Capítulo 2
Miguel se quedó paralizado, incapaz de creer lo que acababa de oír.
Solté una risa burlona, me aparté de él y fui hacia el conductor del auto negro, que seguía maldiciendo entre dientes.
—Luego te transfiero lo de la reparación.
Miguel apretó los puños con fuerza. Tenía los ojos enrojecidos en las comisuras.
Al principio me sorprendió, pero enseguida entendí por qué.
—Ah, claro. No usé dinero de la familia. Esto lo voy a pagar con lo que me gané yo sola…
—¡Sandra!
Me interrumpió de golpe, como si ya no pudiera soportarlo ni un segundo más.
Y, aun así, alcancé a ver en su rostro un dejo de resentimiento.
—Eres la única hija de la familia. Aunque tuviera que entregarte toda la fortuna de los Nogueda, yo no diría ni una palabra.
Me pareció casi ridículo.
Lo miré directo a los ojos.
—¿Ah, sí?
Su cuerpo se estremeció levemente, como si recién en ese momento hubiera reaccionado.
Porque la hija única de la familia, al menos de nombre, era Beatriz.
Y yo, la verdadera hija de los Nogueda, no era más que una loca delirante con la reputación por los suelos.
Me eché a reír sin freno, aunque las lágrimas terminaron por caérseme solas.
Hubo un tiempo en que Miguel y yo éramos inseparables. Incluso cuando tenía que ir a grabar, me llevaba con él.
Pero ahora solo sabía mirarme con frialdad y ordenarme que siempre le cediera el paso a Beatriz.
Me arrastró de vuelta al auto y, con la cabeza baja, murmuró:
—Cuando Beatriz gane el premio de física, haremos público que tú eres la verdadera hija de la familia… Todo lo de antes no fue más que un malentendido…
No quise responderle. Giré la cabeza hacia la ventanilla.
El paisaje del otro lado del cristal se deslizaba hacia atrás, fugaz, como si nada pudiera quedarse.
Antes de llegar a este mundo, yo era huérfana.
En un chequeo médico de rutina me detectaron cáncer óseo.
Estaba acostada en la cama del hospital cuando el dolor me hizo perder el conocimiento.
Y cuando volví a abrir los ojos, el sistema ya me había enviado a este mundo y me había convertido en una niña de seis años.
[Cuando el nivel de conquista de los hermanos Nogueda y del protagonista masculino, Alberto, llegue al 80 % y logres casarte con él, recibirás una recompensa de cien millones de dólares y podrás volver al mundo real.]
Después de eso, solo se oyeron unos chasquidos y un ruido de estática. Casi pensé que todo había sido una alucinación.
Pero poder vivir una segunda vida con un cuerpo sano tampoco sonaba tan mal.
El auto seguía avanzando sin sobresaltos mientras Miguel me tenía sujeta la muñeca con fuerza. Las yemas de sus dedos me rozaban suavemente el dorso de la mano, igual que antes, cuando intentaba calmar mis noches de insomnio.
Yo, que había crecido sin familia, había terminado aferrándome a ese cariño que creía solo mío.
Incluso pensé en renunciar a la misión y quedarme.
Pero desde que Beatriz, la huérfana que yo misma había traído a casa, entró en nuestra vida, toda esa ternura empezó a volcarse por completo en ella.
Pasé de hacer berrinches a discutir con ellos, y de ahí a hundirme en una desesperación casi histérica. Al final, lo único que obtuve fue una frase fría:
—Ya deja de armar escándalos. Mira nada más en lo que te has convertido.
Cuando el auto se detuvo frente a la mansión de los Nogueda, me solté de la mano de Miguel y bajé sin mirarlo.
Su voz me alcanzó por detrás, incrédula:
—Sandra, estoy herido. Todo fue para protegerte…
Lo interrumpí sin expresión alguna.
—Si estás herido, ve al médico. ¿De qué me sirve que me lo digas a mí?
Empujé la puerta principal y lo primero que vi fue a Beatriz, sentada en el sofá, con todos a su alrededor, como si fuera el centro del universo.
Jorge tenía el rostro serio y, con gesto helado, le dio un golpe seco en el hombro a Alberto.
—Por tu culpa, Beatriz pasó tres días enteros sin comer bien ni dormir. ¿Se puede saber cómo la estuviste cuidando?
Beatriz se apresuró a detenerlo.
—De verdad ya estoy bien. Todo fue un malentendido. Ahora que ya lo aclaramos, no pasa nada.
Me quedé en la entrada, contemplando en silencio aquella escena en la que todos giraban alrededor de Beatriz.
[Anfitriona, se ha detectado una disminución en sus niveles de dopamina…]
La voz mecánica del sistema sonó extrañamente apagada.
[Entonces, anfitriona… ¿se siente muy triste en este momento?]
Capítulo 3
Las palabras del sistema estuvieron a punto de hacerme saltar las lágrimas.
Me limpié con torpeza la humedad de las comisuras de los ojos.
Miguel acababa de acercarse a mí, como si quisiera decirme algo, cuando Beatriz lanzó un grito y se abalanzó sobre él.
—¡Miguel! ¿Cómo te hiciste una herida tan grave? Tú…
No alcanzó a terminar la frase cuando me adelanté y le di una bofetada.
Beatriz se cubrió la mejilla, ya hinchada y enrojecida, y me miró como si no pudiera creerlo.
Casi al mismo tiempo, un empujón brutal me lanzó al suelo.
Jorge me señaló, con la cara encendida de furia.
—¡Sí que te malcriamos demasiado! ¡Discúlpate con Beatriz!
Tirada en el suelo, escupí un hilo de sangre y solté una risa amarga.
—¿Que me disculpe yo? ¿Qué fue exactamente lo que hice mal? ¿Ahora ni siquiera puedo golpear a la otra?
Jorge se puso todavía más furioso y alzó la voz de golpe:
—¿Qué tonterías estás diciendo? ¡Beatriz y Alberto siempre fueron tal para cual! ¡Fuiste tú la que se metió entre ellos!
—¿Cómo pude tener una hermana tan descarada como tú?
Solté una carcajada.
—¿Descarada? Alberto era mi prometido, y ahora resulta que la que se metió fui yo.
Alberto me clavó una mirada helada.
—¡Nuestro compromiso se canceló hace mucho! ¡Mi familia jamás aceptará a una mujer con tan mala fama como tú!
Ángel me agarró del brazo y me levantó bruscamente del suelo.
—¡Discúlpate!
No dije nada. Recorrí con la mirada, una por una, a las personas que tenía delante.
Jorge me observaba con frialdad.
Ángel no se molestaba ni en disimular la cara de asco.
Y Alberto parecía desear con todas sus fuerzas que yo desapareciera.
Miguel fruncía el ceño. Sus labios se movieron apenas, pero al final no dijo ni una sola palabra.
Igual que un año atrás.
Por aquel entonces, como Beatriz pasaba cada vez más tiempo con Miguel, los fans la confundieron con una acosadora.
Miguel no lo soportó y publicó que Beatriz era la hija de los Nogueda.
Y yo, la verdadera hija de la familia, fui la que terminó cargando con todo el odio y la mala fama por ella.
—Tú siempre sales acompañada por guardaespaldas. Beatriz está sola.
Me quedé helada, protesté, lloré, armé un escándalo.
Pero la forma en que todos me miraban entonces era exactamente la misma que ahora.
Ya no me quedaba más que un cansancio imposible de explicar.
Estaba tan agotada que ni siquiera tenía fuerzas para discutir.
Me solté de un tirón de la mano con la que Ángel me sujetaba, corrí hacia el salón y agarré el cuchillo para la fruta que había sobre la mesa.
Miguel quiso lanzarse hacia mí, aterrorizado, pero Beatriz se le colgó del brazo.
—¿Qué vas a hacer?
La miré y esbocé una sonrisa tirante.
—Voy a disculparme.
Sin volver a mirar a Jorge, a Ángel ni a Alberto, que me observaban como si yo fuera su peor enemiga, levanté la mano y, de un solo movimiento, me hundí el cuchillo en el pecho.
A mi alrededor estallaron los gritos. Yo reía y lloraba al mismo tiempo.
—Les pago con mi vida. ¿Con eso basta? ¿Ahora sí se sienten satisfechos?
La sangre, tibia y espesa, brotó sin parar. El mareo de la pérdida de sangre me hizo tambalearme.
Entre gritos que ya no pude distinguir de quiénes venían, vi en sus rostros una expresión de puro terror.
Miguel se lanzó hacia mí y me sostuvo entre sus brazos, gritando como si hubiera perdido la razón.
—¡Llamen a una ambulancia!
Abrí los ojos envuelta en un fuerte olor a desinfectante.
Todo a mi alrededor era blanco.
La emoción me estalló de golpe en el pecho. ¿Lo había logrado? ¿De verdad había vuelto?
Giré un poco la cabeza y me encontré con los ojos inyectados en sangre de Jorge.
Cerré los ojos otra vez, irritada. Por primera vez, su voz ronca me resultó insoportablemente molesta.
—¡Sandra! ¿Quién te enseñó a andar por la vida buscando la muerte solo para llamar la atención?
Mi fastidio aumentó todavía más. Sentía algo bajo la cabeza que me molestaba.
Alargué la mano, lo agarré y lo saqué de un tirón.
Era un escapulario ya gastado.
Cuando tenía doce años, pasé una semana entera con la fiebre sin que me bajara. En el hospital llegaron a declararme en estado crítico tres veces.
Entonces Ángel le hizo una promesa a la Virgen por mí: subió de rodillas las escalinatas de una basílica para pedirle a la Virgen que me salvara, y de allí trajo aquel escapulario bendecido.
Después, cuando Beatriz salió herida, me lo quitó para ponérselo a ella.
Y ahora había vuelto a mis manos.
Pero para mí ya no era más que un estorbo.
Levanté la mano y lo lancé lejos.
Justo en ese momento, Ángel entró en la habitación y vio cómo el escapulario caía al suelo.
Alzó la vista y me clavó una mirada feroz.
—Sandra, ¿de verdad acabas de tirar ese escapulario?
Capítulo 4
Fruncí el ceño y respondí con calma:
—Si ya no quiero esa porquería, ¿tampoco puedo tirarla?
El pecho de Ángel subía y bajaba con fuerza. En sus ojos ardían el dolor y la rabia.
De pronto, levantó el pie, pisó el escapulario y lo restregó con saña contra el suelo. Luego soltó una risa helada y burlona.
—De verdad te han malcriado tanto que ya no tienes corazón. ¡Eres una desagradecida, no sabes valorar nada!
—Con razón Alberto prefiere a Beatriz y no a ti. Tú…
—¡Ángel!
Jorge lo interrumpió con un tono más grave de lo habitual.
Con los ojos enrojecidos, Ángel me sostuvo la mirada con intensidad, como si quisiera encontrar en mi rostro aunque fuera una pizca de tristeza o arrepentimiento.
Pero lo único que vio fue un rostro sereno e inmóvil, como la superficie de un estanque sin una sola ondulación.
Tembló de rabia de pies a cabeza y de su garganta brotó un rugido ahogado.
—¡Ese escapulario es de Alberto! ¡Él solo te lo prestó! ¿Con qué derecho lo tiras?
Por dentro me sentía extrañamente en paz. Respondí, sin alterarme:
—Le conseguiré otro.
Mi tono indiferente terminó de encenderlo. Ángel me señaló con furia.
—¡Todavía sigues fingiendo! ¡Muy bien! Entonces sube ahora mismo de rodillas los mil escalones y trae otro escapulario bendecido. Si te saltas aunque sea uno, no contará.
Jorge quiso intervenir, pero Ángel lo detuvo con una sola mirada.
Era evidente que él también pensaba que aquella era una buena oportunidad para darme una lección.
La herida no era grave. Estaban convencidos de que todo había sido una escena para llamar la atención.
Cuando llegamos al santuario, empezó a llover.
Los mil escalones quedaron cubiertos de agua, resbaladizos y helados.
Yo me arrodillé sin vacilar.
La lluvia se me coló en la herida, y el dolor punzante que me atravesó el cuerpo entero me hizo arder hasta los huesos.
Y aun así, era como si no sintiera nada. Solo seguía repitiéndome, una y otra vez, que aquella sería la última vez.
Que lo tomaría como una deuda saldada con Ángel.
No sé cuánto tiempo pasé así, pero al final conseguí el nuevo escapulario.
Estaba completamente empapada y sentía la cabeza pesada; me ardía la frente y todo me daba vueltas.
Cuando empujé la puerta principal de la casa, me encontré de lleno con una bulliciosa celebración.
Beatriz estaba rodeada de gente, con el trofeo del certamen de física en las manos y una sonrisa radiante en el rostro.
Y mi aparición destrozó al instante aquella armonía.
Jorge fue el primero en fruncir el ceño y reprenderme.
—Mírate nada más. ¿No te queda ni un poco de la dignidad que debería tener una hija de esta familia?
Todas las miradas se clavaron en mí al mismo tiempo. En todas había desprecio y fastidio, pero no había ni una sola señal de preocupación.
Ignoré por completo las miradas a mi alrededor y caminé derecho hasta Beatriz. Le dejé el escapulario en la mano.
Ella retiró la mano como si no se lo esperara, aunque en el fondo de sus ojos brilló un destello de satisfacción.
—No hagas esto… yo nunca quise echarte la culpa…
No tenía ni ganas de mirar esa cara de falsa inocencia. Me di la vuelta y me fui.
A mi espalda estallaron las voces de Jorge y Ángel, llamándome y gritándome algo.
No les presté atención.
Entré directamente en mi habitación y cerré con llave.
Saqué del cajón la cuchilla que ya había preparado desde hacía tiempo y, sin dudarlo, me la pasé por la muñeca.
En el instante en que la sangre empezó a brotar, sentí una ligereza como nunca antes.
Del otro lado de la puerta se oyó la voz de Miguel, golpeando la puerta con los nudillos.
—Abre. Tengo que hablar contigo.
Yo ya estaba al borde del desmayo; ni siquiera tenía fuerzas para mover los labios.
Entonces se oyó la voz impaciente de Ángel:
—¡Déjala! Seguro que otra vez está armando un berrinche y haciéndose la víctima. La han consentido tanto que cada día está peor.
Al final, Miguel no insistió más. Sus pasos se fueron alejando poco a poco.
Y yo, por fin, cerré los ojos como tanto había deseado.
Mi alma empezó a elevarse, ligera.
Pero apenas se había alzado un poco, la puerta fue derribada de un golpe brutal.
Jorge entró primero, con el rostro lívido, seguido por Miguel y Ángel.
—Sandra, otra vez tú…
La voz se le cortó de golpe.
Ante ellos, la sangre teñía el suelo entero de rojo.