Capítulo 1
En la penumbra del cine privado, mi padrastro me llevó a ver una película para adultos; dijo que era mi regalo de cumpleaños.
Mientras miraba en la pantalla a un hombre y una mujer disfrutando de lo que hacían, sentía un cosquilleo por todo el cuerpo.
No pude evitar apretar los muslos mojados, intentando soportar esa corriente entumecedora.
Al verme con la cara enrojecida, mi padrastro me metió la mano y me arrancó los calzones.
—Te voy a enseñar a ser toda una mujer. ¿Te vas a portar bien?
Me llamo Luna Quiroga. Desde niña viví con mi mamá en la casa de mi padrastro.
Mi padrastro Ramón siempre fue bueno conmigo; seguido me daba papaya, decía que así se me desarrollaría mejor el cuerpo.
Todos los días tomaba un tazón de atole de papaya, y crecí con un gran par de bendiciones. Los sostenes que usaban las chicas de mi edad ya no me quedaban; siempre se me asomaba la mitad.
Eso me angustiaba, así que mi padrastro empezó a comprarme lencería para adultos a escondidas. La lencería tenía encajes morados.
A mí me encantaba esa lencería, y a mi padrastro también. A veces, a escondidas, se llevaba alguna prenda mía a su recámara y no salía hasta una hora después.
Quedaba impregnada de su olor, y ese olor me alteraba de una manera que nunca supe explicar. Hasta el día en que cumplí años. Mi padrastro pidió permiso en el trabajo y dijo que me iba a dar un cumpleaños especial.
Antes los cumpleaños eran sencillos: un pastel en la casa y ya.
Pero esta vez, no sé por qué, las semanas previas mi padrastro estuvo entrenando su cuerpo. Y llevaba ya dos semanas sin meterse con mamá por las noches.
Desde chica oía seguido cómo mi padrastro usaba a mi mamá en la noche; los gritos de mamá se oían por toda la casa.
A mí me daba miedo que se metieran conmigo, pero, por alguna razón, escuchar a mamá de esa forma me hacía pensar que eso no era tan doloroso como imaginaba.
Mi padrastro ya se había cambiado los zapatos, listo para sacarme a celebrar mi cumpleaños. Pregunté con curiosidad:
—¿Mamá no viene?
Mi padrastro me pellizcó una mejilla, riéndose, y me dijo:
—Este cumpleaños es un secreto entre tú y yo, así que no se le puede contar a nadie.
Lo que más me gustaba era compartir secretos con mi padrastro. Nunca le había contado a mamá que se llevaba mi ropa interior.
Me llevó a un centro comercial donde solo vendían uniformes de colegiala y cosas por el estilo.
Mamá nunca me dejaba usar ese tipo de ropa, pero mi padrastro me compró un conjunto completo.
—Tienes que estar bien bonita el día de tu cumpleaños, ¿no?
La ropa era muy corta, hasta se me veía el ombligo, y la parte de arriba apenas alcanzaba a cubrirme los pechos: sentía como si llevara colgadas dos sandías enormes.
La falda era demasiado corta; con solo agacharme un poco, se veía todo. Nunca había usado algo tan revelador; la piel expuesta al aire me daba un poco de pena.
La mirada de mi padrastro tenía un brillo encendido. Yo sabía que le gustaba verme con el uniforme de colegiala.
Tal vez sí me veía bonita... le podría gustar a mi padrastro.
Después de ir al centro comercial, mi padrastro me llevó al cine. Creí que sería al cine del propio centro comercial; jamás imaginé que me iba a llevar a un cine privado.
El cine privado era como un hotel, con una pantalla muy grande adentro. Me quité los zapatos y me recosté en la cama.
Mis piernas, largas y delgadas, se me veían rosadas bajo las medias blancas. Mi padrastro se recostó a mi lado, encendió la pantalla y puso una película.
Lo que menos esperaba era que pusiera, justamente, una película de adultos.
En la pantalla, un hombre y una mujer, completamente desnudos, hacían eso. La mujer no paraba de gritar, y esos gritos se parecían mucho a los de mamá.
Hasta ese momento entendí: “ah, así que esto es lo que mi padrastro y mamá hacían”.
El hombre embestía a la mujer de la pantalla hasta hacerla temblar; yo sentía, a través de la imagen, esa misma fuerza imposible de soportar, y la cara se me puso roja. Nunca había visto una película así; el impacto me alborotaba.
Sentía el cuerpo encendido, sobre todo el vientre, ligeramente hinchado, y un ardor que me seguía escalando.
—Padrastro... esto... esto es...
Pero mi padrastro me dijo:
—Lunita, hoy cumples años, ya estás grandecita. Tengo que enseñarte algunas cosas, para que mi hija no la pase mal allá afuera.
Así que era eso: hoy yo ya era adulta, y por eso mi padrastro me iba a... enseñar a hacer estas cosas.
En ese momento, en la pantalla, el hombre succionaba las cerecitas de la mujer y, con una mano abajo, la estimulaba con frenesí. La mujer temblaba de gusto de pies a cabeza, y de su garganta salían gritos de placer.
Yo tenía la cara enrojecida, y sentía que entre los muslos todo se me ponía húmedo.
¿Qué clase de sensación era esta?
Capítulo 2
Miré de reojo a mi padrastro y vi que en la entrepierna del pantalón se le había alzado una carpa enorme. Al notar mi mirada, mi padrastro adivinó lo que pensaba.
Estaba sentado a mi lado, en la misma postura que el hombre de la pantalla.
—Lunita, estás hecha un desastre, ¿sientes algo? —preguntó.
Tras ese comentario de mi padrastro, recién me di cuenta de que estaba temblando toda, sonrojada, con la ropa subida sin querer, hecha un desastre, igual que la protagonista de la película.
Me mordí el labio sin saber qué decir. Mi padrastro habló con voz más suave:
—Tranquila, aquí estamos solo nosotros dos. Lo que quieras, te lo voy a cumplir… Es nuestro secreto. Ahora, ¿cómo te sientes?, ¿qué… quieres?
Con la cara roja y la voz temblando, contesté:
—Yo… me siento muy rara, quiero…
—¿Quieres?
—Quiero que me… hagan lo mismo.
—Buena niña.
Mi padrastro aprovechó para desabrochar los botones de mi blusa ajustada. Apenas soltó dos, mis pechos blancos brincaron afuera como conejitos.
Sentí una vergüenza inmensa al estar expuesta así frente a mi padrastro.
Su aliento de hombre maduro me envolvió; miré aquella mano que me iba tocando poco a poco, y yo estaba nerviosa y excitada a la vez.
El hambre de mi cuerpo no me dejaba pensar tanto, se me aflojaba todo, ya no podía juntar fuerzas. Dejé que mi padrastro me apartara la tela del pecho, pasara la lengua y succionara una y otra vez las cerecitas rosadas.
Qué comezón.
—Ay… qué raro… padrastro, mmm, ¿qué es esta sensación…?
—Tranquila, yo te enseño, esto es algo rico... y todavía falta algo aún más rico.
Eso no fue todo: estiró también una mano gruesa y la metió debajo de mi falda. Siguiendo esa hendidura profunda, frotaba de un lado a otro. De pronto, sentí que me iba a reventar.
¡Cómo podía sentirse tan rico! Era una sensación que jamás había probado, como flotar entre las nubes, sentía el cuerpo ligero.
Con razón mamá gritaba de placer cada noche. En ese momento, también a mí se me escapaban jadeos, pero estaba frente a mi padrastro y me daba mucha pena.
Apenas pude soportar la comezón que me llegaba hasta los huesos, apreté la garganta con fuerza, sin dejar escapar ni un sonido. Mientras más me contenía, más me picaba el cuerpo.
Las piernas se me retorcían sin parar de pura delicia, quería juntar las piernas, pero terminé apretando el brazo de mi padrastro. Mientras más apretaba yo, más fuerza ponía él.
—Ah, despacio, despacio, ya no aguanto.
Al fin no me contuve y dejé salir un grito lascivo, acompañado de jadeos; hasta yo misma me asusté. Al oírme, mi padrastro puso una actitud aún más complacida y mordió una de mis cerecitas, frotándola apenas con los dientes.
Todo acompañado por los sonidos seductores que salían de la pantalla.
Sentía como si todos los poros del cuerpo se me abrieran, gozando con avidez de esa succión amorosa. Sentía la lengua suave y húmeda, junto con el calor de su boca.
Todo el cuerpo me quedaba envuelto en ese calor.
¿Esta era la sensación de ser adulta? Me sentía como si estuviera parada al borde de un acantilado, tambaleándome, en peligro y emocionada a la vez.
Me acerqué al oído de mi padrastro y jadeé:
—Padrastro… ¿esto es… ser adulta?
Mi padrastro se rio.
—Sí, Lunita aprende rápido, seguro vas a ser una mujer adorable... pero todavía no es suficiente.
Su mano apretó ese botoncito mío que nadie más había tocado, lo que me arrancó un jadeo.
El cuerpo se me sacudió con cada movimiento suyo y, al final, me quedé sin fuerzas, con la entrepierna empapada, que le mojaba la mano.
—Eres muy sensible, de seguro de grande le vas a gustar a muchos hombres... Me preocupa, en serio.
El hombre me besaba el cuerpo y murmuraba con voz ronca.
—Así que ahora yo mismo te voy a enseñar… qué se siente convertirse en toda una mujer. Lunita, ¿ya estás lista?