Capítulo 3
El shock inicial de la resurrección dio paso a una claridad helada. Me levanté de la cama, mis piernas temblaban, pero mi mente estaba más afilada que nunca. Fui al baño y me miré en el espejo. Era yo, sin las heridas, sin la sangre, sin la humillación grabada en mi rostro. Pero mis ojos eran diferentes. La confianza inocente había sido reemplazada por una cautela endurecida, la de alguien que ha visto el final y conoce el rostro de sus verdugos.
Los recuerdos de mi muerte eran vívidos, brutales. El video manipulado, la acusación de abuso de mi propia hija, el desfalco inventado por mis padres. Todo era una conspiración. Una trampa perfectamente diseñada para aniquilarme.
Carlos. Mis padres. Incluso mi pequeña Sofía Jr. Todos formaban parte de ello. ¿Pero por qué? La pregunta que me atormentó en mis últimos momentos volvió con fuerza.
Me acerqué a la cama y toqué la frente de mi hija. Estaba ardiendo. La fiebre. En mi vida anterior, había entrado en pánico. Llamé a Carlos, él sugirió que un poco de sol y aire de mar le harían bien, que no canceláramos el viaje a Cancún. Mis padres estuvieron de acuerdo. Fui estúpida, confiada. Caí directamente en su trampa.
El hotel. El hotel era el escenario del crimen. El video fue filmado allí. Las acusaciones se hicieron allí. Si evitaba el hotel, si evitaba el viaje, podría evitar la catástrofe.
"No iremos a Cancún", dije en voz alta, la decisión resonando en el silencio de la habitación.
Tomé el teléfono y llamé a Carlos. Estaba en su estudio, probablemente "trabajando".
"Cariño", dije, forzando un tono de preocupación en mi voz. "Sofía Jr. tiene mucha fiebre. No creo que sea buena idea viajar. Deberíamos llevarla al hospital".
Hubo una pausa en la línea. Pude casi escuchar sus engranajes mentales girando, recalculando.
"¿Al hospital? No seas dramática, Sofía. Es solo una calentura. Dale un poco de paracetamol. El aire del mar le sentará de maravilla, ya verás".
Su insistencia era una bandera roja ondeando furiosamente. En mi vida anterior, su despreocupación me habría parecido protectora. Ahora, sonaba siniestra.
"No, Carlos. Insisto. Su temperatura es muy alta. Voy a llevarla al Hospital Ángeles ahora mismo. Cancela los vuelos. Nos quedaremos aquí".
Colgué antes de que pudiera protestar más. Inmediatamente llamé a mis padres para informarles del cambio de planes. Su reacción fue similar.
"Hija, no exageres", dijo mi madre, Elena. "¿Estás segura? Ricardo y yo ya estábamos listos para salir hacia el aeropuerto. Todo está pagado".
"La salud de mi hija es más importante que unas vacaciones pagadas, mamá. Nos vemos en el hospital".
Su irritación era palpable. Estaba alterando su guion. Bien.
Vestí a Sofía Jr. con cuidado, mi corazón se apretaba al ver su carita sonrojada por la fiebre. ¿Cómo pudieron usar a una niña inocente de esta manera? Mientras la sostenía en mis brazos, la miré de cerca, buscando cualquier señal de coacción, cualquier indicio de que no era ella misma. Pero solo parecía una niña enferma y somnolienta.
Llegamos al hospital y nos asignaron una habitación privada. El médico la examinó y confirmó que era una infección viral fuerte, nada grave, pero requería observación. Sentí una oleada de alivio. Estaba a salvo. Estábamos a salvo. Lejos de Cancún. Lejos del hotel. Lejos de la trampa.
Carlos y mis padres llegaron una hora después. Sus rostros eran una mezcla de fastidio y preocupación fingida.
"¿Ves? Te dije que no era nada", dijo Carlos, tratando de sonar casual.
"El médico dijo que necesita quedarse aquí. Así que aquí nos quedaremos", respondí con firmeza, sin apartar la vista de mi hija dormida.
Observé sus interacciones. Las miradas furtivas entre Carlos y mi padre. La forma en que mi madre evitaba mis ojos. Antes no habría notado nada. Ahora, cada gesto era una pieza del rompecabezas. Estaban nerviosos, su plan se había descarrilado.
Pasaron las horas. La tarde se convirtió en noche. Me senté en el sillón junto a la cama de Sofía Jr., fingiendo leer una revista, pero sin perder de vista a mi familia. Se sentían incómodos en el ambiente estéril del hospital. Su escenario había sido desmantelado.
Cuando la enfermera vino a tomar la temperatura de Sofía Jr. de nuevo, sonreí por dentro. Estaba funcionando. Había cambiado mi destino.
Me recosté en el sillón, el agotamiento finalmente alcanzándome. El hospital era silencioso, un santuario de calma. Por primera vez desde que renací, sentí una pizca de esperanza, una sensación de control.
Me quedé dormida con la creencia de que había logrado evitar la tormenta. Qué ingenua fui. La tormenta no se había disipado, solo había cambiado de rumbo para golpearme con más fuerza.