Capítulo 1

Después de descubrir que mi esposo, Leonardo Marchetti, no lograba olvidar a su primer amor, empecé a enseñarle a nuestra hija Sofia a llamarlo “tío Leonardo”.

Un día, Sofia se torció el tobillo en la escuela. En plena madrugada, Leonardo recibió una llamada: era Valentina quien lloraba al otro lado de la línea porque su hija, Lily, había tenido una pesadilla y no paraba de gritar que quería un padre. Leonardo se fue sin decir una palabra.

Mientras le ponía una compresa de hielo en el tobillo hinchado a Sofia, le susurré:

—Di “Adiós, tío Leonardo”.

Leonardo prometió ir al día deportivo de la escuela de Sofia. Entonces llamó Valentina, sollozando que Lily no tenía un padre que corriera con ella la carrera de tres piernas. Él se largó sin pensarlo dos veces.

En esa ocasión, solo le pasé el celular a Sofia y le dije que avisara a su maestra:

—El tío Leonardo dice que no va a poder venir.

Cada vez que pasaba, Sofia dudaba. No entendía por qué la obligaba a hacer eso.

Hasta que, un día, Leonardo por fin se dio cuenta de lo mucho que nos había fallado. Dejó de lado todos sus asuntos de la mafia para asistir al recital de piano de Sofia y juró que no se lo perdería.

Sofia esperaba tras bambalinas con los demás niños. Entonces vibró el celular de Leonardo. Era Valentina. No alcancé a escuchar lo que dijo, pero podía adivinarlo. Lily lloraba. Lily lo necesitaba. Lily no tenía padre.

Leonardo regresó a donde yo estaba. Pero antes de que pudiera empezar con sus excusas, Sofia habló desde el escenario.

—Está bien, tío Leonardo. Ve a cuidar a tu otra hija. Con que mamá se quede aquí a verme es suficiente.

Sofia lo dijo directo al micrófono y todos en el lugar la escucharon. Los demás padres se voltearon a mirar a Leonardo; algunos comenzaron a murmurar. Él se quedó paralizado. Yo también.

Durante veintiocho días, desde que entendí que Leonardo ya no tenía el corazón puesto en esta familia, cada vez que nos abandonaba por Valentina, le pedía a Sofia que lo llamara “tío Leonardo”. Era mi manera de recordarnos, a mi hija y a mí, que no debíamos llorar por un hombre que no lo merecía.

Pero ella apenas tenía siete años. Esa es la edad en la que una niña necesita más a su padre.

Cada vez que le pedía que lo dijera, ella dudaba un largo rato antes de susurrar un tímido “tío Leonardo”.

Sin embargo, hoy lo había dicho por iniciativa propia. Con soltura y naturalidad, como si lo hubiera ensayado cien veces en su cabeza.

Sofia se sentó al piano y comenzó a tocar. Sus deditos encontraron las teclas correctas. Solo se equivocó una vez, pero siguió adelante. Cuando terminó, toda la sala aplaudió.

Ella se levantó, hizo una reverencia y me miró. Ignoró por completo a Leonardo.

Los jueces entregaron los premios: tercer lugar, segundo lugar… Sofia ganó el primer premio. Un pequeño trofeo dorado con una nota musical encima.

Bajó corriendo del escenario y se lanzó a mis brazos. La alcé y la abracé fuerte. Un fotógrafo del periódico local pidió tomarnos una foto. Madre e hija con el trofeo.

Sofia levantó el trofeo y sonrió a la cámara; yo la rodeé con el brazo y también sonreí.

Detrás de nosotras, Leonardo ya se había ido. No me sorprendió. Para él, Valentina y su hija siempre habían sido la prioridad.

Él era el subjefe de la familia criminal Marchetti. Al principio, nos ponía a nosotras primero. Era un buen esposo y un padre presente. Pero cuando Valentina volvió, todo cambió.

Valentina fue su primer amor. Después, ella se casó con un jefe de la mafia de otra región, pero su esposo murió de forma inesperada. Sin más opción, tuvo que regresar a su ciudad natal con su hija de cinco años, Lily, y no paraba de quejarse de lo difícil que era salir adelante sola.

Leonardo sintió lástima por ella y comenzó a correr a ayudarlas todo el tiempo. Poco a poco, les daba más prioridad y a Sofia y a mí nos dejaba esperando una y otra vez.

Tras la muerte de Salvatore, Valentina empezó a rondar a Leonardo de nuevo. Hacía el papel de viuda desconsolada y lloraba porque Lily no tenía padre. Y Leonardo, como un idiota, cayó en la trampa.

Una vez, él fue a celebrar el cumpleaños de Lily a Universal Studios. Cuando regresó, olvidó los boletos del parque en su bolsillo. Eran tres entradas. Para Universal Studios.

En el sexto cumpleaños de Sofia, ella había pedido como deseo que toda la familia fuera a ver a sus personajes favoritos, los Minions. Leonardo lo consideró una niñería y se negó sin dudarlo.

Unos días después, se fue allá con Valentina y Lily.

Encontré la publicación en la cuenta privada de Valentina en redes sociales. El pie de foto decía lo siguiente: “El lugar más mágico del mundo se disfruta mejor en familia”. En la foto salían Leonardo, Valentina y Lily sonriendo usando suéteres a juego. Leonardo llevaba a Lily sobre los hombros, como un padre orgulloso.

Esa noche tuvimos la peor pelea de todas. Le exigía el divorcio y le advertí que me llevaría a Sofia. Leonardo me llamó irracional. Me preguntó cómo era capaz de hacer que Sofia creciera sin padre. Juró por todo lo que existe que solo le tenía lástima a Valentina; alegó que era una viuda, que su esposo había muerto en la vida del hampa, que no tenía a nadie más.

Miré el rostro pálido y asustado de Sofia. Me mordí el labio casi hasta sacarme sangre. Sabía que si forzaba el divorcio en ese momento, mi hija jamás olvidaría la imagen de su padre marchándose. Pero también sabía que cuando un hombre como Leonardo te muestra cuáles son sus prioridades, la historia se repite una y otra vez.

No quería que Sofia sufriera por la supuesta lástima de Leonardo, así que elegí otro camino: lo engañé para que firmara el acta de divorcio. Treinta días. Un periodo de reflexión.

Si Leonardo volvía con nosotras dentro de esos treinta días, yo fingiría que no había pasado nada por el bien de Sofia. Si no, usaría ese tiempo para que ella se acostumbrara a la ausencia de su padre.

Hoy era el día veintiocho y Sofia acababa de llamarlo “tío Leonardo” sin que nadie se lo pidiera. Sentí el cuerpecito de Sofia temblando contra el mío, y se me partió el corazón. No era rabia; era un profundo dolor.

Mientras cruzábamos la calle, Leonardo por fin salió de su aturdimiento. Empezó a seguirnos, seguramente para preguntar por qué Sofia lo llamaba tío. En ese momento, su celular volvió a sonar. La voz de Valentina llegó dulzona y llorosa.

—Leonardo, ¿dónde estás? Lily no deja de llorar, dice que quiere a su papá. No logro calmarla.

Él se detuvo en seco. Se quedó mirándonos mientras nos alejábamos, con el celular aún en la mano.

—Está bien, voy para allá —respondió él.

Luego me mandó un mensaje: “Hablamos esta noche”. El auto arrancó con un rugido y se perdió en la distancia. Sofia dejó de caminar. Se arrojó a mis brazos y sus lágrimas me empaparon la blusa.

—Mamá —susurró Sofia—. ¿Ya podemos quedarnos sin papá?

Capítulo 2

No le mandé a Leonardo la foto del premio de Sofia; sabía que no le importaría. La llevé directo a casa y empecé a empacar.

Mientras reservaba los boletos de avión para regresar a mi ciudad natal, Valentina me mandó un video.

Era de un concurso de talentos infantil. Lily hacía un truco de magia en el escenario, sacó un conejo de peluche de un sombrero, pero el truco salió mal y el muñeco se deshizo. Lily no ganó ningún premio. Pero después del espectáculo, Valentina, Leonardo y Lily reían juntos, cada uno con un cono de helado en la mano. Parecían una familia feliz.

Al final del video, Valentina escribió lo siguiente: “Perder no es tan malo cuando tienes familia”.

Antes, le habría respondido en el acto. Pero ahora, viendo a Sofia ordenar sus muñecas en silencio, solo pensé una cosa. ¿Qué caso tenía?

Cerré el chat y reservé dos boletos a Los Ángeles para pasado mañana. En cuanto pulsé el botón de confirmación, Leonardo cruzó la puerta. Traía un ramo de lirios blancos. Sofia y yo nos quedamos mirándolo.

Él siempre había odiado las flores; decía que eran un desperdicio de dinero. En todos nuestros años juntos no me había comprado ni una sola flor. En cumpleaños y aniversarios, yo no recibía nada. Sofia tampoco recibía nunca una flor de su padre.

¿Por qué, de repente, aparecía con un ramo de lirios? Nos miramos la una a la otra con incredulidad. Leonardo entró despacio. Al ver las maletas abiertas, su expresión cambió.

—Lily estaba triste después del concurso de talentos, por eso me quedé un rato más. De regreso, pasé por una florería y pensé en ustedes dos. Así que compré estos.

Echó un vistazo al equipaje.

—¿Estás empacando para un viaje?

Negué con la cabeza y luego asentí.

—Algo así.

Al periodo de reflexión le quedaban dos días; no quería buscar problemas. Al escuchar eso, él pareció relajarse.

—Sé que he estado ausente. ¿Qué tal si mañana salimos todos juntos? Solo nosotros tres. Un día en familia. Les juro que esta vez no les voy a fallar.

Sofia dejó de jugar con su muñeca. Miró a Leonardo, luego a mí. Su expresión oscilaba entre la ilusión y el miedo.

Vi el anhelo en los ojos de Sofia y se me ablandó el corazón.

—Está bien.

De todos modos, sería la última vez. Apenas lo dije, sus ojos se iluminaron. Agarró su muñeca favorita y corrió a su cuarto, dando saltitos de alegría. Mientras yo seguía empacando, Leonardo se acercó y se paró a mi lado. Titubeó.

—Sobre lo de “tío” de hoy...

El corazón me dio un vuelco. Alcé la mirada hacia él. Leonardo se agachó y dejó los lirios junto a mi mano. Sonaba arrepentido, casi tierno.

—Nina, sé lo que estás pensando. Crees que me he concentrado demasiado en Valentina y que las he descuidado a las dos, pero te juro que solo le tengo lástima. Es una viuda, su esposo murió en la vida del hampa y no tiene a nadie más. Solo no quiero que sufra tanto.

Me tomó la mano y la apretó contra su pecho.

—Dame un poco más de tiempo. Voy a resolver lo de Valentina. No dejaré que ni tú ni Sofia salgan lastimadas nunca más.

Me quedé mirando a Leonardo sin mostrar emoción.

Apenas recordaba la última vez que Leonardo me había mirado así. Tal vez en nuestra boda, en aquella capilla blanca, cuando entrelazó sus dedos con los míos y prometió amarme para siempre. O tal vez el día que nació Sofia, cuando sostuvo a la pequeña bebé en sus brazos y me besó la frente con los labios temblorosos.

—Nina —me había dicho en ese entonces—. Jamás dejaré que ni tú ni Sofia sufran. Te lo juro.

Pensé en todo aquello durante un largo rato. Luego decidí decirle a Leonardo la verdad sobre el divorcio.

—Leonardo, en realidad...

—Ah, por cierto —me interrumpió—. Esa muñeca de edición limitada que le compraste a Sofia, ¿está en el mueble del estudio? Valentina dice que a Lily le encantan las muñecas últimamente. Solo la voy a tomar prestada unos días.

Caminó directo al estudio, encontró la muñeca, agarró sus llaves y salió a toda prisa. El portazo resonó por toda la casa. La puerta principal se cerró tras él. Ni siquiera miró atrás. Me quedé ahí en silencio, contemplando la entrada.

Entonces terminé la frase que había empezado.

—En realidad, Leonardo, Sofia y yo ya te dejamos.

Faltaban solo dos días para que nos marcháramos de su vida.

Capítulo 3

A medianoche, agotada de empacar, me desplomé en la cama. El celular vibró. Un mensaje de Leonardo. También envió varias fotos. Valentina y Lily posaban con la muñeca de Sofia. La niña la abrazaba como si fuera su nueva mejor amiga.

“A Lily le encantó la muñeca. Valentina me pidió que te escribiera para darte las gracias”.

Medianoche. Mi esposo estaba con otra mujer, y ella lo usaba para agradecerme. Reí sin ganas. Ya ni siquiera estaba enojada. ¿Para qué?

Le respondí con un mensaje claro: “De nada. Pero yo no se la regalé a Valentina. Y para que lo sepas, esa muñeca era el regalo de cumpleaños favorito de Sofia; la trataba como a una hermana y estaba esperando a que tú jugaras a tomar el té con ella y la muñeca. Devuélvela”.

Después apagué el celular y me fui a dormir. No me importaba la cara que pusiera él al leerlo. A la mañana siguiente, Leonardo llegó temprano a casa. Eran las ocho, una hora inusual para él.

Entró, se quitó la chaqueta y se quedó helado al ver las maletas alineadas en la sala.

—¿Necesitas tantas maletas para un viaje?

Yo estaba ayudando a Sofia a vestirse y no levanté la vista.

—Nos vamos lejos.

Él miró a Sofia, ella asintió. La expresión de Leonardo se relajó. Lanzó la chaqueta a un lado y sacó tres boletos para el Parque Aventura.

—Estabas molesta porque nunca llevé a Sofia al Parque Aventura, ¿no? Compré boletos para hoy. Vamos los tres.

Sostuvo los pases con orgullo, como si presumiera un trofeo. Casi creí que había oído mal. Había pasado cerca de un mes, ¿y de pronto se acordaba? Entonces pensé en la fila de mensajes sin leer en mi celular esa mañana. Ah, claro. Un gesto de culpa.

No dije nada y seguí vistiendo a Sofia. Pero ella estaba emocionada; me miró de reojo y me pidió:

—Mamá, quiero ir.

Sonreí y estaba a punto de contestar cuando Leonardo añadió, titubeante.

—Solo hay un detalle. Valentina sabe que hoy tendremos nuestro día familiar. Ella se va a quedar cocinando en casa, nada del otro mundo, pero le preocupa que Lily se sienta excluida si vamos solos… así que pensé que mejor vayamos todos juntos.

Sofia se quedó petrificada y la ilusión en sus ojos se apagó por completo.

—Ah —murmuró con la cabeza baja y los hombros caídos.

Leonardo ni siquiera se dio cuenta.

—Es solo una pequeña petición. Lo pensé y no debería ser para tanto. Podemos tener nuestro día familiar otro día. ¿Verdad, Sofia?

Él no sabía que mañana Sofia y yo ya no estaríamos. Esta había sido su última oportunidad. Ninguna de las dos dijo nada. Nos limitamos a asentir.

—Está bien.

—De acuerdo.

Leonardo suspiró con alivio.

—Iré a avisarle a Valentina para que se aliste. A las tres en el Parque Aventura, nos vemos allá.

Leonardo se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de llegar, miró atrás.

—Nina, Sofia, son las mejores.

No le respondimos. Después de que Leonardo se fue, Sofia tomó los lirios que él había traído el día anterior, caminó hasta el bote de basura y los tiró dentro sin titubear.

—Mamá —dijo—. Ya no quiero ver al tío Leonardo. ¿Podemos irnos antes?

Cambié nuestros vuelos para ese mismo día. A las tres de la tarde. Tras confirmar los pasajes, empecé con los preparativos finales. A las ocho de la mañana, preparé el desayuno en esa casa por última vez: unos simples huevos revueltos y pan tostado que mi hija comió en silencio.

A las nueve y media, recogí el acta de divorcio firmada en la oficina de mi abogado. La primera línea decía lo siguiente: “La custodia de la menor corresponde a la madre”.

Mientras estaba en la oficina, vi la última publicación que Valentina había subido la noche anterior. Fotos de una acogedora cena casera. Ella, Leonardo y Lily sentados alrededor de una mesa con pasta y vino. El pie de foto decía lo siguiente. “Noche de cena en familia. Lily ayudó a poner la mesa. Qué agradecida estoy por esta pequeña familia”.

Sofia hacía aviones de papel a mi lado. Echó un vistazo a la publicación, no dijo nada y solo me apuró:

—Mamá, firma los papeles ya.

A las once y media terminamos un almuerzo ligero, agarramos las maletas y tomamos un taxi al aeropuerto. Llegamos con dos horas de anticipación.

En el taxi, Sofia sostenía su tableta y pasaba viejas fotos de Leonardo. Había una de su bautizo, donde él la cargaba con su ropón blanco frente a la iglesia, sonriendo a la cámara. Otra de su tercer cumpleaños, los dos con sombreros de pirata a juego en una fiesta temática. Y un video de hacía dos años, antes de que Valentina reapareciera, él la empujaba en un columpio del parque, riéndose cada vez que Sofia gritaba “¡Más alto, papá!”

Sofia los veía una y otra vez. No lloró, pero la tristeza llenó todo el auto. Me senté a su lado y permanecí en silencio. A la una y media, estábamos a punto de pasar por el filtro de seguridad cuando Leonardo llamó.

—Nina, ¿le puedes decir a Sofia que lo siento? Lily tiene una fiebre muy alta, está en cuarenta grados. Tengo que llevarla al hospital. No sé si pueda llegar a las tres. Si no me ven ahí, regresen a casa. Dile a Sofia que lo siento.

Colgó antes de que alcanzara a escuchar los anuncios de los vuelos que resonaban de fondo en el aeropuerto.

—Vamos —dije, tomando a Sofia de la mano.

Ella asintió. Seleccionó todas las fotos de Leonardo y presionó eliminar. A las tres, el avión despegó. Le puse audífonos a Sofia y me quedé contemplando las nubes por la ventana. Solté un largo y lento suspiro.

Adiós, Leonardo.

Mientras tanto, él salía corriendo del hospital, ignorando las súplicas de Valentina, y aceleraba rumbo al Parque Aventura.

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Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre

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