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Rompiendo el silencio: dejando a su marido CEO
Rompiendo el silencio: dejando a su marido CEO

Rompiendo el silencio: dejando a su marido CEO

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En Rompiendo el silencio: dejando a su marido CEO, Arabella desafía su rol de esposa sumisa y donante. Este modern novel sigue su escape de Owen, quien exige un hijo para liberarla. Una trama intensa en billionaire romance novels sobre la búsqueda de libertad y dignidad.

Resumen de Rompiendo el silencio: dejando a su marido CEO

Ante la sociedad, Arabella es la secretaria incondicional de Owen y la donante de sangre de su amante en coma. En secreto, soporta un matrimonio humillante bajo la sombra de un marido cruel. Pese a la fama de Owen de rechazar el contacto físico, él la acorrala con una exigencia desesperada: un hijo a cambio de su libertad. Sin embargo, la sumisión de Arabella termina aquí. Con una sonrisa gélida, ella lo rechaza sentenciando que él no es digno.
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Capítulo 1 de Rompiendo el silencio: dejando a su marido CEO

"¡Arabella Butcher!".

La voz que rasgó el silencio estaba cargada de furia y la despertó de su letargo. Al abrir los ojos de golpe, un agarre férreo se ciñó alrededor de su garganta.

"¿Cómo te atreves a aprovecharte de mi estado de embriaguez y colarte en mi cama?".

Sus ojos se abrieron con horror al toparse con la mirada helada y amenazadora de su marido, Owen Murray.

Los recuerdos de la noche anterior invadieron su mente: Owen entró tambaleándose por la puerta, con un fuerte olor a alcohol. Ella intentó ayudarlo a llegar a su habitación, pero, en un instante, él la empujó hacia la cama. Lo que hizo a continuación fue rápido y brusco: un beso abrasador que ella fue incapaz de detener.

Su mudez la había dejado sin voz, incapaz de protestar o explicarse, mientras la presencia dominante de Owen la mantenía inmovilizada.

La noche anterior se había desarrollado en un torbellino de sus deseos descontrolados, y Arabella no recordaba en qué momento se quedó dormida.

De vuelta a la realidad, ella reunió fuerzas para hacer un gesto, ansiosa por explicarse, pero el brusco empujón de Owen la mandó rodando fuera de la cama.

El frío de la mañana envolvió su cuerpo desnudo, lo que la obligó a acurrucarse entre las sábanas, buscando el calor que se desvanecía.

"Hace tres años, tú y tu madre conspiraron para obligarme a casarme contigo, con la esperanza de que perdonara las atrocidades de tu padre. Ahora, aquí estás, intentando tus retorcidos juegos una vez más. ¡Todos los miembros de tu familia son escoria traicionera y retorcida!". La voz de Owen era un silbido bajo y peligroso, que se extendía por la habitación como un susurro siniestro.

La sangre abandonó su rostro, dejándola con el aspecto de una muñeca de porcelana sin vida.

Hace tres años, el único y verdadero amor de Owen, Aria Jenkins, había sido secuestrada sin piedad. Tras su angustiosa huida, un trágico accidente automovilístico la dejó en estado vegetativo, una situación grave vinculada al padre de Arabella, Kristian Butcher.

Kristian había declarado vehementemente su inocencia, negando todas las acusaciones de secuestro o de intentar dañar a Aria. Sin embargo, fue su número el que se rastreó para las demandas de rescate, y estuvo innegablemente presente en el accidente que la afectó. Las pruebas en su contra eran abrumadoras, lo que resultó en una condena de diez años tras las rejas.

Durante esa época tumultuosa, la madre de Arabella, Khloe Butcher, desesperada por salvar a Kristian y estrechar lazos con la influyente familia Murray, había recurrido a drogar a Owen y a Arabella.

Bajo el efecto de los narcóticos, Arabella había sido coaccionada para meterse en la cama de Owen, un acto que selló sus destinos. Pasaron esa noche entrelazados, y al amanecer del día siguiente, bajo la mirada severa de la abuela de Owen, Julissa Murray, el novio reacio fue presionado para casarse con Arabella.

Ella nunca pudo borrar la expresión del rostro de Owen de ese día. Era un rostro marcado por la repulsión, la rabia contenida y un odio arraigado.

Ahora, su rostro reflejaba la misma tormenta de emociones de hace tres años.

En ese entonces, Arabella había sido tan víctima de los planes de Khloe como Owen, pero él había desestimado sus intentos de explicar la verdad.

Lo sucedido la noche anterior solo agravó aún más su ya tensa relación. Owen, convencido de que ella había vuelto a conspirar contra él, descartó sus gestos frenéticos y la súplica en sus ojos como meros actos de engaño.

Al ver las marcas que salpicaban su piel, la mirada de Owen se oscureció aún más y sus labios se curvaron en una mueca de desdén. "Puede que seas muda, pero tus acciones gritan más fuerte que cualquier palabra. ¿Qué pretendes esta vez, Arabella? Después de acostarte conmigo de nuevo, ¿qué es lo que buscas?".

Ella se apretó el pecho, sintiendo un dolor sordo en lo más profundo de su ser. Su mudez no era de nacimiento: su voz le fue arrebatada cruelmente por un trágico accidente hace años. Sin embargo, a los ojos de él no era más que una figura manipuladora. Siendo así, bien podría...

Desesperada, ella se comunicó mediante un lenguaje de señas rápido y enfático, sus manos transmitiendo la urgencia en el aire: su padre estaba gravemente enfermo y ella suplicaba que le concedieran la libertad condicional por motivos médicos. Sus ojos, rebosantes de una súplica de compasión, solo encontraron una frialdad escalofriante a cambio.

El rostro de Owen se oscureció al comprender los gestos de Arabella, y un aura intimidante emanó de él mientras la sujetaba por la barbilla. Sus dedos, largos y generalmente elegantes, ejercían ahora una presión dolorosa, obligándola a enfrentarse a su mirada tormentosa.

"¿Libertad condicional por motivos médicos? ¡Tu padre es el responsable de que Aria esté en coma, atrapada en una noche sin fin! Quiero que sufra en una celda el resto de su miserable vida. ¿Y de verdad crees que una noche contigo me convencería?".

Arabella se estremeció bajo su férreo agarre, y el miedo la recorrió al sentir que su mandíbula amenazaba con romperse bajo su fuerza. Frenéticamente, volvió a hacer señas, sus movimientos agudos por la desesperación: ¡Kristian era inocente!

La mente de Arabella se llenó de recuerdos de Kristian, un faro de honestidad e integridad. Siempre había sido el alma gentil que trabajó sin descanso en múltiples empleos para mantenerlos a flote, sin sucumbir nunca a la fácil escapatoria de la deuda. Secuestro, extorsión... tales crímenes eran incomprensibles, completamente ajenos a su carácter.

Durante años, Arabella investigó sin descanso entre bastidores, persiguiendo cada pista para demostrar la inocencia de Kristian.

Apenas ayer, su visita le mostró cuánto se había marchitado Kristian bajo el despiadado agarre de la prisión: frágil, con los ojos hundidos, plagado de hemorragias nasales implacables y toses violentas que dejaban manchas de sangre en su pañuelo. La visión de su sufrimiento encendió su determinación: no podía, no dejaría que la desesperación ganara. Petrificada, quería desesperadamente conseguir la libertad condicional por motivos médicos para Kristian, pero sin la aprobación de Owen, nadie tenía las agallas para liberarlo.

Su firme creencia en la inocencia de Kristian solo alimentó la furia de Owen.

"¿En serio, Arabella? Incluso con las pruebas delante de tus narices, ¿prefieres ignorarlas?". La voz de Owen estaba cargada de incredulidad.

Arabella intentó explicarse una vez más, moviendo las manos con seriedad, pero Owen, con la paciencia agotada, la apartó bruscamente. "¡Basta de malditos gestos, Arabella! ¡Me están hartando!".

Desestimando sus súplicas, se dio la vuelta para marcharse.

Ella, presa de la urgencia, se agarró a sus pantalones.

Los ojos de Owen brillaron con frialdad al mirar hacia atrás. "¡Suéltame! ¡Ahora!".

Ella hizo gestos desesperados, recordándole que hoy era el día de la transfusión de Aria y que, a cambio de su ayuda, ella ofrecería su propia sangre sin dudarlo.

La salud de Aria era precaria, y dependía de frecuentes transfusiones de sangre.

Por suerte, tanto Arabella como Aria compartían el mismo tipo de sangre raro, lo que convertía a Arabella en una donante invaluable para Aria.

De repente, Owen apretó con fuerza el pelo de Arabella, tirando con fuerza. Su rostro palideció por el intenso dolor, y su expresión reflejó el horror de enfrentarse a un demonio salido de las profundidades del infierno.

"¿Qué insinúas? ¿Que te negarás a donar tu sangre si me niego a concederle a tu padre la libertad condicional por motivos médicos?". La voz de Owen se elevó, una mezcla de ira e incredulidad coloreando su tono mientras Arabella se derrumbaba bajo la agonía.

Se le apretó la garganta, el grito atrapado como un pájaro en una jaula, silencioso y desesperado. Se estremeció, con los ojos muy abiertos, cuando Owen se cernió de repente sobre ella, con el rostro alarmantemente cerca del suyo.

Respiró hondo y el corazón le latió con fuerza contra las costillas.

"Arabella, escúchame". La voz de Owen era baja y amenazadora, cada palabra una gota deliberada de veneno. "Tú y tu padre son los culpables del estado de Aria. Si sufre más, te juro que toda tu familia se arrepentirá. ¡Ahora, lárgate de aquí!".

La cruda intensidad en los ojos de Owen desató una fría ola de terror en Arabella. Sus acusaciones eran como dagas que la atravesaban, dejándola sin aliento y herida.

Un miedo agudo e implacable por la seguridad de Kristian se apoderó de ella, apretando su agarre con cada segundo que pasaba. Con todo el valor que pudo reunir, se envolvió en la sábana más cercana y escapó de la atmósfera opresiva del dormitorio principal, sus pasos resonando mientras descendía al santuario del sótano.

Una vez casados, Owen la desterró al sótano, tratándola como una sombra no deseada. Fue un grave error subir anoche, un accidente cargado de consecuencias imprevistas.

A Arabella no le importaba dónde viviera; mientras fuera la esposa de Owen, mientras pudiera permanecer a su lado, nada más importaba.

Con solo una cama, una mesa y una silla, el sótano parecía más una prisión que un espacio habitable.

La lujosa suite principal de Owen estaba a un mundo de distancia del sombrío y sin vida espacio de Arabella, un lugar en el que había sufrido en silencio durante casi tres años.

El calor opresivo hizo que la piel de Arabella se sintiera húmeda, lo que la impulsó a bajar al baño del primer piso para darse una ducha refrescante. Fue allí, entre el vapor y el sonido del agua corriente, donde sin querer escuchó la conversación en voz baja de las criadas.

"¡Esa muda es una descarada, colándose en la cama del señor Murray cuando estaba borracho!".

"¡Por supuesto! Todo el mundo sabe que el corazón del señor Murray pertenece a la señorita Jenkins. Esa muda no tiene cabida aquí, y está destinada a un destino sombrío".

"El día que la señorita Jenkins recupere el conocimiento será el día en que esa muda sea expulsada de la casa de los Murray".

Arabella bajó la vista al suelo, con el corazón hundido por el peso de sus palabras. Sabía muy bien que su tiempo con Owen no era realmente suyo, sino prestado, y se le escapaba de los dedos como arena. La idea de que Aria despertara era un espectro que se cernía sobre su frágil matrimonio, señalando el inevitable divorcio.

Aunque el futuro era un borrón de incertidumbre, Arabella seguía aferrándose a cada segundo con Owen, atesorando el tiempo robado como si fuera el último.

Cuando Arabella salió del baño, Owen ya se había vestido. Ataviado con un traje negro a medida que complementaba su complexión alta y esbelta, desprendía un aire de tranquila autoridad. El traje se acentuaba con una camisa blanca y una corbata negra, que se sujetaba con elegancia al cuello con un alfiler de plata que brillaba bajo la suave iluminación, añadiendo un toque de lujo discreto.

Su sola presencia era un espectáculo, con cada línea y ángulo de sus rasgos cincelados componiendo una figura llamativa que captó la atención de la habitación.

Arabella se sintió inexplicablemente atraída por Owen, y su mirada se detuvo un momento demasiado largo, tal vez encantada o simplemente atrapada en la gravedad de su aura.

Un delicado rubor tiñó sus mejillas, una mezcla del calor persistente de su reciente ducha y la electrizante cercanía de Owen.

Vestido con guantes de cuero negro, Owen le ofreció a Arabella un celular blanco sin decir palabra, con una expresión indescifrable. Con mirada impasible, comentó: "Saliste tan rápido que te dejaste el celular".

Ella, aún conmocionada por la intensidad de su encuentro anterior, dudó antes de aceptar el celular. Su furia anterior contrastaba con este gesto considerado, dejándola perpleja y cautelosa.

Cuando sus dedos se envolvieron alrededor del dispositivo, miró la pantalla. El mensaje que se mostraba la conmocionó, dejándola tan pálida como si acabara de ver un fantasma.

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