Capítulo 3

Desde aquel día, quedé por completo bajo la sombra de Olivia.

Los jefes la valoraban cada vez más y, conmigo, en cambio, se volvían más fríos día tras día.

Las miradas de mis compañeros estaban cargadas de desprecio, como si yo me hubiera convertido en un estorbo, alguien que sobraba.

—Dicen que la fama de Olivia ya llegó hasta otros equipos. ¡Qué orgullo para la unidad!

—Exacto. No como cierta gente. Ya dejen de dar lástima.

Yo seguía esforzándome todos los días por demostrar mi valía, pero en cada ocasión Olivia me pasaba por encima con facilidad. Al final, todo mi esfuerzo parecía inútil.

Y no era solo con mis colegas.

La fama de Olivia también llegó a oídos de las familias de las víctimas. Los que antes habían aceptado la autopsia empezaron a presentarse en la comisaría armando escándalo, acusándome de profanar los cuerpos.

—¡Si tienen a la que le susurra a los muertos, ¿para qué tuvieron que abrir a mi hijo?! ¡Lo abrieron y ni siquiera me lo devolvieron entero!

—¿Qué "experta de prestigio"? ¡Por favor! Para mí es una desalmada, ¡una mala persona!

Al final, Julio Pérez, el superior, tuvo que salir a dar la cara para calmar el caos.

Pero con eso, la reputación de Olivia se disparó aún más. Hasta las universidades más importantes de la ciudad la invitaron a dar conferencias.

Apenas se fue, ocurrió otro incidente.

Esta vez la víctima era una estudiante. Tenía la cara hecha trizas de tantos cortes, y la cabeza, directamente cercenada, clavada en el cuello con una varilla de acero.

Por lo atroz del caso, desde la jefatura provincial ordenaron resolverlo cuanto antes.

Pero cuando llegó el momento de la autopsia, los familiares se negaron con uñas y dientes. Gritaban:

—¿No decían que tenían a la que le susurra a los muertos, la que puede hablar con ellos? ¡Que venga ella!

Solo que Olivia no estaba. A la policía no le quedó otra que suplicar hasta convencerlos de aceptar la autopsia.

Julio pasó horas hablándoles con paciencia. Al fin consiguió el consentimiento y, al girarse hacia mí, me lo dejó claro:

—Estela, tienes que aprovechar esta oportunidad. Allá afuera están hablando de ti, ya sabes cómo son. Pero si logras resolver este caso, será un mérito enorme y nadie podrá decirte nada.

Me dejé la piel en ello.

Sin dormir ni parar, pasé toda la noche terminando el informe de autopsia, con la esperanza de recuperar aunque sea una pizca de dignidad.

Pero cuando por fin tomé el informe y me dispuse a presentarlo ante la familia y a los superiores, Olivia apareció de pronto.

Se plantó frente a todos y habló:

—La hora estimada de la muerte fue alrededor de las tres de la madrugada. Los bordes del corte en el cuello son irregulares; el ángulo de la herida tiene un lado romo y otro agudo, y en el interior de la herida se observan puentes de tejido. Es decir: fue un ataque con un arma blanca de peso y filo considerables, un arma de corte y tajo.

—En el rostro hay múltiples cortes de arma blanca, de distinta profundidad. El asesino debió odiarla profundamente; lo más probable es que sea alguien cercano, alguien que la conocía bien.

Y luego, bajando el tono, miró a los padres:

—Perdón. Llegué tarde. Si hubiera estado antes, al menos se habría podido conservar el cuerpo intacto.

Sus palabras me cayeron como un rayo.

Me quedé helada, clavada en el sitio, incapaz de mover un dedo.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda hasta la nuca.

Porque lo que acababa de decir coincidía, palabra por palabra, con todo lo que yo estaba a punto de presentar.

Capítulo 4

Los familiares de la víctima me arrebataron el informe de autopsia de las manos y lo compararon, palabra por palabra, con lo que Olivia acababa de decir.

Unos segundos después, estallaron de furia y me gritaron en la cara:

—¡Maldita seas! ¿De qué te sirve estar todos los días metida entre cadáveres? ¡La doctora Montoya ni siquiera tiene que mirar y ya sabe el resultado!

—¡Llegaron a la misma conclusión, pero tú dejaste a mi hija hecha pedazos, sin poder entregárnosla entera! ¿No te da miedo que te castiguen?

—¡Lárgate de la comisaría! ¡No queremos ni verte!

Dicho esto, se lanzaron sobre mí como bestias fuera de control. Me agarraron del pelo y me estrellaron contra la pared.

Por suerte, los compañeros de la oficina de al lado reaccionaron a tiempo y los detuvieron.

Entre los presentes, alguien no se contuvo y trató de calmar los ánimos:

—Tranquilos, Estela también está intentando esclarecer la verdad…

Pero no alcanzó a terminar. La familia, desbordada de rabia, lo interrumpió:

—¿Calmarnos? ¡Nuestra hija quedó así! ¡Murió y ni siquiera la dejan descansar, y todavía nos piden que nos calmemos!

En ese momento, Olivia salió, fingiendo ser la voz de la razón.

—Por favor, no se alteren. Estela siempre ha sido la jefa de Medicina Forense de nuestra ciudad; su nivel profesional está fuera de duda.

Alargó cada palabra a propósito. Luego me lanzó una mirada de arriba abajo, cargada de desprecio, como si se estuviera burlando de mí frente a todos.

—Solo que mi método no es el mismo. Para mí, hablar con las fallecidas, escuchar sus palabras, es la forma más respetuosa de tratarlas. Yo, Olivia, lo juro: haré que cada víctima sea escuchada.

Ver esa cara de falsa bondad me revolvió el estómago.

Ya no pude contenerme y le grité:

—¡Deja de jugar a la bruja! ¿Qué clase de truco sucio usaste para apropiarte de mi trabajo?

La miré fijo y avancé hacia ella, paso a paso, sin apartar la mirada.

—Ya que dices que lo sabes todo, entonces dime: ¿qué había en el contenido gástrico de la víctima?

Antes de venir, me aseguré. Dejé un detalle fuera del informe de autopsia.

Quería ver cómo iba a responder Olivia.

Pero justo ahí, Jaime se abrió paso a empujones hasta quedar frente a mí y me dio una bofetada en la cara, frente a todos.

—Si no sirves, ¡no vengas a hacer el ridículo aquí! ¿Qué esperas para hacerte a un lado?

Me tapé la cara, incrédula.

Miré a ese hombre y, por primera vez, me pareció un desconocido.

Ahí fue cuando lo confirmé: él también debía saber la verdad. Y aun así eligió ponerse del lado de Olivia, ayudarla a aplastarme.

Olivia esbozó una sonrisa satisfecha. Con toda calma, respondió:

—En el contenido gástrico había cianuro. La dosis era suficiente para matar en cuestión de minutos, y esa fue la verdadera causa de la muerte.

Me quedé rígida al instante. Abrí los ojos, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.

¿Cómo era posible? ¿También lo sabía?

La expresión de Julio se endureció, fría e insoportable.

—Estela, mírate. ¿Te das cuenta de cómo estás? ¡Esto es una vergüenza para la comisaría!

Miré a todos los que me acusaban, uno tras otro, y sentí que se me hundía el pecho. Era como caer en un pozo de hielo: el cuerpo helado, la mente en blanco.

Era como si una neblina espesa lo cubriera todo, impidiéndome ver la pieza clave detrás de esto.

Y cuando ya no sabía qué hacer, una chispa me atravesó la mente.

Entonces lo entendí.

Esa era la verdad.

Tomé aire, clavé la mirada en Julio y hablé con una calma que me sorprendió hasta a mí:

—Solicito el cambio de puesto. Quiero pasar al área administrativa. Desde hoy, dejo de ser forense.

Quería verlo con mis propios ojos: ver con qué iba a "hablar con los muertos" esa supuesta "Susurradora de Cadáveres", cuando yo ya no estuviera ahí.

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La Falsa Susurradora de Cadáveres

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