Capítulo 1

Después de la muerte de su amada, Leandro Fuentes me odió durante diez años.

Intenté acercarme a él de todas las formas posibles, pero él solo me lanzaba una sonrisa helada.

—Si de verdad quieres agradarme... mejor muérete.

Aquella frase me atravesó el pecho como una daga. Pero el día que un camión se lanzó contra mí, fue él quien dio su vida para salvarme, muriendo en un charco de sangre.

Antes de cerrar los ojos para siempre, me miró profundamente y dijo, con voz entrecortada:

—Si tan solo... nunca te hubiera conocido.

En el funeral, la madre de Leandro, doña Eugenia, se aferraba a su retrato mientras las lágrimas le nublaban la vista.

—¡Yo debí dejarlo estar con Clarisa! ¡Nunca debí forzarlo a casarse contigo!

Su padre, don Ernesto, me fulminó con la mirada, y, con la voz cargada de rabia, añadió:

—¡Leandro te salvó tres veces! ¡Era un hombre excepcional! ¡¿Por qué no moriste tú en su lugar?!

Todos, absolutamente todos, lamentaban que él se hubiera casado conmigo. Incluso yo.

Me echaron del funeral como si fuera una ladrona de paz. Sin rumbo, como un alma errante, caminé sin saber a dónde ir.

Tres años después, un avance científico rompió las barreras del tiempo: se creó una máquina capaz de llevarnos al pasado.

Y yo... yo volví.

Esta vez, decidida a no volver a cruzarme con Leandro, a dejar que él y Clarisa estén juntos.

Esta vez, haré feliz a todos... aunque eso signifique desaparecer de sus vidas.

La máquina del tiempo estalló en una luz blanca, ardiente. Cerré los ojos con fuerza, pero, entre ese resplandor, se coló una voz amarga y cargada de desprecio:

—Mis padres amenazaron con quitarse la vida, si no me casaba contigo... Vanesa Suárez, qué bien juegas tus cartas. Pero, aunque nos casemos, ¿qué crees que vas a ganar? ¿De verdad crees que esto va a funcionar?

Abrí los ojos de golpe. Y ahí estaba él, Leandro Fuentes, de pie frente a mí. Vivo.

Con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de vestir, me miraba con esa mueca burlona que le conocía tan bien. No era el Leandro maduro, sobrio y contenido que había muerto por mí. Este era el de hace diez años: joven, arrogante, con ese aire desganado que tanto me enamoró cuando todo comenzó.

Sentí un nudo en la garganta.

La máquina del tiempo había funcionado, pero hubo un error. No volví al inicio, al momento en que lo conocí... sino al día en que íbamos a casarnos.

Por suerte, aún no era tarde; aún podía corregir el destino.

Contuve las ganas de llorar y me quedé mirándolo como una tonta, como si intentara retener cada detalle de su rostro.

—Leandro... No quieres casarte conmigo porque la mujer que de verdad amas es Clarisa Guzmán, ¿cierto?

Algo en él se tensó, solo por un segundo, pero lo noté.

—¿Y si fuera cierto? Ya estamos frente al registro civil. ¿Crees que ahora puedo cambiar de idea?

—Sí —respondí sin dudar.

Él se echó a reír, esa risa cínica que siempre usaba cuando no sabía cómo defenderse.

—No tengo tiempo para tus jueguitos. Firma de una vez y salgamos con esos papeles. Te espero afuera.

Dicho esto, se dio media vuelta y se fue sin mirarme.

Me quedé ahí, clavada al suelo, sintiendo cómo una espina invisible se me enterraba en el pecho.

Había amado a Leandro Fuentes por dos vidas.

En la anterior, me salvó dos veces, y yo, tonta, creí que era porque sentía algo por mí.

Incluso sus padres me lo dijeron con total seguridad:

—Leandro es duro de palabras, pero blando de corazón. Si no te amara, ¿por qué habría arriesgado su vida dos veces por ti?

Y yo... les creí. Me lancé al matrimonio como si fuera un sueño cumplido.

Hasta que Clarisa murió y entonces lo entendí todo. Ese «ojalá nunca te hubiera conocido» fue el golpe final. Una verdad imposible de ignorar.

Mi amor de diez años... fue su tormento durante el mismo tiempo.

Antes de activar la máquina del tiempo, un chamán me lo advirtió: solo cortaría el vínculo kármico si cumplía con los tres grandes arrepentimientos de Leandro.

Solo así él no moriría a los treinta por mi culpa. Solo así ambos podríamos rehacer nuestras vidas sin cargar con esta maldición.

Tomé el formulario de matrimonio. Y, decidida, escribí el nombre de Clarisa Guzmán.

Lo recuerdo con claridad. En su diario, Leandro había escrito:

«Me arrepiento de haberme casado con Vanesa Suárez. Me arrepiento de no haber desobedecido a mis padres. Me arrepiento de no haber salvado a Clarisa Guzmán.»

Hoy, el primer arrepentimiento ya acababa de ser saldado.

Pensando en esto, salí con los dos certificados de matrimonio en la mano.

Leandro me esperaba en la entrada del edificio.

Al verme, tomó uno de los documentos sin pensarlo. Pero, cuando iba a abrirlo, curioso, le sujeté la mano, deteniéndolo.

Capítulo 2

—Leandro... mañana lo entenderás —le dije, sonriéndole con dulzura—. Tengo una sorpresa para ti.

—Hoy estás rara... ¿Qué pasa? —preguntó, mirándome de reojo con el ceño fruncido—, ¿Tan emocionada estás por casarte conmigo que perdiste la cabeza?

«Y sí... sí que estoy feliz», pensé. «Porque por fin te volví a ver... vivo.»

Le sonreí con ternura.

—Yo creo que eres la mejor persona del mundo. La mujer que se case contigo será muy afortunada.

Soltó una risa seca y se giró para irse. Si no supiera que no le gustaba, casi pensaría que se sonrojó.

A nuestro lado, una pareja hablaba animadamente.

—¡Esta noche habrá una lluvia de estrellas que solo ocurre una vez cada cien años! Dicen que si una pareja la ve junta, estarán juntos toda la vida. ¿Vamos, amor?

Mis pasos se detuvieron de golpe, recordando esa misma noche en mi vida pasada. Yo, tonta y esperanzada, traté de convencer a Leandro de que fuéramos juntos a ver la lluvia de estrellas.

A cambio, solo recibí su sarcasmo:

—¿Crees que una pareja superficial puede durar solo por ver unas estrellas fugaces? ¿Entonces si todo el mundo las ve al mismo tiempo, ya no existirán los divorcios? ¿En qué mundo vives?

Esta vez... no esperaba nada.

Pero entonces, su voz me sorprendió.

—Si quieres ver estrellas, te acompaño. Pero ni sueñes con luna de miel, estoy lleno de trabajo.

Me giré a mirarlo, confundida. Y en ese momento lo entendí.

Leandro siempre había tenido un carácter difícil, pero un corazón noble. Si no fuera así, jamás habría dado su vida por mí... tres veces.

La primera fue a los dieciocho años. Me asaltaron en un callejón, y él saltó a defenderme, permitiendo que le cortaran la mano derecha con una navaja. La herida le dañó el nervio radial, por lo que, desde entonces, no pudo volver a tocar el piano. Su sueño se extinguió esa noche.

La segunda fue durante un terremoto. Mientras estábamos atrapados bajo los escombros, me convenció de comer y beber lo poco que quedaba, mientras me sonreía diciéndome que todo estaría bien. Si el rescate hubiera llegado un poco más tarde, habría muerto por mí.

La tercera... fue la última. Cuando el camión que iba a toda velocidad hacia mí, él corrió, me abrazó, recibiendo el impacto, y el vidrio que, me habría matado a mí, se clavó en su cabeza...

Yo salí apenas con rasguños, mientras que él… no volvió a despertar.

Tres veces. Me salvó tres veces. ¿Cómo se deja de amar a alguien así?

Leandro frunció el ceño con impaciencia.

—¿Vas a ir o no a ver las estrellas?

Salí de mis pensamientos y le sonreí.

—Claro que sí. Esta noche, vamos juntos.

Su expresión se suavizó un poco, y detuvo un taxi.

—Primero te llevo a casa. Más tarde paso por ti y vamos al observatorio.

Justo entonces, su celular sonó, y, cuando atendió, su rostro se transformó.

—Clarisa se lastimó la mano. Voy a verla. Vuelve sola.

—Está bien —asentí con naturalidad.

Él me miró con extrañeza.

—¿No se supone que antes te morías de celos cuando iba a verla? ¿Qué te pasa hoy?

Abrí la boca, pero no llegué a responder.

—Ah, claro... —repuso, soltando una carcajada seca—, ya estamos casados. Supongo que ahora te sientes segura. Ella ya no representa una amenaza, ¿verdad? Avísame cuando llegues. Me voy.

Subió al taxi sin mirar atrás, sin ver mi sonrisa amarga… ni el vacío en mis ojos.

Solo intenté separarlo de Clarisa una vez.

Fue cuando yo, junto con sus padres, descubrimos a Clarisa besándose con un hombre mayor en plena calle. Cuando investigamos, nos dimos cuenta de que ella llevaba tiempo siendo mantenida por diferentes hombres.

Ahí fue cuando quise protegerlo y frenar cualquier vínculo con ella. Pero él nunca lo supo. Y cuando Clarisa murió, su dolor lo consumió durante una década.

Si tengo que elegir, prefiero verlo con ella... a verlo destrozado, lleno de odio, muriendo por mí.

Porque la culpa, cuando no se apaga... también mata.

Capítulo 3

Suspiré mientras bajaba la mirada.

Antes de dirigirme al observatorio, pasé por la universidad. Tenía que recoger el certificado de mi beca internacional. Ya estaba todo decidido.

Después, volví a casa.

Don Ernesto y doña Eugenia me esperaban con la mesa servida, rebosando cariño y entusiasmo. Al verme entrar, doña Eugenia se levantó de inmediato y me tomó de la mano con alegría:

—¡Vanesa, ya regresaste! ¿Tan rápido terminaron el trámite? ¿Dónde está Leandro?

—Le salió un tema urgente en la oficina. Tuvo que irse —respondí.

Ella frunció el ceño, molesta.

—Ay, este muchacho... Hoy es un día especial. ¿Tanto le cuesta dejar el trabajo por unas horas?

Don Ernesto soltó una risa tranquila.

—Bueno, que se enfoque en su carrera tampoco está mal. Ya están casados. La comida en familia puede esperar.

Doña Eugenia resopló, visiblemente inconforme.

Yo los miré, conteniendo las lágrimas. Esa escena tan familiar, tan cálida... dolía más que cualquier grito.

Tragué saliva y me armé de valor.

—Leandro y yo... no nos casamos. Hoy fui a dejar listos los papeles para estudiar en el extranjero. Me iré en unos días.

El gesto de doña Eugenia se congeló.

—¿Cómo que no se casaron? ¿Acaso Leandro te hizo algo? Leandro es terco, sí, pero contigo es diferente. Se nota que le importas, aunque no lo diga. —Hizo una pausa—. —Vanesa, tú lo ayudaste tanto... —continuó con la voz entrecortada—. Aprendiste psicología solo para poder estar a su lado, para calmar sus ataques. Todos vimos tu cariño por él. Se aman, deberían estar juntos. Y tú sabes que esa Clarisa nunca fue una buena persona. No podemos dejar que ella se meta entre ustedes otra vez.

—Eso es —intervino Don Ernesto, con un gesto firme—. Leandro solo necesita un empujón. Si se casan, con el tiempo lo entenderá. Entrará en razón.

Todo eso... ya lo había oído antes. Las palabras eran idénticas. En mi otra vida, también intentaron convencerme así. Y al final... lo único que logramos fue que todos nos arrepintiéramos.

Tomé la mano de doña Eugenia con suavidad.

—Escúchenme, por favor. No quiero hacerlos enojar, pero es hora de aceptar lo que es. Leandro... nunca me ha querido. Ni un poquito. —Bajé la mirada y forcé una sonrisa—. Anoche soñé que me casaba con él. Pero en ese sueño, él me evitaba todos los días. Se enfermó por estrés. Le cocinaba y se negaba a comer. Se enfermaba... y no me dejaba acercarme. Me decía que estar conmigo le causaba más dolor que felicidad. — Tragué saliva con fuerza—. Y luego... en su cumpleaños número treinta, dio su vida por salvarme. Un camión. Mucha sangre. Demasiado.

Doña Eugenia se quedó helada.

—Eso... solo fue un sueño, Vanesa. No puedes tomártelo así...

Me limpié las lágrimas antes de que cayeran, y sonreí, aunque me dolía todo.

—Puede que sí... pero también puede ser una advertencia. Yo no quiero que seamos pareja. Solo quiero que él tenga una vida larga, sana y feliz. —Los miré a los dos, directo a los ojos—. Leandro ama la música. Detesta los negocios. Odia seguir caminos impuestos. Si no fuera por esa herida en la mano, habría sido pianista. Y si no fuera por la presión de ustedes... nunca me habría considerado para casarse. Todo esto... comenzó conmigo. Fue mi error. Y no quiero seguir equivocándome. Ya tomé la decisión. Me voy a estudiar afuera. Pero todo lo que han hecho por mí, lo llevaré siempre en el corazón. Siempre los voy a cuidar.

Doña Eugenia se limpió las lágrimas a escondidas.

—Eres una buena chica, Vanesa... Leandro no tuvo la suerte de merecerte.

La abracé con fuerza, con los ojos llenos de emoción.

—No pasa nada. Si no puedo ser su nuera... déjenme ser su hija. Yo igual voy a estar aquí para ustedes.

Ambos sonrieron con tristeza. Pero esta vez, me dieron su bendición.

Suspiré aliviada. El segundo arrepentimiento de Leandro... estaba saldado.

La máquina del tiempo solo me permitía quedarme treinta y seis horas.

Y ahora... solo me quedaba cumplir su último deseo.

Caía la noche cuando llegué sola al observatorio, el mejor lugar para ver la lluvia de estrellas. Apoyé las manos en el barandal, con el corazón latiendo despacio, esperando...

No sé qué esperaba. Quizá, que, por una vez, el destino no me rompiera otra vez.

Regreso a Hace Diez Años

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