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SUYA POR ELECCIÓN
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En SUYA POR ELECCIÓN, Max enfrenta el robo de sus cargamentos mientras el nombre de Vasil Krakov resurge en los muelles. Esta novela de romance y mafia llena de acción y misterio es ideal para quienes buscan leer libros online gratis con tramas de traición y poder.

Resumen de SUYA POR ELECCIÓN

En la segunda entrega, la tensión estalla cuando Max descubre que su imperio está bajo ataque. Marco le informa sobre la misteriosa desaparición de tres cargamentos provenientes de Colombia; los contenedores llegan a puerto totalmente vacíos y sin pistas del robo. Mientras se aleja de Leah, la furia consume a Max ante la ineficiencia de sus hombres. El nombre de Vasil Krakov resuena en los muelles, señalando una amenaza que pone en jaque todo su poder.
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Capítulo 1 de SUYA POR ELECCIÓN

Capítulo 1 - Calma rota

Su boca era un infierno dedicado solo a ella.

Leah se aferró a las sábanas , sus nudillos blancos, mientras el mundo se desintegraba en un único punto de placer insoportable. Max estaba arrodillado entre sus piernas, su pelo negro rozándole la parte interior de los muslos, su lengua experta trazando círculos de fuego líquido sobre su piel. No era un beso, era una adoración. Una reclamación brutalmente tierna que la estaba deshaciendo desde dentro.

Él levantó la vista por un instante, sus ojos oscuros brillando en la penumbra con una posesión salvaje.

-Max... por favor... -jadeó, su cuerpo arqueándose, buscando más de esa tortura exquisita.

Él levantó la vista por un instante, sus ojos oscuros brillando en la penumbra con una posesión salvaje.

-¿Por favor, qué, angelito? -su voz, un gruñido bajo que vibraba contra su carne sensible-. Dímelo. Quiero oírte suplicar.

El último vestigio de su antigua vergüenza se hizo cenizas. Lo miró, sus ojos verdes ardiendo con una necesidad que ya no podía ocultar.

-Más de ti -susurró, su voz rota por el deseo-. A ti.

La confesión fue su perdición y la de él. Con un rugido ahogado, volvió a ella, su boca reclamándola con una ferocidad que la hizo gritar su nombre. Se rindió por completo, haciéndose pedazos para él, un universo colapsando en un único y devastador punto de placer.

Cuando la tormenta pasó, él subió lentamente por su cuerpo tembloroso hasta tumbarse a su lado. La atrajo hacia sí, su boca buscando la de ella para robarle un beso profundo que sabía a ella, a su entrega absoluta.

-Eres tan jodidamente dulce -murmuró contra sus labios, su voz ronca de emoción-. Y completamente mía.

 Leah, en lugar de apartarse, lo atrajo con más fuerza. Sus ojos, oscuros por el deseo, lo encontraron en la penumbra. No apartó la mirada. Al contrario, enredó sus piernas en la cintura de él, una invitación silenciosa y absoluta. La antigua Leah habría luchado. La nueva Leah solo se aferraba más fuerte.

Él entendió. Cuando entró en ella, no fue una invasión, sino un regreso a casa. Un encaje perfecto de dos piezas rotas que solo tenían sentido juntas. Se movió con una lentitud deliberada, observando cada reacción en el rostro de ella, cada jadeo, cada temblor. Era un lenguaje que ambos entendían a la perfección. Él marcaba su territorio y ella, por fin, lo dejaba reclamarlo.

---

En el silencio denso y satisfactorio que siguió, con la cabeza de Leah apoyada en el pecho de Max, repasó las últimas dos semanas. Habían pasado un día entero navegando en el yate, solos en la inmensidad del mar turquesa. Él le había enseñado a tomar el timón, sus manos grandes y firmes cubriendo las de ella, su voz un murmullo grave en su oído mientras le explicaba el viento y las corrientes. Por un momento, parecían una pareja normal, guiando un barco bajo el sol. Habían cenado en playas desiertas bajo un manto de estrellas, bebido tequila hasta reír sin motivo y hecho el amor en cada rincón de la lujosa villa. En esos momentos, Leah veía destellos del hombre que se escondía tras la bestia. Y se encontró, para su terror y deleite, cayendo por él.

---

La luz de la mañana se colaba por las cortinas de lino, pintando la piel de Leah de un tono dorado. Max despertó primero. Se quedó inmóvil, observándola dormir. Su rostro, habitualmente una máscara de poder y control, estaba relajado, casi inocente. Sintió una punzada en el pecho, una emoción extraña y posesiva que era más profunda que el simple deseo. Era suya, de una forma que iba más allá de cualquier contrato o juramento.

Cuando los ojos de Leah se abrieron lentamente, lo encontraron mirándola. Él le sonrió, una sonrisa perezosa y genuina.

-Buenos días, angelito.

Una sonrisa nunca vista se extendió por el rostro de Leah. No era tímida ni forzada. Era abierta, llena de una luz que lo desarmó por completo.

-Buenos días, esposo -respondió, su voz suave y cálida-. ¿Has dormido bien?

La respuesta, tan simple y doméstica, lo golpeó con una fuerza inesperada. Se inclinó y la besó, un beso lento, tierno, un contraste absoluto con la ferocidad de la noche anterior. Era una promesa silenciosa en la calma de la mañana.

Más tarde, en la terraza, mientras Leah leía, él se acercó por detrás. 

-Me gusta esta calma -admitió él, abrazándola.

-A mí también -respondió ella.

Él besó la curva de su cuello.

-Pero no te acostumbres. La calma es solo una tregua.

Las palabras fueron proféticas. Justo en ese momento, su teléfono comenzó a sonar. Al ver el nombre de Marco, el hombre se evaporó, dejando solo al capo.

-Dime.

-Jefe, algo va mal en los puertos. La mercancía no llega. Tres cargamentos han desaparecido. Los contenedores llegan vacíos. El nombre de Vasil Krakov empieza a sonar.

-¡Ese hijo de puta ruso! -siseó Max-. ¡Averigua lo que pasa! ¡Ahora!

Colgó con un golpe seco, su rostro era una máscara de furia fría. Se giró hacia Leah.

-Se acabó la luna de miel.

Leah dejó caer el libro, el corazón encogiéndosele. La paz se había evaporado.

-¿Qué ha pasado? -preguntó, su voz era un susurro tenso.

-Krakov -dijo él, la palabra era un veneno en su boca-. Nos está provocando. Hay que volver.

Ella asintió, sin más preguntas. La tregua, en efecto, había terminado.

---

De vuelta en el despacho de la mansión, el ambiente era gélido. Max caminaba de un lado a otro como un lobo enjaulado mientras Marco presentaba la información en la gran pantalla.

-Krakov ha estado moviendo su gente. Ha reforzado su seguridad y ha estado en contacto con varias facciones menores que te guardan rencor -explicó Marco-. Ha desviado nuestros tres últimos cargamentos. Es una provocación directa, jefe. Quiere tu cabeza.

-Eso no pasará -gruñó Max-. Prepara a los hombres. Esta noche le haremos una visita a su almacén principal en el Bronx. Vamos a quemarlo hasta los cimientos.

Leah, que había estado observando en silencio desde un sillón, se puso de pie.

-No.

La palabra, pronunciada con una calma helada, detuvo a Max en seco. Se giró hacia ella, sus ojos oscuros brillando con incredulidad y una advertencia.

-¿Qué has dicho?

-He dicho que no -repitió Leah, acercándose a la mesa y mirando el mapa de los almacenes de Krakov que Marco había proyectado-. Es una trampa.

Max soltó una risa amarga.

-¿Y ahora también eres estratega, esposa?

-Usa la cabeza, Max -replicó ella, su tono era firme, sin miedo-. ¿Por qué robaría tres cargamentos de forma tan obvia? No es por el dinero, es para que tú reacciones. Quiere que vayas a su almacén, donde seguramente te espera con todos sus hombres. Es un suicidio. Te quiere atraer a una trampa.

Marco miró a Max, sorprendido por la lógica aplastante de Leah. Max, sin embargo, estaba demasiado consumido por la rabia para ver con claridad.

-Nadie me provoca y se sale con la suya.

-No se saldrá con la suya si juegas mejor que él -insistió Leah, su mirada fija en la de Max-. La venganza no es un incendio, Max. Es un veneno que se sirve frío. Tú me enseñaste eso.

Señaló el mapa.

-Él te espera en el Bronx. Espera un ataque frontal, un baño de sangre. Pero no le daremos eso. Mientras él y todos sus hombres esperan tu llegada en el almacén A, nosotros golpearemos aquí, aquí y aquí -dijo, señalando tres puntos más pequeños y aparentemente insignificantes en el mapa-. Sus rutas de distribución secundarias. No robaremos la mercancía. La destruiremos. Le cortaremos las venas de su operación sin que se dé cuenta.

Max la miraba, el asombro reemplazando a la furia. Veía en ella no a su esposa, sino a su igual. Una que pensaba como él.

-Cuando se entere de que sus rutas están ardiendo, retirará a sus hombres del almacén principal para salvar lo que pueda. Y quedará expuesto. Dividido. Y es entonces, cuando esté debilitado y confundido, cuando tú le harás tu visita. No como una bestia rabiosa, sino como el rey que recupera su tablero.

El silencio en el despacho fue absoluto. Marco miró a Leah con un respeto que rayaba en la veneración.

Max se acercó a ella lentamente. Le acarició la mejilla, sus ojos oscuros llenos de un orgullo feroz.

-Joder, Leah... -susurró, su voz una mezcla de asombro y deseo-. Tienes razón.

Se giró hacia Marco, su decisión tomada.

-Ya la has oído. Cambia el plan. Haremos lo que ha dicho mi esposa.

Esa noche, mientras Vasil Krakov esperaba en vano la llegada de "La Bestia" a su trampa, tres incendios coordinados y silenciosos paralizaron su red de distribución. El caos se apoderó de sus filas. El veneno había empezado a correr por sus venas.

En el despacho de la mansión Ravello, Max se sirvió dos whiskys. Le tendió uno a Marco.

-Por mi esposa -dijo, chocando su vaso con el de él-. La reina de mi tablero.

Leah sonrió, una sonrisa de poder y complicidad. 

La luna de miel había terminado.

El juego acababa de empezar.

Max apuró el último trago de whisky y se giró hacia Marco, que había observado toda la interacción con un asombro silencioso.

- Ya has oído a mi esposa. Olvida el almacén del Bronx. Quiero a los mejores hombres divididos en tres equipos. Objetivo: las rutas de distribución de Krakov. Movimiento rápido y silencioso. No quiero un enfrentamiento, quiero destrucción. Quemadlo todo. No dejen testigos.

Marco asintió sin dudar, su respeto por Leah ahora grabado en su expresión.

-Entendido, jefe. Me pongo en marcha.

Mientras Marco se disponía a salir, Leah habló.

-Iré con vosotros.

Max, que se estaba dirigiendo hacia la puerta, se detuvo en seco. Se giró lentamente, sus ojos oscuros recorriéndola.

-No.

Leah se levantó del sillón, su nueva confianza ardiendo en sus ojos.

-¿Por qué no? Es mi plan. He visto sangre, he disparado un arma, he hecho un juramento de sangre. ¿Qué te hace pensar que no estoy preparada?

Él se acercó a ella, cada paso lento y deliberado, acortando la distancia hasta que su sombra la cubrió por completo. Le acarició la mejilla, su pulgar rozando su labio inferior. El gesto era posesivo, pero también había un matiz de protección feroz en sus ojos.

-Porque eres demasiado valiosa para mí -dijo, su voz suavizándose apenas, pero sin perder su firmeza-. Tu lugar está aquí, a salvo. Esa es mi orden. Y es definitiva.

Leah se apartó de su caricia, la frustración brillando en sus ojos.

-¿Entonces para qué me has entrenado? ¿Para qué hice todo lo que hice? -rechistó, su voz cargada de una nueva y desafiante amargura-. ¿Por qué me das esperanzas falsas, Max? ¿Por qué dices que soy tu igual si no me tratas como tal?

La expresión de Max se endureció, la breve ventana de vulnerabilidad cerrándose de golpe.

-No vienes y punto -dijo, su tono cortante y final-. Nos vemos después.

Se giró para marcharse, pero la voz de Leah lo detuvo, más suave esta vez, teñida de una preocupación que no pudo ocultar.

-Prométeme que volverás sin ningún rasguño.

Max se detuvo en el umbral, sin volverse. Por un instante, solo hubo silencio. Luego, sin girarse, respondió.

-Siempre, angelito.

Y sin más, salió del despacho, dejándola sola con el eco de su promesa y la frustrante certeza de que, aunque ahora era su estratega, él seguía siendo el único que movía las piezas en el tablero.

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