Capítulo 2
Apenas llegué a la puerta, el dolor en el pecho me golpeó con tanta fuerza que estuve a punto de desmayarme.
Me apoyé contra la pared y me dejé caer en cuclillas. Saqué a toda prisa un analgésico fuerte y me tragué varias pastillas de una vez. Solo entonces el dolor empezó a ceder un poco.
Desde dentro de la habitación, todavía podía oír a mi madre reprochándome lo fría que era.
Según ella, yo no me preocupaba por Alicia.
Pero yo sabía perfectamente que, mientras yo estuviera ahí, Alicia se sentiría mal. Siempre había usado ese mismo truco para acaparar toda la atención.
Aunque, en realidad, ni siquiera lo necesitaba, porque de principio a fin, mis padres, Alejandro y Enrique siempre habían querido más a esa falsa heredera.
Nunca pensaron en buscarme. Y aun así, fui yo quien decidió buscarlos.
Después de salir del hospital, todavía aturdida, tomé un taxi y fui al laboratorio de investigación de Alicia.
Ya había llegado a un acuerdo con ellos: donaría mi cadáver para su experimento de criopreservación y reanimación.
Mientras firmaba los documentos, una empleada me preguntó:
—Señorita García, ¿su familia sabe de esta decisión?
Sonreí apenas y respondí con calma:
—Todos respetan y apoyan mi decisión.
La empleada me miró con una envidia sincera.
—Qué bonito. Seguro que su familia la quiere muchísimo. Por eso desean que algún día usted pueda volver a la vida.
Al ver aquella mirada llena de admiración, por un instante sentí que de verdad me había convertido en una mujer muy querida por mis padres y por mi esposo.
Sin darme cuenta, se me curvaron los labios.
—Sí. Después de todo, ¿quién no quiere a su propia familia?
Dicho eso, le entregué los papeles.
Cuando confirmaron que todo estaba en orden, me fui de allí y regresé a casa.
Apenas crucé la puerta, vi todas mis cosas amontonadas en la sala.
Fruncí el ceño y miré a Norma Buenrostro, que estaba ahí dando órdenes.
Era la mujer que había criado a Alicia. ¿Qué hacía en esta casa? Igual que mis padres, ella también me detestaba. Al verme, sonrió sin calidez y dijo:
—Señorita, hoy dieron de alta a Alicia. El señor Guerra me pidió que viniera a cuidarla y también que le preparara una habitación para su recuperación. Vi que la habitación principal tiene buena luz, así que mandé prepararla para que Alicia descanse ahí. Las demás habitaciones de la mansión ya están ocupadas, así que tendrá que conformarse con el cuarto de almacenamiento de la planta baja.
Respondí con indiferencia:
—Está bien.
Al parecer, Norma no esperaba que fuera tan dócil. Todo lo que tenía preparado para decir se le quedó en la garganta.
Me miró con desconfianza.
—¿No está enojada?
Negué con la cabeza y me di la vuelta para caminar hacia el cuarto de almacenamiento.
Detrás de mí, ella espetó con desdén:
—Parece que esta vez sí aprendió a comportarse. Si hubiera sido así desde el principio, el señor y la señora no la habrían odiado tanto.
No respondí.
Cuando entré al cuarto de almacenamiento, me golpeó de frente un olor penetrante a humedad.
El espacio era estrecho y estaba abarrotado de cosas. Solo había una cama angosta, individual. La mitad estaba ocupada por libros, y la otra mitad seguía vacía.
Me acosté sin mover nada y me quedé dormida casi al instante.
Estaba demasiado cansada; solo quería dormir bien un rato. Pero ni siquiera algo tan simple me fue concedido.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que una sacudida brusca me arrancara del sueño.
Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue la mirada de Alejandro, llena de alarma.
Pero en cuanto comprobó que estaba despierta, la preocupación en sus ojos se borró de inmediato. Entonces me gritó:
—¿Por qué hiciste público todo esto en internet? ¿Sabes cuánta gente está atacando a Alicia en redes sociales? Apenas había salido del quirófano. Ya estaba muy débil, y por culpa de esto, se alteró tanto que terminó desmayándose. De verdad pensé que habías aprendido. Pero ya veo que solo estabas planeando a escondidas cómo vengarte de nosotros.
Sentía la cabeza como si alguien me la estuviera golpeando una y otra vez con un martillo.
El dolor era tan intenso que apenas podía distinguir bien sus palabras.
Con voz débil, solo dije:
—Yo no hice nada… Si no me crees, puedes revisar mi celular.
Alejandro me gritó, furioso:
—¡Basta! ¡Esos reporteros ya admitieron que fuiste tú quien les pagó para que difundieran la noticia por todas partes! ¿Hasta cuándo vas a seguir fingiendo? ¡Ven conmigo ahora mismo y arrodíllate delante de Alicia para pedirle perdón!
Capítulo 3
Alejandro me arrancó de la cama con brusquedad y me arrastró hacia afuera.
Iba tan deprisa que me golpeé la pierna contra el marco de la puerta. El impacto fue seco y brutal. El dolor me hizo estremecer al instante.
Pero él apenas giró la cabeza para echarme una mirada antes de seguir tirando de mí.
Cuando llegamos a la sala, me lanzó con fuerza al suelo. Sentí que se me desarmaban todos los huesos. Apenas intenté incorporarme, mi madre se abalanzó sobre mí y me dio varias bofetadas, una tras otra.
La sangre me subió por la garganta, espesa, rancia y nauseabunda, como si llevara dentro algo podrido que ya no pudiera contener.
Levanté la cabeza y vi a Alicia, acurrucada junto a mi padre, llorando como si fuera la más desgraciada del mundo, mientras mi madre me miraba con una expresión feroz.
En sus ojos oscuros solo había rechazo y odio hacia mí, como si ni despedazarme en mil pedazos le bastara para desahogarse.
Tal vez mi mirada era demasiado fría, porque mi madre levantó otra vez la mano para golpearme.
Y esta vez ya no pude contenerme: escupí una bocanada de sangre. La sangre le salpicó las manos y la cara, y ella se quedó paralizada por un instante.
Su mano se detuvo sobre mi rostro, como si por un segundo fuera a acariciarme con suavidad.
No pude evitarlo; con las lágrimas corriéndome por la cara, apoyé la mejilla contra su palma y la rocé apenas.
Yo también había deseado tantas veces que mi madre me tocara con la misma ternura con la que tocaba a Alicia. No con esas bofetadas heladas con las que siempre descargaba sobre mí todo su desprecio.
Mi madre retiró la mano como si le hubiera dado una descarga.
Yo me desplomé, agotada, y enseguida empecé a sangrar también por la nariz.
Alejandro corrió hacia mí, espantado.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué estás sangrando tanto?
Lo miré.
Le temblaban las manos. Casi parecía que de verdad estuviera preocupado por mí.
Le aparté la mano de un manotazo, justo cuando intentaba sostenerme. Quise ponerme de pie, pero en cuanto lo intenté volví a escupir sangre, una bocanada tras otra, hecha un desastre.
Por fin, en los ojos de mi madre apareció algo de miedo. Negó con la cabeza, nerviosa.
—Yo… yo solo le di unas bofetadas. ¡No le hice nada más!
Después, tan alterada como pocas veces la había visto, me preguntó:
—¿Qué te pasa? Te llevo al hospital ahora mismo…
Mi padre también se acercó.
—¿Qué pasó? Rápido, ayuden a levantar a Isabel.
Enrique se lanzó hacia mí, gritando entre lágrimas.
—¡Mamá, estás sangrando muchísimo! ¿Te vas a morir?
Mi madre lo reprendió al instante:
—¡No digas tonterías!
En ese momento, Norma salió de pronto. Llevaba una bolsa en la mano y dijo, indignada:
—Señorita, ¿cómo pudo usar una bolsa con sangre falsa para asustar a la familia?
¿Una bolsa de sangre falsa? No entendía nada.
Pero antes de que pudiera pensarlo, mi madre ya había corrido hasta Norma. Miró lo que llevaba en la mano y, presa de una furia incontenible, la estrelló contra el suelo.
—¡Tal como pensaba, eres una mujer llena de artimañas! ¡De verdad intentaste usar una bolsa de sangre falsa para engañarnos y dar pena!
Solté una sonrisa amarga y negué con la cabeza. Yo ya había aprendido a obedecer. Entonces, ¿por qué seguían sin dejarme en paz?
Alejandro se puso en cuclillas frente a mí y me miró con decepción.
—¿En qué te has convertido?
Mi padre regresó al lado de Alicia y dijo con asco:
—Al final no eres más que una salvaje criada en el campo, capaz de cualquier cosa, fría y despiadada. No vales ni la mitad de Alicia. No… ni siquiera le llegas a los talones.
No dije nada, solo me obligué a tragarme la sangre que estaba a punto de volver a brotar.
Enrique, que antes estaba arrodillado junto a mí, ahora me empujó con desagrado y me tiró otra vez al suelo. Frunció el ceño y dijo:
—Mamá, yo de verdad creí que habías cambiado. Eres tan mala que ya no te quiero.
Luego corrió hasta Alicia, se abrazó a sus piernas y dijo:
—¡Quiero que seas mi mamá!
Sentí el corazón reducido a cenizas. Apreté las manos con todas mis fuerzas. Las uñas se me clavaron en la palma hasta romperme la piel, pero ni así pude detener las lágrimas.
Alejandro soltó un suspiro, levantó la mano y me secó las lágrimas.
—Ya ves que no se siente nada bien ser traicionada por la gente más cercana. Entonces, ¿por qué tuviste que hacer algo así? Ahora la reputación de Alicia está destrozada y hasta las acciones de la empresa se están desplomando. Todo esto pasó por tu culpa. Así que no solo tienes que disculparte, también tienes que compensar el daño.
Quise decir que yo no sabía nada. Pero Alicia rompió a llorar en ese momento.
—Déjalo, Alejandro… Isabel me ha hecho daño una y otra vez. Me da miedo que, si la obligan a disculparse, me termine odiando todavía más. Aunque no entiendo por qué me detesta tanto… estoy dispuesta a dejarlo así, por mis papás… y por ti.
Mi madre, destrozada por verla así, dijo enseguida:
—Alicia, eres demasiado buena. Por eso ella siempre termina aprovechándose de ti. Pero no te preocupes. Siempre vamos a estar de tu lado. Mientras te protejamos, ella no volverá a tener la oportunidad de hacerte daño.
Después me miró con el rostro helado.
—Escúchame bien. Por la reputación de los García y de los Guerra, ya acordamos una solución entre ambas familias. Mañana mismo tú y Alejandro van a divorciarse. Después él se casará con Alicia. De cara al público diremos que Alejandro y Alicia en realidad ya estaban casados desde hace tiempo, pero que, como tú estabas enferma y además llevabas años enamorada de él, decidimos ocultártelo.
Miré a Alejandro.
—¿Tú también estás de acuerdo?
Él evitó mis ojos y frunció el ceño con impaciencia.
—No queda de otra. Todo esto lo provocaste tú.
Hizo una pausa y luego añadió:
—Pero tranquila. Esto solo es una medida temporal. Cuando pase la tormenta, me divorciaré de Alicia.
Lo miré en silencio, sin saber qué decir. Tal vez por culpa, o tal vez porque mi silencio le pareció una forma de resistencia.
Fuera lo que fuera, eso lo irritó. Con el rostro endurecido, dijo:
—Estés de acuerdo o no, yo…
Abrí la boca despacio y lo interrumpí:
—Felicidades. Les deseo que sean muy felices.
Capítulo 4
A Alejandro se le cortó la voz de golpe. Se quedó mirándome, aturdido, con un pánico indefinible que parecía crecerle por dentro.
Tenía la sensación de que yo, en ese momento, era como una hoja de papel tan liviana que el viento podía llevársela en cualquier instante, arrastrándola hasta un lugar donde él ya no pudiera encontrarme.
Me incorporé despacio, apoyándome en la pared. Me limpié la sangre del rostro con la mano y miré a mi madre.
—Alejandro y yo no estamos casados por lo civil. Así que él puede casarse con Alicia sin problema.
Mi madre me preguntó, sorprendida:
—¿Entonces no se habían casado por lo civil?
A Alejandro se le ensombreció el rostro. Frunció el ceño y explicó:
—Antes siempre estábamos ocupados… y luego se nos fue olvidando.
Mi madre, en cambio, dio unas palmadas y dijo:
—Mejor así.
Enrique me miró con timidez y preguntó:
—Entonces… ¿Alicia va a ser mi mamá desde ahora?
Le asentí con una sonrisa.
—¿Estás feliz?
Enrique dio un salto de alegría.
—¡Qué bueno! ¡Entonces Alicia va a ser mi mamá!
Luego, como si temiera que yo me molestara, añadió enseguida:
—Mamá… no, digo, si prometes que ya no te vas a meter con Alicia, yo igual te voy a querer.
Bajé la mirada.
—Ya lo entendí.
Alicia lloró de felicidad y preguntó:
—¿De verdad estás dispuesta a dejar que Alejandro se case conmigo?
La miré con calma.
—Sí.
Alicia le dirigió a Alejandro una mirada tímida. Seguramente creyó que él se pondría feliz, pero descubrió que seguía mirándome a mí. De inmediato apretó con fuerza la manga de Alejandro y bajó la vista, ocultando el destello de celos que le cruzó la mirada..
Cuando volvió a alzar la mirada, ya solo quedaba en ella una apariencia de inocencia impecable.
—Gracias.
Negué suavemente con la cabeza.
—Somos familia. No hace falta que me des las gracias. Además, de ahora en adelante voy a tener que contar mucho contigo.
Alicia no sabía que yo ya había firmado los papeles para donar mi cuerpo al laboratorio donde trabajaba. Creyó que solo lo decía por compromiso y enseguida sonrió.
—Somos familia. Claro que voy a cuidar de ti.
Al vernos "reconciliadas", mi madre por fin asintió, satisfecha.
—Así está mejor. Si hubieras sido así de sensata desde el principio, tu padre y yo no habríamos seguido enojados contigo.
La miré y sentí el impulso de preguntarle si de verdad yo había sido siempre la que estaba mal.
Yo era la verdadera hija de esta familia, y aun así todo el mundo creía que la adoptada era yo.
Fue Alejandro quien insistió en casarse conmigo, y aun así todos pensaban que la intrusa insoportable era yo.
Fui yo quien, sin tener siquiera un lugar reconocido a su lado, cuidó de él y de su hijo sin una sola queja, y aun así para todos seguía siendo una mujer caprichosa, cruel y despiadada…
Cerré los ojos despacio y obligué a las lágrimas que me subían a volver hacia adentro.
Ya no quería llorar delante de ellos. Porque yo sabía que, si lloraba, Alicia lloraría más fuerte. Y entonces hasta mis lágrimas se convertirían en un pecado.
Cuando volví a abrir los ojos, sentí que ese corazón que me dolía desde hacía tanto por fin se me había quedado dormido del todo.
Como un reloj viejo que, de pronto, dejaba de funcionar para siempre.
Miré a Alejandro y descubrí que seguía observándome. Incluso parecía haber un poco de dolor en su mirada al verme así.
La sensación me resultó absurda. Así que pregunté en voz baja:
—¿Ya puedo volver a descansar?
Alejandro asintió.
—Sí. Ve a descansar.
Solté el aire y empecé a avanzar despacio hacia el cuarto de almacenamiento.
Pero mi madre dijo de pronto:
—Recoge tus cosas. Vuelve a casa. Afuera hay reporteros por todas partes. Si descubren que sigues viviendo en casa de Alejandro, quién sabe qué otras cosas se van a inventar.
Asentí obediente.
—Está bien.
Mi madre le pidió a Alejandro que me llevara de regreso. Ya afuera, él me tomó de pronto de la mano y dijo:
—Dentro de una semana, te voy a acompañar hasta el quirófano. Cuando termine tu operación, hablaremos con calma. Lo de Alicia y yo… no es como tú piensas.
Vi cómo el rostro de Alicia cambiaba de inmediato. Entonces le sonreí a Alejandro:
—Está bien.
Él me miró con extrañeza, como si sintiera que la mujer que tenía delante ya no fuera una persona, sino un trozo de madera sin emociones. Con cierta irritación, dijo:
—Vamos.
Después de subir al auto, todo el trayecto transcurrió en silencio.
Varias veces pareció querer decir algo, pero cada vez que miraba mi rostro pálido, manchado de sangre, se le desvanecían las ganas de hablar.
Cuando íbamos a mitad de camino, recibió una llamada de mi madre. Al segundo siguiente, detuvo el auto a un lado del camino y dijo con angustia:
—Alicia acaba de desmayarse. Puede que el rechazo al trasplante se haya agravado. Tengo que volver. Toma un taxi.
Miré el tablero. Eran las tres de la madrugada.
Además, estábamos en pleno paso elevado, en un tramo completamente desierto.
"¿Tomar un taxi? ¿Dónde se suponía que iba a conseguir uno ahí?"
Pero no dije nada, solo me bajé obedientemente del auto.
Ni siquiera esperó a que me apartara bien del auto. Apenas puse los pies en el suelo, Alejandro aceleró y se fue.
El rugido del auto deportivo me atravesó el pecho como una cuchillada.
Me llevé una mano al pecho y tardé muchísimo en recuperar el aliento, como si aquella sensación de desgarro no quisiera soltarme.
Pero apenas me había calmado un poco cuando un trueno sordo retumbó en el cielo, como si hasta el cielo despreciara mi cobardía y rugiera de rabia contra mí.
Poco después empezaron a caer unas gotas gruesas. Un instante más tarde, bolitas de hielo empezaron a golpearme la cabeza y los hombros con una fuerza brutal.
Escuché los golpes secos, uno tras otro, y entonces me di cuenta.
Estaba granizando.
Me cubrí la cabeza con las manos y eché a andar a toda prisa. El granizo me golpeaba sin piedad las manos y el rostro.
Dolía muchísimo, y ya no pude contenerme.
Rompí a llorar. Yo no quería llorar, pero de verdad me dolía demasiado.
Seguí caminando, hasta que de pronto todo se me oscureció frente a los ojos y caí de bruces al suelo.
Quién sabe cuánto tiempo después, me pareció oír la sirena de una ambulancia. Luego escuché la voz familiar de mi médico de cabecera. Parecía estar llorando. No dejaba de repetir:
—¿Qué pasó exactamente? Se suponía que todavía podía aguantar una semana más… ¿cómo es que de repente… de repente ya no…?
Me dolían mucho las costillas. Sentía que el médico me presionaba el pecho con demasiada fuerza.
"¿Me está reanimando? Pero de verdad me duele mucho. Vivir duele demasiado… Déjeme ir…"
Piiii…
A las cinco de la mañana del 1 de junio, mi corazón dejó de latir sin que los intentos de reanimación lograran traerme de vuelta.
Ese mismo día, mi cuerpo fue trasladado a un prestigioso laboratorio médico, donde fue sometido a un procedimiento de criopreservación.