Capítulo 1
Laura llevaba casado con Óliver cinco año, y llegaron a un acuerdo de mudarse al extrajero a vivir, pero este no paraba de decirle que quería llevarse a Nadia con ellos.
En la última vez que lo volvió a mencionar, Laura dejó el plato de comida que preparó en la mesa del comedor y le preguntó el motivo de su insistencia.
Óliver fue directo:
—Bien, pues voy a serte sincero. En realidad, Nadia ha estado viviendo en la comunidad vecina todo este tiempo. Ha estado a mi lado en estos últimos nueve años, le debo mucho, y esta vez, sí o sí, se va a venir conmigo al extranjero.
Laura no lloró ni nada, simplemente compró un boleto más para Nadia.
Óliver pensó que su esposa por fin lo estaba entendiendo y dándole el apoyo que necesitaba.
El día del vuelo, Laura los acompañó hasta que embarcaran, luego se dio la vuelta y se subió al avión que la llevaba de vuelta a casa de sus padres.
—Señora, ¿está segura de que quiere que cancelar el boleto para volar con el señor Silvestre el día de la mundanza? —La voz inquisitiva de la secretaria sonó por el celular.
Laura Díaz se asomó al balcón, miró los árboles sin vida de abajo y tomó una decisión:
—Sí, resérvame un boleto en el mismo día a casa de mis padres y a Nadia otro para que vuele con Óliver al extranjero. Es dentro de una semana, ese día los acompañaré hasta la puerta de embarque y luego volaré de vuelta a casa de mis padres.
La secretaria al otro lado de la línea se quedó un poco estupefacta.
Pues Nadia Martínez era la amante del señor Óliver Silvestre, ¿qué quería hacer la señora? Pero sintió con la cabeza a pesar de su confusión:
—Entendido, señora.
Laura colgó.
En el salón, Óliver vio entrar a Laura y se levantó impaciente:
—¿Ya tomaste una decisión? Es que Nadia sigue esperando mi respuesta.
Diez minutos antes, Laura acababa de preparar la cena.
En cuanto Óliver llegó a casa, fue directamente al grano:
—Voy a serte sincero. En realidad, Nadia ha estado viviendo en la comunidad vecina todo este tiempo. Ha estado a mi lado en estos últimos nueve años, le debo mucho, y esta vez, sí o sí, se va a venir conmigo al extranjero.
Laura acababa de llevar la comida a la mesa cuando la sonrisa de la comisura de sus labios se congeló al instante.
De hecho, no era la primera vez que Óliver le avisaba de su intención.
La primera vez que lo propuso, Laura destrozó todo el salón en un ataque de histeria, regañándole por cómo podía ser tan cruel y hacer semejante petición.
La segunda vez que se lo propuso, Laura se vino abajo de nuevo, le dio una bofetada a Óliver y se fue de casa durante una semana.
Óliver no tuvo ni la menor intención de buscarla en esos siete días.
Esta vez, Laura decidió hacerlo feliz.
—Ya le dije a la secretaria de reservarle un boleto en tu hora para que ustedes puedan volar juntos.
—¿Por fin llegaste a la razón?
El rostro apuesto de Óliver que estaba tenso se traquilizó, y sus finos labios se despegaron lentamente.
Laura bajó los ojos y tomó un poco de pan de la mesa para llévarselo a la boca, mientras tanto una oleada de amargura brotaba de su interior:
—Sí, bueno, como te preocupaba su vida sola aquí, pues...
—Cierto, ella es muy inocente, le pueden engañar fácilmente.
Como sintió que Laura ya llegó a la razón, Óliver simplemente dejó de fingir, y una sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios cuando mencionó a Nadia:
—De hecho, en comparación contigo, Nadia haría mejor el papel de esposa. Pero tuviste suerte de haberme conocido unos años antes que ella. Pero no es tarde, cuando ya nos hayamos instalado allí, puedes aprender más de ella sobre cómo complacer a los hombres.
Cuando las palabras salían de su boca, el celular de Óliver vibró y se dirigió al balcón para atender la llamada.
Laura miró a su espalda y bajó los ojos sombríamente.
Antes se sentía afortunada por haber conocido a Óliver.
En el primer año de bachillerato, Óliver le había escrito 99 cartas de amor para conquistarla.
Como estaban en la edad de estudiar, los padres de Laura no le dejaba tener novio.
Y cuando la gente se enteró de que estaban saliendo juntos, Óliver se presentó en casa de Laura con sus padres. Se arrodilló ante los padres de Laura, y llorando, les pidió permiso para salir con su hija.
A la hora de comprobar sus notas del examen de acceso a la universidad, Laura descubrió que fue un desastre, por lo que no podía entrar a buenas universidades.
Óliver no se alegró en absoluto de haber optenido notas excelentes, y renunció a su universidad nacional sin que ella lo supiera y la acompañó a estudiar una universidad normalilla.
Y no defraudó a Óliver.
Cuando él se fue al norte a montar su propio negocio, ella se empeñó en casarse con Óliver, que no tenía ni un dura, y le ayudó de todo corazón a montar su propio negocio.
Cuando el negocio de este fracasó durante tres años consecutivos, ella no lo dejó, vivió con él en un sótano húmedo durante mucho tiempo para estar con él en sus momentos más difíciles.
Más tarde, Óliver tuvo éxito en su negocio.
Y publicó en las redes sociales una fota de ellos juntos, como para anunciar a todos de que eran pareja, también le dio el 80% de las acciones de la empresa y le montó una grandiosa boda.
En la boda, la miró y se emocionó tanto que se le atragantó la voz:
—Cariño, sin ti apoyándome, no estaría aquí, mi amor por ti no cambiará nunca, te lo prometo.
Ella había recordado estas palabras hasta ahora.
Pero hace apenas un mes, se enteró de repente de que Óliver tenía una aventura con otra.
Quien se llamaba Nadia.
Era la amiga de Óliver de la universidad.
Aun después de graduarse, mantuvieron el contacto.
Todos los años, en su día de su cumpleaños, Óliver preparaba un elaborado regalo para ella, y también uno para Nadia.
Los regalos de Óliver para Nadia eran incluso más caros que los que le hacía a ella.
Incluso cuando él estaba muy ocupado con sus negocios, se tomaba un día a la semana para estar con Nadia.
En el día de su boda, Nadia también era una invitada.
Llevaba un vestido de novia corto y discreto con una americana ancha por encima, y esa noche subió una publicación en su Facebook:
[Estoy a tu lado, solo que no como tu esposa].
Óliver le dio like a esta publicación.
A la mañana siguiente, Óliver se despertó temprano.
Laura le enseñó su celular con su conversación con Nadia y le preguntó histéricamente:
—¿Cuántos años llevan hablando así? ¿Ocho? ¿O nueve?
Sin mencionar siquiera el nombre de la persona, Óliver sabía de quién se trataba, pero no sentía ni pizca de culpa:
—Le gusto a Nadia, nunca ha querido interferir en nuestro matrimonio, solo he mantenido el contacto con ella durante nueve años, ¿cuál es el problema?
Laura miró al hombre que tenía delante con los ojos rojos y llenos de incredulidad:
—¡Óliver! ¿Sabes qué estás haciendo? ¡Me estás engañando, me estás traicionando!
La voz de Laura era ronca, y las finas palabras estaban impregnadas de un dolor infinito.
El hombre frunció el ceño, sus finos labios ligeramente abiertos, su voz llena de desagrado y acusación:
—Laura, has estado dependiendo de mí después del éxito de mi carrera, y ni siquiera has podido concebir un hijo tras tres años de preparación, ¿no crees que faltas a tu deber como esposa?
—Ponte en mi piel, ya no soy el tipo sin un duro que era entonces, ahora tengo tres empresas a mi nombre y mucho dinero, y solo estoy teniendo una amante. Además, ella nunca se mete contigo, y yo también te muestro mi respeto, ¿qué más quieres?
Capítulo 2
Sus palabras silenciaron a Laura.
No había trabajado en los últimos años porque los años que pasó con Óliver para poner en marcha su negocio habían sido demasiado extenuantes, lo que había provocado daños irreversibles en su salud.
El joven Óliver, que entonces acababa de empezar a lidiar con clientes, estaba lleno de arrogancia y escasas dotes negociadoras, y nadie estaba dispuesto a darle una oportunidad.
Era su copa tras copa de vino, agachándose e inclinando la cabeza para brindar por sus clientes y bebiendo hasta tener hemorragia digestivo lo que le trajo un pedido tras otro.
El año en que triunfó en su negocio, su salud también se arruinó por completo y estuvo hospitalizada la mayor parte del año porque no le venía la menstruación.
Ahora la acusó de quedarse en casa para recuperarse y no ir a trabajar.
Laura volvió tranquilamente a su dormitorio, rompió la prueba de embarazo de hoy y lo tiró a la basura.
Esa noche, Laura no pudo conciliar el sueño.
Apenas pudo dormir dos horas con medicación.
A partir de ese día, discutieron casi todos los días.
Hace apenas medio mes, Óliver le propuso abrir una sucursal en el extranjero con la intención de establecerse allí.
Laura quería utilizar esto para mantener separados a Óliver y Nadia.
Óliver propuso llevarse a Nadia con él al extranjero.
Hoy mismo, Óliver lo había mencionado por tercera vez.
El corazón de Laura finalmente admitió la cruel realidad.
Comió despreocupadamente un poco de su comida, con la mirada puesta de nuevo en el balcón.
Óliver seguía al celular, con un atisbo de alegría en los labios.
Laura se levantó y se acercó a la pizarra del salón y escribió un «siete».
Laura se despertó temprano a la mañana siguiente y fue a consultar a un abogado sobre el divorcio.
—Señorita Díaz, si el señor Silvestre está dispuesto a firmar los papeles del divorcio será lo mejor. En caso contrario, si viven en diferentes países durante un año, entonces hay muchas posibilidades de ganar el juicio de divorcio. Pero, ¿está segura de que quiere el divorcio?
El abogado, señor López, fue contratado por Laura de un día para otro, y se sorprendió un poco al saber que Laura quería divorciarse de Óliver.
Para el público, Óliver trataba muy bien a Laura, pues no se veía ninguna chica sospechosa a su lado.
Laura bajó las pestañas, sus ojos acuosos con un toque de tristeza:
—Tiene una aventura.
La otra parte guardó silencio unos segundos y dijo que lo sentía mientras Laura continuaba:
—Envíame los papeles del divorcio, los firmaré antes de enviarlos al extranjero. Dentro de una semana, cuando él llegue, me encargaré de que alguien se los de para que los firme a primera hora.
Justo después de colgar el celular, Laura se dio cuenta de que Óliver estaba de pie en la puerta del dormitorio, con los ojos clavados en ella y cara tensa:
—¿De qué estabas hablando, qué papeles de divorcio?
Laura no esperaba que la escuchara, y aferró su celular, inventando una excusa al azar para explicarse:
—Estaba hablando con una amiga que está tratando de conseguir un divorcio.
Óliver no le dio mucha importancia. Nunca se le pasó por la mente que Laura lo dejaría, y mucho menos que la amiga de la que hablaba era ella misma.
Así que sacó su celulular para enseñarle las fotos de la villa.
—He comprado dos villas muy bonitas en el extranjero, la grande para nosotros y esta pequeña para Nadia. Las escrituras de propiedad de ambas villas irán a su nombre. No trates de detenerme, ella ha estado a mi lado durante tantos años sin pedir nada, tengo que darle algo al menos.
A Laura le tembló el pulso. ¿Eso significaba que no tenía ni una sola villa a su nombre?
—¿Sin pedir nada? Pero ahora le estás dando las dos villas. Durante los años que empezaste tu negocio, lo di todo para ayudarte, ¿acaso no sientes ni pizca de remordimiento por hacerme esto?
Óliver miró a Laura con disgusto y se enfurruñó:
—Te he dado suficiente, debería estar contenta ya. Cuando estaba pagando estas dos villas, ella estaba a mi lado y mencionó que no tenía propiedades a su nombre. Eso es todo lo que dijo, y yo se las regalé porque me daba pena, no porque las quisiera por su propia voluntad.
El corazón de Laura estaba tan decepcionado que se sintió ridícula, y estaba a punto de hablar cuando se oyó un ruido en la puerta.
Los dos miraron cuando Nadia asomó la cabeza por la puerta.
Llevaba un vestido blanco y dos grandes bolsas de la compra del supermercado. La piel de la chica era blanca y tierna, y llevaba un maquillaje delicado y ligero. Era evidente que se encontraba en buen estado.
No fue hasta hace un mes, cuando Laura revisó su historial de chat, cuando se dio cuenta de que Óliver había estado transfiriendo en privado cinco mil a Nadia cada mes desde que su carrera había despegado y, en todas esas veces, Óliver mencionaba:
—Tómalo, te lo debo, no puedo dejar que no te lleves nada siendo mi chica. Es una pena que ella haya aparecido antes que tú, tuvo más suerte que tú.
Los ojos de Laura se cruzaron con los de Nadia en el aire, y los de la chica se llenaron de orgullo. Aunque vestida como una joven inocente, la carita delicada decía: «Estoy aquí para demostrar quién soy».
Laura miró a Óliver con el ceño fruncido y se disgustó:
—¿Por qué está ella aquí? ¡¿No te dije que no le permitieras dar un paso en esta casa?!
Óliver agitó la cabeza un poco culpable:
—Hoy es su cumpleaños, y como aceptaste que se mudara con nosotros, quería aprovechar el día para prepararte comida y agradecértelo.
Tras una pausa, miró a Laura acusadoramente con desagrado:
—Ella tomó la iniciativa de mostrarte amabilidad, no seas desagradecida, que ella no dijo nada incluso después de toda la injusticia que sufrió durante años.
Laura miró el «siete» en la pizarra y respiró hondo, conteniendo su repulsión:
—Dile a la señorita Martínez que no como cilantro, que no ponga nada en los platos.
La sonrisa de Nadia se congeló, ¿por qué se sentía como la criada que cocinaba para ella?
Fue a la cocina e hizo una comida para tres, pero no la sirvió, solo asomó la cabeza para saludar a Laura:
—Lau, ayúdame a servir los platos.
Laura entró en la cocina y examinó la mesa, había cuatro platos de comida con una sopa, todo llevaba cilantro.
A un lado, Nadia se retocaba el maquillaje con un pintalabios claro, pintando sus labios sonrosados hasta que pareciera pálida.
Miró a Laura, con los ojos llorosos y altivos:
—A Óliver se le va a romper el corazón al verme tan agotada, no soporta verme sufrir.
Laura miró su maquillaje de «chica débil».
Era cierto que Óliver sentía pena por Nadia si sufría, pues durante estos días, Óliver no paraba de decirle:
—Nadia ha hecho mucho por mí, y tú simplemente me acompañaste en mis años de levantar el negocio.
Al principio, cuando oía a Óliver decir esas cosas, le replicaba, pero ahora ya no quería decir nada.
—¿No estás cansada de fingir dar pena todos los días?
Nadia hizo una mueca mientras recogía el guiso y miraba a Laura con desdén:
—Para nada, es mejor que agotarte dándoselo todo y vaciando tu cuerpo por él y que luego le caigas mal. Si yo fuera tú, me divorciaría de Óliver ahora mismo.
La mirada de Laura se aclaró mientras cruzaba los brazos alrededor del pecho:
—¿Qué? ¿Quieres ocupar mi sitio?
Nadia dejó la sopa en la mano y se rodeó el pecho con los brazos.
Había sido la favorita de Óliver durante años, y sus ojos estaban llenos de confianza.
—Honestamente, soy mejor esposa para él que tú en todos los sentidos, solo que aún no lo puedo ser legalmente.
—Conozco a Óliver desde hace nueve años, y hemos estado en contacto todos los días durante estos nueve años. Él me lo cuenta todo, conozco todos sus alegrías y penas, y sé la contraseña de pago de su celular, es 198111, puedes probarlo si no me crees.
Laura parecía aturdida.
En doce años de relación, Óliver nunca le dijo el código de pago.
Era nominalmente su esposa, pero Óliver cedía a Nadia todo el derecho que le pertenecía.
—¿Terminaste?
Nadia vio que fruncía el ceño y enganchó los labios en una sonrisa de suficiencia:
—¿Puedes aguantar que tu marido te engañe?
Capítulo 3
—¿Terminaste? —volvió a preguntar Laura.
Nadia se quedó paralizada, sin entender de repente lo que Laura intentaba hacer, pero trató de irritarla de todos modos:
—No lo dejaré, me mudaré con ustedes. Voy a estar siempre a su lado, él me ama. ¡No tendrás una vida matrimonial feliz conmigo cerca!
Cuando Nadia terminó, Laura dejó su plato y entrecerró los ojos.
—¿Has terminado? Entonces me toca hablar a mí. Un consejo, si eres una amante, compórtate y no seas tan escandalosa.
Luego, Laura le dio una bofetada en la cara a Nadia.
Esta torció el pie y chocó con la sopa que había sobre la mesa, derramándola sobre sí y escaldándose:
—¡Me quemo! ¡Qué dolor!
Óliver oyó el alboroto y corrió hacia la cocina:
—¿Qué pasa, Nadia?
Nadia ladeó ligeramente la cabeza, mostrando el lado derecho de la cara enrojecido por la bofetada y la mano izquierda quemada e hinchada, señalando con disgusto a Laura, que tenía la cara fría:
—Amor mío, me abofeteó y me tiró sopa encima.
¿Amor mío?
Laura luchó contra las náuseas. Si él era amor suyo, ¿quién era su amor?
Óliver recogió a Nadia del suelo y miró a Laura, con descontento:
—Discúlpate con Nadia.
Laura frunció el ceño y palideció, ya que también le había salpicado un poco de la sopa caliente:
—¿No vas a preguntar qué acaba de pasar?
Óliver tensó el rostro y miró con dolor a la desdichada Nadia:
—Nadie es una buena chica, ha estado durante tantos años a mi lado sin pedir nada a cambio, ¿qué tan mala podría ser? ¿Cómo es posible que tomara la iniciativa de meterse contigo?
Laura le miró en silencio, con una pizca de tristeza surgiendo en su mente.
Cuando, en la universidad, fue vilipendiada por robar dinero por una compañera celosa de ella, y el profesor de clase se acercó para interrogarla, fue Óliver quien corrió al despacho y la defendió:
—Profesora, Laura es una chica muy buena, nunca dice nada ante injusticias, ¿qué tan mala puede ser? ¿Cómo es posible que robe dinero?
Pero ahora aparecieron palabras parecidas, pero no para ella, sino para otra.
—Puedo disculparme, pero no permitiré que se mude con nosotros.
Al oír esta palabra, Nadia apretó los dientes y la miró con odio:
—¿Qué derecho tienes de rechazar? Ni que estuvieras al mando.
Óliver se puso furioso:
—No me cabrees.
Los ojos de Laura enrojecieron y ladeó ligeramente la cabeza para evitar que se le saltaran las lágrimas:
—No me obligues a hacer público lo tuyo con Nadia.
El atractivo rostro de Óliver se ensombreció y, durante un largo instante, apretó los labios:
—Olvídalo, esta vez estás perdonada, pero no quiero que vuelva a pasar.
Con esas palabras, llevó a Nadia al sofá del salón y le dio una crema para las quemaduras.
Laura salió de la cocina echando una mirada a la enamorada pareja y subió al dormitorio principal.
Mientras Óliver estaba abajo, Laura tomó su celular. Entró en la página de transferencia de dinero, introdujo una cantidad al azar y tecleó su contraseña.
«Transferencia exitosa».
Laura guardó silencio un momento, borró el rastro y volvió a colocar el celular en su sitio.
Era irónico que necesitara a otra mujer para informarle de la contraseña de pago de su marido.
Abajo, Óliver sostenía una toalla caliente en el lado derecho de la cara de Nadia y le aplicaba pomada en la mano quemada.
Los ojos llorosos de Nadia enrojecieron y se atragantó con su queja:
—Me dio una bofetada y no se sentía culpable en absoluto, ¿por qué es tan mala? Cariño, ¿por qué no le echaste una buena bronca? ¡Podrías abofetearla tú también!
Óliver, con cara de ira, se mostró paciente:
—¿Y si se enoja y cambia de opinión y te impide venirte con nosotros? También hago esto por ti.
Nadia bajó los ojos, tímidamente:
—Bien, pero es mi cumpleaños, estarás conmigo esta noche.
—Claro, mi mundo.
Óliver inclinó la cabeza y la besó cariñosamente en los labios.
Sin que los dos se dieran cuenta, Laura se quedó de pie en el primer piso, mirando a la pareja desde arriba.
Poco después, Óliver entró en el dormitorio principal.
Tenía muy mal aspecto y dijo que Nadia estaba muy quemada y que había que llevarla al hospital inmediatamente.
Laura no reveló su mentira.
En cuanto Óliver se fue, Laura miró el historial de chat. Descubrió que Óliver había dicho que había surgido algo en la empresa para escabullirse en todos los cumpleaños de Nadia.
Antes de irse a la cama, Laura borra el «siete» de la pizarra y escribió «seis».
—Seis días quedan.
A la mañana siguiente, Laura se despertó y Óliver había vuelto.
Tenía ojeras y era evidente que se había excedido de sexo anoche.
Laura estaba desayunando cuando Óliver miró el número de la pizarra y frunció el ceño:
—¿Qué es este seis?
Laura dijo sin cambiar de expresión:
—Faltan seis días para que nos mudemos.
Faltaban seis días para que terminara esta relación de doce años.
Faltaban seis días para que pudiera despedirse de él.
Óliver siempre tuvo la sensación de que algo le resultaba extraño, pero no tuvo tiempo de pensar en ello cuando sonó su celular.
Cuando Óliver salió por la puerta, Laura empezó a hacer las maletas.
Óliver no tenía intención de vender esta casa cuando abandonara el país.
Laura organizó y empaquetó sus cosas para enviarlas a casa de sus padres.
En cuanto a los regalos de Óliver, no se quedó con ninguno.
Después de todo esto, ya era la tarde, y hubo un ruido en la entrada.
Laura miró de reojo a Nadia, que estaba de pie detrás de Óliver, con una maleta en la mano.