Capítulo 3
Yanet vio las siluetas de los dos alejándose.
Levantó la cara para no llorar, se tragó el dolor, abrió la puerta del coche, y caminó como pudo, tambaleándose, hacia la entrada del hospital.
Ya en la noche empezó a llover con fuerza. Yanet ni siquiera alzó las manos para cubrirse, dejó que el agua le cayera sobre la herida.
Una enfermera de urgencias gritó al verla, le curó la herida de rápidamente y se la llevó para que la revisaran y le hicieran estudios.
Una hora después, Yanet salió débil de los exámenes, y recién entonces pudo agarrar su celular. En la pantalla figuraban más de diez llamadas perdidas.
Todas de Julián.
Sin pensarlo mucho, lo apagó de inmediato.
Como calculó que estaría con suero hasta medianoche, Yanet le pidió a la enfermera que le consiguiera una habitación.
A medio camino entre el sueño y la vigilia, se acordó del pasado.
Desde que Julián había quedado discapacitado, ella iba a las cenas de negocios en su lugar.
Una vez, dos directores discutieron fuerte y volcaron la mesa. Los platos volaron y se estrellaron contra el suelo. Un pedazo de cerámica le rebotó y le cortó la muñeca.
Cuando Julián se enteró, llegó de inmediato. Ordenó a su asistente que cortara tratos con esas dos empresas y, muy preocupado, la llevó al hospital para que le limpiaran la herida.
Ella pensó que estaba exagerando, pero él le dijo con dulzura:
—Yanet, eres la mujer más importante para mí. A menos que estés dando a luz o algo similar, no quiero verte ni un rasguño. Las mujeres tienen que tener la piel suavecita y sin marcas. Así se ven más lindas con cualquier ropa o joya.
Ahora ella tenía la cara llena de sangre, pero él ni siquiera se había molestado en buscarla. Todo por otra mujer.
Le había prometido que no dejaría que se lastimara, pero bien que la había dejado arriesgar la vida donándole médula para salvar a otra.
Hasta el casamiento y los hijos los había planeado con otra a sus espaldas, sin que ella se enterara de nada.
Antes de dormirse, Yanet vio que «Sofía Feliz» había subido otro TikTok.
Era un video de Julián arrodillado, lavándole los pies para que pudiera dormir tranquila.
Yanet lo miró una y otra vez. Sintió un vacío en el estómago y no pegó un ojo en toda la noche.
A la mañana siguiente, Yanet regresó a la casa sin ganas de nada.
Apenas entró a la casona, el mayordomo, el tío Cortés, la recibió con cara de pocos amigos:
—Señora, el patrón la espera en la piscina. Y no está de buen humor…
Yanet caminó hacia la piscina, y, de lejos, vio a Julián consolando a Sofía, quien lloriqueaba bajito, haciendo uno de sus dramas.
Cuando Julián vio que Yanet por fin había regresado, no pudo ocultar el enojo, el cual fue notorio en su gélida voz:
—¿Fuiste tú quien, a propósito, les dio a los enemigos del padre de Sofía su ubicación?
Yanet se detuvo en seco. Miró a Sofía en el sofá. Ella la observó de reojo, con una sonrisa apenas dibujada en sus labios rojos. Y Yanet lo entendió todo de inmediato. Se masajeó las sienes, indignada, diciendo:
—Si ni sé quiénes son los enemigos de su papá, ¿cómo les iba a decir dónde estaba?
A Julián se le endureció el rostro. Sacó un fajo de fotos y las arrojó sobre la mesa, frente a Yanet.
—Entonces, ¿cómo explicas estas fotos tuyas hablando con ellos?
Yanet bajó la mirada. Vio las fotos esparcidas… y sintió que se le helaba la sangre.
Eran fotos de cuando había vendido sus cosas de valor hacía unos días. En las fotografías se la veía sentada en un café con un comprador.
Con razón hombre había pagado sin regatear. Lo único que le interesaba era verla.
Al ver que Yanet no respondí, Julián pensó que estaba aceptando la culpa, y su rostro apuesto se volvió sombrío.
—¿No te he dicho que no importa lo que digan de Sofía y de mí? Entre nosotros no hay nada. Siempre la he considerado como una hermana. Es una buena persona. Y tú llevas ocho años conmigo. Ya deberías saber bien cómo te he tratado todo este tiempo. Hace unos días te pedí que nos casáramos. ¿Y aun así la haces sufrir de esta manera? ¿Eso te parece justo?
Yanet escuchó sus palabras, sintiendo como si le clavaran agujas en el corazón.
En los ocho años de relación con Julián, un año, él la había buscado a propósito para vengarse por Sofía. Cinco se los había pasado cuidándolo cuando él estaba en silla de ruedas. Durante todo ese tiempo, él lloraba por las noches y todo porque una vez había decidido arriesgarse en una carrera para impresionarla a ella: a Sofía.
Pero todo ese dolor que Sofía le había causado… parecía que ya se le había olvidado por completo.
Durante esos años, Yanet había estudiado rehabilitación en secreto para ayudarlo mejor en su recuperación. Todos los días le daba masaje en las piernas. No había fallado ni uno solo.
Como él a veces tenía crisis, ella también había buscado a los mejores psicólogos de la ciudad, y había aprendido cómo calmarlo y acompañarlo emocionalmente.
De todo lo que ella sacrificó… él no se acordaba de nada.
¡Qué ironía, la verdad!
Yanet quería preguntarle: si tanto decía que Sofía era como su hermana, ¿por qué estaban viendo juntos el tema de los bebés de probeta?
—Sí, cómo me has tratado estos ocho años. Y también cómo la has tratado a ella… Me acabo de dar cuenta.
A Julián se le tensó el rostro.
—¿Qué es lo que de verdad te molesta?
Yanet no quería pelear con él, por lo que levantó las manos y le enseñó las vendas en la cabeza, sonriendo con burla.
—Ayer, cuando la secuestraron a ella, yo también me pegué en la cabeza. Me tuvieron que dar cinco puntos. ¿O de verdad crees que me haría algo así solo para perjudicarla?
Aunque ya le había dicho que estaba herida, Julián no le creía. Solo pensaba en Sofía.
Yanet lo miró fijo, viendo cómo le temblaba la mandíbula, y le tranquilizó pensar que en tres días se largaría.
—Julián… ya que estás tan seguro de que fui yo, dime, ¿cómo quieres arreglar esto?
Capítulo 4
—No es que no te crea, es que conozco a Sofía desde hace dieciséis años y siete meses, y ella nunca ha dicho una mentira —dijo Julián, frunciendo el ceño, y, después de una pausa, decidió terminar con el asunto—. Yanet, hiciste llorar a Sofía, así que te toca consolarla.
Sofía, que había estado llorando en silencio, arrojó el anillo que tenía en la mano a la piscina, y gritó:
—¡Julián, el anillo que me regalaste se me cayó sin querer a la piscina!
Luego miró a Yanet, y, con una amplia sonrisa en sus labios rojos, lanzó una provocación:
—Listo. No es necesario que me consueles. Si recuperas el anillo, te perdono todo el daño que me hiciste.
Apenas empezaba el invierno, y el agua de la piscina estaba helada.
La herida de la cabeza de Yanet todavía no sanaba. Bajó la vista hacia Julián, que estaba sentado. Él tenía el ceño fruncido, los ojos ocultos bajo los párpados, los dedos largos tamborileando sobre la mesa, y la cabeza gacha, negándose siquiera a mirarla.
En este instante, Yanet sintió como si algo le atravesara el pecho. Un dolor profundo y pesado se le instaló en el alma.
De pronto, recordó lo que había ocurrido seis meses después de que le dijeran a Julián que no podía caminar. El abuelo Fuentes había ido al hospital a verlo, y, al saber que las posibilidades de recuperación eran mínimas, empezó a buscar otros herederos.
Esa misma noche, Julián desapareció del cuarto del hospital. Cuando Yanet logró encontrarlo, él estaba empujando su silla de ruedas hacia el mar embravecido, dejando que el agua helada le llegara hasta el pecho.
Yanet, alarmada, intentó convencerlo de que no lo hiciera, pero él la empujó con brusquedad, diciendo:
—No vengas a hacerte la que te preocupas por mí. Eres mi novia, no mi esposa. Si de verdad quieres cuidarme, ahí tienes un ventarrón y olas bien grandes. Lánzate a nadar, y a partir de hoy te haré caso en todo.
Yanet la miró paralizada. En realidad, quería decirle que no estaba fingiendo, que de verdad quería ser su esposa. Así que, aunque no sabía nadar, ni lo pensó, se dio la vuelta y se lanzó al mar.
Las olas eran enormes y el viento soplaba con fuerza. Pronto, fue arrastrada mar adentro y perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, lo primero que vio fueron sus ojos negros y preocupados de Julián, quien tenía el rostro sombrío y la mandíbula apretada.
—¡¿Por qué no me dijiste que no sabías nadar?! ¿Te volviste loca? ¿¡Cómo se te ocurre lanzarte al mar sin saber nadar!?
Ella lo miró, con voz ronca:
—Julián, aunque tus piernas no sanen nunca, yo todavía me quiero casar contigo. De verdad... te quiero más de lo que te imaginas…
Desde entonces, Julián nunca más la había llevado a la playa, e incluso había prohibido que llenaran la piscina de la casa.
A Yanet le había parecido extraño que la piscina estuviera vacía. Después de insistir, Julián accedió y permitió que los empleados la llenaran y le cambiaran el agua todos los días.
Pensando en esto, Yanet hizo una mueca, con el rostro inexpresivo:
—¿Quieres que saque el anillo? Muy bien, lo haré.
Sin quitarse siquiera el abrigo, se dio la vuelta y se arrojó a la piscina.
El agua helada le caló hasta los huesos, y el frío la hizo temblar de pies a cabeza.
Yanet se fue hundiendo poco a poco. Un miedo horrible se apoderó de ella, pero se mordió los labios y no pidió ayuda.
Pronto, un delgado hilo de sangre empezó a teñir el agua.
El mayordomo al lado gritó:
—¡Dios santo! ¡La señora está sangrando de la cabeza!
Julián se quitó el saco, se lanzó al agua y sacó a Yanet a toda prisa, y le gritó furioso:
—¡Ya basta! ¿Por qué eres tan obstinada? ¿No podías nomás darte la vuelta e irte?
Yanet levantó la cabeza, alcanzó el anillo de diamantes en el fondo de la piscina, y dijo con frialdad:
—¿No me dijiste que la consolara? Pues ahora que estoy así, tu «amor ideal» debe estar contenta, ¿no?
Julián frunció el ceño. Su rostro fino, de facciones elegantes, ahora tenía un gesto horriblemente sombrío:
—¿Cuántas veces te he dicho que de verdad solo veo a Sofía como una hermana? Los Quiroz no son cualquier cosa en Ciudad L. Si otros llegan a enterarse de lo que hiciste, ¿sabes lo que puede pasar? Hoy en día, la opinión pública no es tan fácil de callar. Te pedí que la consolaras, que se le bajara el enojo. ¿Acaso no lo hice todo por tu bien? —dijo Julián con un tono profundo, como si realmente todo fuera en beneficio de ella.
Pero al escucharlo, a Yanet le dio risa de pura rabia. Decía que la opinión de la gente no era fácil de silenciar… ¿Y cuando el heredero de los Fuentes quedó en silla de ruedas por correr a salvar a Sofía? Ese escándalo se borró como si nunca hubiera existido.
Sofía era un problema desde el colegio, una acosadora de los más débiles. Los Quiroz tenían una reputación terrible. Y, aun así, ¿no había salido siempre bien librada gracias a Julián?
Incluso lo del bebé de probeta, ¿no lo tenía bien guardadito en secreto?
Y ahora, aunque el secuestro de verdad hubiera sido culpa suya, le salía con que la opinión de la gente no era fácil de callar.
Al final, para Julián, ella nunca valdría tanto como Sofía.
Yanet no quiso decirle ni una palabra más. Se quitó el abrigo negro empapado y caminó hacia la sala.
No había dado muchos pasos cuando, tal vez por la pérdida de sangre, se desvaneció de repente.
El rostro de Julián cambió de inmediato. Se acercó a grandes zancadas, justo cuando estaba a punto de alzarla en brazos… Sofía se tiró de repente al suelo y comenzó a llorar desconsoladamente:
—Julián, me duele mucho el estómago… Ayúdame a subir para acostarme un momento…
Julián se detuvo. Apartó las manos con las que iba a cargar a Yanet, se dio la vuelta y alzó a Sofía.
Dejó que la cabeza de Yanet golpeara duro contra el suelo, sin mirarla, y se dirigió al mayordomo que estaba a un lado, diciendo:
—Tío Cortés, lleva a la señora al hospital.
Capítulo 5
Cuando Yanet despertó de nuevo, se encontró con unos ojos negros llenos de preocupación.
Al verla abrir los ojos, Julián se apresuró a llamar al doctor. Una vez que le confirmaron que estaba bien, por fin se tranquilizó.
En ese momento, Yanet se dio cuenta de que llevaba una pulsera de cuentas budistas en la mano izquierda, la cual era idéntica a la que Julián siempre usaba.
El asistente, que estaba al lado, sonrió y dijo:
—Señora, como usted no despertaba, el señor Fuentes estaba tan preocupado que le dio la pulsera budista que él ha usado por más de diez años. Anoche hasta le juró a Buda que, si usted despertaba bien, él dejaría el alcohol, el tabaco, y comería solo verduras el resto de su vida.
Yanet frunció el ceño, y, con un deje de desprecio se quitó la pulsera para devolvérsela a Julián.
—No necesitas cambiar tus hábitos por mí.
Pero Julián no la aceptó. En cambio, volvió a ponérsela suavemente en la mano, con voz dulce, le dijo:
—Yanet, ¿acaso tú no hiciste promesas similares cuando yo estaba paralítico?
El corazón de Yanet se le encogió un poco.
Durante el segundo año de parálisis de Julián, ella había escuchado que el templo Almavis, en Ciudad L, era conocido por sus milagros. Por lo que aquella misma noche lo llevó allí para pedir un deseo.
Frente a Buda, rogó: «Daré todo lo que tengo a cambio de la salud de Julián».
Él también formuló un deseo: que cinco años después, ella fuera su novia.
En ese momento, Yanet había leído la nota con el deseo que había escrito Julián y no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas. Entonces, Julián la abrazó y la consoló por un buen rato.
Esos fueron de los pocos días en que Julián solo la miraba ella. Porque, en realidad, Julián solo le prestaba atención cuando Sofía no estaba cerca. Y, ahora que Sofía había vuelto, Yanet sabía que la mirada de Julián ya no sería para ella.
Entonces, lo miró, con ese rostro de galán de Julián que parecía esperar un halago, y bajó la mirada con los ojos llorosos:
—Tengo un poco de sueño.
Cuando despertó de nuevo, ya era por la tarde. Yanet se levantó, con la intención de preguntarle al médico cuándo le darían el alta. Pero, antes de abrir la puerta, escuchó las voces de Julián y Rebeca conversando en el pasillo.
—¿Cuándo planeas casarte con Yanet? —preguntó Rebeca con curiosidad.
Julián bajó la mirada, y respondió con naturalidad:
—Ya se lo comenté la vez pasada. Estoy pensando que sea a fin de mes.
Rebeca asintió, y le recordó:
—Esta boda tiene que hacerse en grande. Asegúrate de que la dote sea generosa, no escatimemos. Yanet ya le donó la médula a tu amiguita de la infancia, no podemos quedar mal con ella.
Tras decir esto, quién sabe en qué pensó, pero Rebeca cambió de tema:
—Qué casualidad, este mes te casas tú, y, según escuché, nuestros enemigos, los Luna, también están por celebrar una boda pronto. La novia, curiosamente, también se llama Yanet...
Al oír esto, Yanet abrió la puerta de golpe. Tosió dos veces, despacio, y la conversación se detuvo de inmediato.
Esa misma noche, el doctor anunció que ya podían recibir el alta.
De regreso en casa, Yanet recibió una solicitud de amistad. El remitente había escrito solo dos palabras: Fermín Luna.
Yanet parpadeó. Tal vez, pensó, ese era el hombre con quien se casaría. Así que aceptó la solicitud.
Apenas lo hizo, él le mandó una lista de dote: un cuaderno digital lleno de anotaciones minuciosas, tan detalladas que Yanet sintió que eran demasiadas para contarlas.
Luego, Fermín le mandó otros dos mensajes:
«¿Te parece bien esta lista de dote?»
«Según me dijo la señora López, viajas pasado mañana y llegarás al aeropuerto temprano al día siguiente. La señora López y yo iremos a recogerte.»
Yanet lo pensó unos segundos y respondió:
«La dote es más que suficiente, gracias.»
Él no respondió más.
Esa noche, Julián intentó varias veces iniciar una conversación con Yanet, pero ella se mostró indiferente todo el tiempo.
Él pensó que ella seguía molesta por lo que había ocurrido antes, así que, para animarla, le pidió a su asistente que organizara una despedida de soltero para el día siguiente.
Y así, todo su círculo social supo del evento, y esa noche llegó una multitud.
En cuanto Yanet llegó al lugar de la fiesta, Julián la abrazó por la cintura y sacó dos contratos de compra de automóviles. Primero le entregó uno a ella, mirándola con sus profundos ojos negros, mientras decía:
—El superdeportivo de la última vez siempre sentí que no era suficiente para ti. Así que encargué otro.
Dicho esto, se volvió hacia Sofía, quien estaba vestido de manera encantadora, con un aire casi angelical, y le ofreció el contrato original del Lamborghini, diciéndole suavemente:
—Sofía, este coche originalmente era para tu cuñada, pero, ahora que ella tiene uno nuevo, quiero regalártelo. Aunque quizás no sea suficiente para ti.
Sofía recibió el contrato con una sonrisa imposible disimular.
—No importa, hoy ella es la estrella.
A pesar de sus palabras, cualquiera podía notar que el Lamborghini superdeportivo que Julián le había dado era una edición limitada nacional. En cambio, el coche superdeportivo que le había comprado a Yanet no era más que un coche deportivo común, aunque costoso.
Los murmullos no se hicieron esperar:
—¿De verdad Julián se va a casar con Yanet? Esta despedida de soltero es de Yanet y él, ¿por qué le anda dando regalos a Sofía?
—Con tanta explicación, está claro que el superdeportivo de edición limitada nacional era para Sofía desde el principio.
—Todos saben que a Yanet le encantan los automóviles. ¿No fue esto una jugada de Sofía para humillarla?
—Dicen que Sofía es buenísima para las carreras. Me enteré de que ella es la famosa piloto «Sin Sonido». Dicen que Julián se enamoró de ella porque «Sin Sonido» le salvó la vida en una carrera...
Yanet, sentada en un rincón, escuchó tranquila todos los comentarios y frunció el ceño…
¿Sin Sonido…? ¿Acaso no era ella misma?