Capítulo 3
—Ay, Sofía, cariño, ¿estás bien? —La voz de Bárbara goteaba una preocupación empalagosa, pero sus ojos brillaban con un regocijo malicioso. Estaba de pie junto a Alejandro, una imagen de perfecta e inocente preocupación.
Alejandro, con el rostro como una máscara de fría indiferencia, intervino antes de que pudiera formular una respuesta.
—Ella ya no es parte de esta familia, Bárbara. Sus acciones lo han dejado claro.
Las palabras se sintieron como un golpe físico, aunque sabía que vendrían. El anuncio formal, la denuncia pública. Describió mis supuestos crímenes, las mentiras que tan fácilmente había creído, pintándome como una paria, una desgracia.
El mundo se inclinó. Los rostros familiares de los reporteros, los flashes de las cámaras, los susurros que me seguían a todas partes. Sentí una oleada de ira al rojo vivo que me impulsó hacia adelante. Me abrí paso entre la multitud, mi cuerpo amoratado gritando en protesta, hasta que estuve frente a ellos, una herida abierta expuesta al mundo.
—¡Alejandro! —Mi voz se quebró, cruda de emoción—. ¡¿Cómo te atreves?!
Una ola de murmullos recorrió a la multitud. Sus ojos, llenos de juicio y desprecio, me recorrieron. Los susurros se hicieron más fuertes, más agudos, atravesando el fino velo de mi compostura.
—Mírala —siseó una mujer—. La heredera del escándalo. Tan patética.
Me congelé, el peso de su juicio aplastándome. La vergüenza era una compañera familiar, pero la pura crueldad de ella, en este momento, era casi insoportable.
De repente, una mano agarró mi brazo, tirando de mí bruscamente bajo un paraguas. Alejandro. Su toque, una vez un consuelo, ahora se sentía como una marca.
—Deja de hacer una escena, Sofía —siseó, su voz baja y peligrosa—. Solo estás empeorando las cosas.
Aparté mi brazo de un tirón, un dolor agudo recorrió mi hombro, pero no me importó. No dejaría que me controlara de nuevo. No dejaría que me silenciara.
—¿Peor? —escupí, mi voz elevándose—. ¿Peor que vender el legado de mi familia a ella? —Señalé con un dedo tembloroso a Bárbara, quien retrocedió con un jadeo teatral—. ¡Esta era mi casa, Alejandro! ¡La casa de mis padres! ¡Soy Sofía De la Vega, su única hija! ¡Ella no es más que una parásita adoptada!
¡PLAS!
El sonido resonó en el silencio atónito. Mi cabeza se giró bruscamente, un dolor abrasador floreció en mi mejilla. Mi visión se nubló, las lágrimas picaban en mis ojos, pero me negué a dejarlas caer.
Alejandro estaba frente a mí, con la mano todavía levantada, sus ojos ardiendo de furia. Acercó a Bárbara, protegiéndola con su cuerpo, como si ella fuera la víctima, no la arquitecta de mi destrucción.
—¡No te atrevas a hablar así de Bárbara! —gruñó, su voz temblando de rabia—. ¡Ella es más familia para mí de lo que tú nunca fuiste! ¡Es más hija de esta familia de lo que tú podrías esperar ser! —Sus palabras eran veneno, retorciendo el cuchillo más profundamente en mi corazón ya sangrante—. ¡Tú, Sofía, eres una desgracia! ¡Una mentirosa! ¡Una bruja manipuladora que intentó quemar viva a su propia hermana!
La acusación me golpeó como un puñetazo. Era tan absolutamente absurda, tan grotescamente injusta, que una risa histérica burbujeó en mi garganta. Lo recordaba. Recordaba cada instancia de la crueldad calculada de Bárbara. La muñeca de porcelana que "accidentalmente" rompió, culpándome a mí. Las entradas de diario falsificadas "confesando" sus tormentos imaginarios. Las rodillas raspadas y las acusaciones llorosas, siempre terminando conmigo en problemas, siempre con Bárbara a su lado. Sus lágrimas eran sus armas, su fingida inocencia su escudo.
Y Alejandro. Él siempre había estado allí, una presencia sólida e inquebrantable, siempre defendiéndome, siempre creyéndome. Siempre. Hasta hace tres años. Hasta la noche en que se quedó de brazos cruzados y vio mi vida arder.
Había sido tan ingenua, tan tontamente optimista. Había creído en su protección, en su amor. Había creído que él siempre sería mi puerto seguro. Ahora, mirando su rostro frío y furioso, solo veía a un extraño. Un monstruo.
—Estoy decepcionado de ti, Sofía —dijo, su voz teñida de un desdén hiriente—. Profundamente decepcionado.
Su postura fría y calculadora, sus palabras despectivas, se superpusieron discordantemente con otro recuerdo: él de rodillas, una caja de terciopelo en su mano, sus ojos brillando de adoración. "Cásate conmigo, Sofía. Prometo protegerte, apreciarte, amarte para siempre". La ilusión se hizo añicos, dejando solo cenizas amargas.
—Esta es tu última oportunidad —continuó, su voz tan fría como el hielo—. Discúlpate con Bárbara. Públicamente. Y quizás… quizás podamos salvar algo.
Mi mirada cayó sobre sus manos, entrelazadas con las de Bárbara, un símbolo grotesco de su retorcida alianza. Una risa amarga y sin alegría escapó de mis labios.
—No —dije, la palabra inquebrantable—. No me disculparé por tus mentiras. Y no rogaré por lo que es mío por derecho. —Mis ojos, ardiendo con una nueva y feroz resolución, se encontraron con los suyos—. Quiero el dinero. El dinero que gané por la casona.
Su rostro se contorsionó de rabia.
—¡Realmente eres incorregible! ¡¿Quieres dinero?! ¡Bien! ¡Ten tu maldito dinero! Pero que sepas esto, Sofía De la Vega, a partir de este momento, tú y yo hemos terminado. Se acabó. ¿Entendido?
Un silencio repentino y sofocante descendió sobre la multitud. El aire crepitaba de tensión. Los ojos de Alejandro, oscuros y amenazantes, se clavaron en los míos.
—¡¿Entendiste?! —rugió, su voz temblando de furia apenas contenida.
Encontré su mirada, mis propios ojos duros y desafiantes. Vi un destello de algo en los suyos, un momento de confusión, de desesperada incredulidad. No estaba acostumbrado a que yo me defendiera, no así.
Justo en ese momento, Bárbara, siempre la manipuladora, entró en acción. Se liberó del agarre de Alejandro, su rostro una máscara de angustia llorosa, y se arrojó a mis pies.
—¡Ay, Sofía! ¡Lo siento mucho! ¡Nunca quise que nada de esto pasara! ¡Todo es mi culpa! ¡Me iré! ¡Me iré y podrás tener a Alejandro y la casona de vuelta!
Se lanzó por las escaleras de mármol, un descenso dramático y lastimero. A mitad de camino, tropezó, una caída teatral y agonizante. Un agudo grito de dolor. Luego, silencio.
Alejandro, con el rostro contorsionado de horror, corrió a su lado. Se arrodilló, sus manos temblando mientras acunaba su cabeza. Una mancha carmesí cada vez más ancha floreció debajo de ella, empapando la tela blanca e inmaculada de su vestido.
—¡Bárbara! ¡Bárbara! ¡Dios mío! —Su voz era un jadeo ahogado, un grito desesperado—. ¡Alguien! ¡Llamen a un doctor! ¡AHORA!
Su furiosa mirada se clavó en mí, ardiendo con una ira profana.
—¡Tú! ¡Tú hiciste esto! ¡La empujaste! ¡Intentaste matarla a ella y a nuestro bebé!
—¡Atrápenla! —rugió, su voz espesa de intención asesina—. ¡Atrápen a Sofía De la Vega! Y que Dios te ayude, Sofía, si Bárbara y nuestro hijo no sobreviven, te juro que te haré pagar por esto por el resto de tu miserable vida.