Capítulo 1

Nelson se tragó por accidente una nueva droga afrodisíaca y su situación era crítica. Como su médico de cabecera, no tuve más opción que convertirme en su salvavidas.

Como soy naturalmente fértil, me quedé embarazada con esa vez.

Me casé con él y tuvimos unos gemelos, un niño y una niña, sumamente inteligentes y traviesos.

Pero, después de casarnos, Nelson no quería que los niños lo llamaran «papá» y pasaba todo el día abrazando una foto de su alma gemela, borracho.

Al cumplir diez años de matrimonio, él prendió fuego la casa y nos mató a los niños y a mí en el sótano.

Resulta que, durante todo ese tiempo, Nelson guardaba rencor por lo que había hecho al salvarlo.

Él pensaba que lo había hecho solo para acercarme a los poderosos, que había sido esa intervención la que había roto su relación con su amor, y que eso había causado que ella perdiera la cabeza y muriera en un accidente.

Cuando volví a abrir los ojos, me di cuenta de que había regresado al día en que Nelson se tragó la droga.

Esta vez, decidí darle la oportunidad de salvar a su amor platónico, mientras yo me dirigía al estudio...

—¡Doctora Lima, por favor, entre ya! El señor está cada vez peor —la voz ansiosa del mayordomo retumbó en mis oídos, pero mi cuerpo no dejaba de temblar.

Todavía sentía el ardor del fuego en cada parte de mi cuerpo.

Los gritos desesperados de mis dos hijos, atrapados en el sótano, seguían clavados en mi cabeza.

—¿Doctora Lima? —ese nombre me descolocó.

Desde que me casé con Nelson, nadie me había llamado así.

—Hoy es el cumpleaños del señor... no entiendo qué pudo haber pasado.

Me quedé paralizada.

De pronto lo entendí: había vuelto a vivir.

—Manuel, ve por la señorita Santos. Al señor le dieron un afrodisíaco.

Respiré hondo, me giré hacia él y le dije con voz firme:

—Busca a Clara. Le dieron un afrodisíaco.

El mayordomo se quedó de piedra.

—Pero...

—¡Ve ya! —le ordené—. Si no, esto puede terminar muy mal.

Lo vi salir corriendo, y yo me llevé una mano al pecho. El corazón me latía con una fuerza que dolía.

En mi vida anterior, justo en este momento, abrí esa misma puerta...

Y Nelson, como una bestia descontrolada, me arrojó al suelo.

El mayordomo estaba ahí, afuera... sin hacer nada, fingiendo no oír mis gritos.

Después quedé embarazada.

Y claro, fue "natural" que me casara con Nelson.

Yo pensaba que era el comienzo de algo bueno.

No sabía que, en realidad, era solo el inicio de una pesadilla.

Nelson me odiaba.

Decía que lo había atrapado.

Que por mi culpa había perdido al amor de su vida.

Me ignoraba, me humillaba, y ni siquiera dejaba que los niños lo llamaran papá.

En nuestro décimo aniversario, nos quemó vivos a los niños y a mí.

En medio de las llamas, mis dos pequeños gritaban mamá, y sus voces me partían el alma.

Reprimí el odio que me ardía en el pecho, acomodé el cuello de mi blusa y me dirigí al despacho.

Si no me fallaba la memoria, el padre de Nelson también había sido drogado.

Los Navarro siempre tuvieron problemas para tener hijos.

Nelson fue un bebé de probeta.

Por eso, era tan valioso para la familia.

¿Y si en esta vida... dejaba de ser hijo único?

Abrí la puerta del despacho.

César estaba desplomado en el sofá, con la cara enrojecida y la corbata apenas colgando del cuello.

Cuando me vio, fue como si encontrara una tabla de salvación.

Se me lanzó encima de golpe...

***

A la mañana siguiente, salí del despacho con la ropa arrugada y el pelo hecho un desastre.

Justo me crucé con Clara, que venía saliendo del cuarto de Nelson.

Tenía esa cara de satisfacción boba, con la sonrisa pegada y los ojos brillando.

Al verme, se quedó tiesa un segundo, y luego me lanzó una sonrisa llena de desprecio.

—¿Doctora Lima? ¿Tan temprano te vas? —soltó con burla.

—¿O es que te pesa la conciencia? Seducir a un viejo por plata no es precisamente algo de lo que uno se sienta orgullosa.

La miré tranquila.

—Lo mismo digo.

Capítulo 2

El rostro de Clara cambió al instante.

—Ahí sí te equivocaste, doctora Lima. Tú y yo no somos iguales.

—Yo sí tengo con qué ser la esposa. A ti, con suerte, te tiran un billete y te mandan a volar.

Bajé la mirada.

Tenía razón. En mi vida pasada, la sirvienta que entró a esa habitación terminó justo así: pagada y olvidada.

Pero yo no soy ella. Yo quedo embarazada facilito, y así fue como terminé casándome con Nelson.

Miré su uniforme de sirvienta con intención.

—Señorita Santos, mejor ocúpese de lo suyo.

En ese momento, Nelson salió del cuarto.

Rodeó a Clara con un brazo y le habló con ternura:

—¿Estás bien, Clara? ¿Por qué no descansas un rato más?

Clara bajó la cabeza con timidez.

—Tengo trabajo... no puedo desaparecer todo el día.

Luego me echó una mirada con doble sentido.

—No todos tenemos el lujo de vivir como la doctora Lima, siempre tan desocupada.

Nelson soltó una risa seca.

—No es más que la doctora de la familia.

—Tranquila, ya te lo dije: me voy a hacer cargo de ti.

Después me miró, con desprecio, sin una gota de emoción.

—Me contaron que fuiste tú quien le pidió al mayordomo que trajera a Clara. Bien hecho.

—Pero no te confundas. Hay cosas que no te corresponden... ni en sueños.

Sus palabras dolieron como un golpe seco, directo al pecho.

Así que... siempre lo supo. Sabía que yo estaba enamorada de él.

En mi vida pasada, supe que fue por una sola palabra suya que los Navarro aceptaron pagarme la universidad. Por eso le estaba tan agradecida.

Después me ofrecí para trabajar en la casa como doctora, solo para estar cerca.

Antes de casarnos, le pregunté si de verdad lo deseaba.

Y él respondió, sin titubear:

—Da igual quién sea. No te hagas ilusiones. Solo sé la señora de la casa.

Pero cuando aseguró su lugar como heredero, se quitó la máscara.

Nelson... no era más que otro hipócrita.

—Está bien —respondí en voz baja.

En esta vida, si yo no me meto… quiero ver hasta dónde son capaces de llegar los dos.

Estaba por darme la vuelta cuando Nelson me agarró de la muñeca. Su fuerza me arrancó un quejido.

Sus ojos se clavaron en mi cuello, justo donde quedaba una pequeña marca roja.

—¿Y esto? —preguntó con una voz helada—. Me das asco.

El tirón me hizo estremecer. Ya me dolía todo el cuerpo, y con eso sentí que los huesos se me partían por dentro.

Aun así, aguanté el dolor y lo miré directo a los ojos.

—Eso no es asunto suyo, señor Navarro.

Su cara se puso roja de rabia, y en su mirada cruzó algo que no pude entender.

—¿Quién fue? ¿Alguno de los sirvientes?

—Vaya... qué bajo has caído.

Me miraba con asco, escupiendo las palabras como veneno.

Antes de que pudiera responderle, una vocecita débil sonó a mis espaldas:

—Ay... me duele...

Nelson me soltó al instante y se giró para ir con Clara.

Ella estaba apoyada contra la pared, con cara de víctima indefensa.

—Me duele mucho la pierna… —murmuró.

Sin pensarlo, Nelson la levantó en brazos.

Clara se le colgó del cuello, apoyó la cara en su pecho, y me lanzó una mirada cargada de desafío.

En mi vida pasada, Clara solo quería subir. Siempre usó esa actitud frágil para ganarse a Nelson.

Cuando se enteró de que él iba a casarse conmigo, empezó a coquetear con otros ricos solo para darle celos.

Terminó metida en drogas, y una noche, en plena abstinencia, se tiró frente a un auto. Murió en el acto.

Y lo más ridículo fue que Nelson creyó que lo amaba con locura.

Llevé una mano al vientre.

Sentí un calor tan fuerte... más que en aquella vida pasada cuando estuve embarazada.

Capítulo 3

Parecía que Nelson pronto iba a tener varios hermanitos.

Una sonrisa seca se formó en mis labios.

César, al despertar, tuvo que salir del país por un tema urgente de la empresa. Antes de irse, solo me dejó un mensaje:

«Tranquila, me voy a hacer cargo. Espérame.»

No le di mucha vuelta.

Aunque «hacerse cargo» solo significara darme algo de plata, en cuanto saliera el resultado del embarazo, no iba a tener opción: tendría que casarse conmigo.

Lo que no me imaginé fue que los días se volverían tan pesados.

Todos los del servicio me vieron salir del despacho esa noche, hecha un desastre. Obvio, todos pensaron que me había acostado con Nelson. Pero, al día siguiente, Nelson anunció delante de todos que Clara iba a ser su futura esposa. Incluso pidió que la atendieran con esmero.

—¿Entonces con quién estuvo la doctora Lima? —susurraban por lo bajo.

—¿Con quién más? Seguro con algún amante por ahí. Aquí esas cosas no se permiten, menos si vienen de alguien del servicio. Lo de ella fue demasiado.

—Sí, y eso que siempre se da su aire de decente... pero bien que le gusta revolcarse con cualquiera.

El mayordomo, aunque me vio entrar al despacho, como no recibió órdenes del señor César, prefirió quedarse callado.

Y, mientras los rumores crecían, la cara de Nelson se volvía cada vez más oscura.

Los sirvientes, queriendo quedar bien con Clara, empezaron a hacerme la vida imposible. Comenzaron a dejar mi ropa tirada, llena de lodo y hasta el café tenía cosas raras flotando.

—Doctora Lima, se le volvió a caer la ropa —dijo Clara con ese tono falso, sosteniendo su termo como si nada—. Estos sirvientes… de verdad, qué desastre.

Vi la sonrisa de triunfo en su cara.

Me agaché, recogí la ropa sin decir nada y me fui.

Los rumores se desbordaron. Que me había metido en la familia Navarro quién sabe cómo, que andaba coqueteando con todos los empleados... Hasta inventaban el color de mi ropa interior.

—Dicen que anoche la doctora Lima tuvo otra cita secreta con el jardinero.

—Yo la vi salir del rincón del jardín... y con la ropa toda arrugada.

Apreté los dientes y me tragué la humillación con la cabeza en alto.

Todo eso era para empujarme a que me fuera.

Decidí hablar con el mayordomo y aclarar las cosas.

Pero, justo al darme la vuelta, choqué con Nelson. Me agarró de la muñeca y me jaló a un cuarto de almacenamiento.

—¿Tanto te gusta andar provocando hombres? —soltó, con su mirada llena de desprecio.

Forcejeé con todas mis fuerzas, pero no podía contra él.

—Señor Navarro, si quiere creer chismes, es cosa suya. ¿También va a obligarme ahora? —pregunté con una sonrisa sarcástica.

Él apretó más.

—¿Y tú crees que una cualquiera como tú puede hablarme así?

Lo miré fijamente, sin bajar la vista ni por un segundo.

Y entonces, sin rodeos, me soltó:

—Sé que te gusto. Si te portas bien, podrías ser mi amante.

Me dieron ganas de reír... pero se me revolvió el estómago.

—No quiero —dije sin apartar la mirada.

Y, entonces, me soltó una bofetada, sin darme tiempo de reaccionar.

—¿De verdad crees que ese amante tuyo puede darte lo que yo te doy? Estás jugando con fuego, Elsa. Rompe con él —dijo, sin pensarlo.

La bofetada fue tan dura que me cortó la boca.

Sentí la sangre en los labios, y, por un momento, vi que su expresión cambiaba.

¿Culpa? ¿Duda? No lo sé.

—No seas terca —dijo en un tono más bajo—. Excepto el título de esposa, puedes tener lo mismo que Clara.

Solté una risa corta, cansada.

—Te dije que no.

Tuve cinco hijos con el papá de mi exesposo

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