Capítulo 3

Después de que Alexander se fue con Elena, desapareció por una semana completa.

Durante todo ese tiempo, los rumores en el bajo mundo de Sicilia no paraban. Decían que el Don se había llevado a su amada nueva amante a alta mar para la fiesta anual en yate, y que muy pronto ella sería la nueva Donna.

Mi celular no dejaba de vibrar con fotos privadas que Elena me mandaba.

Elena: “El Don dice que solo el azul del océano combina con mis ojos”.

En la primera foto, ella salía tomando el sol en la cubierta de un yate de lujo, con un bikini que no dejaba nada a la imaginación.

Elena: “Me pegué con algo y el Don insistió en ponerme la medicina él mismo. Está tan preocupado por mí”.

La segunda era una foto de la mano de un hombre aplicando pomada en la parte interna de su muslo. El anillo en el meñique, que simbolizaba el poder del Don, me lastimó la vista.

Miré las fotos y no sentí que se me rompiera el corazón; solo experimenté un vacío.

Ya había terminado de empacar. Solo faltaba entregar los documentos para el traspaso del poder central de la familia y lograr que los firmara. Después de eso, no tendría ningún vínculo con esta gente.

Rastreé el yate hasta su muelle y manejé hacia allá.

Los guardaespaldas en la cubierta me reconocieron y no se atrevieron a detenerme. Con los papeles en la mano, caminé al camarote principal y empujé la puerta que estaba entreabierta.

Adentro, Elena, con ese bikini diminuto, estaba sentada sobre Alexander, con los brazos alrededor de su cuello en una postura muy provocadora.

Al escuchar que se abría la puerta, Elena gritó, se bajó de él muerta de miedo y agarró una camisa para cubrirse. Tenía la cara roja mientras intentaba explicar la situación:

—No... ¡no malentiendas las cosas! El Don está herido. Yo... ¡solo lo estaba ayudando a curarle la herida del pecho!

Alexander arrugó la frente. Ni siquiera se había molestado en quitarse a Elena de encima.

Me miró y sus ojos reflejaban la molestia de haber sido interrumpido.

—¿Qué no estás en medio de tu berrinche por el divorcio?, ¿por qué me perseguiste hasta el barco?

Solté una carcajada amarga y aventé el archivo sobre la mesa.

—¿Cómo? Si no venía, ¿cómo me iba a enterar de que para curar al Don se necesita estar en bikini?

Elena se escondió detrás de Alexander, mordiéndose el labio con fingida tristeza.

—¿Cómo puedes decir eso? Yo solo intentaba ayudar...

A Alexander se le endureció el gesto. Se levantó, protegiendo a Elena tras su espalda, y me interrumpió con impaciencia:

—¡Ya basta, Ivy! ¿Cuánto tiempo vas a seguir con esto?

Encendió un puro. A través del humo, su expresión se veía soberbia.

—Mírate nada más. Estás actuando como loca. En mi posición, ¿qué Don no tiene un par de mujeres por fuera? Es solo físico, ¿por qué te importa tanto?

Se acercó un paso, mirándome con una arrogancia que pretendía ser generosa.

—No importa con quién juegue afuera, tú siempre serás mi única Donna. Esa era la gloria que tanto querías, ¿no? ¿No es suficiente?

Miré al hombre que había amado por años y sentí que era un completo extraño.

—¿Gloria? —repetí en voz baja y luego me rio con burla—. Ya no me interesa esa gloria.

—Aquí está la división de bienes y el traspaso de poder. Fírmalo. En cuanto lo hagas, me largo de aquí y dejaré de molestarlos mientras se curan las heridas.

La mano de Alexander se detuvo con el puro a medio camino y mostró su enojo con un resoplido.

—Está bien. Perfecto. Ya que quieres ponerte difícil, te voy a seguir el juego.

Ni siquiera se fijó en el contenido del documento y firmó.

—Toma tus cosas y lárgate. Pero te apuesto a que no vas a durar ni tres días antes de venir llorando a rogarme que te deje regresar.

Salí de la marina con los documentos recién firmados y regresé a la propiedad para empacar lo último que me faltaba.

Había vivido en esa casa por tres años y, aun así, las cosas que me pertenecían eran lamentablemente pocas.

Solo me llevé algo de ropa vieja y un álbum de fotos. No toqué ni una sola joya.

Cuando cerré la maleta, abrieron la puerta de la recámara de una patada.

Alexander entró enfurecido, con la cara desfigurada por el coraje. Arrugó un papel que traía en la mano y me lo lanzó a la cara.

—¡¿Qué demonios le hiciste a Elena?!

El borde afilado del papel me cortó la mejilla y sentí un ardor punzante.

Miré hacia abajo. Era una carta escrita a mano por Elena:

“Don, me voy. Ivy me advirtió que si no desaparezco, va a matar a mis papás. No quiero ponerte en una situación difícil y no quiero que mis padres mueran... Por favor, cuídate mucho. Te amo, Elena”.

Después de leerla, no pude evitar reírme a carcajadas.

—¿En serio te crees esta mentira tan estúpida?

Alexander me tomó del cuello y me estrelló contra la pared. Tenía los ojos rojos.

—¿Una mentira? Ella estuvo dispuesta a morir por mí, ¿qué razón tendría para mentirme? Pero tú... nunca me di cuenta de lo venenosa que podías ser. Sabes que no tiene a nadie. ¡Sin la protección de la familia, está muerta! ¡La estás obligando a matarse!

No me molesté en dar explicaciones. Apenas pude decir unas palabras con la garganta apretada:

—Si vive o muere me importa un carajo.

—¡Ivy...!

Alexander apretó más el agarre. En ese momento, el celular en su bolsillo empezó a vibrar con fuerza.

Me soltó y contestó la llamada.

Del otro lado se escucharon los gritos desgarradores de Elena y el sonido de disparos.

—¡Ayúdame! Hay muchos sicarios... ¡es gente de Ivy! Dijeron que me van a matar... ¡Ah! ¡Mi pierna!

La llamada se cortó.

Alexander se puso pálido y luego su cara se transformó en un monstruo de ira.

Me clavó la mirada con unas ganas de matarme que me helaron la sangre.

—¿Tú les diste su ubicación? Cruzaste la línea. Si ella muere, te vas a arrepentir de haber nacido.

Dicho esto, salió disparado como un huracán.

Me desplomé en el suelo, tocando las marcas de sus dedos en mi cuello, y me rio hasta que me salieron lágrimas.

“Alexander, eres un imbécil”.

“Si en serio hubiera querido matarla, no habría tenido tiempo ni de sacar el celular”.

“Mi familia nunca deja testigos”.

Capítulo 4

El tiempo pasaba muy lento; cada segundo era un martirio. Alexander no regresó sino hasta esa noche de lluvia.

Traía a Elena en brazos, bañada en sangre. En realidad no estaba tan grave, solo era una herida de cuchillo en la pierna. Se veía escandaloso y aterrador, pero me bastó una mirada para darme cuenta de que no había tocado ninguna arteria importante.

Alexander se veía fuera de sí, irradiaba pura violencia. Después de entregarle a Elena al doctor, se dirigió a mí.

—Llévenla a la cámara de tortura —les ordenó a los guardaespaldas como si nada.

Dos tipos corpulentos me obligaron a ponerme de rodillas sobre el suelo de piedra.

Poco después, Elena salió cojeando, apoyándose con debilidad en el pecho de Alexander y con la herida ya vendada.

—No culpes a Ivy. Tal vez yo la hice enojar sin querer... —Lloraba con una delicadeza fingida, como una flor bañada por la lluvia.

Alexander la miró con angustia y luego giró la mirada hacia mí. Sus ojos solo mostraban un juicio implacable.

—Según la Omertà y las reglas de la familia: quien lastime a un compañero o se alíe con el enemigo, recibirá latigazos.

Tomó de la pared un látigo de cuero empapado en agua con sal y lo arrojó a los pies de Elena.

—Como tú fuiste la que sufrió, tú misma debes cobrarte la ofensa.

Lo miré con asombro.

—En serio vas a dejar que esta mentirosa me dé latigazos?

Esa era una herramienta para castigar a los traidores. Un solo golpe podía abrir la piel y desgarrar la carne.

Alexander evitó mi mirada; su voz sonaba tensa pero cruel.

—Esto es para que aprendas. Te equivocaste y tienes que pagar el precio. Solo aguántate. Deja que se desahogue y así ya dejamos esto atrás.

Elena levantó el látigo con manos temblorosas, mirándome con un miedo fingido.

—Yo... no puedo... Nunca le he pegado a nadie...

Alexander le tomó la mano, dándole ánimos con suavidad.

—No tengas miedo. Aquí estoy yo. Ella te la debe.

Un destello de maldad cruzó los ojos de Elena.

Al segundo siguiente, levantó el látigo y lo descargó contra mi espalda con todas sus fuerzas.

¡Zas!

Un dolor agonizante estalló. Mi ropa se rompió y sentí cómo se me abría la piel. Apreté los dientes y no hice ni un solo ruido.

—Ay, no, se me resbaló la mano... perdón... —Elena se disculpaba de dientes para afuera, pero sus golpes eran cada vez más fuertes.

¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!

Cada latigazo llevaba consigo el placer de la venganza.

Alexander se quedó a un lado, observando mi cara pálida y la sangre que manchaba mi espalda. Tenía los puños apretados junto a los costados.

En su mirada hubo un rastro de duda, como si quisiera detener todo aquello.

Pero al ver la gasa en la pierna de Elena, se obligó a no intervenir.

—Es una lección. No vuelvas a meterte con mi gente —dijo con tono indiferente, como si tratara de convencerse a sí mismo.

El sudor por el dolor me corría por la cara y mi visión empezó a nublarse, pero mantuve la espalda recta y no dejé de mirar fijamente a Alexander.

En ese momento, todo el amor que sentía por ese hombre se hizo pedazos, golpe tras golpe.

Cuando Elena se cansó, se detuvo, jadeando.

Alexander se acercó para sostenerla y le preguntó con dulzura:

—¿Ya te sientes mejor?

Elena asintió con debilidad y escondió la cara en su pecho.

—El Don es tan bueno conmigo.

Tirada en el suelo, viendo sus siluetas abrazadas, de pronto solté una risita amarga.

—Te vas a arrepentir de esto.

Alexander me miró ahí, en medio de un charco de sangre, y un rastro de pena cruzó sus ojos. Luego ordenó que trajeran el botiquín.

Me cargó y me puso con cuidado sobre la cama, intentando aplicarme medicina en las heridas, mientras arrugaba la frente con frustración.

—¿Ya fue suficiente? ¿Ya te diste cuenta de que te equivocaste?

La pura soberbia de su falsa preocupación hizo que se me revolviera el estómago.

—No me toques.

Retiré mi mano y lo miré con los ojos apagados.

Alexander perdió la paciencia y azotó el botiquín sobre la mesa.

—¿Hasta cuándo vas a seguir con tus caprichos? Ya te dije que Elena nunca va a ser una amenaza para tu puesto. ¿Qué más quieres? ¿Tengo que sacarme el corazón para que me creas?

—¿Corazón? —pregunté, como si hubiera escuchado un chiste—. ¿A poco tienes uno?

Entonces, de reojo, vi la Glock 17 que traía metida en la cintura.

En ese instante, el odio que había estado reprimiendo tanto tiempo estalló.

Ya que me llamó malvada, ya que dijo que no podía tolerar a esa mujer, ¡pues iba a hacer que su acusación fuera real!

Me abalancé sin aviso, moviéndome rápido como una pantera, y le arrebaté la pistola de la cintura.

La cara de Alexander cambió.

—¡Suelta el arma!

Lo ignoré. Giré la pistola, agarrándola por el cañón, ¡y estrellé la pesada culata con toda mi furia contra la cabeza de Elena, que seguía fingiendo debilidad junto a él!

—¡Ah!

Elena gritó mientras yo me le iba encima y la tiraba al suelo.

Me senté sobre ella, fuera de mí, y le estrellé la culata de la pistola en la frente y en las mejillas una y otra vez.

—¿No decías que te quería lastimar? Pues como tanto quieres que sea la mala, ¡te voy a dar el gusto!

La sangre me salpicó la cara. Elena ni siquiera tuvo tiempo de pedir ayuda; solo podía sollozar de dolor.

—¡Ya basta! ¡Maldita loca!

Cuando me había desahogado e iba a apuntarle a Elena para disparar, Alexander rugió aterrado. Se lanzó hacia mí y me agarró la muñeca, usando su enorme fuerza para quitarme de encima de Elena.

¡Pum!

Mi espalda chocó con fuerza contra la pared. Sentí como si se me hubieran movido los órganos internos y un sabor metálico me subió por la garganta.

¡Cof!

No pude contenerme y escupí un bocado de sangre viva, manchando de rojo la alfombra blanca.

Pero Alexander ni siquiera me miró.

Recogió del suelo a Elena, que estaba inconsciente y llena de sangre, con una voz temblorosa de pánico.

—¡Despierta! ¡Preparen el auto! ¡Llévenlo al hospital!

Salió corriendo por la puerta con esa mujer en brazos. Al pasar junto a mí, se detuvo un segundo y me lanzó una sentencia que me caló hasta los huesos:

—Si no despierta, te juro que te entierro con ella.

Capítulo 5

Me desplomé en el suelo, me limpié la sangre de la comisura de los labios y me quedé mirando hacia la puerta vacía mientras me reía hasta que las lágrimas me rodaron por la cara.

No importaba. Solo quedaban tres días.

No supe por qué, pero un dolor punzante volvió a aparecer en mi bajo vientre y me desmayé en medio de la confusión.

A las tres de la mañana, la puerta principal de la villa se abrió de nuevo a patadas.

Alexander entró a toda prisa, cargando con él el aire indiferente de la noche y el olor a sangre; detrás venían dos médicos de la familia con batas blancas.

Tenía los ojos rojos, como un animal acorralado. Se acercó a paso firme y me sacó de la cama.

—Ven conmigo.

Me dolía todo el cuerpo y apenas podía entender qué estaba pasando.

—¿A dónde? ¡Suéltame!

—Elena perdió mucha sangre y entró en choque. No hay tipo Rh negativo en el banco de sangre. Tú tienes el mismo tipo. Eres la única que puede salvarla.

Su voz daba la orden como si tuviera todo el derecho del mundo.

Lo miré con incredulidad mientras forcejeaba desesperadamente, clavándole las uñas en el brazo.

—¡No voy a ir! ¿Por qué tendría que salvar a mi enemiga? Alexander, ¿eres un demonio? Aparte no me siento bien... me duele la panza, no puedo donar sangre...

Gritaba y lloraba, intentando despertar el último rastro de su humanidad. El vientre me había estado doliendo por días y mi instinto me decía que estaba mal con mi cuerpo. No podía soportar un daño más.

Alexander hizo oídos sordos a mis súplicas. Me agarró del mentón con fuerza.

—Elena nada más te dio unos golpes en la espalda; ¿cómo te va a doler la panza? Ivy, ¿en serio inventas una excusa así nada más para no salvar una vida?

—¡No te vas a morir porque te saquen un poco de sangre! Elena tiene heridas viejas por salvarme la vida. ¡Si se muere esta noche, la asesina vas a ser tú!

Me inmovilizó por la fuerza en el sillón individual de la recámara y les hizo una señal a los doctores.

—Háganlo. Saquen toda la que necesiten.

—¡No! ¡No lo hagas! Alexander, por favor... te vas a arrepentir de esto...

Grité desesperada al ver que el doctor se acercaba con una aguja gruesa.

Dos guardaespaldas me sujetaron de los hombros para que no pudiera moverme.

La punta helada de la aguja me atravesó la vena.

Alexander se quedó a un lado, prendió un cigarrillo y esperó impaciente mientras la bolsa de sangre se llenaba. Tenía la mirada pegada al monitor de signos vitales en su celular; ni siquiera me volteó a ver.

Me quedé mirando el líquido rojo que se iba por el tubo. El dolor pesado en mi vientre se volvió más intenso, convirtiéndose poco a poco en una agonía desgarradora.

Cuando volví a despertar, estaba acostada en una habitación VIP del hospital.

El olor penetrante a desinfectante me hizo sentir un poco aturdida.

Alexander estaba sentado junto a la cama. Al ver que abría los ojos, una mezcla de emociones cruzó por su cara; quizá era culpa, quizá alivio.

—¿Ya despertaste? La enfermera dijo que solo tienes un poco de anemia. En unos días vas a estar bien.

Estiró la mano para acomodarme la orilla de la sábana con movimientos torpes.

—Lo de anoche... fue una emergencia. No me porté bien. Te debo una. Te lo voy a compensar.

¿Compensarme?

Estaba a punto de burlarme cuando sonó su celular.

Era el tono especial de Elena.

Su expresión cambió. Contestó la llamada con un tono suave, como si fuera otra persona.

—No tengas miedo, estoy aquí al lado... Está bien, voy para allá.

Colgó y ni siquiera me miró; solo soltó un “tengo asuntos urgentes” antes de darse la vuelta para irse.

En cuanto se cerró la puerta, entró el médico que me estaba atendiendo.

Se quitó el cubrebocas y me miró con mucha seriedad.

—Lamento darle esta noticia. Estaba embarazada, de unas cinco semanas. Por la pérdida de sangre excesiva de anoche, sumada a los golpes previos y al fuerte estrés emocional... no pudimos salvar al bebé. Este es el formato de consentimiento para el procedimiento de legrado. Necesitamos la firma de un familiar.

Mi mente se quedó en blanco.

Aunque ya lo presentía, escuchar la noticia definitiva fue como si me hubieran arrancado un pedazo del corazón.

Inconscientemente me toqué el vientre liso.

Una pequeña vida había estado creciendo ahí. Era el hijo de Alexander.

Pero ese hombre lo había matado con sus propias manos.

Las lágrimas rodaron en silencio, pero me carcajeé de forma desesperada; fue un sonido agudo y lleno de dolor.

—Está bien, doctor —tomé el formato y firmé con la mano temblorosa; mi voz sonaba extrañamente tranquila—. No hace falta la firma de ningún familiar. Qué bueno que este niño no nació. No merecía tener un padre como él.

Saqué la tarjeta negra de mi bolso y se la deslicé al doctor.

—Hágame un favor. Mantenga esta información bajo llave. Dígales a todos que me internaron por una hemorragia gástrica debida al estrés. No quiero que nadie sepa que este bebé existió, y mucho menos ese hombre.

***

Estuve en el hospital tres días.

Durante ese tiempo, Alexander no me visitó ni una sola vez. Me enteré de que se la pasó con Elena todo el tiempo.

Se decía que, por esta “herida” y por su “servicio heroico” del pasado, Alexander hasta le prometió acciones del negocio familiar para que se sintiera mejor.

Qué ironía.

Mi celular vibró. Era un mensaje encriptado:

Familia Rainier: “Princesa, ya tengo todo lo que me pidió. La ruta del vuelo privado ya se autorizó. El jet de la familia la espera en la pista”.

Después, me llegó un archivo protegido.

Eran las pruebas irrefutables que encontró la red de inteligencia de la familia Rainier: los detalles de cómo Elena se puso de acuerdo con familias enemigas, además de todas las grabaciones de la planificación y los registros de las transferencias de dinero del tiroteo de hace seis meses que la convirtió en una “salvadora”.

Sin ninguna expresión, reenvié el archivo. El destinatario era la madre de Alexander, la verdadera Donna, que no toleraba ni una sola traición.

Elena quería ser la esposa del Don, ¿no? Pues quería ver si podía sobrevivir a lo que pasaría mañana cuando la enfrentaran con las pruebas de su traición.

Después de hacer todo esto, no dudé en arrancarme la aguja del suero del dorso de la mano. La sangre brotó a chorros, pero no sentí ningún dolor.

Me puse una gabardina negra y regresé por última vez al despacho de ese lugar que alguna vez llamé hogar.

Puse la “Declaración de Secesión de la Familia” ya firmada y los papeles de divorcio en el centro del escritorio de Alexander.

Luego, con las manos temblorosas, saqué de mi bolsillo el comprobante del ultrasonido que estaba todo arrugado.

El doctor me lo había dado antes de la operación; solo mostraba un pequeño punto negro borroso.

Lo rompí a la mitad y puse los pedazos debajo de los papeles de divorcio.

Alexander, se acabó el juego.

Me puse la capucha para tapar mi cara pálida, me di la vuelta y subí al jet privado.

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