Capítulo 1
Diego, heredero Zambrano y mi prometido de conveniencia —eso que llamaban el Príncipe—, mantenía una amante. La consentía tanto que la volvió caprichosa e insufrible.
Justo cuando yo comenzaba los trámites para anular el compromiso, de repente vi un torrente de comentarios flotando ante mis ojos:
“¿Qué culpa tiene el Príncipe? Solo quiere que le prestes atención.”
“¡Nenita, no canceles la boda! Con solo unas lágrimas, él te entregaría hasta la luna.”
Giré la cabeza. Afuera, por la ventana, aquella amante, cubierta de joyas de lujo, sonreía radiante mientras se colgaba del brazo de Diego.
Él, por su parte, bajó la mirada con indolencia, con una suerte de condescendencia distraída.
Sonreí y respondí al mensaje de mi abogado: “Continúe redactando el acuerdo de ruptura del compromiso.”
Al terminar mis palabras, los comentarios se desataron:
“¿Cómo puede ser tan dura nuestra nenita? El pobre Príncipe se irá a ahogar las penas al bar…”
“Ay, con el Príncipe lo único que pasa es que es muy orgulloso y le cuesta hablar con el corazón. Y por eso la perdió.”
“No pasa nada. El Príncipe puede directamente arruinar a su familia, así nuestra nenita tendrá que ir a suplicarle.”
“¡Para entonces, nuestra nenita peleará y tendrá celos de otras mujeres todos los días, y el Príncipe estará en su salsa!”
Miré fijamente los comentarios, soltando risas frías una tras otra.
Al volver a mirar de reojo, me encontré justo con la mirada de Diego.
Él alzó ligeramente una ceja, permitiendo que la chica siguiera colgada de su brazo, sin el más mínimo asomo de culpabilidad por haber sido descubierto.
Al parecer, al notar mi expresión sombría, la comisura de sus labios se elevó.
La amante de Diego era una influencer. Juntos, paseando del brazo, hacían una de esas parejas que parecen sacadas de un anuncio.
Atraían las miradas y las fotos de muchos transeúntes.
Los vidrios de la cafetería donde estaba eran transparentes, y no sabía si me habrían captado en alguna toma.
Maldije en silencio por dentro.
Tomé mi bolso y llamé a mi conductor.
Necesitaba cambiar de lugar y esperar a que me recogieran.
Pero no iba a pensar que, al salir por la puerta, me toparía cara a cara con Diego y me quedaría helada en el acto.
—¿Acabas de ir en esta dirección? —pregunté.
—¿Tan pendiente estás de mí? —sonrió Diego con suficiencia.
La chica a su lado me miraba con recelo, pero, debido a su posición, no abrió la boca.
Al recordar los comentarios de hace un momento, un sentimiento de fastidio me invadió el pecho.
Intenté esquivarlos, pero una mano me agarró de la muñeca.
Me di la vuelta. Diego bajó la voz:
—¿No estás contenta?
Lo miré de arriba abajo a él y a esa chica.
—Para nada. Ojalá sean muy felices juntos.
Dichas mis palabras, él aún no soltaba mi muñeca.
La chica puso los ojos en blanco.
—¿Y tú de dónde sales? ¿No ves que interrumpes a una pareja que está de compras?
Agitó la costosa pulsera en su mano y luego miró a Diego con un tono coqueto.
—¿O será que te da envidia que a ti nadie te compre cosas?
Dije con calma:
—¿Sabes que tiene una prometida?
Ella hizo una pausa breve y luego soltó una risita desdeñosa.
—¿Matrimonio arreglado? ¡Eso no tiene nada de sentimiento! Si de verdad le gustara, ¿crees que estaría a mi lado?
Diego soltó una risa burlona.
A pesar de tener los párpados caídos, sus ojos negros se clavaron en los míos con una fijeza absoluta.
Mi expresión no cambió. Asentí.
Inmediatamente después, dirigí una mirada a esa mano de nudillos marcados que aún reposaba en mi muñeca:
—Suéltame.
Diego no se movió, mirándome fijamente:
—Para la fiesta del día después de mañana, búscate otro acompañante.
Al oír esto, la chica pareció atónita por un segundo. Luego me escudriñó y, tras un momento, dijo con una risita:
—Ah, tú eres la prometida. ¿Y qué? El día después de mañana, Diego va a acompañarme a mí.
Calculé mentalmente. Mañana el acuerdo de ruptura debería llegar a la familia Zambrano.
—Está bien —dije—. ¿Ya puedes soltarme?
Diego se quedó inmóvil, su rostro se ensombreció.
—¿A quién vas a buscar?
Por mi mente desfilaron varios hombres jóvenes, de buena familia, apuestos y con buen físico. Respondí con sinceridad:
—Todavía no lo tengo claro, pero si vuelvo a casa y echo un vistazo, seguro que encuentro a alguien.
Un silencio opresivo se instaló entre nosotros.
Lo único que se percibía del exterior era el peso de las miradas ajenas desde la calle comercial.
Capítulo 2
Los comentarios volvieron a aparecer:
“¡OMG! El Príncipe va a explotar de la ira.”
“Príncipe: ‘¿No podrías, aunque sea con los ojos enrojecidos, ser un poco más sumisa? ¿Tienes que enojarme a propósito?’”
“¡Nenita, sé coqueta, llora! No desperdicies tu belleza ni el amor que el Príncipe siente por ti.”
“En serio, nenita, no seas tan testaruda. Cuando el Príncipe se enloquece, nadie sabe lo que hará… Arruinará a tu familia y luego te tendrá encerrada hasta que cedas”
—Clara, bien hecho —dijo Diego entre dientes, con la voz gélida.
Soltó mi muñeca.
Di un paso al frente, miré el collar en el cuello de la chica y luego clavé una mirada profunda en Diego:
—Tú dijiste antes que me regalarías este collar.
Dicho esto, me di la vuelta para irme.
Diego me siguió, con un tono impredecible:
—¿Lo recuerdas?
—Pero ahora ya no lo necesito.
—Ella es tan mimosa y dependiente... me rodea todo el día… y hasta me llama ‘amor’ —su voz era grave y baja.
¿Así que por eso le regaló a ella el collar que me había prometido a mí?
Sentí un asco que me revolvía el estómago y me cerraba la garganta.
Los comentarios estallaron con sus palabras:
“¡Te está tirando indirectas!”
“Por fin el Príncipe no aguanta más, jeje. Nenita, si lo llamas ‘amor’ una vez, él te daría hasta su vida.”
“El Príncipe hasta sueña con que nuestra nenita lo llama ‘amor’, y cuando despierta tiene que cambiar las sábanas, jsjs.”
Detuve mis pasos, encontrándome frente a frente con Diego, y pronuncié palabra por palabra:
—Exacto. En el futuro, yo seré mimosa con otro hombre, y le llamaré ‘amor’. Entonces, él también cumplirá todos mis deseos.
—Repítelo —la voz de Diego tenía una frialdad nunca antes escuchada.
Su mano grande se cerró sobre mi hombro, con una fuerza que parecía querer triturarme.
En ese momento, la chica, que nos había seguido, habló con timidez:
—Diego, ¿qué te pasa?
Diego no la miró, sus ojos permanecieron fijos en mí.
Ella hizo un mohín, lanzándome una mirada furiosa:
—¿Tú hiciste enojar a Diego? Cuando Diego está conmigo, nunca se pone de mal humor.
La sensación de náusea en mi interior se intensificó.
Giré la cabeza, sin deseos de decir una palabra más.
Tras un largo momento, la mano de Diego cayó a su lado. Cerró los ojos con fastidio, una nube sombría rodeándolo por completo.
—Ella sí sabe no enojarme, Clara —dejó caer esta frase fríamente y se marchó.
La chica lo siguió de inmediato, consolándolo con voz dulce.
Sus espaldas, alejándose, parecían las de una pareja perfecta, hecha el uno para el otro.
Los comentarios se amontonaron:
“Nuestra nenita se niega a ceder y aleja con sus propias manos a quien la ama.”
“¿No podrías hablarle bonito al Príncipe? ¡Así nomás le abres la puerta a esa hipócrita!”
“Ya basta, ¡miren las tendencias! Un transeúnte subió a internet las fotos y videos que tomó.”
Una vez en el auto de mi conductor, abrí mi teléfono.
Varios amigos ya me habían enviado mensajes:
“Dios, ¿cómo saliste en tendencias? ¿Sabías que esa mujer con tu prometido es una influencer?”
“¿Estás bien, cariño? Me acaban de mandar las fotos. ¿Con qué derecho Diego pasea a su amante frente a ti? ¡Qué basura de hombre!”
“Esa influencer que está con tu prometido siempre dice en vivo que tiene un hombre que la ama mucho y le compra de todo… Resulta que es Diego.”
“¡No me digas! Antes Diego era más serio que un santo, ni se le acercaba una mujer. ¿Y ahora de repente anda manteniendo a una influencer?”
Respondí cuidadosamente uno por uno, y entonces abrí la aplicación para ver las tendencias.
Las fotos y videos, nítidos, registraban cada tirón y empujón entre Diego y yo.
Y debajo, en un coro unánime, los comentarios salían en defensa de la influencer.
Capítulo 3
“¿Esta tipa no soporta ver lo bien que le va a María? ¡Y por eso hasta se intenta ligar a su novio!”
“¿No ven lo hostil que es el novio de María con ella? Un asco. En cambio, con María siempre ha sido un amor.”
“Encima la tipa esta se queda ahí pegada. Hasta los miraba irse con cara de pena, ¿qué show de la sufrida?”
“¡Me tiene harta! ¡Aaaah! Que esa trepadora se largue y deje de andar robando novios.”
Así que mi prometido ya era el novio de otra.
Me encogí en el asiento trasero, la mirada perdida, vacía.
Que este tema en tendencias siguiera ahí, incluso creciendo, definitivamente tenía la autorización de Diego.
¿Realmente le gusto tanto, como dicen esos comentarios?
¿Su forma de quererme es permitir que gente en internet distorsione la verdad y me insulte sin fin?
Cerré los ojos con dolor.
Después de un largo rato, marqué un número, con la voz ronca:
—Que retiren el tema de tendencias. Ahora.
Los comentarios se activaron de nuevo:
“Ay, el corazón me parte por nuestra nenita. Ya no aguanto. Con que fuera un poquito más débil y se dejara querer, nada de esto pasaría.”
“Puro fanático ciego, siguiéndose como borregos. ¡LA OTRA ES MARÍA! ¡Me hierve la sangre!”
“El Príncipe se pasó de la raya, eso sí. Pero es que nuestra nenita es una mujer muy independiente. Él lo que quiere es sentirla necesaria, que no pueda vivir sin él.”
“Va a ser difícil bajar este trending. Ya le están haciendo doxxing a nuestra nenita. Si esto llega a oídos de los accionistas, las acciones de su grupo se van a desplomar.”
Mi vista se detuvo en el último comentario.
Como era de esperar, pronto sonó el teléfono. Del otro lado, una voz resignada:
—Alguien está comprando constantemente la posición en tendencias. Nosotros la retiramos, pero el efecto es mínimo.
No dije nada. Al otro lado, un suspiro:
—¿Te metiste con alguien importante? El tema sigue subiendo, no baja. Esto es a lo grande. ¿Y tu prometido no hace nada? ¿Solo se queda mirando?
Porque quien está comprando la tendencia es mi prometido.
Aunque… pronto no lo será.
La llamada de mi padre llegó inmediatamente después, su voz llena de furia:
—¡Clara! ¿Qué está pasando? ¡Si no fuera porque alguien me preguntó, yo ni me enteraba!
Guardé silencio un momento.
—¿Que Diego me sea infiel también es mi culpa?
—¡Los hombres son infieles, es común! ¡Pero tú cómo permites que esto se haga público! ¿Y que esa mujer se pasee frente a ti tan campante, alardeando?! —la voz de mi padre subió de repente.
Intenté explicar con paciencia:
—El tema en tendencias lo compró Diego. La amante también la mantiene él. Papá, esto no tiene que ver conmigo. Ya estoy haciendo que lo retiren.
Mi padre soltó una risa fría:
—No poder controlar el corazón de un hombre es tu error.
Dicho esto, colgó.
El auto se detuvo justo en ese momento. El conductor se volteó:
—Señorita Ríos, ya llegamos a la villa.
Como un alma en pena, abrí la puerta y caminé paso a paso hacia la villa oscura.
Qué palabras tan cínicas las de mi padre.
Cuando él fue infiel, mantuvo a un montón de personas afuera, y al final culpó a mi madre por ser mayor y haber perdido su encanto.
Pero olvidó quién usó todo su propio ahorro para apoyarlo cuando emprendió, quién siempre estuvo ahí, apoyándolo.
Por la noche, llamé a Diego. Contestó casi al instante.
—¿Qué pasa? —su tono era indolente.
—Deja de comprar la tendencia —dije en voz baja.
Hubo una pausa en su línea. Su tono subió ligeramente:
—¿Por qué suenas tan desanimada? ¿Estás muy triste?
—¿Qué es lo que quieres, en realidad? —no pude contenerme, mi voz mostró un quiebre.
Él guardó silencio.
Hablé con voz ronca:
—¿Te hace feliz verme expuesta, que me insulten como si fuera la otra, que las acciones del Grupo Ríos caigan? ¿Estás satisfecho?