Capítulo 1

Mis padres tenían miedo de que yo usara la identidad de hija de ricos para fastidiar a otros. Así que me mandaron al rancho, adoptaron a la niña de esa familia y la trajeron a la ciudad para educarla.

En el rancho todos los días me levantaba a las cuatro a dar de comer a los puercos, caminaba tres horas para estudiar, y casi me muero al enfermarme por no comer bien.

Por treinta dólares de colegiatura, llamé por primera vez a su teléfono, pero me acusaron de gastar dinero a lo tonto.

Pero, de inmediato, para que mi hermana menor escogiera escuela, donaron un edificio.

Cuando con esfuerzo entré a la preparatoria a la que ella iba, obtuve un lugar de honor. Pero mis padres me pidieron que se lo diera a mi hermana menor, y me regañaron con furia:

—De verdad que eres una maldita, le robaste las cosas a tu hermana menor, y, por tu culpa, no puede estar tranquila. Estás en deuda con ella de por vida.

Con su identidad, renunciaron a mi lugar de honor, y dejaron que mi hermana menor cumpliera su deseo.

Incluso, para su futuro le dieron a ella las acciones de la compañía y la casa. Toda la familia se estaba preparando para salir del país juntos.

Viendo todo esto, ya no me sentía triste, por lo que, tranquila, me limité a empacar mi maleta, dejé aquella casa que no me pertenecía.

Alguien en la escuela se ganó una plaza directa a la Universidad Nacional de Excelencia, y anduvo repartiendo regalos chidos para todos.

Todos comentaban lo amable y generosa que era la Daniela.

Yo fui la única que no solo no se acercó por un regalo, sino que ni siquiera tuve el valor de levantar la cabeza.

Apenas ayer había entregado mi solicitud de ingreso directo, y hoy ya todo había cambiado: ahora, la plaza tenía el nombre de Daniela.

Me aferré más a mi ropa mojada y apestosa. Ayer, Daniela me había arrojado agua sucia de trapeador encima, y esa era la única ropa que tenía.

Me limpié el rabillo del ojo. Sí, estaba llorando.

La gente alrededor se dio cuenta, y sus rostros, llenos de desprecio, se transformaron en burla.

—Por fin, Lucía tuvo su merecido.

—Si Daniela no hubiera descubierta que hizo trampa en el concurso, esta plaza le hubiera tocado a esta tramposa.

—¡Ja, ja, ja! Yo siempre sospeché que hacía trampa. Lo único que merece es sentarse junto al basurero.

Escuché sus maldiciones en silencio, sin decir nada. Ya me había acostumbrado. Pero, sinceramente, me dolía en el alma.

Solo quería desaparecer de ese salón, huir de Daniela. Pero, al bajar las escaleras, alguien me empujó.

Caí. La sangre se extendió por el suelo. Medio inconsciente, vi a mi madre corriendo preocupada hacia mí.

Pero, cuando llegó, me miró como si fuera un animal abandonado… y abrazó a Daniela, aliviada de que no fuera ella la que se había caído.

Las risas, los aplausos, y las felicitaciones para la Daniela me sonaban distantes, como si estuviera atrapada en una pesadilla.

En silencio me limpié la sangre de la frente, mientras seguía escuchando los murmullos venenosos a mi alrededor:

—¿Sabías que cuando Daniela consiguió la plaza, la familia Mendoza le regaló una villa como premio? ¡Y van a celebrarle el cumpleaños en un crucero!

—¡No bromees! Cuando se enteraron de que había tenido fiebre el día del examen y no pudo ingresar, donaron todo un edificio solo para que pudiera entrar. ¡La familia Mendoza de verdad la aprecia!

No escuché más. Solo podía pensar:

«Ellos tienen tanto dinero… pueden regalar villas, donar edificios. Pero cuando yo hice una simple llamada para pedir treinta dólares para pagar la matrícula, me dijeron que dejara de malgastar el dinero y me colgaron.

Claramente, ese dinero para ellos no significa nada.

¡¡Yo soy su hija biológica!!»

Pensé que me quedaría tirada allí, en ese charco de sangre, muriendo sola, ignorada por todos.

Pero alguien sí reparó en mí.

Fernando se acercó para ver quién había interrumpido la fiesta de su hermana. Evidentemente, no esperaba encontrarse conmigo, con la cabeza cubierta de sangre.

A verme, su rostro cambió, y sus ojos llenaron de furia.

Por un momento creí que estaba preocupado por mí, que vendría a ayudarme, que me llevaría al hospital, tal y como había hecho una vez con Daniela.

Pero Fernando solo me miró con un asco brutal. Y las palabras que le salieron de la boca me helaron por completo:

—Lucía, otra vez tú, ¿hasta cuándo vas a seguir con esta novela? Ya te lo dije: mi hermana es Daniela. Deja de intentar quedarte con lo que no te pertenece.

Capítulo 2

Resulta que, en su corazón, todo mi sufrimiento siempre había sido un simple espectáculo. Una actuación para quitarle a Daniela lo que, según ellos, me había sido regalado por error.

Miré la sangre en mis manos y no pude evitar reírme.

Una vez Daniela apenas se torció el tobillo durante la clase de educación física, y Fernando, siendo el maestro titular, se olvidó de todos los demás estudiantes y la cargó hasta la ambulancia. Incluso, cuando estuvo a punto de ser atropellado por un coche, ni siquiera se inmutó. Su corazón, sus ojos, su mundo entero, estaban llenos de Daniela, su «hermana».

Pero entonces, ¿por qué yo, su hermana biológica, la que había sido empujada por las escaleras y tenía la cabeza llena de sangre, no merecía ni siquiera una mirada?

Ayer, en casa de los Mendoza, cuando me negué a cederle mi lugar a la Daniela, mi padre me abofeteó sin miramientos:

—Resultaste ser una mala hierba desde el principio. Le robas todo a tu hermana… ¡Deberían haberte dejado morir en ese pueblo olvidado!

Mi madre, por su parte, abrazaba a la Daniela consolándola, mientras me regañaba:

—Daniela estuvo al borde del colapso por tu culpa, Lucía. Le debes la vida entera.

Y Fernando… Fernando no era diferente. Me miró con una mezcla de desprecio y repugnancia, antes de voltearse a consolar a la Daniela con dulzura.

***

Levanté la cabeza, conteniendo las lágrimas con todas mis fuerzas, y miré al hombre que, claramente, era mi hermano de sangre. Abrí la boca, desafiante.

—¡Sí, estoy actuando! ¡Soy la verdadera hija de la familia Mendoza, y voy a recuperar lo que me pertenece! ¿Qué importa si Daniela me quitó mi lugar en la admisión? Siempre fui más inteligente que ella… ¡Siempre fui mejor que ella!

Estas palabras llevaban años atrapadas en mi pecho. Las había callado mil veces por miedo a perder el poco afecto que creía tener.

Siempre me aguanté todo. Aunque Daniela me hiciera bullying, me cortara el cabello, quemara mis libros, aunque me echara agua sucia encima o inventara que yo había hecho trampa en los exámenes.

Siempre me callaba. Solo quería que mis padres biológicos y mi hermano me miraran aunque fuera una vez.

Pero ahora… ahora Daniela, bajo su máscara de ternura, me había arrebatado absolutamente todo.

Ya no quería callar más.

Mis palabras hicieron que Fernando se pusiera serio. El mismo Fernando que una vez fue reconocido como el maestro más paciente de todo el colegio, ahora parecía dispuesto a gritarme frente a todos. Pero, en ese instante, llegó Daniela.

Vestía un vestido rosa, como una princesa de cuento. Me miró de arriba abajo, con evidente satisfacción. Sin embargo, temerosa de que los estudiantes descubrieran que yo era la verdadera hija de los Mendoza, se apresuró a detener a Fernando:

—Hermano, Lucía solo está celosa de mí. No lo dice con mala intención…

Después de decir eso, se agachó para ayudarme a ponerme de pie, aparentando compasión.

—¿Cómo puedes estar así tirada en el suelo? Sé que lo de la trampa te ha afectado mucho, pero mis padres no podían ayudarte. Hermana, sufriste tanto en ese pueblo… pero eso no justifica que hayas hecho trampa.

Sus palabras encendieron los murmullos a mi alrededor. El desprecio hacia mí se volvió insoportable.

Fernando incitado por esas palabras, me miraba con los ojos llenos de desprecio.

—Lucía, Daniela está intentando ser amable contigo. Mejor lávate de una vez y deja de hacer el ridículo.

Miré a toda la gente frente a mí. El estómago se me revolvió del asco. Daniela… ¡qué hipócrita!

Me negué a que me tocara. Pero, no sé cómo, terminé empujándola.

Daniela cayó de espaldas al piso. Su rostro se transformó, ahora cubierto de miedo, con lágrimas corriendo por sus mejillas.

—Lucía… sé que estás enojada conmigo, pero ¿cómo pudiste empujarme...?

Todavía estaba aturdida por lo que acababa de suceder, cuando sentí una bofetada ardiente cruzarme la cara, y la herida que ya había parado de sangrar, volvió a abrirse.

—¡Lucía! ¡Maldita! ¡Debí haberte dejado morir en el rancho! ¿Cómo te atreves a lastimar a mi Daniela?

Capítulo 3

Mi madre, que siempre había aparentado tanta elegancia, se volvió completamente irracional en ese momento.

La bofetada que me dio, fuerte y sonora, destruyó en un segundo toda la admiración que sentía por ella.

No dije nada. Me aguanté las lágrimas con todas mis fuerzas mientras veía a la mujer frente a mí. Pero ella me miraba como la peor persona del mundo. Cada palabra que salió de su boca me partió el corazón:

—¿Y tú quién te crees? ¿Cómo te atreves a lastimar a mi hija? ¿Por qué no te mueres? Ya me has traído suficientes problemas. No te pido que seas tan buena como Fernando o Daniela, ¡pero al menos no seas tan cruel! Ojalá hubiera dado a luz a Daniela y no a ti…

Apreté los puños con fuerza y, tras aclararme un poco la garganta, dije:

—¡Yo no fui! Tú lo sabes bien… Daniela fue la que hizo trampa. Yo nunca...

Pero antes de que pudiera terminar, Fernando me interrumpió:

—Lucía, ¿perdiste la cabeza? Todos saben que la Daniela es brillante. En todos los exámenes de la preparatoria fue la mejor, y tú siempre quedaste en el último lugar. ¿Cómo te atreves a acusar a Daniela?

Lo miré fijamente. Tenía tantas cosas que quería decir, tantas pruebas…

Desde que entré al Instituto Amanecer como la mejor de la clase, la Daniela me cambió todos los exámenes. Esta era la única competencia en la que no tuvo oportunidad de hacerlo.

Pero sabía que no importaba lo que dijera, mi familia jamás me creería.

En su corazón solo había espacio para Daniela.

Ella se escondió en los brazos de mi madre, con una expresión de falsa angustia, aunque sus ojos destilaban pura provocación.

—Hermana, yo sé que todo es mi culpa… Sé que no me soportas, pero no te culpo. Ojalá me hubiera muerto en ese accidente…

Mi madre y Fernando, que ya me despreciaban, se enfurecieron aún más al escuchar aquellas palabras llenas de teatralidad.

Mi madre me señaló con el dedo, temblando de rabia, y dijo:

—¡Maldita! Hace diez años engañaste a la Daniela para que fuera al río. Casi la ahogas. Si no fuera por lo noble que es, tú nunca habrías regresado. ¿Y ahora otra vez quieres hacerle daño? ¡Hoy mismo te vas de esta escuela! ¡Vuelve a ese pueblo miserable del que nunca debiste salir! ¡Aléjate por completo de Daniela!

La Hija que Abandonaron Regresó Triunfante

Capítulo 1
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