Capítulo 2

La tía bajó la cabeza y me apuró.

—¿Ya se envió el video? Déjame verlo rápido.

—Ya casi, ya casi.

En poco tiempo el video terminó de enviarse y le pasé mi celular.

Yo también estaba a punto de explotar, ya había sacado las medias y esperaba que se fuera para ponérmelas y masturbarme.

Pero la tía no tenía intenciones de irse. Se sentó en la silla y puso el video.

Abrió bien las piernas y metió una mano hasta abajo para empezar a tocarse.

La escena casi me hace sangrar la nariz, el deseo me quemaba por dentro hasta hacerme hervir las tripas.

Ella se apresuró a decirme:

—Tu tío todavía está en el cuarto, no puedo ponerme a ver videos enfrente de él. Voy a resolverlo aquí contigo, pero ni se te ocurra decirle nada.

Asentí varias veces con la cabeza, sin poder despegar los ojos de su entrepierna mojada. La tela de su ropa interior se le marcaba toda, dibujando su forma, una hendidura profunda.

Al verme tan embobado, fingió molestarse.

—Mocoso, ¿a dónde estás mirando? ¡Soy tu tía! Voltéate para otro lado.

De mala gana giré la cabeza, pero mis oídos captaban sus gemidos deliciosos.

Esos sonidos llegaban hasta mí como si fueran un gato rascándome por dentro.

Saqué las medias a escondidas y me las puse para empezar a masturbarme.

Pero no sentía nada, ni de cerca lo que había sentido cuando la tía me apretó por encima de las cobijas.

Tenía tantas ganas de que volviera a ayudarme.

Después de un rato sin sentir absolutamente nada, mejor lo dejé.

Ella se tocaba cada vez más excitada. Intentaba aguantarse para que no la escuchara el tío en el cuarto de al lado.

Pero mientras más se contenía, más sensual sonaba.

Al fin y al cabo soy hombre, no pude aguantarme y volteé a mirarla.

Lo que vi me dejó sorprendido: ¡estaba completamente desnuda de la cintura para abajo!

Se había quitado la ropa interior y metía los dedos con todas sus fuerzas. ¡Estaba escurriendo de lo mojada que estaba!

Era la primera vez que veía algo así, y sentí que me mareaba.

La tía se dio cuenta de que la estaba mirando e incluso movió su cuerpo más hacia mí.

¡Sus manos se movían con más fuerza todavía!

Parecía que yo le gustaba.

Ya no aguantaba más, así que me animé a preguntar:

—Tía, ¿te está molestando mucho? ¿Quieres que te ayude?

La tía me miró sin cambiar la expresión, abrió más las piernas y sus manos se movieron más rápido.

—¿Tía? ¿Tía? —como no decía nada, la llamé varias veces.

Pero justo en ese momento se vino como una fuente y mojó todas las sábanas de mi cama.

Me quedé con la boca abierta.

Ella se recargó débilmente en el respaldo de la silla, respirando agitada.

Estaba cubierta de sudor y escurriendo humedad, se veía increíblemente sensual.

Yo estaba a punto de explotar y le supliqué:

—Tía, ayúdame por favor, aunque sea con la mano.

Ella se puso la ropa interior sin apuro y me dijo:

—No te hagas ilusiones, mocoso, ¡soy tu tía!

Dicho esto, abrió la puerta y se fue.

Me dejó solo y frustrado en la cama, con las cobijas levantadas hasta el techo, la cabeza invadida con la imagen de la tía tocándose.

Había sido demasiado hermoso, sobre todo esa parte, tenía tantas ganas de probarla yo mismo.

Después de esto, masturbarme solo ya no me hacía sentir nada.

Mi cuerpo cada vez estaba más tenso, solo ella podía ayudarme.

Pasaron varios días así hasta que ya no pude más. Aproveché que el tío estaba distraído y jalé a la tía hacia mi cuarto.

—Tía, el video que te di la otra vez, ¿todavía te gusta? ¿Quieres que te mande otros dos?

Ella me miró de reojo y me dio un golpecito en la cabeza.

—¿Así me hablas a tu tía? Qué atrevido te has vuelto.

Yo me reí como tonto y le dije:

—Te voy a ser sincero, desde que me tocaste esa vez, ya no siento nada cuando lo hago solo. Llevo varios días aguantándome y ya no puedo más. Hazle un favor a tu sobrino favorito y ayúdame.

La tía al escuchar esto, lejos de molestarse, me preguntó:

—¿Qué pasó? ¿Mis medias ya no te sirven? ¿Ahora quieres que te ayude yo misma, verdad?

Me rasqué la nuca avergonzado:

—¿Ah? ¿Así que ya lo sabías?

Ella cruzó los brazos y suspiró:

—¿Me crees idiota? Todos los días las medias amanecen llenas de tu cochinada, por tu culpa tengo que lavarlas a diario.

Capítulo 3

En ese momento solo podía mirar sus nenas, ni siquiera registré lo que me decía.

Las tenía tan apretadas con las manos que se desbordaban por encima de la ropa. Me moría por tocarlas, por saber cómo se sentían.

¿Y si se enojaba? ¿Y si se lo contaba a mis papás?

Pero esa noche ella había hecho todo eso frente a mí…

Ya no importaba. No aguantaba más.

Extendí la mano y agarré uno de sus melones que asomaba.

¡Dios! Era increíble. Suave, resbaladizo, esponjoso, tierno. Lo mejor que había tocado en mi vida.

La cara de la tía se puso roja y me apartó la mano.

—Mocoso, qué atrevido estás. No solo me robas las medias, ahora me manoseas también. ¿Quieres que le diga a tus papás?

La abracé por la cintura y me pegué bien a ella.

Sonreí con picardía.

—Si se lo dices a mis papás, yo le cuento al tío lo que hiciste esa noche en mi cuarto.

Se puso furiosa.

—¿Todavía te atreves a amenazarme?

“¿Y qué si te amenazo?”

Metí la mano bajo su ropa y le desabroché el sostén.

En cuanto sentí esa suavidad, se me puso duro al instante y se lo clavé en el vientre.

Ella empezó a calentarse entera, su cuerpo se ablandaba cada vez más.

Con voz caprichosa dijo:

—Oye… ¿por qué estás tan duro?

La acariciaba por todos lados sin parar.

—La verdad, tía, tú también me deseas, ¿verdad? Esa noche me mirabas distinto. Esto es puro fuego entre nosotros. Mejor ayúdame esta vez.

Ella me empujaba con fuerza, pero no podía conmigo.

—No, no puede ser. Si tu tío se entera, nos va a ir muy mal.

Bajé la mano dentro de sus pantalones. Tenía los dedos llenos de su humedad.

—Tía, estás empapada. Debe ser difícil aguantar, ¿no? Tu sobrino no es cualquier desconocido. Déjame ayudarte.

Jadeaba fuerte y entreabrió la boca.

—La verdad yo también lo quiero mucho, pero tu tío está aquí al lado. Si nos ve…

Justo en ese momento se escuchó la voz del tío.

—Violeta, ¿dónde estás? Tengo que salir un rato.

La tía se zafó rápido de mis brazos, se arregló la ropa y abrió la puerta.

—Aquí estoy con Fabián. Tiene una tarea que no entiende y me pidió ayuda.

Por la rendija vi al tío con un maletín en la mano.

—Tengo un imprevisto en la compañía. Voy a quedarme a trabajar, no regresaré a cenar.

—Está bien, ve con cuidado.

En cuanto escuché cerrarse la puerta principal, levanté a la tía en brazos y la tiré sobre la cama.

Ella también tenía cara de emoción.

—Mocoso, no te pases, ¿eh?

Le quité los zapatos, tomé sus pies suaves y los acerqué a mi cara. Respiré hondo.

—¡Uf! Tía, qué rico hueles.

Después le quité la blusa. Sus dos nenas grandes saltaron frente a mí, con sus pezoncitos rosados.

Llevaba tanto tiempo soñando con ellas y ahora las tenía ahí.

Me lancé y me metí uno en la boca, chupando suave.

El cuerpo de la tía temblaba, su voz sonaba cada vez más sensual y aún intentaba empujarme con una mano.

—No… no, esto no está bien.

Le sujeté las manos. Con la otra le bajé los pantalones y toqué su ropa interior completamente mojada.

—Tía, estás empapada y todavía finges. Hoy solo disfruta.

Se mordió el labio. Sus piernas se abrieron solas un poco y su entradita rosada palpitaba.

La levanté por las piernas y me las puse sobre los hombros.

—Si vas a abrirlas, ábrelas bien. ¿Qué voy a hacer así?

Obediente, las abrió más. Allá abajo ya era un río.

Llevaba días aguantando, estaba hinchado a reventar.

¡Por fin iba a liberarme!

—Tía, aguanta un poco. Ya voy.

Apunté al centro, empujé la cadera y entré duro…

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Turbulencia En Medias De Seda

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