Capítulo 1

Mi mejor amiga y yo nos casamos el mismo día con los hermanos Alcázar. Por coincidencia, incluso quedamos embarazadas al mismo tiempo.

Yo me casé con el hermano mayor, un reconocido psicólogo; ella, con su hermano menor, un prodigio de la medicina.

Debido a las molestias del embarazo, Sebastián decidió manejar y llevarme para realizarme un chequeo prenatal.

Pero a mitad del camino, una sola llamada de su ex, la mujer que nunca superó, bastó para que cambiara de rumbo y me dejara atrás.

Llorando, me aferré a su brazo.

—Sebastián, te lo suplico… afuera está lloviendo a cántaros. ¿Puedes llevarme primero al hospital?

Él apartó mi mano con impaciencia.

—Ella se cortó la muñeca. ¡Podría morir! ¿Puedes dejar de ser tan inmadura? Tengo que ir a vendarla. Tú puedes ir sola al hospital.

La lluvia caía como si el cielo se estuviera rompiendo. Y Sebastián me dejó sola en plena carretera. No tuve más opción que llamar a mi mejor amiga para que viniera por mí.

Nunca imaginamos que, en el camino, un enorme camión de carga se lanzaría directo contra nosotras.

Mientras perdía el conocimiento, la escuché llorando, llamando a su esposo… Pero lo único que recibió fueron reproches.

—No inventes tonterías, Elena. Solo porque estoy acompañando a Daniela, ¿ahora vas a mentir sobre un accidente?

Al final, fueron unos desconocidos que iban pasando quienes llamaron a la ambulancia. Gracias a ellos, sobrevivimos, pero las dos perdimos a nuestros bebés.

Cuando despertamos en el hospital, nos miramos y sonreímos amargamente.

—¿Te vas a divorciar?

—Sí.

Acaricié mi vientre, ahora plano y vacío, y susurré en voz baja:

—Hijo… perdóname.

Sonreí… pero fue una sonrisa que dolía más que el llanto y, las lágrimas comenzaron a caer, caían sin control, espesas y, con un sabor amargo imposible de tragar. Aquí dentro… alguna vez hubo una vida.

Mi esposo me abandonó por Daniela Prado. Me dejó sola en la autopista bajo una fuerte tormenta, sin importarle el peligro en el que me encontraba. Sin importarle la vida de nuestro hijo.

Desbloqueé el celular y le envié un mensaje a Sebastián:

‘Divorciémonos.’

El hombre que normalmente tardaba un día entero en responderme, me llamó casi al instante.

—Valeria, ¿qué tonterías estás diciendo? ¿Otra vez vas a empezar con tus celos? ¿Solo porque no te acompañé al control prenatal vas a inventar algo así? ¿Qué clase de madre usa a su propio hijo para dar lástima?

Su voz era fría y distante, como si estuviera molesto.

—Ya te dije que Daniela es mi paciente. Tiene depresión. Estoy cumpliendo con mi responsabilidad profesional, ¿entiendes? Y encima haces que Elena vaya a quejarse con mi hermano. Daniela también es paciente de él, nada más que eso. Si por tus celos algo le pasa y termina desangrándose, tú serás la culpable. ¿Sabes lo que significa eso? ¡Sería homicidio!

Y colgó.

El tono vacío del teléfono me dejó sin aire por un segundo. Daniela era su paciente… ¿pero acaso yo no era su esposa?

Que siempre estuviera pendiente de ella hasta en lo más mínimo, lo soportaba. Pero ayer… él sabía que yo me sentía mal, sabía que ese también era su hijo. Y aun así me dejó sola en plena carretera, bajo aquella lluvia torrencial.

Todo por lo que le dijo Daniela:

—Sebastián… hoy me corté la mano mientras partía fruta. ¿También crees que soy inútil? Tal vez ni siquiera debería existir…

En ese instante, él quiso dar la vuelta, pero yo lo detuve con todas mis fuerzas. No temía mojarme, solo temía que algo le pasara a mi hijo.

Le rogué llorando. Pero aun así me sacó fuera del auto. Solo me lanzó un paraguas antes de irse, dejándome empapada bajo la tormenta. Sin otra opción, llamé a Elena, mi mejor amiga.

Cuando supo lo que había pasado, se enfureció. Entre insultos, juraba que le escribiría a Sebastián para reclamarle, y decirle unas cuantas cosas.

Con su ayuda, finalmente logré sentarme a su lado, en el asiento del copiloto y, abrocharme el cinturón…

Capítulo 2

Un enorme camión fuera de control se lanzó de repente hacia nosotras. No hubo tiempo para esquivarlo. Con todas mis fuerzas empujé a Elena lejos del impacto… pero yo quedé atrapada dentro del auto.

Sentí un calor tibio deslizándose por mis piernas. En ese instante supe que mi hijo se estaba yendo. Temblando, llorando, intenté gritar pidiendo ayuda. Las lágrimas me nublaban la vista, pero de mi garganta no salió ningún sonido.

Antes de perder el conocimiento, escuché el llanto desesperado de Elena… y la voz de Santiago al otro lado del teléfono.

—Ya deja de exagerar, Elena. ¿Solo porque estoy acompañando a Daniela ahora vas a inventar cualquier cosa? ¿Un accidente? Ni tú te lo crees. ¿Sabes qué tan baja es la probabilidad de que alguien sufra un accidente así? Te lo he advertido muchas veces, aléjate de esa amiga tuya. No empieces a copiarle esos celos ridículos. Daniela está herida y todavía estoy vendándola. No me estés molestando.

Al final, fueron los que pasaban por allí quienes llamaron a la policía y a la ambulancia. Nos salvaron la vida, pero las dos perdimos a nuestros bebés.

Miré a Elena. Sus dedos apretaban con fuerza el teléfono. La cirugía le había robado todo el color del rostro, solo quedaba en ella una palidez. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Perdóname… —susurró—. Nunca pensé que Santiago fuera capaz de dejarnos así.

Yo había perdido demasiada sangre. Necesitaba una operación de alto riesgo, y el único que podía realizarla… era Santiago. Pero él estaba convencido de que todo había sido una mentira inventada por celos hacia Daniela. No solo no vino, sino que la culpó.

Al final, tuvieron que extirparme el útero, nunca más volvería a tener un hijo. Suspiré y cuando estaba por hablar el teléfono de Elena sonó, era Santiago.

—¿Qué es lo que te pasa? ¿Cuál es tu problema? Ayer un accidente, hoy un aborto… ¿mañana qué sigue? ¿Que vas a saltar de un edificio? Ahora hasta usan el divorcio como amenaza. Tal para cual con Valeria. Aprendiste muy rápido sus mañas. Si no fuera porque tengo que cambiarle la venda a Daniela, iría personalmente a ponerlas en su lugar. Mi hermano ya tiene suficiente presión como psicólogo, y encima Valeria no sabe ser comprensiva, siempre con sus escenitas. Si me preguntas, deberían divorciarse de una vez. Con una cuñada así, hasta me da asco.

La llamada se cortó abruptamente.

Vi que tenía los ojos rojos y el cuerpo le temblaba sin control. Estiré la mano y le acaricié el dorso de la suya.

—No lo escuches más. Descansa… y luego nos divorciamos juntas.

Las lágrimas cayeron una tras otra, llenándole todo el rostro, y yo tampoco pude contener el llanto.

Ese amor que alguna vez creímos perfecto… nos había empujado al abismo. Desde que Daniela intentó suicidarse en casa por su depresión, ellos dos giraban alrededor de ella las veinticuatro horas del día.

Sebastián incluso dejó de atender a otros pacientes, solo trataba a Daniela. Para ayudarla a dormir, la llamaba todas las noches y le leía cuentos antes de acostarse.

Mientras tanto, yo sufría náuseas constantes, insomnio y ansiedad por el embarazo. Él solo decía con impaciencia:

—Todas las demás mujeres pueden soportarlo. ¿Por qué tú tienes que ser tan problemática?

Llevaba a Daniela a parques de diversiones para que se divirtiera. Pero cuando yo le pedía que caminara conmigo, me rechazaba.

—¿No tienes a Elena? Daniela solo nos tiene a mi hermano y a mí.

Durante el embarazo, al ver mi cuerpo deformarse, caí en una profunda ansiedad, hasta que terminé desarrollando depresión. Cuando se lo conté, Sebastián me miró con evidente fastidio, en su voz no había nada de compasión… solo desprecio.

Capítulo 3

—Daniela tiene depresión. ¿Ahora tú también vas a copiarle? Valeria, ¿te parece divertido mentir?

Pero yo realmente había caído en depresión. Hubo un tiempo en que incluso pensé en quitarme la vida. Fue gracias a Elena que poco a poco logré salir adelante. Y mi hijo… era lo único que todavía me ataba a este matrimonio.

Y ahora el bebé ya no estaba, él, como padre, aunque no se preocupara por mí, al menos debería haber llamado para preguntar por su hijo.

Pero lo único que hizo fue culparme.

Quizás, en su corazón, yo ya no era la mujer que caminaría a su lado en el futuro.

Acostada en la cama del hospital, abrí el perfil de Daniela en redes sociales y vi su última publicación, era una foto de ella y Sebastián, mejilla con mejilla y en su dedo había una curita rosada.

La supuesta “herida” por la que dijeron que se había cortado las muñecas era tan leve que ni siquiera necesitaba una venda. Si la foto no tuviera tan buena resolución, ni siquiera se notaría la marca. Al fondo, en la cocina, se veía a Santiago preparando la comida.

El pie de foto decía:

‘Gracias por siempre dejarlo todo para acompañarme en mis momentos más tristes.’

Los comentarios estaban llenos de elogios y envidia.

‘Qué suerte tienes.’

‘Escuché que tiene depresión. ¡Ánimo, preciosa, vas a salir adelante!’

Elena a mi lado, no pudo evitar reír irónicamente con el corazón destrozado.

—Tal para cual, son el uno para el otro. Valeria, deja de ver eso. Ya no tiene nada que ver con nosotras. Acabo de hablar con un abogado para empezar el trámite del divorcio. ¿Quieres hacerlo conmigo?

Aparté la mirada y asentí.

El acuerdo estuvo listo muy rápido. Cuando lo pusieron frente a mí para firmarlo, mi teléfono sonó, Daniela acababa de publicar algo nuevo. Era un plato que había preparado Santiago.

‘El doctor Santiago cocina delicioso. ¡Está riquísimo!’

En la foto se veía una mano sirviéndole comida, una mano que yo conocía demasiado bien. Pero en el dedo anular, donde antes había un anillo, ahora solo quedaba una marca tenue.

Tragué saliva, mis pestañas temblaron y, firmé el acuerdo.

Luego pedí un servicio de mensajería para que llevara los papeles de divorcio al hospital donde trabajaba Sebastián. Quería terminar esto con dignidad.

Cuando vi que el paquete había sido recibido, lo llamé. Pero tardó en contestar, intenté varias veces antes de que atendiera. Pero antes de que pudiera hablar, su voz estalló llena de furia, maldiciéndome.

—Valeria, ¿estás loca? ¿Qué significa que me envíes un acuerdo de divorcio? ¿Te quieres divorciar? ¿Y encima lo mandas a mi oficina? ¿Quieres que todos sepan que eres una celosa irracional que no sabe comportarse?

Los ojos me ardían. Había puesto como remitente la dirección del hospital. Si él hubiera mirado con atención, habría sabido que yo seguía internada. Pero ni siquiera preguntó.

Conteniendo las lágrimas, estaba a punto de hablar cuando en la llamada se escuchó la dulce voz de Daniela:

—Sebastián… me encanta este vestido. No debiste gastar tanto por mí.

No imaginó que Daniela le hablara de pronto. Luego él me respondió con torpeza:

—A Daniela le gustó y se lo compré, nada más. No pienses cosas raras.

Y enseguida añadió, con tono autoritario:

—¿Dónde estás? Ven ahora mismo a pedirle disculpas. Aun estando enferma, ella se preocupa por ti. Es una chica tan buena… no seas así. Aprende a comportarte, madura un poco.

Hablaba con una seguridad arrogante, como si su perdón fuera algo que yo no pudiera perder. Como si, sin él, el mundo se me viniera abajo.

Tras el divorcio, los gemelos se arrepintieron

Capítulo 1
Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo