Capítulo 2

El traqueteo incesante del autobús nocturno era el único sonido que acompañaba el caos absoluto en la mente de Elena. Apoyó la frente contra el cristal frío y empañado, observando cómo las luces de neón de la metrópolis -y con ellas la imponente y afilada silueta de la Torre Vance- se desvanecían en la distancia bajo una lluvia torrencial. Había escapado. Sin equipaje, sin despedidas y con el corazón latiendo a una velocidad que amenazaba con fracturarle las costillas.

Habían pasado exactamente tres semanas desde su abrupta renuncia en aquella oficina asfixiante. Tres semanas viviendo en la sombra, ocultándose bajo un nombre falso en un pequeño y lúgubre cuarto de pensión en San Miguel, un pueblo olvidado a cientos de kilómetros de su antigua vida. Cada sombra en la calle le parecía un matón enviado por los peligrosos acreedores de su padre adoptivo; cada coche negro con lunas tintadas, una alucinación de que Christopher Vance había venido a buscarla para hacerla pagar por su insolencia.

Aunque sabía que eso último era una fantasía patética. El implacable CEO de ojos grises la había desechado con la misma frialdad quirúrgica con la que firmaba un despido corporativo. Para él, ella nunca fue más que una máquina eficiente.

-Señorita, ¿se encuentra bien? Pareces más pálida que un fantasma -la voz de doña Carmen, la dueña de la modesta cafetería donde Elena había conseguido trabajo como mesera, la sacó de sus tormentosos pensamientos.

Elena asintió rápidamente, intentando equilibrar la vieja bandeja de aluminio que cargaba tres tazas de café humeante y un plato de pan dulce.

-Sí, doña Carmen. Solo fue un mareo pasajero, no dormí muy bien.

Mintió. No era solo un mareo. Llevaba más de una semana sintiendo que el propio cuerpo le pesaba una tonelada. Un sabor metálico y amargo invadía su boca cada mañana desde que salía el sol, y los olores más simples, como el del café tostado que antes amaba profundamente, ahora le revolvían el estómago con una violencia inusitada.

Avanzó un par de pasos hacia la mesa del rincón, pero de pronto, la habitación entera comenzó a girar sobre su propio eje. El zumbido punzante en sus oídos ahogó el ruido de las conversaciones de los clientes y el repicar de los cubiertos. Lo último que vio antes de que el suelo de baldosas se precipitara hacia ella fue la bandeja resbalando de sus manos temblorosas y el oscuro líquido derramándose por todas partes como una mancha de tinta imborrable.

El inconfundible olor a antiséptico barato y el rítmico pitido de un monitor cardíaco la obligaron a despertar. Elena abrió los ojos con enorme pesadez, parpadeando ante la cruda luz fluorescente, para encontrarse con el techo blanco y descascarado de la clínica local. Tenía una vía intravenosa conectada al dorso de su mano derecha.

El pánico la asaltó como una fiera. Hospitales significaba registros oficiales. Registros significaba sistema nacional. Y eso significaba que podían rastrearla.

Intentó incorporarse de golpe, pero una enfermera de rostro amable entró apresuradamente en la habitación, acompañada por un médico de expresión muy seria que sostenía una carpeta metálica entre sus manos.

-Tranquila, señorita Fuentes. Sufrió un síncope severo por deshidratación y un cuadro de agotamiento extremo -indicó el doctor, acercándose a los pies de la cama metálica-. La dueña de la cafetería la trajo de urgencia. Hemos logrado estabilizarla con fluidos, pero los resultados de sus análisis de sangre nos han revelado la causa principal de su estado de colapso.

Elena tragó saliva, sintiendo que el oxígeno de la pequeña habitación se evaporaba.

-¿Tengo alguna enfermedad grave? -preguntó, con la voz quebrada y las manos aferradas a las sábanas blancas.

El médico suavizó un poco la dureza de su mirada, negó lentamente con la cabeza y esbozó una leve sonrisa profesional que a Elena le pareció totalmente fuera de lugar ante su angustia.

-No está enferma, Elena. Está embarazada. Tiene aproximadamente siete semanas de gestación.

El mundo se detuvo por completo. El sonido del monitor pareció silenciarse, reemplazado por un eco sordo en su cabeza.

-¿Embarazada? -susurró, como si la palabra estuviera pronunciada en un idioma alienígena-. Eso... eso es clínicamente imposible. Yo no tengo pareja.

Pero mientras formulaba la negación, el recuerdo censurado de aquella noche de máscaras en el club Élite la golpeó con la fuerza destructiva de un huracán. La máscara de lobo plateado. La piel ardiente contra la suya. El aroma a madera de cedro y bergamota.

-Y eso no es todo -añadió el doctor, revisando la segunda página de su informe-. Sus niveles de hormona hCG son inusualmente altos para su tiempo de embarazo. Hicimos una ecografía rápida mientras usted estaba inconsciente para descartar cualquier anomalía. Felicidades, señorita. Son mellizos. Dos sacos gestacionales perfectamente sanos.

¿Mellizos?

El mundo se detuvo por completo para Elena. Las lágrimas acudieron de inmediato a sus ojos mientras sus manos bajaban instintivamente a su vientre aún plano. Aquello era una bendición, pero también su mayor sentencia de muerte en la situación en la que se encontraba.

Trató de hacer memoria, desesperada. Solo había una opción. Una única noche en los últimos tres años en la que se había permitido ser débil: la noche del baile de máscaras en el club Élite, hacía siete semanas.

Recordó el calor abrasador de aquellas manos posesivas, el aroma embriagador a madera de cedro y bergamota, y la intensa voz ronca del hombre de la máscara de lobo plateado que la había tomado con una urgencia salvaje en la penumbra del área VIP. Nunca vio su rostro. Nunca supo su nombre. Había sido un encuentro entre dos extraños que buscaban escapar de sus propias cárceles por una sola noche.

Y ahora, ese lobo sin rostro le había dejado el regalo más grande y peligroso de su vida.

Elena tragó saliva, llena de terror puro. Si los mafiosos que perseguían a su padre adoptivo la encontraban, sus bebés pagarían el precio. Tenía que huir más lejos, desaparecer del mapa corporativo y del mundo entero. Tenía que proteger a sus hijos de todo... incluso del recuerdo de ese misterioso hombre que jamás sabría que se había convertido en padre.

Capítulo 3

-Tengo que irme de aquí -balbuceó Elena, con la voz quebrada por un terror absoluto.

La revelación de su embarazo, sumada a la vulnerabilidad de llevar dos vidas creciendo en su vientre, la dotó de una fuerza desesperada. Con un movimiento brusco y ciego, se arrancó la vía intravenosa del dorso de la mano. Un hilo de sangre roja y viva manchó la blancura de las sábanas de la clínica.

-¡Señorita, no puede hacer eso! ¡Está muy débil! -exclamó la enfermera, abalanzándose para intentar retenerla en la cama.

Pero antes de que Elena pudiera poner un pie descalzo sobre el suelo frío de baldosas, un estruendo ensordecedor provino del pasillo. Gritos ahogados del personal médico, el eco seco de pasos pesados y coordinados de botas tácticas, y el sonido violento de varias puertas abriéndose de golpe sacudieron las paredes del modesto hospital.

El médico se asomó alarmado por la puerta, pero fue empujado hacia un lado con una fuerza brutal y quirúrgica.

La pequeña habitación se llenó de pronto con seis hombres gigantescos, vestidos con trajes oscuros hechos a medida, rostros imperturbables y auriculares transparentes en los oídos. Parecían un ejército privado. Elena retrocedió arrastrándose contra el cabecero de la cama, protegiendo su vientre bajo con ambas manos por mero instinto maternal. El corazón le golpeaba las costillas. Estaba convencida de que los cobradores de su padre adoptivo finalmente habían venido a saldar la deuda con su vida.

Sin embargo, los imponentes guardaespaldas se abrieron paso rápidamente, alineándose a los lados para dejar entrar a una figura que robó al instante todo el oxígeno del lugar.

Era un hombre mayor, de unos setenta años, con el cabello completamente blanco peinado hacia atrás y un traje de tres piezas de un valor incalculable. Se apoyaba en un bastón de madera oscura con una empuñadura de plata pura tallada en forma de cabeza de león. A pesar de su edad, su postura era tan recta, depredadora e imponente como la de un rey a punto de reclamar un territorio conquistado.

El anciano clavó sus penetrantes ojos grises directamente en ella. La miró con una intensidad sobrecogedora que la dejó paralizada. Las manos arrugadas del hombre temblaron visiblemente al observar el rostro demacrado de Elena, deteniéndose específicamente en la curva de sus pómulos y en el inconfundible tono esmeralda de sus ojos aterrados.

-Déjenos solos. Ahora -ordenó el hombre con un acento extranjero, grueso y cargado de una autoridad absoluta que no admitía réplica.

Los guardias expulsaron al médico y a la enfermera de la habitación casi a empellones, cerrando la puerta tras de sí con un clic definitivo. El silencio que quedó fue denso, asfixiante.

-¿Quién diablos es usted? -exigió Elena, elevando la barbilla y forzando a su voz a no temblar-. No tengo dinero. No sé qué demonios le debía mi padre adoptivo, pero yo no tengo nada que ver con sus negocios sucios...

-Tu padre adoptivo era un gusano miserable e insignificante que te robó de tu cuna hace veinticuatro años para intentar venderte al mejor postor -la interrumpió el hombre. Su voz se rompió por un segundo, traicionando una mezcla de ira milenaria y un dolor incalculable-. El análisis de sangre de rutina que este patético hospital de pueblo acaba de ingresar en la base de datos nacional, activó una alerta roja de máxima prioridad en nuestro servidor de inteligencia privado. Tu código de ADN es inconfundible, niña.

El anciano dio un paso vacilante al frente, apoyando ambas manos sobre el bastón de plata. Por primera vez, Elena notó que los ojos del temible hombre estaban completamente empañados en lágrimas contenidas.

-No tienes que volver a huir de nadie, pequeña. Te juro por mi vida que la escoria que te perseguía ya ha sido borrada del mapa y nadie volverá a atreverse a tocar un solo cabello de tu cabeza -dijo, dejándose caer pesadamente en la silla de plástico junto a la cama, como si el peso de dos décadas de búsqueda hubiese desaparecido de sus hombros-. Mi nombre es Viktor Volkov. Soy el presidente del Grupo Volkov, el patriarca de la dinastía más rica y poderosa de este país... Y tú, mi querida Elena, eres la hija de mi difunto primogénito. Eres mi única nieta viva. Mi heredera absoluta.

Elena sintió que el aire abandonaba sus pulmones de forma permanente. Las piezas de su fracturada vida colisionaron en su mente, destruyendo todo lo que creía saber sobre sí misma.

-¿Una... Volkov? -susurró, mirando al hombre que lloraba sin perder su porte de gobernante.

-La única -afirmó Viktor, extendiendo una mano temblorosa hacia ella-. El imperio Volkov te pertenece, Elena. Tu tiempo de esconderte en la miseria y limpiar los escritorios de hombres insignificantes ha terminado. Es hora de que regreses a casa y reclames tu trono.

Elena miró la mano del anciano y luego bajó la vista hacia su vientre. Hace apenas cinco minutos, el futuro de sus mellizos era la clandestinidad, el hambre y el miedo constante a un padre sin rostro y a unos mafiosos sin piedad. Ahora, el destino acababa de reescribir su historia con letras de oro.

Una chispa de acero, una determinación fría y feroz que nunca antes había sentido, se encendió en sus ojos verdes. Colocó su mano sobre la de su abuelo, sellando el pacto. Sus hijos no crecerían en las sombras. Nacerían en la cúspide del mundo, protegidos por el apellido más temido del país.

Christopher Vance la había echado de su oficina como si fuera basura reemplazable, y el misterioso hombre de la máscara de lobo la había dejado a su suerte. Pero la próxima vez que el mundo supiera de ella, tendrían que arrodillarse. El juego acababa de cambiar, y la Reina de Hielo estaba a punto de nacer.

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Mellizos secretos para el Magnate

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