Capítulo 3

En los días que siguieron, me convertí en la herramienta más útil de la casa.

Limpiaba con más eficacia que Serafina en cuanto mamá daba la orden. Reorganicé toda la biblioteca yo sola, bajo las instrucciones de papá. Me movía más rápido que el sabueso de caza de Dario cuando él me ordenaba sacar algo del auto.

Mamá decía sonriendo:

—¡Viviana ahora es más obediente que Serafina! ¡Qué maravilla!

Papá y Dario estaban de acuerdo con ella.

Eso duró hasta la noche en que Dario olvidó darme el comando para desactivarme.

Permanecí sentada en el sofá de la sala desde el anochecer hasta el amanecer mientras los demás dormían. Un silencio inquietante envolvía toda la mansión, salvo por el leve borboteo del agua en los radiadores y la sirena de niebla de un carguero en el lejano río Howling.

Era muy temprano por la mañana cuando mamá bajó con su café y me descubrió todavía sentada allí. Notó que mi postura no había cambiado desde la noche anterior; incluso mis dedos estaban en la misma posición. La taza se le resbaló de las manos, esparciendo por el piso la porcelana hecha añicos y el líquido humeante.

Yo, sin embargo, no reaccioné en lo absoluto.

Fue entonces cuando una mujer vestida con un traje de falda negro llegó a la casa. Se presentó como Felicita Russo, la psiquiatra de cabecera de la familia. Poseía una voz suave, dotada de un magnetismo que invitaba de inmediato a bajar la guardia.

—Hola, Viviana.

Yo guardé silencio.

Mamá intervino desde un costado, con voz ansiosa:

—Tienes que darle una orden; si no, no te responderá.

La doctora Russo miró a mamá con evidente incomodidad. Luego me ordenó:

—Por favor, dime tu nombre.

—Soy NS-5.

La doctora Russo dejó de escribir por un instante.

—Ya veo. ¿Y cuál es tu nombre original entonces, NS-5?

—Era Viviana Moretti, aunque ese nombre ya quedó en desuso. Según el reglamento de la academia, los graduados deben adoptar su designación como su identidad oficial.

La doctora Russo se quedó sorprendida por la afirmación, mientras el semblante de toda la familia se tornaba sombrío.

Al final, pasaron al estudio —el espacio normalmente reservado para las consultas de negocios de papá— y, cuando la gruesa puerta de roble se cerró tras ellos, el aislamiento acústico devoró cualquier sonido.

No necesitaba escucharlos para saber de qué hablaban.

La doctora Russo suspiró antes de irse.

—Viviana presenta trastorno de estrés postraumático, despersonalización y trastorno de identidad disociativo. Necesitará un tratamiento extenso, que podría llevar años, o quizá nunca se recupere.

En los días que siguieron, todos en la casa actuaban de manera extraña. Empezaron a comportarse como si yo fuera a quebrarme en cualquier momento; bajaban la voz al hablar, y las miradas que me dirigían estaban cargadas de una profunda culpa.

Mamá dudaba al pasar a mi lado, como si estuviera a punto de hablar antes de optar por el silencio. Papá me observaba más de la cuenta durante la cena para luego concentrarse de golpe en su plato. Dario dejó de darme órdenes, aunque tampoco me dirigía la palabra.

Fue en el cumpleaños de Serafina cuando todo cambió: tomaron la difícil decisión de mandarla lejos.

Le organizaron una última fiesta de cumpleaños, decorando la sala con globos color dorado champaña y crema, los tonos que supuestamente le “gustaban” a Serafina. Incluso había un pastel de tres pisos en la mesa, con un decorado floral en glaseado de un realismo notable.

Serafina se acercó a mí, conservando su típica actitud apacible.

—Feliz cumpleaños, Viviana.

La miré, y en ese instante caí en la cuenta: también era mi cumpleaños, aunque nadie en la familia lo recordaba.

Dos años atrás me habían metido a empujones en una camioneta negra para enviarme a esa academia de corrección conductual. Recuerdo haberle rogado a mamá, entre lágrimas, que me dejara comer mi trozo de pastel de cumpleaños antes de que me llevaran; ella solo me respondió que podría comerlo cuando aprendiera a comportarme y volviera a casa.

Me había vuelto bien portada y obediente, como ellos querían, y aun así olvidaron mi cumpleaños.

Serafina sonrió de pronto y dijo:

—Deberías empujarme, igual que hiciste hace dos años, Viviana. Considéralo mi deseo de cumpleaños.

Miré su cara, y en las pupilas de ese rostro perfecto, generado de forma sintética, pareció asomar por un instante un destello extraño.

Puse las manos sobre sus hombros, tal como me había ordenado, dispuesta a empujarla como su regalo de cumpleaños, pero antes de que pudiera hacerlo siquiera, se desplomó por su cuenta.

El vestido de Serafina quedó extendido por el piso como una rosa blanca marchita.

Fue entonces cuando la puerta de la sala se abrió de par en par, y Dario se quedó estático en el umbral con un plato de fruta picada en las manos. Miró del plato al suelo y por último a mí, con la expresión encendida por una furia repentina y letal.

—¿Qué demonios hiciste, Viviana?

Capítulo 4

Dario soltó el plato de fruta, haciendo que las fresas y los arándanos rodaran por todas partes.

Serafina, sentada en el suelo, levantó la mirada con los ojos anegados en lágrimas calculadas para provocar la máxima compasión.

—¿Por qué me empujaste, Viviana? Creí que ya no me odiabas. ¿Por qué tuviste que hacerme esto otra vez?

Me quedé callada, limitándome a mirarla desde arriba. Sabía que fingía; después de todo, como robot de IA, sus lágrimas estaban simuladas digitalmente, sus temblores eran generados por algoritmos, y esa sonrisita disimulada, visible solo para mí, estaba programada en ella.

Mamá se acercó a toda prisa, y su expresión pasó del asombro a la furia más pura en cuestión de segundos.

—¿Qué significa esto? ¿Por qué empujaste a Serafina?

—Serafina fue quien me ordenó que la empujara, mamá.

Serafina sollozó, con voz vacilante y una vulnerabilidad bien ensayada, mientras decía:

—Estás mintiendo. ¿Por qué te pediría que me empujaras? Solo quería desearte feliz cumpleaños, Viviana.

Dario se agachó para ayudar a Serafina a levantarse, tratándola con un cuidado extremo, como si fuera porcelana fina.

Luego alzó la mirada hacia mí, con una actitud decepcionada.

—No has cambiado nada. Pasaste dos años en esa academia y volviste aparentando tanta madurez, pero mostraste tu verdadera cara en cuanto te dimos la espalda. Le tienes envidia a Serafina, claro que sí. Siempre has sido así: no soportas verla feliz.

Los ojos de mamá se enrojecieron, no de lástima, sino de furia. Entonces sentenció con voz temblorosa:

—Tu padre, tu hermano y yo estábamos hablando de cómo mejorar el trato que te damos. Incluso sentía remordimiento por haberte mandado a esa academia, y planeábamos cómo compensarte. ¿Cómo pudiste hacer esto? No has cambiado en nada. Sigues siendo igual de cruel; no soportas ver a Serafina. Te portaste como una señorita decente durante todo un año y nos engañaste a todos, Viviana.

Entreabrí los labios con la intención de protestar, de explicar que mi comportamiento no era una farsa, sino el resultado del condicionamiento de la academia, el mismo lugar al que ellos me habían internado. Pero solo pude quedarme callada, porque no había recibido la indicación de hablar.

—¿Por qué no dices nada? —escupió mi madre.

—No he recibido la orden de hablar.

A mamá se le encendió la cara de un rojo intenso, mientras Serafina se aferraba a ella por la espalda, llorando en silencio con los hombros temblorosos, con todo el aspecto de una damisela en apuros.

—Mejor muérete de una vez, Viviana —dijo Dario de pronto.

En ese instante, todos los del salón se quedaron mudos.

—¿Q-qué acabas de decir?

Mi padre lo miró con severidad mientras salía del estudio.

Dario gritó tan fuerte que las ventanas vibraron y los colgantes de cristal del candelabro tintinearon.

—¡Le dije que se muera! ¿No es muy dispuesta y obediente cuando se trata de cumplir órdenes? ¡Pues que se muera de una vez! ¡Está clarísimo que las cosas estarían mejor si estuviera muerta! O sea, la familia Moretti no necesita un robot por hija, ¡y mucho menos uno que ataca a los suyos!

Serafina se desplomó en el suelo después de la declaración de Dario. Convulsionó un poco mientras los ojos se le iban hacia atrás, como si alguno de sus componentes internos hubiera fallado.

—¿Qué te pasa, Serafina? —El chillido de mamá fue tan fuerte que casi tiró la casa abajo.

Mamá le sostenía la cabeza a Serafina mientras papá la cargaba a toda prisa hasta el sofá. Dario, por su parte, llamó al médico de la familia y a los técnicos de reparación.

Todos estaban concentrados en Serafina, mientras yo pasaba inadvertida.

Me quedé de pie en medio del salón, mirando a Serafina recostada en el sofá mientras mis padres y Dario la rodeaban. Entonces dije:

—He recibido el comando. Procederé a poner fin a mi vida ahora.

Nadie me escuchó, porque estaban todos absortos alrededor de Serafina, con los rostros desencajados por la preocupación y la urgencia.

Me di la vuelta despacio y me dirigí al balcón.

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