Capítulo 1

Mis padres piensan que no soy lo suficientemente femenina, así que adquieren a una hija IA, dócil y dulce, llamada Serafina Moretti.

El día que traen a Serafina a casa, toda la familia se ensaña conmigo.

Papá odia que sea mala en los estudios, al contrario de Serafina, que absorbe cualquier conocimiento con solo procesarlo una vez.

Mamá arruga la nariz ante mi personalidad alegre y activa. Por lo visto, no soy lo bastante sumisa, algo que la fastidia y le provoca jaquecas constantes.

Mi hermano mayor, Dario Moretti, también me regaña todo el tiempo.

—¡Eres una vergüenza para la familia Moretti! ¿Qué más sabes hacer aparte de comer y dormir?

Incluso Serafina tiene el descaro de burlarse de mí, así que, en un arranque de rabia, la empujo al suelo.

La expresión de mamá se ensombrece. Luego me da una fuerte cachetada.

—¡Serafina es tu hermana! Si fueras tan dócil como ella, no me fastidiarías hasta el punto de provocarme estos dolores de cabeza.

—¡Ya es hora de que aprendas a ser una hija obediente y comprensiva en una academia de corrección conductual!

Y así, me obligan a estudiar ahí.

Dos años después, mi familia me recoge de la academia. No paran de llamarme por mi nombre, pero yo nunca les respondo.

El profesor Luca Caruso los corrige con una sonrisa:

—Señora Moretti, debe pronunciar la palabra clave: “Activar”. Solo entonces NS-5 responderá por su cuenta.

Antonio Moretti —mi papá y el Don de la familia Moretti en Novarra— estaba de pie junto a la puerta del estudio, observando todo en silencio. Su semblante era indescifrable y mantenía los labios apretados con firmeza.

Camilla Romano, mi mamá, estaba de pie frente a mí. Sujetaba con fuerza el collar de perlas que llevaba al cuello, los nudillos blancos por la presión.

Dario Moretti —mi hermano— permanecía recostado contra el marco de la puerta con una sonrisa burlona.

—Activar, NS-5 —ordenó mamá con voz temblorosa. No entendía el verdadero significado de aquellas palabras; solo repetía las instrucciones del profesor, Luca Caruso.

Sonreí apenas y, como un robot que por fin recibe un comando tras un largo modo de espera, me levanté de la silla con los brazos colgando a los costados y la postura recta.

—He sido activada y espero su orden.

Mamá se quedó pasmada.

El profesor Caruso habló desde atrás. Vestía un traje gris y mantenía una sonrisa profesional; tenía un parecido sorprendente con el consigliere de papá.

—Nuestra academia ha diseñado un sistema para optimizar la conducta de los niños, Donna Moretti. Requieren un comando de activación para despertar y, bajo esa directiva, jamás osarán contradecir sus órdenes. ¿La obediencia ciega no es la ley fundamental de supervivencia en una familia mafiosa?

Mamá asintió al comprenderlo.

Dario dio un paso al frente. Era un año mayor que yo y siempre se divertía molestándome. Antes me ganaba, y yo lo perseguía por toda la casa.

Mamá terminaba por regañarnos a los dos, mientras que papá se ponía serio y decía que la familia Moretti no debía ser tan escandalosa.

—¡A ver, ladra como un perro, NS-5!

Encogí los hombros, saqué la lengua y solté un ladrido fuerte apenas escuché la orden.

Dario se dobló de la risa y llamó a mamá y a papá.

—¡Esta vez Viviana sí aprendió la lección! Antes ponía excusas durante media hora con tal de evitar la práctica de tiro, ¡y ahora está dispuesta a ladrar como un perro!

Papá y mamá asintieron con aprobación, complacidos con lo que veían.

Mamá hasta sonrió apenas, algo que no hacía conmigo desde hacía dos años.

Iba sentada en los asientos traseros de la limusina Lincoln durante el trayecto a casa.

Mamá preguntó con vacilación:

—¿Cómo te fue en la academia este tiempo, Viviana?

No le respondí, ya que había omitido el comando “responder” en su pregunta.

—¿V-Viviana? —Mamá alzó la voz, observándome a través del espejo retrovisor.

Por fin le aclaré a mamá, con un tono tan plano como una voz generada por computadora:

—Sus oraciones interrogativas no constituyen comandos válidos; por favor, use una orden directa si requiere una respuesta.

En ese momento, todos los que iban en el auto se quedaron en silencio.

A mamá le tembló la voz y, solo tras una pausa larga, logró articular la instrucción:

—Respóndeme.

—Mi estadía en la academia fue óptima y productiva. Cumplí con éxito los requisitos de los tres módulos centrales: Regulación Emocional, Obediencia Absoluta e Indagación Racional.

Luego añadí mecánicamente, sin la menor variación emocional, como un sistema operativo enumerando los elementos de un menú:

—Recibí una calificación de “Excelente” en mi evaluación final, y el profesor Caruso me designó como el caso de rehabilitación más exitoso del año.

En ese momento, los del asiento trasero se quedaron en silencio un buen rato.

Dario murmuró:

—Tu manera de hablar suena igualita a la de Serafina…

Seguí mirando al frente, sin mostrar emoción alguna.

Veía a Novarra alejarse por la ventana del auto; los rascacielos, los puentes y los anuncios publicitarios ya no encajaban con mis registros de memoria. Sabía que ese nuevo rascacielos en el horizonte de Mirthaven no estaba allí cuando me marché, dos años atrás.

En la academia, el tiempo se reducía a la escala de las órdenes. No había diferencia entre un día y un mes. Solo sabía que el tiempo transcurría por los números que rayaba en las paredes de la celda de aislamiento; al final, incluso olvidé cómo escribirlos.

Era casi el anochecer cuando el vehículo se detuvo frente a la mansión en la isla Lenn.

Serafina estaba de pie en la entrada. Llevaba un vestido color crema, mantenía las manos entrelazadas al frente y sonreía con una perfección que no había cambiado en dos años. Era la hija IA que había llegado a mi familia cuando yo tenía catorce años.

Recordé a mamá arrodillada frente a ella para hablarle aquella vez, con un tono lleno de ternura:

—Bienvenida a casa, Serafina.

Me bajé del sofá de un salto y corrí hacia ella, ansiosa por conocer a mi nueva hermana. No me fijé por dónde iba, así que tropecé sin querer con algo y caí de golpe sobre la alfombra, donde nadie se acercó a ayudarme.

A partir de ese día me convertí en el blanco del desprecio de todos. Me comparaban con Serafina y yo siempre salía perdiendo; me señalaban por carecer de su obediencia y atención. Luego me reprochaban mi incapacidad para mantenerme en silencio durante las reuniones de negocios de papá o para servir un whisky con la gracia de Serafina.

Al final, me enviaron a la academia para reformarme.

—Bienvenida a casa, Viviana —dijo Serafina, manteniendo ese tono dulce y suave.

No le contesté, ya que ella no había emitido el comando correspondiente para obtener una respuesta.

Mamá apretó la mandíbula.

—¿Todavía no soportas a Serafina? ¡Sigues siendo igual de desobediente! ¡Di algo, Viviana!

Sonreí en cuanto procesé el comando.

—Gracias.

La sonrisa de Serafina permaneció inalterada mientras mamá asentía con aprobación.

Capítulo 2

Era la hora de la cena y todos ocuparon sus lugares en la larga mesa del comedor. Serafina se sentó a la derecha de mamá, Dario a la izquierda de papá, mientras que a mí me relegaron al extremo más alejado. Antes yo ocupaba el sitio donde ahora estaba Serafina, pero mamá me trasladó al pie de la mesa tras su llegada.

Podía ver el vapor que se elevaba del plato y oler el aroma de la pasta frente a mí, pero mi estómago seguía sin reaccionar. En la academia me enseñaron que la ingesta se clasificaba como una reposición funcional de energía, ajena a cualquier vínculo con el placer o el apetito biológico.

—Adelante, come —ordenó mamá con desinterés.

Tomé el tenedor sin demora; en mi plato había pasta, carne de res, zanahorias y brócoli.

Dario me miró sorprendido mientras yo masticaba los vegetales.

—¿En serio ahora comes zanahorias? ¡Antes eras insoportable con la comida! ¡Mamá te perseguía por toda la casa solo para que le dieras una mordida a una zanahoria!

No le ofrecí respuesta; pinché otra rodaja y la consumí con precisión mecánica. Después de todo, el profesor Caruso nos había enseñado que las preferencias personales no eran más que “residuo sentimental”, una señal de un reacondicionamiento imperfecto.

En el tercer mes, me encerraron en la celda de aislamiento durante cuarenta y ocho horas por negarme a comer zanahorias. Apenas me liberaron, me comí los vegetales obedientemente, al igual que la coliflor, la cebolla y el ajo. Comía todo lo que antes evitaba.

Mamá asintió en señal de aprobación; después de todo, siempre había preferido a los niños que no eran quisquillosos para comer. Antes, lo exigente que era con la comida le provocaba dolores de cabeza constantes.

Acto seguido, pinché el pescado de mi plato. Me llevé el trozo de bacalao a la boca, lo mastiqué quince veces y luego lo tragué.

Papá dejó de cortar, manteniendo el cuchillo y el tenedor inmóviles en el aire.

—¿Viviana en serio se comió el bacalao?

La expresión de mamá cambió.

—Eres alérgica al bacalao, ¿no, Viviana? Cuando eras niña, probaste un bocado y se te hinchó la garganta al punto de que apenas podías respirar. Fue tan grave que tuve que llamar al médico en plena madrugada.

Dario bajó el tenedor y preguntó con incredulidad:

—¿Esa academia de algún modo le curó las alergias?

Seguí masticando en silencio. En la academia aprendí que las alergias se clasificaban como innecesarias. El profesor Caruso me obligaba a comer bacalao a diario y, más allá de eso, incluso me hacía frotármelo por todo el cuerpo, lo que provocaba que sarpullidos, ampollas y llagas se extendieran por mi piel en capas sucesivas.

El profesor Caruso solía repetir:

—Deberías saber que una alergia es una debilidad física, y aquí no permitimos debilidad alguna. Puedes estar tranquila: yo convertiré esa falla tuya en fortaleza mediante el condicionamiento.

Pasé por incontables ciclos de ulceración y regeneración, pero aun así sentí un estremecimiento recorrer mi cuerpo cuando percibí que mi vía respiratoria se cerraba y una picazón se extendía por mi piel, mientras me salían cada vez más manchas rojas, una tras otra.

Dario se puso serio y dijo:

—La cara de Viviana se ve algo enrojecida.

Mamá se inclinó para mirar más de cerca, con el rostro pálido del susto.

—¡Es una reacción alérgica, no un simple rubor! ¡Debes dejar de comer, Viviana! ¡Sabes que eres alérgica al bacalao!

Me quedé paralizada con el tenedor en el aire. Levanté la mirada hacia mamá; mis ojos seguían vacíos de emoción mientras preguntaba con tono plano:

—¿Es esa una orden directa?

Mamá se quedó atónita por un momento.

Yo ya había empezado a jadear en busca de aire.

Serafina habló desde un costado con su característico tono suave y dulce.

—El sujeto está sufriendo una reacción alérgica. Presenta dificultad respiratoria moderada con síntomas asmáticos; la inflamación cutánea se sitúa al 23%. Debe administrársele una dosis de loratadina u otros antihistamínicos, además de epinefrina.

Mamá volvió en sí y empezó a hurgar frenéticamente en el botiquín de primeros auxilios.

Papá se acercó a toda prisa y me sujetó del hombro; sus movimientos eran bruscos, pero llenos de pánico. Era alguien que comandaba el submundo criminal de Novarra y, sin embargo, las manos le temblaban sin control en ese instante.

Me sacudí un momento y luego me relajé poco a poco en cuanto la aguja se hundió en mi muslo. Por fin volvía a respirar con normalidad cuando todos en el comedor cayeron en un silencio tan profundo que lo único que se oía era el crujir de los leños en la chimenea.

Dario habló desde el otro lado de la mesa.

—El comportamiento de Viviana es anormal. Antes lloraba, gritaba y hacía berrinches. Se peleaba conmigo y desafiaba a papá, asegurándole que no quería participar en el entrenamiento de combate.

—No era así antes. A-Ahora se comporta como Serafina…

Permanecí en silencio, ya que Dario no había emitido una directiva formal para que hablara.

Dario alzó la voz de pronto mientras golpeaba la mesa con la mano y hacía tintinear el candelabro de cristal.

—¿Por qué no puedes comportarte como una persona normal y dejar de actuar igual que Serafina, Viviana? ¡Yo solo quería una hermana que se portara bien, no un robot! ¡Para eso ya tenemos a Serafina!

Observé su expresión, furiosa e irritada, atravesada por una emoción subyacente que probablemente ni él mismo sabría nombrar. Me limité a responder con indiferencia:

—Por favor, proporciona una definición de “normal”.

A Dario se le palideció el semblante, mientras que las expresiones de mamá y papá se ensombrecieron.

Papá llamó de inmediato a la academia de corrección conductual.

La persona que atendió la llamada aclaró que el estado actual era una respuesta típica al acondicionamiento conductual intensivo y sugirió que se recuperaría en cuestión de días.

—NS-5 representa la cúspide de nuestra academia. Es más obediente que cualquier IA del mercado.

—No tiene de qué preocuparse, Don Moretti; la obediencia es la virtud máxima en una familia mafiosa.

Papá colgó el teléfono y le transmitió el mensaje a mamá, quien asintió aliviada.

Capítulo 3

En los días que siguieron, me convertí en la herramienta más útil de la casa.

Limpiaba con más eficacia que Serafina en cuanto mamá daba la orden. Reorganicé toda la biblioteca yo sola, bajo las instrucciones de papá. Me movía más rápido que el sabueso de caza de Dario cuando él me ordenaba sacar algo del auto.

Mamá decía sonriendo:

—¡Viviana ahora es más obediente que Serafina! ¡Qué maravilla!

Papá y Dario estaban de acuerdo con ella.

Eso duró hasta la noche en que Dario olvidó darme el comando para desactivarme.

Permanecí sentada en el sofá de la sala desde el anochecer hasta el amanecer mientras los demás dormían. Un silencio inquietante envolvía toda la mansión, salvo por el leve borboteo del agua en los radiadores y la sirena de niebla de un carguero en el lejano río Howling.

Era muy temprano por la mañana cuando mamá bajó con su café y me descubrió todavía sentada allí. Notó que mi postura no había cambiado desde la noche anterior; incluso mis dedos estaban en la misma posición. La taza se le resbaló de las manos, esparciendo por el piso la porcelana hecha añicos y el líquido humeante.

Yo, sin embargo, no reaccioné en lo absoluto.

Fue entonces cuando una mujer vestida con un traje de falda negro llegó a la casa. Se presentó como Felicita Russo, la psiquiatra de cabecera de la familia. Poseía una voz suave, dotada de un magnetismo que invitaba de inmediato a bajar la guardia.

—Hola, Viviana.

Yo guardé silencio.

Mamá intervino desde un costado, con voz ansiosa:

—Tienes que darle una orden; si no, no te responderá.

La doctora Russo miró a mamá con evidente incomodidad. Luego me ordenó:

—Por favor, dime tu nombre.

—Soy NS-5.

La doctora Russo dejó de escribir por un instante.

—Ya veo. ¿Y cuál es tu nombre original entonces, NS-5?

—Era Viviana Moretti, aunque ese nombre ya quedó en desuso. Según el reglamento de la academia, los graduados deben adoptar su designación como su identidad oficial.

La doctora Russo se quedó sorprendida por la afirmación, mientras el semblante de toda la familia se tornaba sombrío.

Al final, pasaron al estudio —el espacio normalmente reservado para las consultas de negocios de papá— y, cuando la gruesa puerta de roble se cerró tras ellos, el aislamiento acústico devoró cualquier sonido.

No necesitaba escucharlos para saber de qué hablaban.

La doctora Russo suspiró antes de irse.

—Viviana presenta trastorno de estrés postraumático, despersonalización y trastorno de identidad disociativo. Necesitará un tratamiento extenso, que podría llevar años, o quizá nunca se recupere.

En los días que siguieron, todos en la casa actuaban de manera extraña. Empezaron a comportarse como si yo fuera a quebrarme en cualquier momento; bajaban la voz al hablar, y las miradas que me dirigían estaban cargadas de una profunda culpa.

Mamá dudaba al pasar a mi lado, como si estuviera a punto de hablar antes de optar por el silencio. Papá me observaba más de la cuenta durante la cena para luego concentrarse de golpe en su plato. Dario dejó de darme órdenes, aunque tampoco me dirigía la palabra.

Fue en el cumpleaños de Serafina cuando todo cambió: tomaron la difícil decisión de mandarla lejos.

Le organizaron una última fiesta de cumpleaños, decorando la sala con globos color dorado champaña y crema, los tonos que supuestamente le “gustaban” a Serafina. Incluso había un pastel de tres pisos en la mesa, con un decorado floral en glaseado de un realismo notable.

Serafina se acercó a mí, conservando su típica actitud apacible.

—Feliz cumpleaños, Viviana.

La miré, y en ese instante caí en la cuenta: también era mi cumpleaños, aunque nadie en la familia lo recordaba.

Dos años atrás me habían metido a empujones en una camioneta negra para enviarme a esa academia de corrección conductual. Recuerdo haberle rogado a mamá, entre lágrimas, que me dejara comer mi trozo de pastel de cumpleaños antes de que me llevaran; ella solo me respondió que podría comerlo cuando aprendiera a comportarme y volviera a casa.

Me había vuelto bien portada y obediente, como ellos querían, y aun así olvidaron mi cumpleaños.

Serafina sonrió de pronto y dijo:

—Deberías empujarme, igual que hiciste hace dos años, Viviana. Considéralo mi deseo de cumpleaños.

Miré su cara, y en las pupilas de ese rostro perfecto, generado de forma sintética, pareció asomar por un instante un destello extraño.

Puse las manos sobre sus hombros, tal como me había ordenado, dispuesta a empujarla como su regalo de cumpleaños, pero antes de que pudiera hacerlo siquiera, se desplomó por su cuenta.

El vestido de Serafina quedó extendido por el piso como una rosa blanca marchita.

Fue entonces cuando la puerta de la sala se abrió de par en par, y Dario se quedó estático en el umbral con un plato de fruta picada en las manos. Miró del plato al suelo y por último a mí, con la expresión encendida por una furia repentina y letal.

—¿Qué demonios hiciste, Viviana?

Activar: La Obediente Heredera de la Mafia

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