Capítulo 1
Lo que debía ser un viaje tranquilo con mi suegra se convirtió en una pesadilla. Tras llegar al hotel, fuimos juntas a la piscina del lugar a relajarnos.
Sin embargo, una mujer elegantemente vestida se nos acercó, tapándose la nariz y con total desprecio nos dijo:
—Este es un hotel de lujo, ¿cómo es posible que haya gente como ustedes aquí? No serán esas personas que se cuelan para usar la piscina, ¿verdad? ¡Es un asco compartir la piscina con ustedes! Me da miedo que nos contagien alguna enfermedad.
Mi suegra y yo nos sentimos muy incómodas por sus palabras, pero aún así le respondí, indiferente:
—La piscina del hotel es pública , todos los huéspedes pueden usarla. Si no te parece bien, construye una en tu casa.
La mujer, furiosa, levantó las cejas y, gritando, dijo:
—¿Te atreves a responderme? ¿Sabes quién es mi esposo? Este hotel es de él, y la suite más cara siempre ha sido mía. ¡Les ordeno que se larguen inmediatamente! Huelen a pobreza y han contaminado el agua. ¡Qué asco!
Mi suegra y yo nos miramos y, al instante, pudimos ver el mismo desprecio en nuestros ojos. Este hotel es propiedad de Nicolás, ¿en qué momento se convirtió él en el esposo de esa mujer?
Mi suegra y yo habíamos querido mantener un perfil bajo, así que al registrarnos en el hotel no revelamos nuestra identidad. Nunca imaginamos que terminaríamos envueltas en una situación así. El buen ánimo con el que habíamos llegado desapareció por completo en un instante.
Mi suegra, que toda su vida ha sido una mujer fuerte y dominante, ni siquiera se dignó a tomarla en serio y le respondió con desdén:
—¿Y tú quién te crees para darnos órdenes? La que debería largarse eres tú. El verdadero asco es tu falta de educación.
E ignorando a la mujer, que ya estaba furiosa, se viró hacia mí y me dijo:
—Drea preciosa, sigamos nadando, no le hagas caso. Cuando regresemos, iremos a preguntarle a Nicolás qué está pasando aquí.
Pero al ser ignorada, la mujer se puso roja de la ira. De pronto, una sonrisa maliciosa apareció en su rostro:
—Muy bien, si tanto les gusta nadar, entonces quédense en el agua y no salgan hoy.
Sacó su teléfono e hizo una llamada. Poco después, llegó un hombre.
—Valentina, ¿me buscabas? ¿Quieres que te enseñe a nadar?
Ella nos señaló a mi suegra y a mí, sonriendo con malicia:
—Kevin, ve y dale una buena lección a estas dos mujeres que no saben cuál es su lugar.
Él entendió al instante y sumiso asintió con la cabeza:
—No te preocupes, Vale. Soy instructor de natación, sé perfectamente cómo hacer sufrir a alguien en el agua.
Saltó a la piscina y, aprovechando que no estábamos atentas, sujetó la cabeza de mi suegra y la empujó con fuerza bajo el agua. Mi suegra, ya mayor, no podía competir con su fuerza. Enseguida tragó agua y comenzó a forcejear desesperadamente.
Al ver aquello, me llené de pánico y corrí a apartarlo, pero él era ágil y terminó hundiéndome también, obligándome a tragar varios bocados de agua. Aprovechando un descuido, le mordí con todas mis fuerzas el brazo. Solo entonces me soltó.
Rápidamente saqué a mi suegra del agua. Estaba tan ahogada que puso los ojos en blanco, como si fuera a vomitar los pulmones de tanto toser, hasta que finalmente pudo recuperar el aliento.
Ella siempre ha sido una mujer orgullosa, imparable en el mundo de los negocios, capaz de llevar su cadena hotelera a cada ciudad del país. Dondequiera que va, es tratada con el mayor respeto. ¿En qué momento había sufrido una humillación así? Con voz severa, le gritó a la mujer:
—¿Sabes que podrías matar a alguien haciendo esto? ¡Es una total falta de respeto! ¡Voy a hacer que mi equipo de abogados te demande!
La mujer sonrió con indiferencia:
—¿Y si se muere, qué? Mi esposo tiene cientos de hoteles en todo el país. Lo que gana en un solo día basta para comprar las miserables vidas de toda tu familia. Antes de enfrentarte a mí, deberías averiguar quién soy. ¿Abogados? ¿De verdad creen que pueden pagarlos?
Este hotel era solo uno de los muchos que mi esposo administraba para mi suegra. La actitud de esa mujer, como si fuera la dueña del lugar, me llenó de dudas. ¿Acaso Nicolás tenía otra esposa? Le di unas palmaditas en la espalda a mi suegra para calmarla y pregunté muy seria:
—¿Tu esposo se llama Nicolás Andrade?
Ella respondió con arrogancia y orgullo:
—Así es. Al menos tienes algo de conocimiento. Si ahora mismo se arrodillan y me piden disculpas, y además limpian la piscina, podría considerar dejarlas tranquilas. De lo contrario, cuando él llegue, se van a arrepentir.
Sentí un frío recorrerme el corazón. Ese Nicolás que me había jurado amor eterno, que prometió serme fiel toda la vida… ¿De verdad me había engañado?
Capítulo 2
Al instante siguiente, mi mirada se detuvo en el tatuaje sobre su clavícula, era una rosa. Yo había visto exactamente el mismo en los abdominales de Nicolás.
Él me dijo que se lo había tatuado especialmente porque a mí me gustaban las rosas. Qué ridícula fui, incluso en ese momento me sentí profundamente conmovida… cuando en realidad era un tatuaje de pareja que tenía con otra mujer.
Si por casualidad hoy no me la hubiera encontrado, entonces no me hubiera enterado de que él ya tenía a otra escondida afuera. Cuanto más furiosa estaba, más calmada me volvía, así le arranqué la máscara.
—Que yo sepa, la esposa de Nicolás se apellida Herrera, Andrea Herrera, y no te pareces en nada a ella. Eres la amante y aun así te atreves a ser tan arrogante. De verdad, no tienes una gota de vergüenza. Llámalo ahora mismo, ya quiero ver cómo es que nos va a hacer pagar las consecuencias.
Mi palabra “amante” la hirió profundamente, por eso me respondió con odio:
—En el amor no existe eso de quién llegó primero. La que no es amada es la verdadera amante. Que casualidad, justo hoy mi esposo viene a verme, lo llamaré ahora mismo. ¡Espérenme!
Después de hacer la llamada, cambió a una voz dulce y empalagosa:
—Nicolás, mi amor ¿cuándo llegas?… En la piscina del hotel, dos viejas me están molestando. Estoy sola y tengo miedo… ven rápido a defenderme. Y después deja la piscina solo para mí. Últimamente aprendí unos trucos bajo el agua… estoy esperando a que vengas para enseñártelos.
Al colgar, su expresión de vanidad y orgullo se hizo aún más evidente:
—Llega en media hora, están acabadas. Tiene mil maneras de lidiar con ustedes.
Al pensar en cómo él fingía amarme estando conmigo mientras a mis espaldas me engañaba con otra mujer, me daba asco. Mi suegra también lo entendió al ver mi expresión. Apretó los dientes, furiosa:
—¡Nicolás, ese desgraciado! Igual que su padre. ¡Lo que le di, también se lo puedo quitar!
Mi suegra odiaba profundamente la infidelidad. Años atrás se había divorciado porque su esposo la engañó con una modelo joven. Ella sola sacó adelante su negocio mientras criaba a su hijo. Nunca imaginó que el hijo que crió resultaría igual de despreciable y la traicionaría.
Mi suegra, de apellido Andrade, posee más de cien hoteles en todo el país. Aunque en los últimos años le había cedido parte de la gestión a su hijo, el verdadero poder seguía en sus manos.
Y yo, Andrea Herrera, pude casarme con él porque mi familia tampoco es inferior a la suya.
Nicolás… estoy esperando ver cómo nos vas a dar explicaciones.
En ese momento noté que el rostro de mi suegra se había puesto pálido. Preocupada, la sostuve para ayudarla a salir del agua y cambiarse.
Pero la mujer hizo un gesto con la mano. Kevin apoyó sus dos manos al borde de la piscina y saltó rápidamente fuera de ella y, cuando mi suegra estaba subiendo por la escalera, le dio una patada. Mi suegra cayó de nuevo al agua, yo me apresuré a rescatarla otra vez y, la mujer, desde la orilla, se echó a reír a carcajadas:
—Parecen dos patos viejos chapoteando. ¿No les gustaba estar en el agua? Entonces no salgan, quédense allí. Kevin, antes de que llegue mi esposo, no dejes que suban.
Él le respondió servilmente:
—Vale, no se preocupe; cumpliré al pie de la letra con lo que usted desea. Solo cuando llegue el señor Andrade, acuérdese de hablarle bien de mí.
Después de eso, por más que mi suegra y yo intentábamos salir, él nos volvía a patear al agua. Nuestras fuerzas se iban agotando poco a poco. Mi suegra empezó a sujetarse el pecho, respirando con dificultad, sin poder hablar. La sostuve para que se apoyara en mí y grité desesperada hacia la orilla:
—¿Quieres provocar una muerte? ¡Acaso no ven que le está dando un ataque al corazón! ¡Déjanos subir ya! ¡Si no, cuando llegue Nicolás, se van a arrepentir!
Kevin se puso nervioso y miró a la mujer, temiendo problemas. Pero ella soltó una risa burlona:
—Ustedes, viejas ridículas, solo saben hacer trucos. ¿Ataque al corazón? ¿No estaban nadando tan felices hace un momento? Kevin, ve y apaga la temperatura de la piscina. Quiero ver cómo siguen fingiendo.
Capítulo 3
Su descaro me hizo hervir la sangre, las venas se me marcaron de la rabia:
—Te lo advierto, si alguien muere aquí, cuando llegue la policía ninguno de ustedes podrá escapar.
Ella, sin embargo, tomó una copa de vino tinto y comenzó a beber con total tranquilidad, diciendo con arrogancia:
—Deja de fingir. Si quieres subir, entonces suplícame. ¿No estabas muy altiva hace un momento? ¿Qué pasa? ¿Ahora que saben que mi marido viene, tienen miedo?
Mi suegra ya tenía problemas del corazón. Hoy no solo estaba furiosa, sino que además había tragado agua varias veces y su energía estaba completamente agotada. En ese momento ya se encontraba muy mal.
Me mordí el labio; como fuera, no podía permitir que le pasara algo. Primero debía aguantar y garantizar su seguridad. Justo cuando estaba a punto de abrir la boca para suplicarle, mi suegra me sujetó del brazo. Con voz temblorosa dijo:
—En toda mi vida nunca le he bajado la cabeza a nadie… mucho menos voy a suplicarle a alguien tan vulgar como ella. Drea, aún puedo resistir. Cuando llegue Nicolás, no lo perdonaré. No te preocupes, he sufrido por culpa de los hombres toda mi vida… esta vez estaré de tu lado.
Al ver que no suplicábamos, sus ojos brillaron con malicia. Se giró y le ordenó a Kevin:
—Ve a la cocina y trae dos cubos de hielo. Vamos a bajarles un poco más la temperatura.
Arrojaron hielo al agua, y la temperatura descendió rápidamente. Yo ya estaba temblando de frío. Mi suegra, por su parte, los labios empezaron a ponérseles morados, y su conciencia se volvía cada vez más difusa. Le di palmadas en la cara, pero casi no reaccionaba. Contuve la respiración y traté de llevarla nadando hacia la orilla, pero una y otra vez Kevin nos golpeaba con un palo, impidiéndonos salir.
Desesperada, con los ojos enrojecidos, grité con voz desgarrada:
—¡Ella no va a aguantar! ¡Déjala subir ahora mismo! Si de verdad pasa algo y alguien muere, entonces su hotel tampoco se librará de la responsabilidad. ¡Cuando llegue Nicolás, no los va a dejar salirse con la suya!
Kevin era instructor de natación. Al ver el estado de mi suegra, se dio cuenta de que la situación era realmente grave. Se giró rápidamente hacia Valentina y dijo:
—Vale, creo que la señora ya no va a aguantar. ¿Por qué no la dejamos subir? Si muere en la piscina, después ni usted querrá volver a usarla, qué desagradable. Además, el señor Andrade probablemente tampoco quiera que esto termine en una muerte. Si se enfada, me temo que perderé mi trabajo.
La mujer lo pensó un momento y dejó escapar una risa despectiva:
—Así que estás preocupado por tu trabajo. Yo tampoco quiero que muera nadie… pero hay gente demasiado terca. Ya lo dije, si me suplican, consideraré dejarlas subir. Aún no están al borde de la muerte. Quiero ver hasta cuándo pueden resistir.
Kevin, aprovechándose de su respaldo, me miró con arrogancia:
—Déjame explicarles. La señorita Valentina Cruz es la mujer del señor Andrade. Este hotel entero está para servirle, todo debe cederse ante ella. Hoy ni siquiera deberían haberlas dejado entrar. Si quieren vivir, apúrense a disculparse y suplicarle. Si continúan con su terquedad entonces nadie podrá salvarlas.
Apreté los labios con fuerza. Al ver a mi suegra en ese estado tan crítico, ya no podía preocuparme por mi orgullo ni mi dignidad. Con dificultad, hablé:
—Te lo suplico… déjala que suba primero. Tiene una enfermedad del corazón, de verdad puede morir.
Valentina dejó ver una leve sonrisa llena de satisfacción y dijo con tono sarcástico:
—¿No dijiste hace un momento que yo era una amante sin vergüenza? Entonces repítelo otra vez. Di que esa Andrea, esa desgraciada, es la amante… y que yo soy la verdadera esposa de Nicolás.
A Valentina le molestaba profundamente que la llamaran amante, y además sentía celos de esa Andrea a la que nunca había visto. No sabía que era yo… pero, por una cruel coincidencia, me estaba dando la mayor humillación.
Apreté los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en mis palmas. Soportando toda la humillación, repetí palabra por palabra:
—Andrea, esa desgraciada, es la amante… tú eres la esposa de Nicolás. ¿Ya está bien? ¡Déjala subir!
Ella sonrió satisfecha, con astucia en la mirada:
—Dije que lo consideraría. Y ahora que ya lo pensé… no quiero dejarlas subir.