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Pasión del caribe
Pasión del caribe

Pasión del caribe

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En Pasión del caribe, una empresaria finge ser asistente para ocultar su identidad ante un magnate. En esta novela de romance, ambos enfrentan el dilema de mezclar negocios y deseo. Descubre si el amor triunfa en este billionaire romance, una de las mejores fiction books para leer online.

Resumen de Pasión del caribe

Un magnate llega al Caribe decidido a concretar una fusión empresarial estratégica. Sin embargo, la dueña de la compañía decide ocultar su identidad y se hace pasar por su propia asistente para vigilar el proceso. Entre reuniones y paisajes idílicos, surge una atracción prohibida. Él evita enamorarse de una subordinada, mientras ella lucha contra lo que siente por un socio que cree mandar sobre ella. ¿Lograrán que este negocio termine en un amor eterno?
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Capítulo 1 de Pasión del caribe

1

Camino desesperadamente por mi habitación en busca de conjuntos para un mes en una isla del caribe.

Pero necesito que no delaten mi acomodado  estatus económico.

Perchas y más perchas de ropa se mueven entre mis dedos, buscando cosas adecuadas para despistar a mi acompañante. Consiguiendo casi ninguna.

Tengo que perder la costumbre de comprar marcas. Pienso y me regaño mentalmente, aceptando que la ropa es algo demasiado básico como para darle tanta importancia; pero no en este caso.

En este caso mi atuendo puede delatar los ceros en los cuentas.

Me iba en dos horas para el caribe. Específicamente a Cuba. País pródigo en manifestaciones artísticas y creadores de renombre universal.

Estaríamos un mes entero allí, en la mayor isla del caribe, fingiendo ser ambos, lo que ninguno era.

Con bondades naturales disponibles para arroparnos, junto a un clima cálido y un mar ideal; pero ni él ni yo íbamos de excursión, más bien íbamos de incógnito en los planes del otro.

Mi nuevo jefe, el billonario Rodrigo Arias, me había contratado descaradamente para ser su asistente personal, asumiendo que obtendría de mí, información sobre la empresa de la que en realidad era dueña, mientras el creía que había sido allí, una simple secretaria. Solo que él no sabía, que la supuesta asistente era su próxima socia, si todo salía bien.

Decidí tomarme unos minutos para organizar mis ideas, y tomando mi tasa de café, salí al balcón de la terraza de mi penthouse viendo como la ciudad de Madrid cobraba vida matutina debajo de la visión periférica que enviaba imágenes citadinas a  mi caótica mente.

Apoyé mis brazos en el muro de granito y colocando la tasa a mi lado, volví a vagar por los pensamientos que me tenían tan aturdida en estos días.

Aquel hombre moreno, de ojos negros intensos, barba elegante de no más de  los dos días que se veía que se permitía, y que me la estaba jugando.

El muy cabrón había contratado a mi antigua asistente, todo supuestamente claro está, para sacarle información sobre mi empresa antes de fusionarse y así, conociendo mis puntos débiles, obtener ventaja del negocio.

Yo... rubia, ojos verdes, cuerpo divino que me trabajaba bastante y mente privilegiada, había decidido que mi proyecto, que sería pionero en la industria, no lo fusionaría con la empresa de un tío, que iba con segundas intenciones y no de frente.

Era buenísimo en su trabajo, sí, podía reconocerlo; pero yo también lo era en el mío y no podía dejar que un idiota que se creía listo me vacilara.

Cuando supe que estaba buscando una asistente personal, que hubiese trabajado conmigo, tracé mi plan.

Me haría pasar por su perfecta chica de los recados y con el currículum que le preparé de verdades a medias, no pudo negarse, sobre todo, porque había puesto que me llamaba Lucy Stuart.

No era del todo incierto, debe especificar... Mi nombre completo es Lucía Figueroa Stuart. Mi madre era británica, pero mi padre español, así que en realidad solo había jugado un poco con mi nombre y evidentemente, él no lo había tenido tan en cuenta, pues me contrató enseguida, a través de su verdera asistente personal, que a juzgar por la mala cara y trato con que me atendió, no le había sentado bien saber que el bombón de su jefe no la llevaría a Cuba, y en su lugar lo haría yo...

“ La nueva”

Me sonreí mirando los taxis aglomerarse en el semáforo, pensando en lo equivocada que estaba la muy tonta y lo mucho que disfrutaría ver su cara el día que supiera que yo también sería su jefa en el futuro, si llego a confiar del todo en Rodrigo durante este mes.

— Traigo refuerzos — el sonido de la voz de Blanca, mi asistente personal... la verdadera, se coló estrepitosamente por mis tímpanos y me obligó a entrar a mi habitación nuevamente,  para encontrarla soltando dos maletas en el medio de mi suelo de mármol negro pulido — me siento como en la novela el príncipe y el mendigo, pero versión femenina.

Sonreí, caminando hasta ella y besando sus dos mejillas. Éramos amigas también, pero era una excelente asistente.

— ¿ Me explicas? — le pregunté señalando las maletas y sentándome sobre una de ellas, cruzando mi pierna de manera elegante.

— Como imaginé esto — señaló mi cama llena de ropa y mis zapatos por todo el suelo de mi vestidor — te traje dos maletas llenas de mis mejores trapos — abrió los brazos sonriente y encogiendo los hombros — no son de las mejores marcas como tu ropa, pero tienen buena calidad y por suerte, tenemos las mismas medidas, solo que zapatos si, tienes que exponerte a usar los tuyos. Si se da cuenta, le dices que robas a ancianitos que salen del bingo para comprarte las mejores marcas del mercado. Puedes alegar trastorno fetichista patológico.

No pude reprimir una carcajada grosera para mi estilo refinado. Casi me caigo de la maleta, de las convulsiones que daba mi cuerpo con la escandalosa risa que me había producido su ironía mañanera.

— Eres única.

— Lo sé — me sacó la lengua de manera infantil — pero me gustaría que me lo dijeras más veces.

Me pasé el resto de la siguiente hora, haciendo las maletas con las cosas de Blanca.

Decidí que mejor llevar pocos zapatos y comprar allá cosas del país, así disimulaba mi sobrada economía, y pasaba como la típica chica que ama los zapatos y no puede evitar comprarse todos los que puede pagar con los ahorros de un sueldo básico.

Tampoco es que él fuera a estar pendiente de mi calzado pero no podía arriesgarme. Soy una perfeccionista por naturaleza.

Durante mi ausencia, Blanca se encargará de todo mi trabajo y mantendremos una estrecha comunicación nocturna para estar al corriente de mi negocio.

Una pequeña, pero en ascenso empresa de creación de programas para las mejoras de funcionamiento rápido y eficaz para las grandes empresas. Acababa de diseñar una aplicación pionera en ese sentido, y el listo de Rodrigo además de comprar mi aplicación, quería que fusionaramos las empresas para mantener mis habilidades como uso privativo para él.

No podía negar que me convenía, era un gran empresario y todos sus millones se volverían nuestros, a partir de los por cientos en la fusión, pero aún así quería ver desde dentro, si era transparente e íntegro como decían. No iba a asociarme con ningún delincuente, que terminara arrastrandome a la cárcel, si alguna vez sucedía algo.

Avanzaba por el aeropuerto, apresurada y ataviada en un vestido sin mangas, de algodón color crema a la altura del final de mis muslos, que combinaba con mis botas de cuero Louis Vuitton, que esperaba no se hicieran notar las fabulosas.

Esquivaba personas en todo el maldito sitio, cosa que no solía pasarme porque viajaba en vuelos privados, pero debía fingir.

Tirando de mis dos maletas, con el pelo rubio cenizo rozando el final de mi cintura, suelto y rebelde y las gafas de sol, que gracias a dios llevaba, lo ví.

La protección que colgaba de mis orejas y entrecejo, me aislaba de su fija mirada por mi cuerpo, evitando que sus ojos colisionaran con los míos.

Estaba allí, en la puerta de embarque esperando por mí, rodeado de tres hombres y a pesar de no saber quién era yo, definitivamente para mí no era lo mismo. Sabía perfectamente quién era él. Pero verlo en persona, supuso un desnivel hormonal brutal en mi hipófisis.

Tenía un traje negro, con los puños por la mitad de sus brazos, dejando ver la blanca camisa enroscada bajo ellos también. Sin corbata y con los tres primeros botones de su camisa abiertos, dejando que su pecho revelara algunos vellos varoniles que me excitaban solo de pensar que pudiera tirar de ellos con mis dedos resbalando por su piel.

¡Joder!

¿Que demonios estaba pensando?

Tenía una gafas de sol negras, que bajó con descaro, haciendo un gesto estudiado para visualizarme con frescura de arriba a abajo y sonrió ladino el muy perverso.

Retomé la marcha que había detenido por la intensidad de su mirada, y relamió sus labios consiguiendo que me temblaran las piernas aunque continué mi avance.

— Buenas tardes caballeros — pronuncié con la voz firme a pesar del candor del momento. Los otros me devolvieron un educado gesto de sus cabezas, un poco frío pero protocolar y me obligué a fijar mi vista de regreso al morenazo.

Él volvió a poner los espejuelos en su sitio y sacó una de sus manos de los bolsillos de su pantalón, dónde ambas se encontraban refugiadas, alzando un dedo para mí.

— ¿Eres Lucy Stuart?

— Encantada señor Arias — repondí y estiré mi mano con elegancia hacia la suya y él la tomó, acariciándola de manera sutil pero atrevida para ser mi supuesto jefe — es un placer conocerlo y trabajar con usted.

— Estupendo señorita, prefiero no pronunciar mis placeres todavía. ¡Vamos por aquí por favor!

¡Maldito imbécil!

Ya quería matarlo.

Me había dejado en ridículo delante de los otros tres hombres, que tomaron nuestras maletas y avanzaron detrás nuestro.

Finalmente estaba en zona vip. Por fin aislada del bullicio de la otra parte del aeropuerto. Con un refrescante y poderoso aire acondicionado que refrescaba el calor de mi cuerpo.

Cómo había asumido que haríamos dada la clase de mi jefe, tomaríamos un vuelo privado, en uno de sus aviones que estaban habilitando por un imprevisto de última hora.

A paso rápido, tuve que seguirlo hasta la pista. Perdiendo la climatización exquisita de la sala vip.

Verlo delante de mí, avanzando con seguridad, los hombros anchos y cuadrados. El traje perfectamente ajustado a su espléndida espalda, un culo marcado en los pantalones, me hacía perder la vista allí, hasta que casi tropiezo con él, por ir de mongólica mirándole el trasero a mi jefe.

— ¿Está  bien señorita? — preguntó él, medio sonriendo el puñetero.

— Maravillosa señor — contesté sacando mi pecho, obteniendo su mirada en ellos.

— Ya lo veo ya, Lucy. Sube...

Su orden y su frasesita con doble sentido me hizo sentir relajada.

Había dejado de turearme y no parecía inmune a mis encantos, cosa que me fascinaba porque yo no lo era a los suyos aunque, trabajaría duro para serlo.

No podía liarme con mi actual jefe y futuro socio si todo iba bien.

Me hizo un gesto para que abordara el avión, y cuando puse un pie en la escalerilla, se colocó a mi lado y puso su palma abierta y caliente sobre el final de mi espalda, haciendo que casi saltara ante su potente toque.

Subíamos uno al lado del otro y me hizo una pregunta que me descolocó completamente...

— ¿ Hay algún otro hombre aparte de mí en tu vida Lucy?

Me detuve en seco, haciendo que los cuatro hombres que subían conmigo imitaran mi gesto porque no tenían otra opción.

— Esa pregunta está fuera de lugar señor — apunté girándome hacia él, que se perdió en la unión de mis labios.

No podía descifrar lo que su expresión proyectaba. Miraba mi boca con deseo y me extrapolaba ese deseo a mí también, que si hubiera podido elegir en aquel momento, me habría encaramado a su cuerpo y lo tendría embistiendo el mío en plena escalerilla de lo mucho que me ponía su actitud descarada y directa, debo decir.

Recorrió mi cintura un poco más, y lo noté acercarse a mí, haciendo que su mano se estirarse hasta la otra parte de ella y con un gesto de su cabeza, indicó a sus hombres  que pasaran.

— Repondeme siempre que te haga una pregunta Lucy.

¡Oh dios mío nunca debí venir!

Me fascinaba el tono ronco que había adoptado su voz. Era tan fuerte y dominante que podía sentirme deseosa entre mis piernas por volver a oírlo, pero sobre todo, por sentirlo en mi piel. Tendría que ser maravillosa la sensación de aquel macho potente hablando así sobre mis piernas abiertas en su boca.

¡Joder, joder, joder... Lucía céntrate!

— No hay hombres en mi vida, porque no quiero nada con nadie y eso — me acercó a él tanto, que tuve que poner mis manos en su pecho y, madre del amor hermoso que bien se sentía — también lo incluye a usted. Suélteme...

Esto último lo susurré cuando me pegó todavía más, si es que eso era posible.

Sus ojos conectaban con los míos por encima de las gafas y nuestros alientos se mezclaban demasiado, lo que marcaba una enorme cercanía de los dos.

— ¿Quieres ser mi asistente en este viaje , o mía simplemente?

— Eres muy directo — dije anonadada por su franqueza.

— Te deseo y sé que me deseas también; pero no me acuesto con mis empleadas — pasó su nariz por mis labios con gloss transparente — así que decide ahora si subes como mi acompañante o mi empleada. Me gusta como huele tu boca.

Por mucho que deseara dejar que la  probara, no podía olvidar a qué habíamos venido y de seguro no podría dejar que mi socio, entrara en mi vagina, por mucho que lo deseara. Eso pondría en peligro nuestro futuro negocio.

Además del hecho de que asumiera que puede tratarme como a una señorita de compañía.

Su pretensión me molestaba.

— Respete mi espacio personal señor Arias por favor.

Levantó las manos instantáneamente, como si lo hubiese quemado algo de mí.

Supongo que mis palabras secas, duras y directas, que nos devolvieron al trato de usted, fueron las que le quemaron y le respondieron a la vez.

Estiró una mano para indicarme que subiera, asumiendo así, que sería su asistente y no su juguete en este viaje.

Sin embargo cuando subí dos escalones más, lo volví a escuchar hablar con aquella voz que ya me estaba volviendo loca en su segunda ocasión.

— ¿Estás segura de que eso es lo que quieres?

Volví a detenerme. Con la mano aferrada al pasamanos y apretando con fuerza los ojos también, para impedirme saltar sobre él y rodar incluso,escaleras abajo con tal de pegarme a su cuerpo que emanaba poder, promesas de sexo salvaje y mucho erotismo.

Miré hacia atrás por encima de mi hombro y dejando que mis ojos pasearan a su antojo por aquel cuerpo, aquel hombre y aquella escencia masculina arrolladora dije...

— ¡ No!

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