Capítulo 2

Los guardias de la propiedad, que momentos antes no habían aparecido, los mismos que tampoco habían estado al tanto de la oscuridad en mi bungalow, vinieron como en manada y me levantaron del suelo. Cuatro de ellos, aunque solo dos me sostuvieron, los otros miraban horrorizados la escena.

Yo temblaba, lloraba y me convulsionaba sobre Roman, el guardia de mi abuelo, el más cercano conmigo. Ya tenía sus años pero seguía siendo protector.

El acariciaba mi espalda con cariño y evitaba que yo siguiera viendo, como la sangre coloreaba el suelo de mi piscina, en el que yacía mi adorado abuelo, ahora muerto. Él era el guardia de mayor confianza para todos. Y después estaban los demás. Unos mejores que otros.

Todos cumplían un rol que yo ignoraba.

De un momento a otro, cada uno tomó una conducta distinta y así, repartían el trabajo que tenían de imprevisto.

Unos llamaban una absurda ambulancia, que ya no tenía sentido alguno, pues al abuelo no vivía. Otros a la policía y Roman cuidaba de mí.

No supe cuando ni cómo. Solo sé, que minutos después, me ví en el salón de la casa principal siendo interogada por la policía, que aseguraba que mi abuelo, había sido asfixiado con alguna cuerda que no habían encontrado. Las huellas que allí debían estar, no podían ser identificadas, pues el arma homicida no aparecía.

La sangre en mis manos y en mi ropa, se veía sospechoso según ellos y ya les había explicado, que me tropecé y caí sobre mi abuelo.

Me parecía casi una falta de respeto, que sugirieran algo así, ignorando el dolor que me quemaba por dentro.

Mis tíos Manu y Karla, habían aparecido después y la tía no podía dejar de llorar... Su padre había muerto.

Su marido la consolaba, sentados en el sofá más apartado de la sala y aparte de ellos, nadie más, había aparecido.

Por más que llamaron a Bianca, no respondió. Hacía tiempo ya, había borrado el contacto de Marcos, por lo que no podía usarlo a él para dar con ella. Tocaba esperar.

La llamada con mis padres fue dolorosa. No podía hablar casi y mi papá estaba destruido por la situación del abuelo y por lo peligroso que podía ser todo. Incluso preocupado por mi seguridad y la de mi bungalow.

Alguien había entrado en una propiedad tan custodiada y matado a sangre fría a mi abuelo.

Habían cortado la luz de mi casa y burlado los guardias de la propiedad, incluso lo perros habían sido controlados de alguna manera, pues estaban sueltos y ni siquiera habían ladrado.

¿Cómo había sido posible eso?...

Pues con bastante tiempo de por medio.

Eso era algo, que descubriríamos después.

No habían querido llevar la contraria a mi abuelo y supuestamente, mi tío Manu, se ocupó de todo el tema de cremación y velatorio de las cenizas del abuelo. Justo como él lo dejó ordenado. No sabía en qué documentos. Pero no podía ni quería saber esos detalles ahora. No era el momento y luego no tendría ninguna lógica. Ya estaba hecho.

Éramos una familia demasiado conocida y aunque tratábamos de evitar a la prensa, en un caso como este, se hizo difícil. Se nos llenó la calle de reporteros.

Mi vestido negro, mis botas grises y mis espejuelos de sol, grandes y oscuros, definían mi tristeza y mi luto. El dolor no podía verse, pero mi expresión corporal lo dibujaba bastante bien.

Decidieron hacer la ceremonia en uno de los jardines traseros de la casa y allí estaba yo... Sentada en la primera fila, sin poder dejar de ver las dos gigantografías de mi abuelo, que acompañaban la base alta de madera oscura, dónde roposaba la urna con las cenizas.

Verlo reducido a aquel polvo me partía el alma.

Horas después, muchas hipócritas condolencias mas tarde y con una desolación incontrolable, subí al podio improvisado para despedir a mi abuelo y como pude, expresé toda mi admiración por aquel ser que tanto amé y que tanto me quiso.

Ese fue, el final de una era, me atrevo a decir... Lo que vino después de eso, fue mucho más que lágrimas.

Cuando alguien tan querido muere, esperas que el dolor te acompañe un tiempo, hasta que aprendas a lidiar con él.

En mi familia no había sido así.

Todos una vez que se cerraron las puertas de la propiedad, la prensa se retiró y el abuelo fue llevado hacia el cementerio a descansar al lado de la abuela, hicieron punto y aparte y salvo mi padre y la tía Salime que había llegado de París con urgencia y se veía devastada, el resto continuó como siempre. No sé cómo lo hicieron; pero lo lograron.

Habían pasado dos días ya.

Ni me quitaba la bata de dormir, porque no salía de mi casa, de mi cama y de mi pena.

Solo Coolen, mi primo amado, pasaba sus horas conmigo. El estaba menos afectado, pero me acompañó en mi dolor. Pasábamos horas hablando del abuelo o recordando la infancia que nos dió y eso, me hacía sentir que seguía cerca. Los recuerdos son vivencias a cualquier instancia y están disponibles en cualquier momento que los quieras volver a vivir.

— Tenemos que ir a la casa principal Sammy, van a leer el testamento y el notario llega en dos horas con la desición del abuelo — mi primo, me revolvía en el colchón para que me levantara.

— No quiero, ve tú y me cuentas — dije, desde abajo de mi almohada. Tapando mi cuerpo con capas de seda roja, ocultando mi hastío por la situación.

— Sabes que eso no es posible. ¡Venga!...

Fue tanta su motivación, y tanta la molesta insistencia, que al final claudiqué.

El sabía ser persuasivo.

Me metí a la ducha, aseé mi cuerpo y lavé incluso mi pelo rubio cenizo. Hasta mi cabello se veía apagado y triste. Toda yo era un reflejo de mi dolor.

Tomamos un café en mi cocina y cuando estuve lista, otra vez de negro y con el pelo seco y recogido y mis ojos azules menos rojos por el logrado control del llanto, nos fuimos a la casa principal, a leer el maldito testamento.

— Hola familia — dijo Coolen con su característico buen carácter y entramos siendo saludados por todos. Yo no dije nada, no tenía el ánimo y tampoco consideré que fuera necesario.

Como éramos tantos, no cabíamos en el despacho. Habían sacado una mesa para el salón y todos nos acomodamos esperando a que leyeran el dichoso testamento.

No podría contaros como fue todo aquello. Aunque quisiera no podría, porque fue tan grande lo que sucedió allí, que solo puedo decir, que el dinero es algo, que controla los sentimientos. Que motiva los pecados capitales y corrompe las almas más limpias. El dinero es algo tan tóxico, que ni siquiera vemos cuán intoxicados estamos, hasta que se nos tranca la glotis y morimos de asfixia... Metafóricamente hablando, claro está.

Cuando se trata de dinero, la humanidad desaparece o merma bastante. Las personas olvidan que son familia o seres queridos y empieza la lucha por el poder.

Increíblemente, mi abuelo había destinado toda su fortuna, que era muchísima, solamente a mí.

Todas y cada una de las propiedades, me pertenecían y nadie podía mover un dedo sin mi consentimiento. Estaba en shock.

— ¿Perdón? — aquella expresión salió de mi boca, y más de uno me miró con recelo y envidia — eso no puede ser. Lea bien, tiene que haber algún error.

— Su abuelo cambio su testamento hace dos meses, señorita y este es el que está validado y el que es efectivo ahora mismo. Usted es la heredera universal de todo el patrimonio Morrison — confirmó el notario y no supe ni como reaccionar.

Todas las miradas sobre mí. Todo el odio reflejado en rostros envidiosos, innecesariamente, me veían a mí. Nadie, ni siquiera yo, entendía como podía haber hecho algo así el abuelo. Estábamos poderosamente asombrados.

— Pues la rechazo. No quiero nada. ¿Quien es el siguiente heredero?

Aquella pregunta llevó al caos total.

Todos empezaron a discutir, sin ningún cuidado.

Muchos me acusaban de mosquita muerta. Mis padres me defendían como fieras. Otros estaban descolocados y exigían una explicación.

Bianca y Coolen, afirmaban que tenía que recibir la herencia, que era lo que dispuso el abuelo y no podía negarme. Todos habían armado una escandalosa situación, de la que solo salimos, cuando un intruso, ajeno a la familia, dió los buenos días.

Rubio, de traje oscuro, gafas negras, boca sexy. Ojos oscuros y penetrantes. Manos viriles y labios carnosos. Todo un misterio y potente aspecto, acompañaba al rubio que dejando las manos dentro de sus bolsillos, se acercó al notario y le dió la mano. A modo de saludo.

— Soy Aarón Stanley, albacea y heredero universal del señor Edmund Morrison...

Aquello ya fue, lo que casi nos provoca un infarto masivo y en colectivo.

Ni siquiera pudimos salir de aquel estado, cuando el notario prosiguió...

— Por orden testamentaria, todo este patrimonio será manejado, solamente por los señores Aarón Stanley y mi nieta Samantha Morrison, después de contraer nupcias y bajo el apellido Morrison, que el señor Aarón aceptará adoptar. Deberan casarse a las setenta y dos horas de mi muerte y desde ahí, gobernar el imperio Morrison. De no estar de acuerdo, todo será donado al gobierno y deberan abandonar las propiedades hoy mismo — estaba a punto de gritar y el siguió — el señor Edmund dijo lo siguiente... « No tengo porque explicar lo que he hecho con mi fortuna, pero espero que un día entiendan mi postura. Confía en mí, Sammy»

Aquellas fueron las palabras que cerraron el testamento de mi abuelo.

Silencio total. Nadie decía nada y todos se miraban entre sí.

Bien podía largarme y alquilar un estudio para vivir y seguir con mi negocio, pequeño pero mío, al margen de mi familia y toda esta locura,¿Pero qué clase de persona sería si hiciera eso?

Mi abuelo siempre fue alguien sensato y no creo,que hubiese hecho algo así, de la nada.

Sus últimas palabras me convencieron. Aquel, confía en mí Sammy, me hizo suya.

A partir de aquel momento, dejé de ser mía, para pertenecerle a otro. Eso sería algo, que descubriría mucho, mucho tiempo después.

— ¡Supongo que tenemos que asistir a una boda!

Todos me miraron cuando me levanté y dije aquellas palabras y Bianca sonreía, supongo que por ser quien organizaría todo o por el tremendo rubio, que se acercó a mí y tomándome una mano, besó mis nudillos y dijo...

— Sí...quiero.

Capítulo 3

A pesar de estar un poco en shock por lo que había oído, por lo que había dicho y por lo que veía, no pude negarme a aceptar.

Todo a mi alrededor parecía no existir por la fija mirada que me dedicaba mi prometido impostado.

Aquello era un sin sentido al que había que darle sentido, valga la redundancia pero; lo haríamos en otro momento porque en ese momento yo necesitaba espacio.

Retiré mi mano de entre la suya, un poco brusca debo decir, y salí de allí dando un portazo.

Sentí que me seguía alguien, no quería ni saber quién.

No tiré la puerta al salir, que era mi intención pero no miré atrás tampoco, simplemente me fuí de allí y no me detuve hasta mi bungalow. Atravesé los jardines casi corriendo y sintiendo como mis pies se esforzaban en aguantar mi ritmo hasta que llegué a mi casa.

Pero justo cuando estaba entrando, ya tenía la mano en el picaporte, sentí que tiraron de mi brazo y me detuvieron en la entrada.

— ¿Te has vuelto loca? — mi primo Coleen era quién me había seguido y estaba más que molesto. Se le veía desde lejos. Y más, teniéndolo tan cerca. Sus ojos inyectados en sangre, casi asustaban y le podía ver resoplando molesto.

Me solté de su agarre y me giré para abrir la puerta, me detuve del otro lado, dándole acceso a mi bungalow.

— Entra y siéntate — le dije y entró.

Cerré la puerta y le hice una seña para que se callara, pues él iba a empezar a hablar ya y yo necesitaba un trago. Me obedeció y nos fuimos directo a mi bar.

Me preparaba un martini mientras él exigía un ron cola.

Estaba sentado en el otro lado de la barra, esperando su bebida que yo preparaba con destreza.

Le ofrecí el trago. Me bebí el primer sorbo del mío y dando la vuelta, metiéndome entre sus piernas, que colgaban abiertas sobre la banqueta, dejé mi trago en la barra que diseñaba mi bar y le dije con gesto inquisitivo...

— ¿Que se supone que puedo hacer? — puse mis manos en sus muslos, él levantó las cejas y se apoyó con sus manos en mi cintura y nos retamos con la mirada — no me mires así, sabes que nunca dejaría de obedecer un orden del abuelo y por raro que parezca, ese hombre no va a adueñarse de la fortuna de toda mi familia y la tuya, si en mis manos está el evitarlo.

Le había dicho aquello, tratando de que entendiera mi punto y a su vez, tratando de entenderlo yo misma. Es que era muy surrealista todo.

— Lo sé Sammy, ¿Pero sabes lo que significa un matrimonio, casarte, por cuánto tiempo, bajo que reglas, con qué finalidad? Es que puedo seguir mencionando interrogantes con pocas respuestas cariño, esto no lo veo y a ese tío, terminaré matándolo si te lastima. No sabes ni quién es, cómo es, que demonios puede arrastrar por su vida y en menos de veinticuatro horas, serás su mujer cariño... Es una locura y lo sabes.

Si es verdad que lo sabía. Todas esas preguntas me las había estado haciendo en mi camino hacia acá; pero había pocas respuestas.

Apoyé mi frente en su pecho. Tenía tanta razón que asustaba. Me besó la coronilla y una voz, rompió el momento íntimo que compartíamos.

— Si no te importa, quiero hablar con mi mujer.

Los dos enderezamos nuestras posturas y observamos al intruso.

Aquel hombre, con las manos en los bolsillos y con porte elegante, pero amenazante, nos miraba como enojado.

— No es tu mujer y te aseguro que si de mí depende, nunca lo será — mi primo se levantó y lo encaró.

Tuve que ponerme en medio de aquellos dos hombres que parecían querer comerse con las miradas.

— Ni depende de tí — dijo mi futuro esposo — ni tu opinión cuenta. Ella es mí mujer, mañana firmará un papel que lo confirme, pero desde ya — la arrogancia de aquel hombre me estaba sacando de quicio — es mía y de nadie más. Completamente mía y si no sabes gestionar eso, deberías ir ensayando porque así será de ahora en mucho más.

Casi tuve que correr por delante de mi primo para que no se enfrentaran a los golpes, los dos.

Se había parado de la banqueta dejándome a un lado y ya iba directo hacia el rubio. Lo tomé del brazo y me puse con apuro delante de su cuerpo, que me obligó a presionar con violencia su pecho y empujarlo un poco hacia atrás. Derrapé un poco en el suelo de mármol negro de mi casa.

La fuerza que hacía, para detener a Coleen, era muy grande. Y el otro troglodita, hacía gestos de superioridad, que me estaban pidiendo a gritos, que le diera un patada en el culo y lo sacara de allí. Pero el maldito destino de mi familia y mi abuelo con su locura, me lo impedían.

— Tranquilo nene, todo va a estar bien, hablaré con él y nos vemos en un rato, vamos a la playa ¿Vale? — sabía que decirle nene, sería un calmante. Le sostuve el rostro y conseguí que me mirara a mí.

Desde siempre tuvimos un cariño especial juntos y él adoraba que lo llamara nene. Yo me rehusaba y él peleaba conmigo, por eso sabía que esa palabra ahora mismo, lo calmaría.

— No voy a dejarte sola con él Sammy — mi primo tomó mi rostro entre sus manos y besó mi nariz.

Le hice un ademán de asentimiento queriendo decirle que todo estaría bien, que sabría manejarlo y que no quedaba más remedio que hacerlo. Sin embargo nuevamente el intruso se involucró en mis planes.

— Estará sola conmigo y en mi cama durante muchas horas en las que te aseguro que tú no estarás.

Aquel hombre no me lo ponía fácil y ya me estaba mosqueando.

— ¿Quieres callarte de una vez? — le exigí, luchando con Coleen, poniendo gesto molesto y empujano a mi primo hacia la puerta, sacándolo de mi casa, bajo la mirada molesta de mi prometido.

Maldito destino.

— No quiero pero puedo hacerlo, aquí te espero — contestó sentándose en mi sofá, dejando caer su cuerpo con confianza y colocando las manos extendidas atrevidamente sobre el respaldo del mismo. Cruzó los pies a la altura de sus tobillos y se sonrió sardónico.

Cuando por fin logré sacar a mi primo, Bianca vino en mi ayuda.

Ella nos había visto desde la callesita que comunicaba las casas. Evidentemente iba a la suya y se nos acercó.

— Samantha, es una mala idea. No quiero que estés sola con él. No me fío — dijo repetitivamente mi primo.

Bia que ya estaba a su lado, empezó a tirar de su brazo pero Coolen no cedía. Su pelo castaño estaba húmedo de sudor y sus ojos grises se veían furiosos.

— No tengo más opción Coleen, piensa que es desición del abuelo. El no me pondría en peligro. Tengo que saber qué lo motivó a hacer algo así y hasta dónde, estaré empeñando mi vida. No tengo opción. Estaré con este hombre más de una vez a solas y eso, no puedo evitarlo. Confía en mí. Hablamos luego.

Le hice una seña a Bia y ella se llevó a nuestro primo, dejando ver por detrás de ambos, como una gran parte de la familia, se sentaba en el jardín del bungalow del abuelo, supongo que a analizar la novedosa situación.

Desde mi casa se veían todos muy calmados y conciliadores. Claro, era muy cómodo para ellos. La situación compleja la tenía yo y eso, que todavía no sabía bien de que iría todo aquello.

Respiré hondo, me calmé un poco y alisando la falda de mi vestido, entré a mi casa, siendo recibida por la arrogancia hecha hombre.

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