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Lovely
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En la modern novel Lovely, Honey enfrenta el acoso y el rechazo familiar. Esta historia lgbt narra su lucha contra un pasado oscuro y el impacto del SIDA, enfrentando la culpa en un mundo lleno de prejuicios. Encuentra este lgbt book y más fiction books para leer online.

Resumen de Lovely

Inspirada en hechos reales, esta es la crónica de Honey, un joven apasionado por la cocina y el color rosa. Su adolescencia ha estado marcada por la soledad, el rechazo y un vínculo fracturado con su padre. Tras sufrir acoso escolar y cargar con un pasado sombrío, debe encarar la crudeza del SIDA al entrar en la adultez. Más allá de etiquetas sobre su sexualidad, Honey enfrenta la culpa y el peso de existir en un mundo imperfecto que lo juzga sin descanso.
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Capítulo 1 de Lovely

''Sé que tengo muchas cosas que explicarte. Como porque me desaparecí todo este tiempo. El porqué de que no quise seguir más en contacto contigo y ya no pude verte más. Y es que no quería que te lo tomes a mal. Pero simplemente no podía hacerlo. Estuve confundida todo este tiempo. ¿Sabes? Nadie piensa en ser madre. Yo personalmente nunca lo pensé, y es más, tampoco lo deseé. Sé que tu tampoco. Y es por eso que me había ido. Quería que tuvieras al menos la explicación y sepas la verdad de porque no pudimos seguir. O porque no pude seguir. No estaba segura si esto era lo que quería para mi vida, y tu bien lo sabes, que nada de esto lo habría planificado en otro momento. Supongo que me aterró la idea. Pensé que no podríamos lograrlo, alguien con un pasado homosexual y una puta, inexperta en todos los sentidos como mujer, no funcionaría, o al menos eso pensé. Ahora mismo estoy segura de lo que quiero, y de lo que tengo. Emma me ha dado esa seguridad que tanto busqué. Y no es que esté segura al cien por cien de lo que será el resto de mi vida. Pero quiero que estés en ella. Y no pido una respuesta inmediata. Tómate tu tiempo si quieres. Sé que no te será fácil. Al final de la hoja te dejo anotado el número donde podrás marcarme. Solo quería que sepas que no te odié nunca, y nunca quise estar alejada de ti. Solo lo hice, porque me costaba aceptarlo. Han pasado once meses desde entonces. Lo siento. Enserio lo siento. Espero no parecerte una extraña. No nos olvides. Emma y yo te necesitamos.''

Hubiera querido tener esa carta. Fue una carta clave en mi vida. ¿Y sabes? Nunca llegó. Se perdió. Nunca la tuve. Nunca la leí. Hubieran pasado tantas cosas si tan solo la hubiera leído. En eso concluyó básicamente una gran parte de mi vida.

Esta no es la historia de un cuento, de esos que a menudo se ve en los libros, o novelas románticas que acostumbraba leer con mi mejor amiga cuando era chico. Esta es mi historia, tan triste como puede leerse.

Si bien, mi vida son un montón de recuerdos. Todas las vidas son solo recuerdos. Después de todo eso es lo que somos. De eso se compone el ser humano; de recuerdos. Malos, buenos. En fin. Solo sé que se me vienen en flash back.

La última vez que hablé con mi psicólogo, Ernesto me dijo; ''No dejes de recordar, eso te recuerda que estás vivo''. Él se equivoca. Por cada recuerdo me siento más muerto. Ni siquiera aquellos recuerdos felices o agradables, me hacen sentir bien. Por el contrario me hacen sentir peor. Me dejan ver como lo tuve todo y como ahora no tengo nada. Ese es el problema con la mente humana, siempre tendrá un enemigo, y ese enemigo es la memoria.

'' ¿Mami soy diferente? Mamá...¿Porqué papá dice que se avergüenza? ¿De qué? ¿De mi? ¿Es malo juntarme con las niñas? Mamá, en el colegio dicen que soy raro... ¡Mamá!''

Y esto se repetía una y otra vez de niño. 

1977.

-En el colegio dicen que me parezco a una nena. –decía entre sollozos mientras mi madre me miraba fijo.

Ella me mira con compasión, como si se apiadara de mí. Como si se apiadara de una pequeña criatura indefensa.

Desde siempre había sido así. Nunca fui con exactitud el chico popular. Tenía todo para serlo, y es que en Buenos Aires tendían a idolatrar a todo ser que tuviera el cabello y los ojos claros, como un tipo de fetichismo con los gringos o un rasgo superficial y racista. Pero evidentemente nunca lo fui. Parecía que desde pequeño la gente acostumbraba tomarme el pelo.

-No le hagas caso. Sos diferente. Eso es todo. ¿Queres ir a comprar ropa conmigo? –dijo haciendo un cambio repentino del tema.

''Sos diferente'' a eso se resumía todo. Cuando uno es chico, los adultos nos respaldan diciéndonos eso. ''Te molestan en el colegio porque sos diferente'' ''no gustan de vos porque sos diferente'' ''no sos bueno en deportes porque sos diferente'' todo, absolutamente todo, era escusado con el ''ser diferente''. Una escusa de mierda, pero cuando uno es chico se conforma como se conforma con cualquier estupidez. Pero eso al crecer ya no basta, y comienzas a odiar la palabra ''diferente''. Pero en ese entonces un ''eres diferente'' lo solucionaba todo. Mis problemas de autoestima, que fuera antisocial, que me molestaran y me marginaran, mis problemas con el mundo, todo se debía a que era diferente, y eso parecía ser consuelo para mí cuando tenía menos de seis años.

Asentí con la cabeza. No hizo falta más.

Ella era mi madre, siempre tan al tanto de mi. Ella solía pasar todo el tiempo conmigo. Aquello había sido un poco del comienzo. El comienzo de todo aquello. Desde que comencé a ser lo que para el resto era un ''diferente''.

—Honey, ¿Por qué lloras? —dijo entrando un día de lluvia a mi habitación.

A veces olvido que no me conocen, que no saben quién soy ni como me llamo. Soy Honey, por si se preguntaban. ''Honey'' es ''miel'' en inglés, o eso al menos me decían de chico, que yo era dulce para, probablemente, todas las señoras cincuentonas amigas de mamá, entonces inevitablemente debía llamarme así, además de que como era ''especial'' tenía que tener un nombre especial, y como mamá se consideraba americana, su hijo no podía llevar nada menos que un nombre americano. Mi madre vivió muchos años en Estados Unidos, cuando conoció a mi papá que también era residente de allá pero que trabajaba acá, se vino a vivir a Argentina, no les costó mucho llevar una buena vida, el peso argentino siempre fue menos que el dólar, supongo que mis abuelos le habrán ayudado un poco a reinstalarse. No conozco mucho de cómo hicieron para instalarse a vivir acá, porque siendo yanqui y sin conocer el idioma, siendo sincero, en Buenos Aires te boludean. Supongo que mamá me habrá contado más de una anécdota alguna vez cuando era chico, pero ya no las recuerdo. Y papá, bueno, papá nunca contó anécdotas.

—En el colegio dijeron que soy raro. —le dije entre sollozos.

Poco de aquello puedo recordar, pero lo que más recuerdo es su mirada entristecedora. Aquella mirada con la que me veía. Supongo que a ninguna madre le gusta saber que su hijo es molestado en el colegio y saber que no puede hacer nada. Porque en el momento que estás solo todo se derrumba.

La imagen era un tanto patética pero enternecedora, típica de esas mariconadas que acostumbramos echar de pequeños.

— ¿Y por qué te lo dicen esta vez? —musitó.

—Por todo. El pelo, mi forma de vestir, que me junto con las niñas...

—El cabello, Honey. –corrigió ella.

— ¡Maaamá! –refunfuñé.

—Ya ya. No eres raro, solo tienes gustos diferentes. —dice en consuelo y acto seguido me da una palmada.

Aquello era un poco más que gustos de ropa, o un corte diferente. Era mucho más que esas estupideces por las cuales suelen hacerte bullying de pequeño. No era como si me gustara vestirme de mujer, o ese tipo de cosas. Solo...simplemente, lo noté. Noté lo diferente que era al resto. Para mi desgracia, mamá tenía cáncer. Se lo habían detectado un poco después de haber cumplido mis 7 años. ¡Feliz cumpleaños! Me digo a mi mismo actualmente en un tono irónico, con un nudo en la garganta y un sentimiento de rencor a esta insensible vida. Nadie sabe cuando cosas malas como éstas pasan. Nadie se lo planea. Yo era un niño en ese entonces. ¿Qué iba a saber que se iba a ir para siempre? Que carajos iba a saber, que me quedaría solo.

—Lorenzo, prométeme que lo cuidarás. –le decía siempre en cama mi madre. En eso de los ''últimos días''.

—Deja de hablar de preocuparte tanto, no estás bien. –le dijo.

Sus palabras golpean el sensible y casi poco fuerte corazón de mi madre, y el mío también cuando solía escucharlo a través de la puerta. Lo que sucedía muy a menudo, porque nunca me habían dicho que mamá tenía cáncer. Solo lo supe.

Que poco tacto. Tan clásico de mi padre.

—Eres su padre. Serás lo único que le quede. –insiste.

No pasó mucho tiempo, y mamá murió. Así nada más. Solo regresé del colegio, y ya no estaba. Ese es el problema con el cáncer. ¿Saben cuantas personas mueren al año por un cáncer que no sabían que tenían hasta poco antes de morir? Supongo que mamá no fue uno de los casos, mamá lo supo un tiempo antes. Pero no alcanzó. Nunca alcanza.

Papá me veía fríamente, pero a la vez algo en su mirada se encontraba lastimado, como la mirada de un perro retobado cuando muere su dueño. Jamás lo olvidaría. Grité un par de veces ¡Mamá, mamá! Y después de buscarla por la casa, y callando las voces de mi interior que me decían que algo malo había pasado, me di cuenta.

Papá siempre me hizo cargo de lo que había pasado, inconscientemente lo hacía. De ese modo crecí la mayor parte de mi vida culpándome por la muerte de ella. Sé que no tenía la culpa. Que la culpa tenía el cáncer. Pero... ¿Qué podía saber yo? Era pequeño. Es ése tipo de cosas que te marcan de chico, y aunque después sabes la verdad, el daño ya está hecho. Es ése tipo de cosas, que te marcan. Simplemente eso.

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