Capítulo 1

—Tío... es tan grande. ¿Todos los hombres son así?

La sobrina de mi esposa, con la cara encendida, dejaba que yo la tocara. Sus manos delicadas, algo torpes, tanteaban mi cosa por encima de mi pantalón.

Al ver cómo su cuerpo reaccionaba bajo mis caricias, la provoqué: —No solo eso, los hombres también pueden metértelo por atrás.

Dicho esto, presioné a propósito con mi entrepierna contra la suavidad de su palma.

Lo que no esperaba era que, con una mano, ella levantara el vuelo de su propia falda, y con la otra jalara mi ropa para agarrar aquello que ya estaba bien erguido.

Aquello tan abultado presionó contra su bajo vientre. Su cara se puso roja. Sosteniendo eso, comenzó a frotarlo contra su vientre, e incluso parecía querer ir más abajo...

Me llamo Esteban Lara, soy profesor universitario. Solía tener un matrimonio feliz y pleno, pero estos últimos días había estado especialmente angustiado.

Porque mi esposa, flaquita y delicada, parecía incapaz de soportar mi complexión robusta y mi tremendo dote, más imponente incluso que el de un hombre de raza negra. Cada vez que intimábamos, antes de que yo pudiera siquiera disfrutar, ella se cubría el trasero suplicándome que parara.

Andrea Meza, mi esposa, se había separado de mí por eso. Llevábamos menos de tres meses de casados y ella ya iba con frecuencia a casa de sus papás, e incluso había propuesto el divorcio.

Hasta su sobrina, que acababa de entrar a la universidad, se había enterado de que Andrea y yo no congeniábamos en la cama.

Natalia Coronado, la sobrina de mi esposa, acababa de empezar su primer año de universidad y, por casualidad, había quedado en nuestra misma institución. Al inicio del semestre, como su tío político, era natural que me encargara de estar al pendiente de ella.

Cuando toqué la puerta y entré a su dormitorio, la vi agachada acomodando su equipaje.

Su cuerpo joven se curvaba ligeramente, y sus nalgas llenas y redondeadas se mecían con suavidad, provocándome un vuelco en el corazón.

Cuando levantó la mirada y me vio, se sorprendió un poco, pero enseguida recuperó la calma y me saludó con dulzura: —¡Tío!

Natalia no era muy alta, mediría alrededor de un metro sesenta. Tenía la piel blanca, una figura esbelta y el cabello largo recogido de manera informal, irradiando una vitalidad juvenil.

Llevaba puesta una camiseta holgada y una minifalda cuyo vuelo apenas le cubría el trasero, dejando entrever el borde de su ropa interior. Debajo, un par de piernas delgadas y bonitas, de piel tan blanca que se le secaba a uno la garganta de solo verla. Sus generosos 36D se insinuaban bajo la tela; no era de extrañar que, recién llegada a la universidad, ya la hubieran elegido en el foro del campus como la más bonita.

Seguro que, como mi esposa no me había satisfecho últimamente, ver a Natalia bastaba para que no pudiera evitar fantasear.

Sobre todo cuando, sin querer, alcancé a ver junto a su cama un sostén delicado, con bordes de encaje rosa que delineaban un contorno tentador.

Algo se me revolvió por dentro al imaginar cómo le quedaría puesto y, como poseído, estiré la mano y le acaricié el trasero, sintiendo lo firme y suave de su piel.

Natalia se quedó paralizada un instante; enseguida, un rubor le cubrió la cara y murmuró con timidez: —Tío, ¿qué estás haciendo?

Su manera tan adorable e inocente me tenía embelesado, así que la provoqué a propósito:

—Qué inocente... ¿Nati nunca ha tenido contacto con estas cosas?

Natalia me miró algo confundida, y esa expresión tan pura me provocó un tirón en el bajo vientre; sentía que algo se me levantaba en la entrepierna.

—¿De verdad nunca? Nati, ya eres adulta. Si no has tenido ningún contacto con un hombre, ¿cómo vas a conseguir novio en el futuro?

Al escuchar mis palabras, Natalia se tensó; parecía que el tema le importaba mucho.

—¿Y qué hago entonces? Tío, nadie me ha enseñado cómo se hace.

Parecía tan frágil que daba la impresión de que se podía hacer con ella lo que fuera.

Así que moví la mano que tenía sobre su trasero y comencé a recorrer esa zona llena y suave.

Ella se sobresaltó y estuvo a punto de soltar un grito, pero le tapé la boca con la mano.

—Shh, ¿acaso tu tío no es un hombre? Tú pórtate bien y yo te enseño con mi cuerpo.

Su sorpresa se tiñó de algo parecido a la alegría, y la resistencia inicial se suavizó hasta volverse docilidad.

Al final, asintió.

Mi mano atrapó una de sus nalgas y la manoseé a placer. Las yemas de mis dedos rozaban apenas el borde de la minifalda, buscando la hendidura entre sus nalgas.

Con la boca tapada por mi mano, dejaba escapar gemidos ahogados de “mmm... mmm...” Cuando deslicé un dedo bajo el elástico de su ropa interior y lo solté con un “¡plas!”, ella se estremeció por reflejo, entreabrió los labios, y la punta suave de su lengua me rozó la mano.

Una curva notoria se levantó en mi parte baja; ni el pantalón podía disimular lo imponente de aquello.

Yo estaba pegado a ella, y el bulto presionaba directamente contra su minifalda.

Ella se quedó inmóvil un segundo, bajó la mirada hacia ahí, y el color de su cara se encendió al rojo vivo.

Capítulo 2

Aunque parecía muy avergonzada, sus ojos no se apartaban de esa parte; en su mirada había un asombro que no podía ocultar.

Esa arma había hecho sufrir a mi esposa lo indecible, y ahora una chica que ni siquiera había tenido su primera vez la contemplaba con esa especie de adoración. No pude contenerme y avancé un poco, presionando contra su cuerpo suave.

El empujón la hizo trastabillar, pero con reflejos de gato la atraje hacia mí.

Su pecho suave se pegó a mi cuerpo. Descubrí con sorpresa que no traía sostén; en ese momento, un par de suavidades se apretaban contra mi torso, y pude sentir cómo sus pezones, antes relajados, se iban endureciendo.

Reaccionó, con los ojos brillantes.

—Es increíble... ¿Cómo es tan grande? Tío, ¿así son los hombres?

Me acerqué a ella; en la punta de mi nariz flotaba la fragancia cálida y agradable de una chica joven.

—¿Qué te parece, te gusta?

Asintió, y luego negó.

—No sé... Siento algo muy raro, mmm... pero, creo que... no me desagrada.

—¿Entonces quieres seguir?

Asintió.

Aproveché para besarla en los labios, saboreando su suave textura. La mano que recorría su trasero fue bajando poco a poco, manoseando la piel delicada de la cara interna de sus muslos, acariciando esa humedad y plenitud.

Deslicé la mano por la cara interna de sus muslos hasta meterla bajo la minifalda; mis dedos rozaron el borde de su ropa interior, donde la carne suave y tierna se abría y cerraba, como invitándome.

Por encima de la ropa interior, hurgué en su flor húmeda y caliente; mis dedos pasaron por su botón.

Natalia gritó ahogado y casi perdió el equilibrio.

—¿Te gusta esa sensación?

—Sí, ay... me gusta... ah, tío...

—¿Qué, es muy grande? —le dije, presionando a propósito contra su vientre bajo con aquello—. ¿Quieres tocarlo?

Los empujones la hacían tambalearse, y de sus labios escapaban gemidos sensuales. Tomé su mano y la puse sobre lo que estaba a punto de estallar.

Natalia se asustó por el calor abrasador que sintió en la mano; la retrajo un poco, y su palma suave rozó la punta de mi cosa.

Solté un gemido; mi miembro se puso aún más erguido.

Ella, temblando, fue midiendo con sus dedos el tamaño de aquello, y su cara enrojecía cada vez más.

Seguí acariciándole el trasero, disfrutando bajo mi palma de esas nalgas tibias y tersas, mientras me entretenía sin prisa con la carne de sus nalgas.

Natalia hundió la cara en mi hombro; su voz se volvió cada vez más entrecortada: —Tío... qué raro, ay... voy a... ah, mmm...

Cuando empezó a temblar, sentí cómo se humedeció entre sus piernas; algo pareció derramarse, empapándome los dedos.

Se aferró a mis hombros, con expresión atónita.

—Yo... ¿qué me pasó?

Le di un beso en la mejilla y la tranquilicé en voz baja: —No tengas miedo, es una reacción muy normal.

—Significa que tu cuerpo ya está listo.

—¿Listo... para qué?

—Listo para recibir a un hombre.

Con intención, presioné con el dedo en esa entrada húmeda; esa entrada palpitante succionaba con avidez la punta de mi dedo.

—Nati, en una situación así, tú tienes que tomar la iniciativa.

—Yo... ¿qué tengo que hacer? Aah, espera...

—Esto que tienen los hombres es para metérselo a una mujer por atrás, justo donde estoy tocando.

Moví ligeramente la punta de mi dedo, y las palabras que ella iba a decir se convirtieron en jadeos delicados.

—Tienes que levantar tu ropa y meter esto tú misma dentro de tu cuerpo.

Natalia me miró con la mirada vidriosa.

Un instante después, se levantó la falda, dejando al descubierto la ropa interior ya empapada.

La mano con la que acariciaba mi miembro subió un poco más, jaló mi ropa y dejó expuesto lo que estaba al acecho.

Al verlo con sus propios ojos, su cara se puso aún más roja.

Entonces se acercó un poco, apretó aquello entre sus piernas y empezó a restregarse contra la ropa interior.

La piel tersa y suave de sus muslos envolvía mi cosa, y sus fluidos también se untaban en la superficie.

No pude contenerme más. La empujé y la recosté a un lado, le arranqué la ropa interior empapada, levanté aquello y me dispuse a entrar de lleno...

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La Inocencia Que Práctica

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