Capítulo 1
Fui a las aguas termales con mi novia y su mamá. El traje de baño de la señora le quedaba tan apretado que, ¡Clac!, se le reventó el tirante.
Sus pechos quedaron a plena vista, temblando en la piscina termal de vino tinto. Se me fueron los ojos. En ese momento, tres tipos más se metieron al agua. La mamá de mi novia, muerta de vergüenza, se refugió entre mis brazos.
Cuando sus pechos se aplastaron contra mí y se restregaron cada vez que ella temblaba… Me puse duro de placer y quedé apretado entre sus piernas.
—Iván, vienen unos hombres…
A la mamá de mi novia se le rompió el traje de baño cuando los tres tipos se acercaban a la piscina termal; se tapaba el pecho, blanco y terso, y me pedía ayuda angustiada…
Yo tampoco sabía qué hacer; era la primera vez que me encontraba en una situación así. La piscina estaba en medio, sin nada alrededor que la tapara. Los tres tipos venían de frente hacia ella, y Rocío no tenía cómo evitarlos.
Pensé en salir del agua para buscarle una toalla a mi futura suegra, pero era evidente que no llegaría a tiempo.
Desesperado, le dije:
—¡Yo la cubro!
Se estremeció y apartó las manos del pecho; los senos, que hasta entonces había sostenido, quedaron libres y se balancearon. Me quedé hipnotizado. Pero ella no se fijó en cómo la miraba; se abalanzó hacia mí y se refugió entre mis brazos.
Quedamos pegaditos. Ella estaba tibia, olía delicioso y tenía la piel suave como la seda; su aroma me volvía loco. Con solo bajar la mirada, alcanzaba a verle el pecho de copa F y el escote profundo.
Sus pechos suaves se apretaban contra el mío y se restregaban al ritmo de su respiración. Las puntitas ya estaban erguidas; no sabía si por el susto de hacía un rato o por el deseo que encendía el roce.
Esos dos puntos trazaban círculos al azar sobre mi pecho y me llevaban la cordura al límite.
Para colmo, ese día Ximena, mi novia, me había dejado a medias. Se puso a llorar y me dijo que ya no quería.
Por su culpa seguía caliente y llevaba todo el día aguantándome. Y ahora, estando pegado a mi futura suegra, tan atractiva como siempre, ¿cómo iba a aguantarme? Una llamarada de ese fuego maldito me subió desde abajo.
Incómodo, traté de echar la cadera hacia atrás, pero Rocío estaba tan nerviosa que, cuanto más intentaba apartarme, más se me pegaba; seguíamos apretados sin poder separarnos.
Me quedé rígido y no me atreví a moverme ni un poco. Porque bastaba con moverme un poco para que pareciera que me restregaba contra ella.
Después de tanto rato de contacto íntimo, y como ella me encendía sin querer, esa cosa ahí abajo ya estaba erguida; en ese momento le presionaba la entrepierna, a punto de rozarle las partes íntimas.
Rocío, ya más calmada, por fin notó algo raro, se desconcertó y dijo:
—Iván, siento que algo me pincha.
Y, mientras lo decía, extendió la mano por instinto y me agarró el deseo a punto de estallar.
Abrí mucho los ojos y me estremecí con cada movimiento de su mano, que me manoseaba y tanteaba.
Cuando ella abrió mucho los ojos y se dio cuenta de qué era eso, ya era demasiado tarde.
Capítulo 2
La cosa fue así. Gracias a un compañero de trabajo conseguí tres pases para el balneario El Paraíso, y pensé en darles una alegría a mi novia y a mi futura suegra.
La mamá de mi novia se llama Rocío Andrade, tiene cuarenta años y es una mujer de belleza deslumbrante, madura y sensual, un auténtico bombón.
Tiene un cuerpazo, con curvas generosas por delante y por detrás, y suele usar vestidos entallados que se le pegan a las caderas y le marcan sin disimulo las nalgas redondas y respingadas, de esas que dan ganas de acercarse y manosear a gusto.
Por eso, en cuanto tuve los pases, la primera que se me vino a la cabeza fue doña Rocío. Con solo imaginármela en traje de baño, tan sensual y encantadora, me calentaba como loco. Pero Rocío no sabía nadar ni había ido nunca a unas aguas termales, así que todavía no tenía traje de baño. Así que Ximena, como buena hija, le compró uno en la entrada.
Cuando doña Rocío se lo puso, quedó claro que le faltaba una talla, y encima se veía de lo más provocativa. La tela, minúscula, no alcanzaba a cubrir aquel cuerpo de infarto, y mucho menos esos pechos enormes, que rebotaban con cada paso y parecían a punto de romper el traje en cualquier momento.
Y para colmo, las copas acolchadas eran demasiado delgadas y no ocultaban ni un poco los pezones erguidos; al contrario, los relieves se marcaban en la tela y dejaban volar la imaginación. Un calor sofocante me recorrió el cuerpo entero y no pude apartar la mirada.
Como doña Rocío era tan guapa y tenía ese cuerpazo, atraía las miradas de muchos hombres, y eso la incomodaba.
—Iván, Ximena, busquemos una zona con menos gente.
Apenada por tantas miradas, se llevó una mano al pecho para taparse y, sin querer, terminó hundiendo más el escote. Me miró de reojo, todavía más apenada.
Así que yo, muy atento, la ayudé con el problema. Elegí una piscina sola, la llamada “piscina termal de vino tinto”, y ahí nos metimos.
Pero ¿quién iba a imaginar que, apenas doña Rocío se metió al agua, el tirante del traje de baño se rompió?
Cuando se le bajó la parte de arriba del traje, vi cómo sus pechos descomunales saltaban libres.
¡Era todo un tsunami!
Sus pechos suaves cayeron sobre el agua con un chapoteo; la piel, mojada por el agua caliente, le brillaba y desprendía un aroma suave.
Me quedé boquiabierto y sentí que toda la sangre se me iba a un solo punto.
¡Qué enormes, qué blancas!
Me moría por acercarme y apretar con fuerza esos pechos copa F.
Doña Rocío gritó del susto, se tapó a toda prisa con las dos manos y se puso roja de vergüenza. Pero, aun así, no lograba cubrirse esos pechos imponentes.
—Ximena, ¿qué traje de baño compraste? ¡Qué mala calidad! —le reclamó doña Rocío sin poder contenerse.
—Mamá, no es que comprara algo de mala calidad, es que te queda demasiado chico. ¡Aquí no tienen tu talla! —explicó Ximena entre risas.
Y por si fuera poco, Ximena alargó la mano y le manoseó el pecho un par de veces, jugueteando con los dedos sobre las puntitas mojadas, hasta hacerla estremecer. Yo, de tanto mirar, sentí que se me disparaba el deseo y casi se me caía la baba.
—¡Mocosa! ¡No! ¡Tu novio te está viendo! —Doña Rocío le apartó la mano de un manotazo, entre apenada y enojada.
Ximena se tapó la boca para contener la risa y, mirándome fijo, me dijo:
—No espíes, ¿eh? Voy a comprarle a mi mamá otro traje de baño más elástico.
Dicho eso, se fue, y en la piscina nos quedamos solos doña Rocío y yo. Estaba que me volvía loco; me moría por verla, pero mi lugar de futuro yerno me frenaba y no me atrevía a propasarme.
Rocío se cubría el pecho con las dos manos, con las mejillas rojas, y bajó la mirada, sin saber dónde meterse. Ninguno de los dos sabía qué decir y, cuando el ambiente empezaba a tensarse, aparecieron tres tipos en la zona de aguas termales.
Asustada, doña Rocío terminó dándose vuelta y refugiándose en mis brazos. Aquello me encendió la sangre, mientras ella, todavía medio aturdida, ni siquiera reaccionaba.
Una mano pequeña, suave y tersa se deslizó bajo el agua y me agarró… Me estremecí de pies a cabeza y sentí que me faltaba el aire.
A doña Rocío se le escapó un “¡ay!” y por fin se dio cuenta; como si hubiera tocado algo hirviendo, lo soltó a toda prisa. Pero para entonces ya tenía las mejillas encendidas; hasta el cuello y las orejas se le pusieron rojos. Cerró apenas la mano, como si aún sintiera el tamaño de lo que acababa de tener entre los dedos, y empezó a mirarme de otra manera.
—Vamos para allá —dijo con la voz algo ronca, señalando el rincón—. Allá… estaremos más seguros.
Capítulo 3
Nos arrimamos al rincón y escuché claramente a mi suegra suspirar. Aun así, solo logramos separarnos dos o tres metros de los tres tipos.
—No pasa nada, no pasa nada, aquí estoy —le dije en voz baja para aligerar la tensión del momento.
—Ajá. —Doña Rocío asintió, algo menos rígida.
Para taparles la vista, la acerqué más a mí; ahora respirábamos pegados y parecía que en el agua estábamos haciendo algo más…
Pero los tres tipos no se fueron enseguida; se quedaron conversando y cada tanto volteaban a mirarnos. Sobre todo miraban a doña Rocío de arriba a abajo, cuchicheando.
—Está guapísima…
—Deja de comértela con los ojos, que tiene novio.
—Qué calientes están esos dos, tsk, tsk, tsk.
Y los tres se echaron a reír. Ni siquiera bajaron la voz, así que doña Rocío y yo lo oímos todo. Doña Rocío se puso roja hasta las orejas; por instinto quiso apartarse, pero con el pecho tan al descubierto no tuvo más remedio que quedarse quieta en mis brazos.
—¿Eh? ¿Por qué dejaron de moverse? ¿Les habrá pasado algo?
Uno de ellos preguntó de pronto, y sentí varias miradas clavadas en mi espalda. Doña Rocío se estremeció en mis brazos. Respiré hondo. Era mi oportunidad.
—Con su permiso.
Antes de que reaccionara, me incliné y empecé a besarle el cuello; a propósito hice que los sonidos húmedos se oyeran bien.
Todos se sobresaltaron; doña Rocío fue la que más se tensó en mis brazos.
A mis espaldas estallaron los silbidos y las burlas de los tres tipos, pero no les hice caso. Con una mano la sujeté; con la otra empecé a acariciarla.
Rocío alcanzó a reaccionar y pareció que iba a decir algo, pero bajé la cabeza y le cubrí los labios rojos y carnosos con un beso.
Abrió mucho los ojos, me miró e intentó apartarme. Pero yo la abracé con fuerza; empujé con la lengua e intenté abrirle la boca a la fuerza. Doña Rocío apretó la mandíbula y no me dejó salirme con la mía.
Pero eso no me detuvo. Una de mis manazas fue directo a sus pechos y empecé a manosearlos a mi antojo.
Aquello le arrancó a doña Rocío un gemido; se le entreabrió la boca y aproveché para meter la lengua. Por supuesto, tampoco dejé quieta la otra mano; bajo el agua seguí tocándola sin parar.
Doña Rocío todavía quería resistirse, pero quizá al sentir lo excitado que estaba y todo lo que le hacían mis manos, se aflojó por completo y se quedó sin fuerzas.
Poco a poco, dejó de resistirse y se abandonó en mis brazos; al final cerró los ojos y hasta empezó a corresponder mi beso.
Sin querer, apretó mi traje de baño abultado bajo el agua con sus piernas largas y torneadas, y empezó a restregarse sin parar…