu muñeca perfecta».
—Acabo de regresar de la iglesia —dijo Demi con voz melosa—. Me confesé en nombre de mi hermana, pidiéndole al Señor que perdone su temperamento orgulloso.
La mirada de Cassian volvió hacia mí, y el mensaje fue clarísimo:
«Mírala a ella y mírate a ti. Son dos mundos diferentes».
Capítulo 3
—Dos hijas de la familia Vale… —dijo Cassian con los ojos llenos de decepción—, ¿y, aun así, no puedes aprender la disciplina y los modales que tiene tu hermana? —Soltó un suspiro lento, cansado—. Olvídalo. No te cobraré lo de hoy. Ve a cambiarte. Esta noche iremos a una gala de negocios.
—No iré —respondí al instante—. Llévate a Demi. Ella encaja en tu lista de requisitos mucho mejor que yo.
—Aria, ten un poco de responsabilidad —dijo Cassian, con el ceño fruncido—. Tú eres la prometida que yo elegí.
Esa frase me atravesó como una aguja: filosa, repentina, humillante.
Claro. Él no se casaba conmigo porque me quisiera, sino porque el contrato así lo estipulaba, porque los Vercetti jamás rompían un acuerdo. El amor no tenía espacio en todo esto. Yo sabía bien que, si hubiera podido elegir de verdad, él hubiese escogido a Demi desde hacía tiempo.
Perfecto. En mi nueva vida… le daría exactamente lo que él quería.
Demi intervino con esa suavidad perfecta.
—Tal vez mi hermana no está muy acostumbrada a eventos tan formales… —intervino Demi con su perfecta suavidad—. Puedo acompañarla. Si no entiende la etiqueta, puedo recordársela.
Se me iluminaron los ojos.
—Perfecto. Ven. Te ayudo a escoger un vestido.
En cuanto entramos a mi habitación, Demi dejó caer la actuación y me sacudió la mano.
—¿Por qué me diste al Don?
Sonreí apenas.
—Porque ustedes dos aman ir a la iglesia a arrepentirse.
Su expresión se congeló… y, cuando volvió a hablar, su voz sonó como un témpano de hielo:
—No te pases de lista. Cuando el Don sepa que la novia soy yo, va a sentir alivio. Va a estar feliz. Extasiado, de hecho. Tú, con tus cero modales, no lo mereces.
—Entonces ¿por qué no se lo dijiste ahora? —pregunté, tranquila—. ¿No estás segura? ¿Te da miedo que te rechace cuando se entere?
—¡Cállate! —saltó, como un gato asustado—. ¡Él va a estar agradecido! Solo quiero sorprenderlo el día de la boda. Así que no abras la boca.
—Relájate. Los jueguitos románticos que se traigan ustedes… no me interesan.
En esta vida, lo único que me importaba era ser yo.
En la gala…
Luces, elegancia, champán.
Cuando empezó el baile de apertura, Cassian caminó hacia nosotras. Una vez enfrente, sus ojos recorrieron mi vestido negro, escandaloso, abierto en la espalda… y se le apretó la expresión en un ceño.
Un segundo después, extendió la mano. Pero no hacia mí, sino hacia Demi, quien lucía radiante e inocente con su elegante y vaporoso vestido blanco.
Los susurros no tardaron en esparcirse por el salón.
—¿No se supone que Aria es la prometida? ¿Por qué el Don está invitando a la hermana?
—¿No es obvio? Prefiere a la segunda hija.
—Pues claro. La menor es fina y educada, mientras que la mayor… hermosa, sí, pero salvaje. No sirve para esposa de un Don.
Cassian no reaccionó a nada.
—De todos modos, no sabes bailar valses formales —me dijo, con voz plana, casi aburrida—. Esta vez puedes aprender de Demi.
Dicho esto, tomó la mano de ella y la llevó al centro del salón.
La música clásica subió, y juntos comenzaron a moverse: elegantes, perfectos, en armonía… Eran una pareja digna de una postal, como si hubieran salido de una vieja pintura europea.
Aguanté un minuto antes de que se me nublara la vista. Parecían dos maniquíes de palacio, atrapados en un vals centenario.
«¿Ni siquiera saben que existen FB, IG, TikTok?», me pregunté, mientras me escabullía hacia la terraza.
La nieve caía espesa y silenciosa frente a mí, mientras comenzaba a moverme, siguiendo un bajo invisible que solo yo podía escuchar… bailando salvaje, ardiente, viva.
Ese ritmo… esa libertad… no le pertenecían a nadie más que a mí y a la vida que estaba a punto de recuperar.
Pero el momento no duró. Pronto, una sombra se acercó a mi por la espalda.
Capítulo 4
Era Demi, quien todavía tenía las mejillas encendidas por el baile, sin embargo, sus ojos… brillaban con esa satisfacción arrogante de quien se cree ganadora.
—Ay, hermana, te estás escondiendo aquí porque te dolió, ¿verdad? —repuso, sin siquiera intentar disimular el tono burlón—. Seamos honestas: cualquier hombre, si tiene que elegir entre tú y yo, escogerá a la que sea más finas y tenga mejores modales. Es decir… a mí. —Acto seguido, bajó la voz, y cada palabra que dijo a continuación estuvo cargada de veneno—. Pero en el fondo… sí me das pena. En su momento, tu madre no pudo ganarle a la mía, y ahora… tú tampoco puedes ganarme a mí. Supongo que el fracaso… está en el ADN.
Apreté el puño tan fuerte que se me marcaron las venas de la muñeca.
«Demi Vale… ¿te atreves a insultar a mi madre?», pensé.
Pero antes de que pudiera responder, pasó algo inesperado. Demi, repentinamente, se tambaleó hacia atrás, soltando un grito agudo y aterrorizado, al perder por completo el equilibrio y caer de espaldas por las escaleras.
Abajo estalló el caos: gritos, jadeos, el golpe de pánico subiendo como una ola.
Cassian salió disparado de entre la gente y, rápidamente, tompoel cuerpo desplomado de Demi entre sus brazos.
Alzó la vista hacia mí, que me encontraba parada en el descanso de las escaleras, y en sus ojos pude ver cómo rabia le ardía como una llama viva.
—¿La empujaste? Discúlpate —ordenó. Su voz parecía tallada en hielo.
«Cassian, ¿tú vives en otro siglo?», pensé. «¿No eres capaz de revisar cámaras? ¿Ni preguntar qué pasó? ¿Solo eres capaz de acusarme por instinto?»
—No fui yo —dije, con voz plana—. Y no me voy a disculpar.
—Eres un caso perdido —soltó, antes de girarse hacia sus guardaespaldas, para ordenarles, sin dudar—: Denle una lección. Tírenla a la fuente ornamental del jardín y no la dejen salir hasta que acabe la gala y yo lo ordene.
—¡Soy tu prometida! —grité—. ¿O acaso es Demi Vale?
Cassian me agarró la muñeca con tanta fuerza que se me aguaron los ojos del dolor. No había ni el más mínimo rastro de compasión en él, tan solo autoridad fría, exacta, quirúrgica.
—Precisamente, porque mi prometida eres tú —dijo, marcando cada palabra—, voy a poner a los demás por encima de ti.
En ese instante lo entendí, más claro que nunca: lo que había decidido en esta vida era lo correcto.
Caras bonitas, cuerpos perfectos… nada de eso importa cuando, por dentro, los corazones son incompatibles.
Los guardaespaldas avanzaron y me sujetaron antes de que pudiera reaccionar. Forcejeé, pataleé, pero ninguno de mis intentos de zafarme valieron la pena.
Por lo que, antes de que pudiera reaccionar, sentí un chapuzón brutal, antes de sumergirme por completo en el agua helada, y el frío se me clavó en los huesos como agujas.
Un segundo después, emergí nuevamente tosiendo y buscando el borde, desesperada. Sin embargo, antes de que pudiera asirme de este un guardia me empujó de nuevo hacia abajo.
No importaba cuantas veces emergiera, siempre, todas y cada una de las veces, me volvían a hundir.
—¡Cassian! ¡Maldito! ¡Déjame salir!
Con cada sacudida, la fuerza me abandonaba un poco más. El frío me adormecía los músculos, los dedos, el aliento…
Mi voz se quebró… hasta apagarse.
Los labios se me pusieron azules, mientras los mechones mojados de mi pelo rojo se me pegaban a la cara, endureciéndose como hielo.
Uno de los hombres dudó y sacó el celular.
Entre el agua golpeándome los oídos, escuché la voz de Cassian, dura como acero recién forjado:
—Continúa. Si no, nunca aprenderá.
«¿Aprender?»
Claro. Él nunca me había querido. Quería que su prometida lo obedeciera, que se callara, que se hiciera pequeña… que jamás cruzara la línea.
Una desesperación más filosa que el frío me cerró el pecho y me arrastró más hondo que el agua, cuando mis extremidades, por fin, cedieron y la oscuridad me golpeó. Tras lo cual me hundí, perdiendo por completo el conocimiento.