Capítulo 2
Una semana antes, en la mansión de la familia Valencia…
—Da la orden para que preparen a Adelaide —dice Bahram sin ningún atisbo de emoción en su rostro. Su odio por su hija le impide sentir compasión por ella y buscar otra solución para este gran dilema—. No quiero que nada salga mal esta vez. Asegúrate de que llegue a su destino para mañana mismo. Quiero que la acompañes y la entregues personalmente a su futuro esposo.
Calixto asiente y se aleja del lugar dispuesto a cumplir el mandato de su padre, de todas formas, él no puede contradecirlo y su hermana puede tener un futuro mejor al lado de Egil que la que tiene en la mansión Valencia. En esa casa será la esposa del heredero, del CEO más temido y cruel de todos los tiempos, además de que eso representará la salvación de su propia familia.
Mercedes, la anciana encargada del cuidado de Adelaide desde su nacimiento, recibe la orden explícita de Calixto y solicita unas horas para prepararla para el viaje y acompañarla.
La anciana se siente esperanzada, aunque ha oído cosas terribles de Egil Arrabal, son más las versiones que hablan de su lealtad a su apellido. En su viejo corazón cree que Adelaide podrá ganarse su amor y mejorar su destino.
—Mi niña —dice la anciana entrando hasta su pequeño cuarto. Adelaide se halla sentada en su viejo sillón, con su mirada fija al patio, perdida en sus pensamientos.
—¿Por qué traes ese semblante, Mercedes? ¿Sucede algo grave? —A pesar de tener solo dieciocho años, Adelaide es una joven muy inteligente y nota la turbación en su nana. —¿Le sucede algo a mi padre?
—Su padre se encuentra bien, mi niña, pero vengo a prepararla, debemos partir dentro de unas horas.
—¿Partir dónde? —La sorpresa en Adelaide es evidente. Nunca se le permitió salir siquiera al patio a admirar el paisaje, menos de la mansión. Su corazón empieza a acelerarse y miles de preguntas inundan su mente. ¿Dónde se supone que irán? ¿Para qué?
—Su padre me dio órdenes de prepararla para partir a la hacienda de la familia Arrabal. Va a desposar a Egil Arrabal—. Adelaide queda perpleja ante la noticia. Su corazón late desesperadamente como si quisiera salir volando de su pecho. —Debemos partir inmediatamente. Su hermano Calixto nos acompañará hasta nuestro destino para entregarla a su futuro esposo. La ceremonia de la boda se realizará dentro de dos días, al atardecer.
—Pero mi hermana es la prometida de Egil —La voz de Adelaide se corta al final de la oración, dejando ver su desazón—. ¿Por qué debo ir yo a desposarlo? ¿Por qué mi padre permitió ese cambio tan absurdo? —Las lágrimas de la joven empiezan a empapar sus mejillas. La anciana la mira con pesar. No puede entender como alguien tan bondadosa como ella tenga un destino tan triste desde el mismo día de su nacimiento.
—No sé lo que sucedió, mi niña —Mercedes toma su mano para reconfortarla—, pero lo que sí sé es que no es conveniente desobedecer las órdenes de su padre. Ambas conocemos muy bien el poder de su furia.
Si hay algo que Adelaide tiene bien comprobado es que de nada le sirve quejarse, eso lo aprendió desde muy pequeña. Aquí, nadie más que Mercedes la respeta y la estima, los demás solo la ven con odio y la culpan por la muerte de su madre al nacer.
—Debemos cambiarla —Otra de las sirvientas deja un vestido de tono verde oscuro en la cama que Adelaide reconoce al instante como de su hermana Nadia.
Mercedes y la otra sirvienta empiezan a despojarla de su ropa y colocarle otras, peinarla y calzar sus pies con unos tacones a los que ella no está acostumbrada, sin embargo, no se anima a replicar.
Poco tiempo después ya está lista. Mira su reflejo en el espejo y no se reconoce. No está acostumbrada a este tipo de vestidos tan apretados que no la dejan respirar con normalidad, menos a los tacones en sus pies.
—Tranquila —dice Mercedes mirándola con tristeza—. Estoy segura de que nos espera un destino bonito en la mansión Arrabal.
Adelaide asiente sin mucha emoción. Eso es algo que le parece imposible desde todo punto de vista. Si su hermana Nadia huyó deshonrando su compromiso con el heredero y cabeza de esa familia, su destino no será en absoluto bonito.
Desde uno de los balcones, Calixto, al lado de su padre Bahram, miran a Adelaide junto con su nana prepararse para el viaje.
—¿Crees que Egil acepte una sustituta en vez de Nadia? —La voz de Calixto irrumpe los pensamientos de su padre.
Este asiente adivinando a lo que se refiere, pero lo cierto es que también él se encuentra inseguro ante esta opción.
Egil y Nadia fueron comprometidos cuando ella cumplió seis años. Es un compromiso de quince años que la joven tiró a la basura sin el mayor remordimiento.
Ambos están seguros de que aquel hombre frío y solitario de la familia Arrabal, CEO de todas las empresas de la costa oeste, siente un cariño especial por Nadia y eso solo aumenta la desesperación en ellos. Egil nunca perdonará esta afrenta. La amistad entre sus familias ya está destinada a romperse y por lo mismo, también el apoyo y protección que reciben de los Arrabal.
¿Qué se supone que deben hacer ahora?
En este punto es imposible encontrar una solución diferente. Nadia y Adelaide son sus únicas hijas, dignas de ser la esposa de Egil Arrabal.
Bahram ni siquiera está seguro de cómo va a reaccionar Egil ante la noticia de la huida de su prometida. Es casi seguro que buscará venganza contra ella y aquel infeliz que no ha hecho otra cosa que cavar su propia tumba al poner sus manos en Nadia, prometida de uno de los CEOs más despiadados de la historia.
—Haremos lo que sea necesario, pero la ira de Egil es algo que debemos evitar a toda costa —Responde frívolo, Bahram. Calixto sabe exactamente a lo que se refiere su padre. Esto puede desatar una guerra entre las familias en la que no saldrán ilesos. Con toda la potencia de los Arrabal, Egil no tardaría mucho en hacer ruinas a los Valencia.
Calixto mira detenidamente a Adelaide desde lo alto. Aunque su contacto con ella fue casi nulo en estos dieciocho años, no la odia como su padre o su hermana, pero sí perturba su paz, especialmente su parecido con la esposa muerta de su padre, pues ha heredado todos los rasgos de la misma, como un castigo divino.
Capítulo 3
En la hacienda de la familia Arrabal, Gage mira a Egil con preocupación. No ha dicho ni una sola palabra ante la noticia que acaba de recibir y dejó ir al mensajero de Bahram Valencia como si nada, lo que nunca hubiese hecho ante una noticia tan grave.
Tampoco dio una sola orden. Eso podría ser bueno, pero definitivamente cuando se trata de Egil, no. Él no es alguien que se queda con los brazos cruzados ante tal deshonor, solo alguien realmente temerario y sin miedo a morir podría traicionarlo de esa forma.
—Jefe, quizás pueda…
—¡Silencio! —La voz potente de Egil lo calla de inmediato. La frialdad en su tono es algo a lo que su mano derecha ya está acostumbrado, ya que se conocen desde que ambos eran niños, pero hay algo más pasando dentro de esa cabeza y él lo sabe bien.
Los dedos largos del castaño, no dejan de golpear la madera del escritorio, señal característico de qué está planeando algo en las que muchas vidas se perderán y eso lo ha vivido antes.
Egil no es un hombre que deja una cuenta sin cobrar y esos pobres infelices no tienen ni idea de lo que los depara.
Durante al menos una hora se mantiene impasible, con la vista fija en la nada y sin decir una sola palabra más. Afuera, en los pasillos de la hacienda, el silencio es profundo. Las noticias sobre la huida de Nadia dos días antes de la boda se ha esparcido como pólvora por toda la familia y nadie se atreve a estar cerca para cuando la catástrofe se desate.
—¿Adelaide ya está en camino? —Pregunta Egil y Gage se sorprende de su serenidad.
—Estarán en la hacienda de los Arrabal dentro de al menos cinco horas, jefe.
—Envía a cuatro hombres para que la escolten hasta aquí. Que llegue sin contratiempos. También prepara una bienvenida en el jardín y avisa a todos los miembros de la familia que asistan.
Gage asiente y sale a toda prisa a cumplir la orden de Egil. Por el tono de su voz, puede imaginar lo que le espera a esa joven una vez que llegue a este lugar.
Egil se queda mirando en un punto fijo del horizonte y su cabeza da vueltas de tanto pensar.
«¿Cómo se atreve Bahram a injuriar mi apellido de tal forma?», piensa molesto.
La ira que está reprimiendo en su interior no le hace nada bien, pero necesita estar sereno para llevar a cabo su objetivo. Bahram Valencia ya está condenado a la ruina y lo hará poco a poco, lentamente, y con tanta crueldad que a nadie le quedará duda a lo que se enfrenta por desafiar su autoridad, hasta acabar con toda esa asquerosa familia.
Han pasado algunas horas desde que la camioneta de Adelaide emprendió el viaje. Ella se siente mareada, cansada y triste. Jamás pensó que esto le pasaría y aunque muchas veces soñó con salir de la mansión, esto resulta ser poco agradable para ella.
«¿Qué nuevo infierno me tocará vivir a partir de ahora?», es la pregunta que más veces se ha hecho desde que salieron rumbo a su nuevo destino. Ni siquiera tiene ganas de mirar el paisaje que tantas veces se preguntó cómo sería. Todo a su alrededor le parece tan lúgubre como su estado de ánimo.
—¿Falta mucho para que lleguemos? —Pregunta con la voz ronca. La humedad del ambiente hace estragos en ella, en especial en ese vestido tan revelador.
—Ya estamos en tierras de los Arrabal, mi niña, pero aún nos falta un trayecto largo para llegar a la hacienda. Será mejor que procure descansar.
Luego de esa corta charla, todo vuelve a ser silencio entre ellas.
Ya casi al amanecer, la joven nota a varias camionetas negras acompañando a los de ellos a ambos lados. No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que son hombres de Egil y que él los envió para escoltarlos hasta la hacienda.
Luego de algunas horas más, por fin, logra divisar por encima de un bosque, el pico más alto de la hacienda Arrabal, su nuevo hogar, o su tumba, todavía no está segura.
—Todo estará bien, mi niña —La anciana le da unas palmaditas en la mano. Adelaide quiere creerle, pero en el fondo sabe que su destino es incierto.
Cuando más se acercan a la entrada, más nerviosa se siente. Su mano no deja de temblar y en su garganta se forma un nudo doloroso al punto de provocarle asfixia. Nunca había sentido tanto malestar, y no es solo por el largo viaje, sino por las circunstancias que la traen a este lugar.
En pocos minutos llegan hasta una muralla alta de piedras. Afuera muchos hombres vestidos de negro custodian una puerta doble de metal que es la entrada principal a la hacienda. Adelaide se siente impresionada por la vista que se proyecta ante ella. La mansión de los Valencia no es ni la décima parte de lo que es este sitio.
Apenas llegan hasta la entrada, muchas personas de todas las edades empiezan a rodear el paso de la camioneta y ella entra en verdadero pánico.
«¿Qué significa esto? ¿Acaso están aquí para reclamarle lo de su hermana?», se pregunta mirando la muchedumbre que murmuran algo entre ellos mismos.
Hay personas por donde se mire, todas mirando con curiosidad a la que a partir de mañana será la esposa del jefe de la familia.
La camioneta se detiene justo frente a la larga pasarela que lleva hasta las puertas principales de la casa. Adelaide mira el camino que conduce hasta ahí y sabe lo que le espera.
La puerta se abre y la mirada estoica de su hermano le indica que es hora de bajar.
—Es hora, mi niña —Mercedes es la primera en bajar antes de ofrecerle la mano para que haga lo mismo. La mirada grisácea de Adelaide se cristaliza, pero se obliga a recomponerse. No puede derrumbarse justo ahora.
Afuera hay mucho silencio, uno muy aciago que siente miedo de lo que pueda ocurrir; sin embargo, no tiene otra opción, ¿o sí?
Asoma su cabeza por la puerta y el silencio es aún mayor que antes. Un suspiro sale de su pecho antes de tomar el valor de bajar y enfrentarse a lo que la espera.
Este primer paso es lo más parecido al camino hacia la muerte. Adelaide nota en la mirada de aquellas personas un sentimiento de lástima, mientras que en otras, profundo desprecio y odio.
—¡Maldita, perra! ¡Hija de la traición! ¡Maldita tú y todos los Valencia! ¡Les deseo una muerte dolorosa! ¡Traidores! —Son solo algunos de los murmullos que se oyen a su paso.
Adelaide se siente humillada y su único deseo es salir corriendo en ese mismo instante, pero nada más lejos que su deseo se cumpla.
Está claro que en las intenciones del Egil Arrabal al hacer este recibimiento estaba el humillarla y claramente lo había logrado.