Capítulo 1
En la Noche de la Luna Cenital, el heredero del trono celebró un gran banquete en el Palacio de Mármol. Aquella noche, decidió expulsar a todas sus consortes del harén solo por su favorita.
Mientras otras recibían oro y regresaban con alegría a sus hogares para reencontrarse con sus familias, yo no tenía a dónde ir. Solo podía quedarme en silencio, en un rincón, sin ningún lugar a donde ir en este mundo. Lo único que pude encontrar fue una venda de seda blanca para colgarme en la entrada del palacio abandonado.
Llegué a este mundo desde otra realidad y, durante veintiún años, intenté completar las misiones del sistema, que era conquistar a los cuatro hombres más influyentes del imperio. Pero uno tras otro… fracasé. Y ahora, en el último objetivo también había fallado.
El sistema me dio una única salida.
[Cuando este cuerpo muera, podrás regresar con tu familia.]
Y antes de que comenzara a desvanecerme y abandonar este lugar, me dirigí al portón del palacio abandonado. No dejé palabras de despedida, ni tampoco dejé rastro de mi existencia. Solo el silencio.
Y entonces… en medio de la oscuridad, juraría haber escuchado voces desesperadas gritando mi nombre desde el interior del palacio.
El arco de la puerta del palacio abandonado no era demasiado alto. Después de apilar dos tinas de lavar, logré colgarme. Por fin volveré a casa.
La idea me llenó de una emoción desesperada. Quería ver a mi familia… más que nada en el mundo. Sin dudarlo, me impulsé con fuerza. De pronto, el aire desapareció de golpe y, una presión brutal me cerró la garganta. Mi conciencia comenzó a desvanecerse.
A lo lejos, la música del palacio se volvió cada vez más tenue… y todos mis recuerdos en este mundo pasaron ante mis ojos, uno tras otro, como sombras fugaces.
Habían pasado veintiún años desde que llegué a esta realidad. Cuatro hombres, ese era mi objetivo. Bastaba con que uno de ellos me amara de verdad… y en mi mundo, me curaría de una enfermedad mortal.
Pero los cuatro… cada uno de ellos, brillantes, intocables, hombres destinados a la grandeza… me odiaban hasta los huesos y deseaban mi muerte. Todo por ella.
Finalmente, el sistema lo confirmó:
[misión fallida.]
Tal como ellos querían… yo iba a desaparecer.
Justo antes de perder la conciencia por completo, me pareció escuchar a alguien gritar mi nombre. El aire regresó de golpe a mis pulmones y antes de poder reaccionar, un balde de agua helada cayó sobre mí. El impacto me hizo toser fuerte sin parar.
Levanté la mirada y vi a un hombre vestido con una túnica oscura, de porte impecable, jugaba distraídamente con un anillo entre los dedos, observándome con frialdad.
Esa cara… la conocía demasiado bien. Aún aturdida, su nombre escapó de mis labios sin pensar:
—Elias.
En cuanto lo dije, me arrepentí. Como era de esperarse, su expresión cambió al instante, mucho más seria.
—No vuelvas a llamarme por mi nombre, ni siquiera mereces pronunciarlo.
Frente a mí estaba uno de los hombres más temidos y poderoso del imperio. Frío, calculador… y uno de los cuatro a los que debía conquistar.
[Elias Rowe]
Años atrás, cuando su familia fue exterminada, fui yo quien lo sacó de entre los cadáveres, medio muerto, y lo cuidó durante meses. En ese entonces, era como un animalito herido, desconfiado, y lastimado. Fui yo quien, poco a poco, logró que bajara la guardia… y dejara de hacerse daño.
Luego desapareció, ocultó su identidad y se abrió paso dentro del palacio… hasta convertirse en alguien con poder suficiente para hacer temblar a cualquiera. Habíamos sobrevivido juntos a incontables situaciones. Yo conocía su peor versión y, alguna vez… fui la persona en quien más confiaba.
Pero eso fue hace cuatro años, cuando durante la noche de la Luna Cenital me casé con el heredero. Todo el mundo celebraba, incluso el sistema creía que estaba a punto de ganar. Pero entonces… ella desapareció, Luna.
Dejó una carta. En ella, entre lágrimas, aseguraba que yo la había engañado, llevándola a un lugar abandonado donde fue abusada y humillada por mendigos. Decía que ya no tenía cara para mirar a nadie, que solo podía desaparecer… y vivir el resto de su vida en soledad.
Mi propio hermano me expulsó de casa. Y con quien me iba a casar, el príncipe heredero me despojó de mi título y me redujo a una simple concubina.
Y Elias… aprovechó su posición para enviarme a este lugar, el palacio abandonado. Donde durante cuatro años, lavé ropa hasta que mis manos se rompieron. Soporté humillaciones, golpes y hasta desprecio. Nunca nadie creyó en mi inocencia; en ese entonces me dijo:
—No tienes idea de cuánto ha sufrido ella por tu culpa; una mujer como tú merece pagar todos los días por lo que hizo.
Y así fue hasta hoy.
Ahora que ella había regresado, él había decidido quedarse solo con ella. Ni siquiera este lugar me estaba permitido ya. Incluso el sistema lo dejó claro:
[fracaso total.]
Mi única salida… era morir.
Dos sirvientes me sujetaron por los brazos y me obligaron a ponerme de pie. Elias observó la marca en mi cuello y soltó una risa, muy baja, pero llena de desprecio.
—Ni siquiera has preparado el escenario y ya estás actuando. ¿Quieres morir? Elegiste mal el lugar. Aquí nadie vendrá a ver tu espectáculo.
Dejé escapar una sonrisa sin alegría. "¿De verdad creía que estaba fingiendo?"
—Si este lugar es tan apartado… ¿por qué estás aquí? ¿Viniste… solo para verme?
Por un instante, su expresión vaciló, pero enseguida se burló.
—Luna ha vuelto. No permitiré que arruines su felicidad en un día como hoy. Si quieres morir… hazlo , pero bien lejos de aquí.
Ordenó que me arrojaran fuera del palacio. Caí al suelo y junto a mí también arrojaron una bolsa pocas de mis pertenencias. Y desde arriba, me miró como si fuera basura.
—Fuera de aquí, ¿crees que me importará si vives o mueres?
Levanté la cabeza… y le sonreí. Eso era perfecto, por fin podía volver a casa.
Sin mirar atrás, salí corriendo. Crucé la ciudad y subí al puente que cruzaba el río que estaba a las afueras… y salté.
Capítulo 2
El agua estaba helada, me penetraba hasta los huesos. Aún así no me resistí, dejé que mi cuerpo se hundiera lentamente. Pronto volvería a casa… me pregunto qué pastel y de qué sabor habrían comprado mis padres este año.
Pero en medio de la oscuridad, alguien sujetó con fuerza mi muñeca y me arrancó del agua sin piedad.
—¡Althea! ¿Qué clase de locura estás haciendo ahora?
Abrí los ojos.
El Gran Chambelán del Palacio, Elias Rowe, ese hombre que hacía un momento parecía tan sereno ahora estaba completamente empapado, con el rostro pálido, tosiendo sin parar; y sus ojos, enrojecidos, me observaban fijamente.
—¿Crees que fingir tu muerte puede borrar el daño que le hiciste a Luna?
Lo miré calmada.
—Entonces déjame morir. ¿No es eso exactamente lo que quieres?
Como si no esperara esa respuesta, él se quedó paralizado por un instante. Luego, sus ojos se enrojecieron de ira.
—Luna acaba de regresar. Solo no quería que la volvieras a molestar.
Al ver sus ojos levemente enrojecidos… recordé. En el pasado, cuando la familia Rowe cayó en desgracia, él soportó insultos de todos. Su salud siempre fue frágil, y aunque nunca decía nada cuando sufría… sus ojos se teñían de rojo. Solo lograba calmarse cuando yo lo consolaba.
Pero ahora… ¿que era lo que lo estaba haciendo sentir tan agraviado? Durante estos cuatro años, fue él quien permitió que sirvientes y doncellas me humillaran una y otra vez.
Parece que aquí no iba a poder morir. Recogí mi pequeña bolsa del suelo y me dispuse a marcharme y regresar a casa. Pero al verme ir, Elias volvió a sujetar mi muñeca, siguiéndome paso a paso.
—Siempre has sido astuta y llena de artimañas. Si no te vigilo, quién sabe qué locura harás. Cuando te deje en el médico… no me importará lo que te pase de ahora en adelante.
Un pensamiento vino a mi mente y me hizo detenerme en seco. En este mundo… la persona que más deseaba mi muerte era mi propio hermano. Por eso, cuando fui expulsada del palacio, ni siquiera pensé en volver a casa. Pero ahora… quizás regresar sea mi única oportunidad de irme de verdad.
Al cruzar las puertas del palacio, todos los sirvientes estaban ocupados limpiando apresuradamente una habitación. El patio estaba lleno de adelfas, las flores favoritas de Luna.
Mi hermano, Lucien Lunaris, sonreía mientras sostenía en sus manos una lámpara en forma de conejo. Pero en cuanto me vio… su sonrisa desapareció por completo.
—¿Aún tienes el descaro de volver? Pensé que habrías muerto en el palacio.
Me quedé inmóvil. De repente recordé… que él antes no era así. Nuestros padres murieron cuando éramos niños y solo nos teníamos el uno al otro. Éramos familia, nuestra única familia.
La familia Lunaris siempre se dedicó a la medicina. Mi hermano soñaba con entrar al Palacio como médico imperial; así que subía a la montaña a recolectar hierbas para reunir el dinero de su viaje a la capital.
Un día de lluvia, mientras buscaba una rara hierba milenaria… resbalé y me rompí la pierna. Fue la primera vez que lo vi perder el control. Había perdido un zapato corriendo hacia mí, y llorando me abrazó con fuerza.
—Prefiero no ir a la capital… antes que perderte. Si te pierdo… ya no tendré a nadie, eres mi única familia. Si te vas de mi lado, mi vida no tendría sentido.
Pero todo cambió cuando acogimos a Luna, el corazón de mi hermano cambió, dejé de ser su única hermana. Ella estaba débil y, mi hermano le dio las píldoras que yo había preparado durante años…
las mismas que pensaba vender para financiar su futuro.
Pero Luna, incapaz de tomarlas por su sabor tan amargo… las escupía a escondidas. Y cuando la reprendí por ello… mi hermano me miró con desprecio.
—Althea, ¿de verdad crees que tus medicinas valen más que su vida?
Después, cuando Luna desapareció… mi hermano me rompió los dedos y me expulsó de la familia.
—Alguien tan cruel como tú no merece aprender nuestra medicina.
Desde hoy… ya no eres mi hermana.
Desde entonces, mis manos —entrenadas con sacrificio durante más de diez años— quedaron inutilizadas. Ni siquiera podía lavar ropa tan rápido como los demás. Y por eso soporté desprecio… día tras día.
Elias parecía incómodo. Dudó antes de hablar:
—Desde que Luna regresó… y el Príncipe disolvió el harén… ella no lo ha superado bien. Intentó… quitarse la vida dos veces frente a mí.
Lucien frunció el ceño.
—Tácticas baratas de una mujer, llorar, hacer escándalo y amenazar con matarse. Un hombre como tú no debería dejarse engañar.
Luego me miró con frialdad.
—Conozco bien a Althea. Alguien como ella jamás se atrevería a morir.
Al escuchar eso, su expresión se suavizó ligeramente. Negó con la cabeza y soltó una risa, como si se reprochara a sí mismo haber perdido la compostura delante de mí.
Lucien alzó la lámpara en su mano, y me miró lleno de desprecio:
—Voy al palacio a llevarle este regalo a Luna. No tengo tiempo para ti. Antes de que regrese esta noche… más te vale haber desaparecido.
Pero ni siquiera esperé a que terminara. Arranqué una hoja de las flores adelfa del jardín… y la llevé a mi boca.
En ese momento el rostro de Lucien cambió al instante.
Capítulo 3
Las hojas de adelfa eran altamente venenosas. Pero mientras a Luna le gustaran, Lucien era capaz de hacer que florecieran en la residencia todo el año. Sin embargo yo me oponía. Temía que alguien pudiera ingerirlas por error. Pero ella rompía a llorar, incapaz siquiera de comer.
—¿Es que no te agrado…? Por eso no quieres que él planté flores para mí…
Lucien la protegía detrás de él, mirándome con desdén.
—Si vas a atacarla, al menos busca una excusa mejor. Algo tan amargo… nadie lo tragaría por accidente. En cuanto lo pusieran en la boca, lo escupirían.
Quién iba a decir que ahora sería precisamente eso lo que me permitiría irme. El sabor amargo explotó en mi boca. Contuve las náuseas… y me obligué a tragar. Esta vez por fin podría volver a casa.
Lucien dejó caer la lámpara y corrió hacia mí. Me golpeó la espalda con fuerza y, con sus dedos ásperos, me abrió la boca e intentó sacarla.
—¡Escúpelo! ¿Quieres morir?
Me resistí con todas mis fuerzas. La mitad de mi cuerpo ya estaba entumecida, pero apreté los dientes con desesperación, negándome a escupir. Incluso llegué a morderle los dedos… hasta hacerlos sangrar.
Lucien suspiró con fuerza y me abofeteó.
—¿Solo porque Darian, el heredero, ya no te quiere vas a montar este espectáculo? ¿No te queda ni una pizca de dignidad como miembro de esta familia? Luna y Darian son el uno para el otro. ¿Después de cuatro años en el Palacio Olvidado aún no lo entiendes?
Sin importarle la sangre en sus dedos, ordenó a los sirvientes traer una medicina para hacerme vomitar y me la obligó a tragar.
Vomité hasta perder la noción. Mi cuerpo se desplomó en el suelo, como si fuera barro sin forma. Y aun así… no pude evitar soltar una risa burlona.
—¿La dignidad de esta familia… es que ni siquiera investigues y des por hecho que fui yo quien le hizo daño a Luna… para luego expulsar a tu propia hermana?
Su rostro se palideció, se quedó sin palabras. De pronto, el sonido apresurado de cascos de caballo rompió el silencio. Un joven sirviente vestido de verde entró corriendo, jadeando, y se inclinó ante Elias.
—¡Gran Chambelán! El heredero ha ordenado que traiga a la dama Althea al palacio para interrogarla. ¡La señorita Luna… ha desaparecido!
Elias y Lucien se miraron. Al mismo tiempo… sus miradas se clavaron en mí, llenas de furia.
—Con razón estabas fingiendo querer morir una y otra vez —dijo Lucien con frialdad—. Era para encubrirlo. ¿Dónde la has escondido? ¿Qué le has hecho esta vez?
Yo no tenía idea de dónde se había metido. Pero… esto era perfecto. Si la amaban tanto quizás perderían el control y me matarían.
Sin darme oportunidad de hablar, me arrastraron de vuelta al palacio en mi estado miserable. El heredero, Darian Veymont, no perdió tiempo en palabras sin sentido, fue directo ante mi, me sujetó la barbilla con fuerza.
—¿Dónde está Luna?
Levanté la mirada. Y observé al hombre que una vez fue mi esposo en este mundo… y una amarga sensación de arrepentimiento me invadió. Cuando lo conocí, estaba siendo perseguido y estaba gravemente herido. Fui yo quien lo escondió en una cueva y quien desvió a las personas que lo perseguían.
En ese momento, yo acababa de perder a mi prometido. El joven general con el que crecí había roto nuestro compromiso por Luna. Me convertí en el hazmerreír de toda la capital y Darian lo sabía. Fue entonces cuando me ofreció matrimonio y me prometió que sería su esposa legítima. Dijo que no era solo por gratitud, sino que también había algo más.
Pero cuando Luna apareció, nuevamente, la luz en sus ojos comenzó a cambiar. Compartían noches bajo la luna observando las estrellas, jugaban, reían… y yo dejé de importarle, como si no existiera.
Cuando ella desapareció aquella vez, Darian, que siempre había sido amable conmigo, me castigó por primera vez. Me golpeó con un bastón sobre mi vientre, de inmediato la sangre se derramó en el suelo. Fue entonces cuando supe, que el hijo que llevaba dentro de mi había muerto antes de nacer.
Al ver que no respondía, sus ojos se llenaron de furia, como si con su mirada pudiera acabar conmigo.
—Parece que si no te torturo un poco y pruebas algo de dolor… no vas a hablar.
Ordenó traer instrumentos de tortura y Elias fue quien ejecutó el castigo. Pero antes, fue mi hermano quien me obligó a tragar una píldora que me obligaba a mantenerme consciente, intensificando cada punzada de dolor.
Entré en pánico. Quería morir, pero no quería sufrir antes de hacerlo. Intenté resistirme pero el primer latigazo cayó sobre mi espalda. El dolor se extendió por todo mi cuerpo en un instante. Y mis labios temblaban, ni siquiera tenía fuerzas para gritar.
—Mátame…
Darian sonrió maliciosamente.
—¿De verdad crees que voy a ablandarme? Te lo preguntaré una vez más… ¿Luna dónde está?
Levanté el rostro, pálida… y sonreí.
—¿Luna? La maté. ¿No que la amaban mucho? Entonces vengan… mátenme y vénguenla.
Los ojos de Darian se enrojecieron llenos de furia. Desenvainó su espada y la clavó directamente en mi pecho. Antes de que mi conciencia desapareciera escuché a Luna desde fuera de la habitación hablar.
—¡Todos están aquí! Por fin podremos pasar la noche de la Luna Cenital juntos ……Ah… ¿por qué hay tanta sangre…?