Capítulo 2

Lo observé y sentí un nudo en el estómago de pura lástima. No entendía cómo podía estar así de mal si, por fuera, se veía tan fuerte y sano.

El movimiento de su mano al secarse el cabello se detuvo en seco. Sus ojos se oscurecieron y me sostuvo la mirada con una frialdad absoluta.

Nada que ver con los íncubos de los anuncios, que suelen mirar a sus dueñas como si fueran lo más sagrado del universo.

—Si en un par de días sigues así, sin terminar de adaptarte, te voy a llevar a que te den mantenimiento —le dije.

Él asintió, soltando un suspiro que pareció de alivio.

Por dentro, me moría de la frustración. Era como tener un banquete enfrente y no poder probar ni un bocado. Tener la miel en los labios y no poder saborearla era una tortura.

Me puse de pie y salí de la habitación para despejarme. Al final del día, la única razón por la que había comprado un íncubo era para darme el gusto.

De pronto, mi celular empezó a sonar. Era mi padre. Contesté con fastidio.

—Dice tu abuela que te extraña. ¿Cuándo piensas aparecerte por la casa? —soltó de una vez.

Sabía perfectamente que era una excusa. El que se moría por verme era él.

Mi padre es de esos hombres que viven por y para sus hijos. Si pasaba dos días sin verme, sentía que se le iba la vida.

—Está bien, papá, ya entendí. En un rato salgo para allá…

Me interrumpí al darme la vuelta. Me quedé de piedra al ver que Diego ya estaba armando sus maletas.

—¿Tantas ganas tienes de ir a la mansión? —le pregunté, aún con la llamada activa.

Él detuvo sus manos un segundo, pero no soltó palabra. No le di más importancia.

La verdad, no tenía ni tantitas ganas de volver a esa casa, pero mi papá siempre me ganaba con sus chantajes.

—A tu abuela ya le quedan pocos años de vida, ¿qué te cuesta pasar un rato con ella? —me había dicho.

Así que, apenas tres días después de haberme ido, ya estaba de regreso.

Nada más cruzar el umbral, una chica se me echó encima. Me hice a un lado con una mueca de asco y la miré con frialdad.

Raina puso esa cara de mosquita muerta que tanto odiaba y habló con esa vocecita chillona y fingida que usaba siempre.

—Hermana, por fin volviste. No sabes cuánta falta me hiciste estos tres días.

Raina era la hijastra de mi padre.

Era el colmo: mi padre juraba que me adoraba y que le dolía el alma si no me veía, hasta puso todas las acciones de la empresa a mi nombre... pero nada de eso le impidió casarse con otra y mantener a una hija que ni siquiera era suya.

A Raina no la pasaba, y no era solo por mi padre, sino porque la tipa era una hipócrita.

La había agarrado varias veces haciéndome jugaditas sucias, y a la muy cínica ni le daba tiempo de quitar esa cara de mala cuando la descubría.

Al ver que yo no le seguía el juego, ni se inmutó. Simplemente se giró hacia Diego, que venía detrás de mí, y le dedicó su mejor sonrisa.

—Diego, ¿no estás cansado de cargar tantas cosas? —Luego me lanzó una mirada de reproche—. Ay, hermana, de verdad te pasas. Diego es tu íncubo, no un empleado doméstico. ¿Cómo puedes ponerlo a hacer trabajos tan pesados?

Solté una risa seca.

—¿Y qué? ¿Las vas a cargar tú entonces?

Su cara se tensó por un instante.

Diego me clavó una mirada indescifrable, pero guardó silencio.

Yo estaba harta, así que me fui directo a mi habitación.

No tenía paciencia para lidiar con el teatro de Raina. Por eso no me di cuenta de que, a mis espaldas, Diego le devolvió el gesto a Raina con una leve sonrisa y un ligero asentimiento.

Durante la cena, el ambiente estaba pesadísimo. Mi padre no dejaba de mirar a Diego con mala cara.

—No es más que un juguete —masculló mi padre—, y lo andas trayendo de arriba abajo como si fuera un tesoro.

Sentí cómo Diego se ponía rígido a mi lado. Estaba a punto de intervenir para poner a mi padre en su lugar, pero Raina se me adelantó.

—Papá, no hables así de Diego. Aunque sea un íncubo, él también tiene su dignidad.

Sentí un movimiento a mi lado y giré la cabeza. Diego estaba mirando a Raina fijamente, con los ojos cargados de una ternura infinita.

Fruncí el ceño y lo analicé con cuidado. ¿Acaso eran imaginaciones mías? ¿Por qué sentía que mi íncubo miraba a Raina con ese brillo especial en los ojos?

Me pareció el colmo de la ironía. Yo había pagado una fortuna por él, lo mantenía con lo mejor, le daba todo lo que necesitaba y consentía cada uno de sus caprichos.

Capítulo 3

Él me había dicho que no soportaba que lo tocara y yo, por puro respeto, me había mantenido al margen. Pero resultó que toda mi consideración no sirvió de nada frente a esas palabritas dulces y fingidas de Raina.

Ella seguía parloteando sin parar, con ese tono meloso que me estaba taladrando los oídos. Era desesperante.

—¿Te puedes callar de una vez? —solté.

En cuanto terminé de hablar, se hizo un silencio sepulcral en el comedor.

Mi padre me lanzó una mirada de reproche, como pidiéndome que no fuera tan grosera, mientras que la mamá de Raina seguía comiendo como si la cosa no fuera con ella.

Raina me miró con los ojos empañados, pasando la vista de Diego a mí, a punto de romper a llorar.

De pronto, el sonido de los cubiertos chocando contra el plato rompió la tensión. Entonces, la voz fría y distante de Diego resonó en toda la mesa.

—¿No puedes dejar de ser tan prepotente?

Todos nos quedamos de piedra. En esta casa, nadie se había atrevido nunca a hablarme en ese tono.

Mi padre se paró de un salto y hasta la mesa tembló, con la cara roja de coraje.

—¡Lo tienes muy malcriado, Fiona! ¡Se le olvidó quién manda aquí! ¡En mi vida había visto a un íncubo hablarle así a su dueña!

No me dio por explotar. Solo me quedé ahí, barriendo a Diego con la mirada, intentando descifrar qué estaba pasando.

Desde que lo compré, siempre se había portado apático, casi como un robot sin sentimientos. Pensé que así era su naturaleza, pero en ese momento me di cuenta de que algo no cuadraba.

¿Por qué le dolía tanto que yo regañara a mi hermanastra? Su mirada hacia mí era gélida, pero cuando miraba a Raina... había un brillo extraño, algo casi... íntimo.

La cena terminó de la peor manera. Esa noche, mi padre se puso terco y me prohibió dormir en la misma habitación que Diego.

—¡Déjalo que pase hambre! —sentenció—. Que aprenda de una vez quién es su dueña.

No tuve el valor de confesarle que Diego llevaba un mes en ayunas, y que era él quien se negaba a "probarme".

Era demasiado humillante.

A mitad de la noche, bajé a la cocina por un vaso de agua, pero un sonido que venía del cuarto de al lado me detuvo en seco.

Me quedé helada. ¿Qué hacía una voz de mujer en el cuarto de Diego?

Me acerqué con cuidado y sentí un frío intenso recorrer mi espalda. No me había equivocado: era Raina. Su voz suave y fingida se escuchaba clarito en el silencio del pasillo.

—Diego, de verdad te agradezco que me hayas defendido en la cena. No tienes idea de lo sola que me siento en esta familia. Nadie se pone de mi parte. Vine solo para darte las gracias.

Diego le respondió con una ternura en la voz que yo jamás le había escuchado, ni mucho menos me había dedicado a mí.

—Fiona tiene un carácter difícil, pero en el fondo no es mala persona —dijo él, con ese tono protector—. Si vuelve a hablarte así, no te quedes callada, responde. No se va a atrever a hacerte nada.

Solté una sonrisa amarga. Llevábamos apenas un mes juntos y el tipo ya sentía que me conocía de toda la vida.

Pero fue en ese preciso instante cuando la verdad me golpeó como un rayo: el día que llegó el paquete, fue Raina quien lo abrió.

Todo cobró sentido. No era que mi íncubo estuviera defectuoso. Era que, antes de vincularse conmigo, se había quedado prendado de alguien más a primera vista. Con razón no dejaba que lo tocara.

Recordando lo que me había dicho el asesor, regresé a mi habitación y les escribí de nuevo.

"Mi íncubo sigue sin mejorar y no tengo intención de mandarlo a reparar. Mejor hagamos el cambio por uno nuevo."

Como siempre, respondieron de inmediato.

"Entendido, linda. Mañana mismo sale su nuevo pedido. Le llegará en una semana, aproximadamente."

Me quedé pensando un momento y añadí otra pregunta.

"¿Y qué va a pasar con el que tengo ahorita?"

Esta vez tardaron un poco más en contestar.

"No se preocupe por eso. A los ejemplares que presentan problemas, devoluciones o quejas, los recolectamos cuando tenemos oportunidad. Normalmente se venden a precio de remate como artículos de segunda mano."

Capítulo 4

¿Venta de segunda mano?

Pensé en la actitud de mártir de Diego, en cómo se mantenía "fiel y casto" cada vez que yo intentaba acercarme, y me dio risa. Era una ironía deliciosa.

Si no terminaba en manos de Raina, lo más probable era que coleccionara una montaña de quejas de sus futuras dueñas. Sería un producto defectuoso que nadie podría reparar jamás.

A la mañana siguiente, salí de mi habitación bostezando y me topé de frente con Diego.

Llevaba ropa deportiva, como si acabara de regresar de hacer ejercicio.

La voz de Raina, empalagosa como siempre, no tardó en aparecer.

—Ay, Diego, tienes un físico increíble y eres tan disciplinado... Si yo tuviera el dinero, te juro que me compraría un íncubo exactamente igual a ti.

Sus palabras sonaron extrañas. Eran una provocación descarada, un coqueteo directo frente a mis narices.

Diego me lanzó una mirada rápida, analizando mis gestos con cautela. Al ver que yo no reaccionaba y que me daba exactamente lo mismo, relajó la expresión y le dedicó a Raina una sonrisa sutil.

Al ver aquel intercambio, no pude evitar poner los ojos en blanco. Par de cínicos, dándose amorcito justo frente a mí.

Pero bueno, Diego ya era mercancía devuelta. Lo que hiciera ya no tenía nada que ver conmigo.

Raina no tenía ni un centavo a su nombre.

Mi padre había puesto todas las acciones de la empresa a mi nombre. Ella y su madre simplemente vivían de mi caridad, dándose una vida de lujos pero sin capital propio.

Sus mesadas no le alcanzaban ni de chiste para mandar a hacer un íncubo personalizado, y los modelos baratos que hay en el mercado eran demasiado mediocres para sus gustos.

Esa noche, antes de que mi padre abriera la boca, decidí por mi cuenta dormir en una habitación separada de Diego.

Al ver que le daba la espalda sin decir nada, Diego se quedó de piedra por un segundo. Sus dedos apretaron el pomo de la puerta con fuerza.

Seguramente esperaba que todo fuera como antes: que él pusiera resistencia, que yo insistiera para entrar a su cuarto, que él dijera que se sentía mal y que yo, resignada, terminara abrazándolo para dormir juntos sin tocarlo.

Pero al ver la puerta de mi habitación cerrarse, el mundo se le vino abajo.

Mientras yo estaba adentro concentrada leyendo el manual que me envió el asesor —esta vez estaba decidida a criar bien a mi próximo ejemplar—, alguien llamó a la puerta.

Pensé que era mi padre trayéndome un vaso de leche, así que fui a abrir sin dejar de deslizar la pantalla de mi iPad.

Para mi sorpresa, era Diego. Al principio se veía impaciente por lo mucho que tardé en abrir, pero al ver el contenido de mi pantalla, su expresión cambió por completo.

—Todo eso es pura teoría —dijo con suficiencia—. Si tienes alguna duda, ¿no me tienes a mí aquí en carne y hueso?

Me quedé helada. Levanté la vista del iPad y lo miré fijamente. Tardé unos segundos en procesar lo que estaba pasando: el tipo se había armado una película entera en la cabeza.

Me dio una risa burlona. Mi padre tenía razón: lo había malcriado demasiado.

¿De verdad se creía que yo estaba estudiando de noche solo para darle el gusto y ganarme su cariño?

Pero no me molesté en desmentirlo. Al final del día, ¿qué caso tenía discutir con algo que iba a devolver mañana?

—¿Qué quieres? —pregunté apoyada en el marco de la puerta, con total indiferencia.

Diego se quedó mudo. No se esperaba para nada esa frialdad.

Ni él mismo sabía bien a qué había venido. Solo sabía que al acostarse en su cama, el vacío en su cuerpo se volvía insoportable. Al recordar mi indiferencia al irme, terminó llamando a mi puerta por puro impulso.

Al ver que se quedaba ahí parado como un tonto, se me acabó la paciencia.

—¿Se te ofrece algo? Ya es medianoche.

—Estaba pensando que... —Su voz sonó ronca, seca. No dejaba de mirarme los labios—. Quizás podríamos intentar algo. Tal vez esta noche sí deje que me toques...

Abrí los ojos de par en par, indignada. Él me miraba con una sonrisita de satisfacción, como si me estuviera haciendo el favor más grande del mundo.

Por poco solté una carcajada de puro coraje

Mi íncubo desobediente

Capítulo 2
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