Capítulo 1

Mi hermana y yo teníamos una fertilidad excepcional, un don especial que nos permitía concebir con facilidad.

Ella se casó con un campesino pobre de la aldea y dio a luz cinco hijos varones. La familia prosperó y salió de la miseria.

Yo me casé con el hijo del jefe de la aldea, Diego Suárez, pero solo tuve hijas. Atrapado en las ideas feudales que valoran más a los hijos varones, mi esposo me consideró una vergüenza y me mató a golpes junto a mis niñas.

Al abrir los ojos de nuevo, había renacido en el día en que la casamentera vino a proponer los matrimonios.

Al ver que Diego, contra todo pronóstico, eligió a mi hermana Lucía García, quien tenía una discapacidad en la pierna, entendí: él también había renacido.

Creía que al casarse con ella tendría hijos varones, sin saber que él padecía un trastorno genético que le impedía engendrarlos.

Señalé al joven estudiante pobre, delgado y silencioso en el rincón, y declaré sin rodeos: —¡Yo me casaré con él!

La voz estridente de la casamentera atravesó nuestra casa humilde.

—Señor Suárez, ¡la pierna de Lucía está inválida! No podrá hacer trabajo pesado. Sofía no solo es bonita, sino que también estudió hasta la secundaria. Ella sí le conviene.

Diego me lanzó una mirada fría y espetó con desdén: —¿De qué sirve que una mujer estudie? Para esposa, necesito una mujer como Lucía, que pueda parir muchos varones y sostener el honor de la familia.

Yo, de pie junto a la cama, observaba con frialdad. Apretaba los puños hasta temblar, con ganas de golpearlo allí mismo.

Sabía que él también había regresado.

En mi vida anterior, Diego se casó conmigo, la más bonita. Lucía se casó con el labrador más pobre de la aldea.

Al principio, la familia Suárez me mimó un tiempo, encantada con una nuera hermosa y con educación.

Pero luego Lucía dio a luz cinco hijos varones seguidos. Su esposo tuvo la mayor descendencia masculina del pueblo. Todos sus hijos fueron brillantes estudiantes. Su esposo se hizo un gran empresario y salió de la pobreza, alabando a Lucía por traer buena fortuna a la familia.

Yo, en cambio, tuve tres hijas. La familia Suárez decayó en la aldea, y todos comenzaron a maldecirme como una portadora de mala suerte.

Diego me obligó a probar la fecundación in vitro para tener un varón.

Pero el médico dijo que el problema era del hombre: Diego tenía una anomalía cromosómica y no podía engendrar hijos varones.

La familia Suárez no quiso escuchar ni entender. Me forzaron con todo tipo de remedios absurdos para tener un hijo. Me desgastaron al borde del colapso, pero al final nació otra niña.

Diego me odió por hacerlo el hazmerreír del pueblo. Una vez borracho, en un arranque de ira, me golpeó hasta la muerte. Mis hijas también fueron ahogadas por su familia para ahorrar comida.

***

Lucía lloraba de emoción. Con sus condiciones, jamás hubiera podido casarse en una buena familia. ¿Quién iba a imaginar que un hombre excelente como Diego la elegiría?

Mis padres estaban nerviosos. Diego era el hijo del jefe de la aldea, con parientes poderosos en la ciudad. ¿Cómo podía fijarse en Lucía?

Pero una oportunidad así era rara. Mi padre accedió al instante: —Bueno, que Lucía se case con usted. Y en cuanto a la dote, ponga lo que considere justo, nosotros no somos de poner pegas.

Diego, sin embargo, sacó directamente cincuenta dólares. ¡Todos los presentes se quedaron boquiabiertos de envidia! En aquella época, esa suma era una fortuna.

—Lucía sí que tiene suerte.

Al ver que incluso Lucía conseguía un matrimonio tan ventajoso, mis padres de inmediato pensaron en mí.

—Diego, busque también un buen partido para Sofía. Ella en todo sentido es mejor que Lucía.

Diego soltó una carcajada. —¿Ella? ¡Que no vaya a arruinar a otro! En este pueblo, quien se atreva a casarse con ella, tendrá que vérselas conmigo.

Mis padres se alarmaron, sin entender en qué lo había ofendido.

La familia Suárez tenía mucho poder en la aldea; nadie se atrevía a oponérsele abiertamente. Con esa declaración, realmente nadie se atrevería a casarse conmigo.

Yo sonreí y señalé al joven estudiante forastero, Vicente Díaz, que pasaba desapercibido en las afueras del grupo.

—¡Entonces me casaré con él!

Mi padre se opuso de inmediato. —¡Disparate! Es forastero, nadie conoce sus antecedentes. Si te casas con él, no tendrás qué comer y pasarás miserias toda la vida.

Pero a Diego le encantó la idea.

—¡Bien! Vicente no sirve para el trabajo, siempre anda con libros inútiles. Le va perfecto.

Mi padre, temeroso de Diego, al verlo decidido, no se atrevió a decir más. Solo le preguntó a Vicente si aceptaba.

Vicente, con la cara enrojecida, se acercó y asintió.

—Yo... acepto. Pero de momento no puedo dar una dote a su familia...

Sacudí la cabeza sonriendo. Él mismo era la mayor fortuna.

¡Esta vez no solo tendría la última risa, sino que haría pagar a quienes me hicieron daño!

Capítulo 2

En mi vida anterior, cuando fuimos a la ciudad a comprar medicina, Diego tomó el dinero para divertirse y me abandonó al borde del camino. Fue Vicente quien, pasando en un vehículo militar, me reconoció.

Así supe que este hombre siempre discreto... ¡era el hijo de un general!

Su padre había sido injustamente acusado, pero luego se reivindicó y recuperó su cargo. Al regresar a la ciudad, Vicente entró a la universidad y se convirtió en profesor.

Vicente me dijo que, cuando estaba perdido en el campo, yo le había dado de comer, y desde entonces se había enamorado de mí. Lamentablemente, en ese entonces no se sentía digno. Nunca imaginó que mi matrimonio sería tan infeliz.

Movió influencias y prometió ayudarme a divorciarme.

Pero no llegué a recibir noticias de Vicente. Esa misma noche, Diego, borracho, me golpeó hasta la muerte.

Ahora, en la aldea, todos lamentaban que yo, destacada en todo, no hubiera encontrado un buen esposo.

En ese entonces aún no se valoraba la educación. Vicente no servía para el campo, y su familia ya estaba en la ruina. Ni la mujer más desfavorecida del pueblo hubiera pensado en casarse con él.

Mis padres usaron la dote de Diego para darle a Lucía un ajuar digno. Vicente no tenía nada, así que yo, naturalmente, no recibí nada.

Lucía, sentada en la cama, tarareaba feliz mientras jugueteaba con su ropa nueva.

—Ese Diego no es buena persona. —le advertí.

Al oírlo, su rostro se oscureció. —Sofía, ¿acaso no soportas verme mejor que tú? Antes en todo te superaba, nuestros padres te preferían. Pero ahora es diferente. Me caso con un hombre mejor que el tuyo. ¡Me da que tienes envidia!

No pude convencerla, y además mis padres me regañaron.

—Cada quien tiene su destino. No arruines la suerte de Lucía. Inútil, si sigues hablando, será como si no fuéramos tus padres.

El día de la boda, Diego llegó con un reloj caro en la muñeca, montando una bicicleta, lleno de brío a buscar a Lucía. Se decía que en su casa había televisor y nevera, artículos exclusivos de ricos en esa época. Todas las jóvenes de la aldea miraban a Lucía con envidia. Casi todo el pueblo fue a la familia Suárez a celebrar.

Yo, en cambio, caminé directamente a la casa de Vicente.

La aldea le había asignado un establo, con condiciones difíciles. Al abrir la puerta, encontré que Vicente lo había adornado con flores silvestres.

—Sofía, lo siento. Mis antecedentes familiares no son buenos, te hago sufrir. Sé que ese día me elegiste por despecho. Si no quieres, voy a explicarles. ¡El registro de matrimonio no cuenta!

Simplemente me acerqué y abracé su cintura delgada pero fuerte.

—Tonto, si me caso contigo, no me arrepentiré.

Vicente, que ya estaba enamorado de mí en secreto, casi no podía respirar ante este primer contacto tan íntimo.

—Sofía, ¡soy el más afortunado! Te prometo que haré todo lo posible para darte una buena vida.

Tomé su mano y susurré: —Seguro que pronto reinstaurarán los exámenes universitarios. Tú tienes conocimiento, seguro que ingresarás.

Vicente me miró, sorprendido. Aunque mis palabras no tenían base, confió en mí y comenzó a estudiar mientras trabajaba.

Tres meses después de casarnos, tanto Lucía como yo fuimos diagnosticadas embarazadas por el médico de la aldea.

Diego, muy feliz, organizó un banquete por adelantado para Lucía, convirtiéndola en la mujer envidiada por todas las esposas del pueblo.

—¡En la barriga de Lucía seguro hay un varón!

Al verme, Lucía pasó la mano por su vientre con arrogancia.

—Sofía, ¿cómo es que tu esposo no te hace una fiesta? Siempre fuiste la inteligente, pero en el matrimonio te equivocaste. Diego dice que cuando dé a luz un varón, me llevará a vivir a la ciudad. No nos quedaremos en este pueblo pobre. Tú quédate en tu establo, viviendo tu vida.

Soltó una risa fría, pero no me enredé en discusiones con ella.

Pronto llegó el día del parto para ambas. Por coincidencia, estábamos en casa de nuestros padres cuando comenzaron las contracciones.

Mi madre llamó a la partera de la aldea, Estrella, le dio algo de dinero y le pidió que atendiera a las dos.

Diego y Vicente esperaban afuera de la habitación.

Diego voceaba: —¡Cuando Lucía dé a luz un varón, les daré dinero a todos para celebrar!

Mi padre asentía a su lado, mientras mis hermanos menores le servían té con adulación.

Vicente parecía un extraño, sin siquiera un lugar para sentarse.

Debido a nuestra fertilidad excepcional, el parto no fue difícil. Los bebés llegaron pronto.

Estrella salió cargando a un recién nacido y anunció: —Ya nació. Es una niña.

Diego soltó una risa burlona, mirando a Vicente desde arriba.

—Nerdo, veo que estás destinado a no tener hijos varones. ¿Y bien? Ve a cargar con tu maldita hija. Su sola presencia aquí me da mala suerte.

Vicente tomó a la bebé, con alegría en el rostro. —Una hija está bien. ¿Quién dice que las mujeres son menos que los hombres?

Diego se rio con desdén al oírlo.

De repente, Estrella exclamó: —¡Ay, me equivoqué! Esta no es su hija. ¡Es la niña de Lucía!

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Renacimiento: Elegir a un Esposo Universitario

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