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Pecado bajo Contrato
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Pecado bajo Contrato

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En Pecado bajo Contrato, Elara Vance asciende en Blackwood Industries, pero el CEO Killian Blackwood rompe sus propias reglas por ella. Entre secretos oscuros y una atracción letal, descubre esta historia en nuestra plataforma de web novel, el romance novel ideal para leer books online free.

Resumen de Pecado bajo Contrato

Elara Vance alcanza la cima corporativa al ser nombrada Jefa de Marketing en Blackwood Industries. Allí enfrenta el control de Killian Blackwood, un líder gélido que prohíbe el contacto personal con empleados. Pese a sus reglas, él desarrolla una obsesión protectora por Elara, ocultando un pasado oscuro y destructivo. Tras un incidente laboral, la tensión estalla en la intimidad, revelando la naturaleza feroz de un jefe que la ve como su única presa.
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Capítulo 1 de Pecado bajo Contrato

El edificio de cristal y acero negro de Blackwood Industries se alzaba como un titán arrogante contra el cielo plomizo de la mañana. Sus líneas afiladas y su estructura imponente parecían devorar las nubes, proyectando una sombra fría sobre las calles concurridas del distrito financiero. Para cualquier otra persona, no era más que otra maravilla arquitectónica de la ciudad. Pero para Elara Vance, era el Everest. Y ella estaba a punto de escalarlo.

De pie en la acera, Elara soltó un suspiro tembloroso que formó una pequeña nube de vapor en el aire frío. Se alisó la falda de tubo de su traje gris carbón, un conjunto que había elegido meticulosamente la noche anterior. No era ropa; era una armadura. A sus veintiséis años, conseguir el puesto de Jefa de Marketing en una de las firmas de inversión y desarrollo más agresivas del país era un logro monumental. Había sacrificado noches de sueño, fines de semana y cualquier atisbo de vida social para llegar hasta aquí. No iba a permitir que los nervios la traicionaran ahora.

Empujó las pesadas puertas giratorias y el murmullo caótico de la calle fue reemplazado instantáneamente por el zumbido aséptico y controlado del vestíbulo principal. El interior era una exhibición obscena de riqueza y minimalismo: mármol blanco, detalles en cromo y una iluminación tan pulcra que parecía irreal. Todo en Blackwood Industries gritaba eficiencia, poder y una frialdad calculada.

Tras registrarse en recepción con una mujer que le dedicó una sonrisa practicada y vacía, Elara fue dirigida hacia los ascensores ejecutivos. Mientras los números digitales marcaban su ascenso hacia el piso cuarenta y cinco, su estómago dio un vuelco. Repasó mentalmente su discurso de presentación, sus propuestas para la campaña del trimestre y las estadísticas del mercado que había memorizado. Estaba lista. O al menos, eso creía.

Al salir del ascensor, fue recibida por un enjambre de actividad silenciosa. Mujeres y hombres en trajes impecables se movían con una urgencia palpable, hablando en susurros urgentes o tecleando frenéticamente en sus tabletas. Nadie reía. Nadie parecía siquiera respirar más fuerte de lo necesario.

-¿Señorita Vance? -Una voz femenina la sacó de su observación.

Elara se giró para encontrarse con una mujer de unos treinta años, con gafas de montura estricta y un portapapeles apretado contra el pecho.

-Sí, soy yo. Buenos días.

-Soy Chloe, coordinadora del departamento ejecutivo. Bienvenida a Blackwood. -Su tono era cordial pero apresurado-. Su oficina está al final del pasillo, pero no hay tiempo para que se instale. La junta directiva trimestral comienza en diez minutos en la Sala Obsidian. Se espera la presencia de todos los jefes de departamento.

Elara asintió, ajustando el asa de su maletín.

-Entendido. Estoy lista.

Mientras caminaban por los pasillos inmaculados, Chloe bajó ligeramente la voz, lanzando una mirada nerviosa por encima del hombro.

-Un consejo rápido para su primer día, señorita Vance. Sé que viene con excelentes recomendaciones de su antigua agencia, pero aquí las cosas funcionan a un ritmo... diferente. Especialmente hoy. Él estará en la reunión.

Elara frunció el ceño. -¿El señor Blackwood?

Chloe asintió con un movimiento rígido. -Sí. El CEO no suele asistir a las juntas de marketing, pero hoy revisará la reestructuración del departamento tras el despido de su predecesor. Solo... sea directa. No divague. Si él hace una pregunta, responda con datos, no con opiniones. Y por lo que más quiera, no intente entablar una conversación casual.

-Lo tendré en cuenta -respondió Elara, manteniendo un tono profesional, aunque la advertencia de Chloe había hecho que su corazón comenzara a latir con más fuerza.

Sabía quién era Killian Blackwood. Cualquiera en el mundo corporativo conocía su nombre. A los treinta y dos años, había tomado una empresa familiar al borde de la quiebra y la había transformado en un imperio global con una agresividad despiadada. Las revistas de negocios lo describían como un genio financiero; los tabloides lo llamaban "El Rey de Hielo". Era famoso por su aversión a la prensa, su carácter implacable y una política de tolerancia cero hacia los errores. Y, según los rumores que Elara había escuchado en sus días en la agencia, también era famoso por una regla no escrita pero inquebrantable: en Blackwood Industries no había amigos, no había romances, no había confraternización. El trabajo era la única religión.

Llegaron a unas imponentes puertas dobles de madera oscura. Chloe le deseó suerte con un asentimiento tenso y se marchó apresuradamente. Elara tomó una gran bocanada de aire, enderezó los hombros y empujó las puertas.

La Sala Obsidian hacía honor a su nombre. Era un espacio cavernoso, dominado por una gigantesca mesa de mármol negro que parecía absorber la luz de los amplios ventanales que ofrecían una vista vertiginosa de la ciudad. Una docena de ejecutivos ya estaban sentados, murmurando entre ellos en tonos bajos, revisando documentos con una ansiedad mal disimulada. El aire en la habitación era espeso, cargado de una tensión eléctrica que le puso a Elara los pelos de punta.

Nadie le prestó demasiada atención mientras tomaba asiento en una de las sillas libres cerca del extremo inferior de la mesa. Abrió su maletín, sacó su tableta y su cuaderno de notas, ordenando sus bolígrafos con precisión militar para calmar sus nervios.

Las nueve en punto.

Justo cuando el reloj digital de la pared cambió de número, el sonido de las conversaciones cesó de golpe. Fue tan repentino que Elara levantó la vista, sorprendida por el silencio sepulcral que había caído sobre la sala. Todos los ejecutivos se enderezaron en sus sillas, con la vista fija al frente.

Las puertas de la sala de juntas se abrieron.

La temperatura de la habitación pareció descender diez grados de inmediato.

Elara contuvo el aliento cuando Killian Blackwood cruzó el umbral. Ninguna fotografía de las revistas de finanzas hacía justicia a la realidad. Era un hombre imponente, que superaba fácilmente el metro noventa, con una presencia física tan arrolladora que parecía hacer que la enorme sala se encogiera a su alrededor. Llevaba un traje negro hecho a medida que se ajustaba a la perfección a unos hombros anchos y un pecho robusto, denotando un poder que iba mucho más allá de lo económico. Había una fuerza bruta y contenida en su forma de caminar, como la de un depredador acechando en un territorio que le pertenecía por derecho.

Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, inmaculado, pero algunos mechones rebeldes amenazaban con caer sobre su frente, dándole un toque salvaje que contrastaba con la severidad de su ropa. Su mandíbula era cuadrada, tensa, cubierta por la sombra de una barba perfectamente recortada que enmarcaba unos labios apretados en una línea implacable.

Killian caminó hacia la cabecera de la mesa sin mirar a nadie. Su silencio era ensordecedor. Arrojó una carpeta sobre el mármol negro con un ruido sordo que hizo que varios directivos dieran un respingo.

Apoyó ambas manos sobre la mesa y, finalmente, levantó la vista.

Elara sintió que el aire se atascaba en su garganta. Sus ojos eran de un gris tan oscuro, tan profundo y tempestuoso, que parecían hechos de acero fundido. Había una frialdad cortante en esa mirada, pero también algo más, algo oscuro y atormentado que latía justo debajo de la superficie.

-Empecemos -dijo Killian.

Su voz era un barítono bajo, áspero y vibrante. Era el tipo de voz que no necesitaba gritar para exigir absoluta obediencia; el tipo de sonido que resonaba directamente en el pecho de quienes lo escuchaban. Elara sintió un escalofrío involuntario recorrer su espina dorsal, una mezcla confusa de pura intimidación y una atracción instintiva, casi animal, que la dejó completamente descolocada.

El Director de Operaciones comenzó a hablar de inmediato, tartamudeando ligeramente al presentar las cifras del trimestre. Killian no se sentó. Se mantuvo de pie, escuchando con una expresión indescifrable mientras su mirada gris comenzaba a barrer la mesa, evaluando a cada persona presente como si estuviera calculando su valor exacto y encontrándolos a todos deficientes.

Elara se obligó a concentrarse en la pantalla de su tableta, pero era imposible. La presencia de Killian irradiaba una energía tan densa que era casi física. Podía sentir que él se acercaba visualmente hacia su lado de la mesa.

Y entonces, sucedió.

La mirada de Killian Blackwood se detuvo. Ya no estaba escaneando. Estaba fija.

Elara levantó la barbilla, negándose a dejarse intimidar en su primer día, y sus ojos se encontraron con los de él.

El mundo entero pareció detenerse. El sonido de la voz del Director de Operaciones se desvaneció, convirtiéndose en un zumbido distante e ininteligible. Durante un segundo interminable, solo existieron esos ojos grises chocando contra los de ella. Elara esperaba encontrar la arrogancia fría de la que todos hablaban. Esperaba desdén. En cambio, lo que vio la dejó sin aliento.

La frialdad en el rostro de Killian se fracturó por una fracción de segundo. Una tormenta violenta cruzó su mirada, un destello de sorpresa cruda que rápidamente fue engullido por una intensidad tan abrasadora y posesiva que Elara sintió como si una mano invisible le apretara la garganta. No era la mirada de un jefe evaluando a una nueva empleada. Era la mirada de un hombre que acababa de encontrar algo que no sabía que estaba buscando, y que ya estaba luchando desesperadamente contra el impulso de reclamarlo.

Los nudillos de Killian se volvieron blancos por la fuerza con la que se aferró al borde de la mesa de mármol. Su pecho subió y bajó en una respiración lenta y controlada, como si intentara domar a una bestia interna.

Elara no podía apartar la mirada. No quería hacerlo. Un fuego desconocido y peligroso se encendió en su bajo vientre, traicionando todo su profesionalismo, toda su preparación. En ese cruce de miradas, silencioso y cargado de una tensión que casi emitía chispas, se firmó un pacto que ninguno de los dos había buscado.

La regla de oro de Blackwood Industries acababa de romperse en mil pedazos, y ni siquiera habían intercambiado una sola palabra.

Killian rompió el contacto visual abruptamente. Su mandíbula se tensó hasta parecer tallada en granito mientras volvía su atención, con una rigidez feroz, hacia el Director de Operaciones.

-Suficiente -espetó Killian, cortando al hombre a mitad de una frase. Su voz sonó más ronca, más áspera que antes-. Quiero escuchar a la nueva Jefa de Marketing.

Elara sintió el peso de todas las miradas de la sala clavándose en ella. Pero la única mirada que importaba, la que quemaba como fuego sobre su piel, pertenecía al hombre que estaba al otro lado de la mesa.

Elara Vance había entrado a Blackwood Industries buscando conquistar la cima del mundo corporativo. Pero mientras se ponía de pie, sintiendo el peso de la tormenta en los ojos de Killian, supo con una certeza aterradora que acababa de entrar en la jaula del león. Y él acababa de cerrar la puerta.

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