Capítulo 1
El año en que renací fue el año en que comenzó la guerra de los vampiros. Lo primero que hice fue deshacerme del cachorro. El cachorro de mi compañero. El del Alfa Lucas.
En mi última vida, él encubrió a su amiga de la infancia, Sarah, cuando ella se apareó con un vampiro. Tomó a mi propio cachorro de sangre pura y lo intercambió con el de ella, un bastardo mestizo.
Me tildaron de traidora. Me torturaron hasta la muerte en una mazmorra de plata. Y mi propio cachorro, con el cerebro lavado por Sarah, se paró junto a mi cadáver y me dijo que me pudriera en el infierno.
Cuando volví a abrir los ojos, estaba embarazada de tres meses.
No lo dudé. Fui directamente a la cabaña de la bruja y bebí el veneno que me dio. Pero mientras una vida se agotaba, descorché otra botella: una costosa Poción Mímica.
Esta simulaba el latido del corazón de un cachorro y hacía desprender el aroma de una madre en cinta.
Lucas quiere un cachorro para que cargue con la culpa del crimen de Sarah.
Bien. Le voy a dar un espectáculo.
Esta vez, no tengo ninguna debilidad.
Mi compañero, el Alfa Lucas, había intercambiado a nuestro propio cachorro para salvar a su querida Sarah, y después me condenó a la muerte. Entonces desperté en el pasado, encontré a una bruja y bebí una poción para interrumpir el embarazo.
Salí de la cabaña de la bruja, agarrando con fuerza la botella que me ayudaría a fingir mi embarazo.
Los calambres de la poción abortiva no fueron nada. Ni siquiera una fracción de la agonía que sentí en mi vida pasada cuando Lucas clavó una daga de plata directamente en el corazón de mi loba.
El odio había congelado a mi loba. Ya no podía sentir cosas inútiles como la tristeza.
El cachorro que habría sido suyo se había ido para siempre.
Conduje hacia las tierras de la manada.
A la distancia, vi el lujoso coche de Lucas aparcado frente a la casa de la manada.
Él salió con una mujer acunada en sus brazos.
Sarah.
Ella llevaba un vestido de maternidad color rosa, sus brazos rodeaban con fuerza el cuello de Lucas como un delicado pájaro que necesita protección.
Aparqué y azoté la puerta del coche, asegurándome de que ellos lo oyeran.
Se giraron para mirarme. Un destello de triunfo centelló en los ojos de Sarah antes de que fingiera una mirada de sorpresa.
—¡Elena! ¡Has vuelto!
Su voz me revolvió el estómago.
Caminé hacia ellos, con la mano apoyada protectoramente sobre mi vientre aún plano. La poción de la bruja ya estaba haciendo efecto, logrando que oliera como una loba en cinta.
—Buenas tardes, Lucas. Sarah —dije con la voz plana.
Sarah se acurrucó aún más en los brazos de Lucas, con la mirada fija en mí.
—¡Elena, mira! —chilló, señalando el asiento trasero—. ¡Lucas me compró un cochecito de edición limitada! ¡Solo hay cinco de ellos en todo el mundo!
Miré el cochecito. Parecía ridículamente caro.
—Tiene la última tecnología de protección —se jactó Sarah—. Puede mantener a un cachorro completamente a salvo, incluso de un ataque de vampiro. Lucas dijo que quiere darle a mi cachorro la mejor protección.
La mejor protección.
Los recuerdos me inundaron.
Sarah regresó justo después de descubrir que yo llevaba un cachorro. Estaba rota, su vínculo de compañeros se había destrozado.
Lucas me dijo que simplemente sentía lástima por ella. Era su amiga más antigua. Tenía que cuidar de ella.
Yo le creí. Incluso le compartí de las hierbas para calmar a mi loba durante el embarazo.
No tenía ni idea de que era una trampa. De que ambos me estaban tendiendo una trampa desde el principio.
—Lucas es un Alfa tan bueno —dijo Sarah con voz melosa—. Elena tiene mucha suerte de ser su compañera.
Un Alfa tan bueno.
Casi me río a carcajadas.
En mi última vida, Sarah y yo entramos en labor de parto al mismo tiempo.
Sin embargo, yo di a luz a un monstruo con colmillos y ojos rojos.
Todos dijeron que había traicionado a la manada, que me había acostado con un vampiro.
Me puedo recordar a mí misma gritando mi inocencia hasta que la garganta me quedó a carne viva, rogándole a Lucas, mi compañero, que me mirara a los ojos y viera la verdad. Pero él no me miró a los ojos.
Él simplemente levantó el cristal de la memoria, cuya fría luz proyectó mi supuesta traición para que toda la manada la viera.
—¿Cómo pudiste? —preguntó, con la voz cargada de un asco que me destrozó.
Me mostró encontrándome con un vampiro en secreto. Conspirando.
Con la guerra en pleno apogeo, fui condenada por la manada y encerrada en una celda de plata. Me inyectaron veneno de plata a diario, reprimiendo a mi loba hasta que ni siquiera pude defenderme. Incluso empecé a preguntarme si había sido secuestrada por un vampiro, si me habían maldecido sin siquiera saberlo.
Tres años después, Lucas fue coronado Rey Alfa.
Él vino a las mazmorras, diciendo que estaba dispuesto a perdonar a su «compañera descarriada».
Me llevó de vuelta a la casa de la manada, donde escuché a Sarah hablando con mi hijo. El cachorro vampiro era suyo. Y, ahora, mi propio hijo se quejaba de lo débil que se había vuelto mi loba, deseando que simplemente me muriera de una vez.
Cuando descubrí su conspiración, intenté huir para exponerlos ante el Consejo. Pero me atraparon.
Lucas me arrojó de vuelta a las mazmorras de plata, y esta vez, él mismo me arrebató la vida con una sola estocada de una daga.
El dolor de ese recuerdo me devolvió de vuelta al presente. Observé a los «amantes» frente a mí.
—Lucas —mi voz era gélida—. ¿Un Alfa haciendo de chófer en lugar de estar dirigiendo su manada?
Las cejas de Lucas se fruncieron.
—Elena, cuida tu tono.
—Solo estoy preocupada por el futuro de la manada —dije, con un encogimiento de hombros—. Se acerca la guerra. Todos deberían estar haciendo su parte.
Sarah se estremeció en sus brazos, actuando como si tuviera miedo.
—Elena, no me he sentido bien. Lucas solo estaba preocupado por el cachorro...
—Por supuesto —asentí—. El bebé es lo más importante.
Lucas me dirigió una larga y dura mirada, había advertencia en su voz.
—Por cierto, Elena —advirtió—, deja de tomar esas vitaminas humanas. Pueden debilitar el lobo de un cachorro.
El desarrollo espiritual del cachorro.
Él no estaba preocupado mi salud. Le preocupaba que arruinara su plan de intercambiar a los cachorros.
Asentí, fingiendo ser obediente. Pero en cuanto llegué a mi habitación, me metí un puñado de pastillas en la boca.
Ya no había ningún cachorro en mi vientre.
Esta vez, no podía esperar para verlos buscar un chivo expiatorio para el pequeño monstruo vampiro de Sarah.
Capítulo 2
—Me mudo a la villa en los bosques del norte —dije en la mesa del desayuno.
Lucas hizo una pausa, su cuchillo para carne quedó suspendido en el aire. Frunció el ceño: la primera señal del desagrado de un Alfa.
—¿Por qué? La casa de la manada tiene el mejor personal y los mejores médicos.
—Mi loba está inquieta —dije, dejando ver una pizca de vulnerabilidad en mis ojos—. Hay demasiado ruido aquí. La práctica de piano de Sarah, todas las fiestas... Me preocupa que sea malo para el cachorro.
La palabra «cachorro» lo cambió todo.
Era la pieza más importante de su plan: el chivo expiatorio.
—De acuerdo —dijo, suavizando el tono. Incluso puso su mano sobre la mía en una falsa muestra de afecto—. Eres la Luna. Necesitas silencio absoluto. Haré que alguien te acompañe.
Estaba mintiendo.
Vi el alivio en sus ojos.
Enviarme lejos significaba que podía estar con Sarah sin interrupciones. No tendría que preocuparse de que alcanzara a oír sus gemidos desde la habitación de al lado.
Me mudé a la villa del norte.
Era remota, rodeada de un denso bosque de pinos. El escondite perfecto. Y el campo de entrenamiento perfecto.
Ordené al personal que rociaran bloqueador de olores de alta concentración por la propiedad.
La excusa: mi embarazo me hacía sensible a los olores.
La verdad: necesitaba ocultar el hecho de que no olía a leche ni a maternidad. Olía a sangre y sudor: el aroma de una verdadera guerrera.
Los meses siguientes fueron un ridículo espectáculo protagonizado por una sola mujer.
Lucas me visitaba cada dos semanas para interpretar el papel de «compañero devoto».
Pero los regalos que traía lo delataban.
Para mí, suplementos baratos de la tienda de la esquina. Pero según los registros financieros de la manada (que yo había hackeado), él había tomado la centenaria «Hierba Lunar» de la bóveda.
Era una hierba sagrada que podía resucitar a alguien del borde de la muerte. ¿Su destino? El apartamento de Sarah, por supuesto.
Claramente, el parásito vampiro le estaba drenando la vida por completo. Sarah se desvanecía rápidamente.
Mirando el enorme gasto en la pantalla, recordé mi última vida. Estaba muriendo en el parto del cachorro, rogándole por un trozo de Hierba Lunar para salvarme.
¿Qué dijo entonces?
—Es un activo estratégico para la manada. No se puede desperdiciar en una mujer que podría estar dando a luz a un bastardo vampiro.
Y ahora, se lo dio a la mujer que llevaba un monstruo sin pensarlo dos veces.
Sonreí con suficiencia y terminé mi última serie de flexiones.
El sudor me goteaba por la barbilla. Mis músculos estaban tonificados y la energía corría por mis venas.
Una vez fui la única guerrera con una verdadera oportunidad de competir por el puesto de Alfa. Pero, por Lucas, me había cortado mis propias alas, contenta con ser solo una ama de casa cariñosa.
Ahora, la guerrera que una vez fui finalmente había despertado.
—Luna, últimamente te ves radiante —dijo Mary, la sanadora de la manada, durante una revisión de rutina.
Era una vieja y experimentada loba con ojos penetrantes.
—Gracias —respondí con frialdad.
Mary dudó y luego bajó la voz.
—Vi al Alfa Lucas llevando de nuevo a Sarah a la Piscina Sagrada ayer. La manada está murmurando... Dicen que Sarah lleva en su vientre al verdadero heredero Alfa, y que tú...
Su voz se fue apagando, con los ojos llenos de lástima.
—Luna, tu madre una vez me hizo un gran favor. Yo solo confío en lo que veo. Si alguna vez necesitas algo, siempre estaré a tu lado.
Ella pensó que yo era la pobre esposa despistada.
Me levanté de la esterilla de yoga y me puse una bata holgada, ocultando mi vientre tonificado.
—Déjalos hablar, Mary —dije, tomando una taza de té—. Lucas es el Alfa. Él sabe bien lo que hace. Mientras mi cachorro nazca sano y salvo, estaré en paz.
Mary parecía querer decir más, pero mantuvo la boca cerrada.
Si supiera lo que realmente estaba pensando, probablemente se moriría de la impresión.
Lucas y Sarah no me podían importar menos.
De hecho, su obsesión con ella era mi mayor ventaja. Le impedía usar sus sentidos de Alfa para vigilarme. De lo contrario, incluso con el vientre de silicona y las dosis regulares de la poción, él podría haber descubierto que el «cachorro» en mi vientre no era más que un fantasma.
Seis meses pasaron volando.
A medida que se acercaba mi fecha de parto, Sarah claramente se estaba poniendo desesperada.
Esa noche, la puerta de la villa se abrió de golpe.
Lucas entró furioso, empapado por la lluvia, con el rostro pálido y una energía enfermiza y frenética.
Tenía prisa.
Mis espías me habían dicho que Sarah había roto aguas hacía media hora. El cachorro vampiro le estaba destrozando el útero y el dolor la estaba matando.
Lucas necesitaba que mi «cachorro» fuera cambiado por el suyo. Ya.
—¡Elena! —Lucas entró en la habitación sosteniendo una copa en la mano.
El líquido que contenía era de un extraño color púrpura oscuro y desprendía un vapor escalofriante.
—Cariño, sé que no te has sentido bien —dijo con la voz temblorosa. No por preocupación, sino por los nervios—. Bebe esto —me instó—. Esto asegurará que nuestro cachorro tenga el espíritu de lobo más fuerte.
Me senté en el borde de la cama, observándolo.
Mi sentido del olfato era más agudo que nunca.
Eso no era una bebida energética. Era una mezcla de belladona, oxitocina de alta concentración y acónito. Esto podía forzar a una loba a tener contracciones violentas y la dejaría indefensa después del parto, como una marioneta bajo sus hilos.
En mi última vida, me bebí esto. Me desmayé en la mesa de partos, lo que le permitió cambiar a mi cachorro.
—Esto es para el bienestar del cachorro, ¿verdad? —pregunté, tomando la copa y recorriendo el borde con mis dedos.
Lucas tragó saliva con dificultad, con la mirada fija en la copa.
—Sí. Para nuestro heredero. Bébetelo. Sé una buena chica.
Él estaba aterrorizado. Si yo no daba a luz esta noche, su preciosa Sarah sería ejecutada por dar a luz a un monstruo.
Me llevé la copa a los labios.
El acre olor a veneno me llenó la nariz.
En ese momento, vi un destello de crueldad y anticipación en sus ojos.
—Lucas —pregunté en voz peligrosamente baja—. ¿Estás seguro de que esto es para «nuestro» cachorro?
Capítulo 3
Las pupilas de Lucas se contrajeron. La mano que había sostenido la copa tembló casi imperceptiblemente.
Él lo disimuló con rapidez; su miedo fue reemplazado por la clásica furia ofendida de un Alfa.
—Elena, ¿qué es esa mirada? —gruñó, usando su dominio de Alfa para ocultar su culpa—. ¡Soy tu compañero! ¡Tu Alfa! ¿Acaso te haría daño? ¿Le haría daño a mi propio cachorro?
Podía oler el hedor a desesperación que emanaba de él.
¿Compañero?
Reí en silencio.
En mi última vida, este supuesto «compañero destinado» fue quien me clavó una daga de plata en el corazón.
Quien más me lastimó no fue mi enemigo. Fuiste tú, Lucas.
Pero no lo reprendí. Sabía que la poción no le haría daño permanente a un hombre lobo sano. Solo causaría espasmos musculares intensos.
El accesorio perfecto para mi actuación.
—Por supuesto que no —dije suavemente—. Solo estoy nerviosa.
Incliné la cabeza hacia atrás y bebí el líquido amargo.
Lucas dejó escapar un suspiro, con un destello salvaje de triunfo en sus ojos.
El veneno hizo efecto más rápido de lo que esperaba.
Cinco minutos después, un calambre violento se apoderó de mi abdomen. El dolor era real, y el sudor frío empapaba mi camisón.
Me desplomé en el sofá, dejando escapar un gemido de dolor.
—Ah... duele...
En ese momento, el color desapareció del rostro de Lucas.
Se agarró las sienes, señal de que estaba recibiendo una conexión mental forzada.
—¡Maldita sea! ¡Sarah también está de parto!
Rugió presa del pánico. Olvidándose por completo de que yo estaba retorciéndome de «agonía», se dio la vuelta para tomar las llaves del coche.
Afuera llovía a cántaros.
El coche de Lucas salió disparado de la villa como un animal salvaje. En el asiento trasero, empapada hasta los huesos, estaba Sarah. Habíamos ido a recogerla.
Sus gritos casi destrozaron las ventanillas.
—¡Lucas! ¡Ayúdame! ¡Algo me está arañando el estómago desde dentro! —Ella le clavó las uñas en el brazo—. ¡Duele! ¡Nuestro cachorro... vamos a morir!
—¡No tengas miedo, Sarah, no tengas miedo! —gritó Lucas, con una mano en el volante y girándose para calmarla, con los ojos llenos de dolor—. ¡Estoy aquí! ¡Daré mi vida por la tuya y la del cachorro, lo juro!
¿Y qué hay de mí?
Yo estaba acurrucada en la esquina del espacioso asiento trasero, fingiendo estar pálida de dolor. Lucas ni siquiera me miró.
Yo solo era un bulto que había tirado en la parte de atrás.
El coche se detuvo con un chirrido en el hospital privado de la manada.
Los médicos ya nos estaban esperando.
—¡Rápido! ¡Llévense a Sarah primero! ¡Está en estado crítico! —rugió Lucas, apartando a una enfermera que venía a ayudarme. Él tomó a Sarah en brazos y corrió hacia la entrada de emergencias.
Mientras gemía débilmente en sus brazos, Sarah me dedicó una sonrisa triunfante por encima de su hombro.
Había sido dejada sola bajo la lluvia torrencial, con el agua mezclándose con el sudor frío de mi cara.
Unos cuantos minutos después, dos enfermeras practicantes salieron corriendo con una silla de ruedas.
—¡Luna, aguanta!
Fui llevada a la sala de partos.
En el momento en que la fría puerta de acero se cerró de golpe, mi actuación terminó.
De pie frente a la mesa de operaciones estaba Mary.
Ella ya había despedido a todos los demás, dejando solo a dos de sus enfermeras de mayor confianza.
Nuestras miradas se cruzaron.
Mary miró mi vientre de embarazada con una expresión que era una mezcla de asombro y miedo.
Ella dio un simple y silencioso asentimiento.
Todo estaba listo.
El tiempo pasaba.
El trueno afuera ocultaba todas las fechorías que se estaban llevando a cabo adentro.
Horas después, en plena noche.
Mi cuarto de hospital estaba en silencio, salvo por el constante «beep… beep…» del monitor cardíaco.
Yo yacía en la cama, con los ojos cerrados, respirando con normalidad, como si me hubiera desmayado tras un «parto difícil». Pero todos los músculos de mi cuerpo estaban tensos, mis sentidos estaban en alerta máxima.
La cerradura hizo clic. Alguien entró sigilosamente.
Un hedor repugnante me golpeó al instante. Carne podrida, azufre y sangre vieja.
El hedor de un vampiro.
Los pasos eran ligeros, vacilantes, y desprendían un olor a culpa al acercarse a mi cama.
Era Lucas.
Él estaba sosteniendo un bulto bien envuelto. Incluso a través de las gruesas mantas, podía oír un siseo gutural.
Ese era el monstruo que Sarah había dado a luz.
Lucas contuvo la respiración mientras se acercaba de puntillas a mi cama. Le temblaba la mano mientras se preparaba para cambiar al cachorro maloliente por el «heredero de sangre pura» que nunca existió.
Se inclinó, la cara del monstruo estaba a centímetros de mi cuello.
Y en ese instante...
Abrí los ojos de golpe.
Bajo la tenue luz de la lámpara de noche, mi mirada era aguda y fría, fija en su aterrorizado y deformado rostro.
—Alfa —mi voz atravesó la oscuridad—. ¿Qué estás haciendo?